Mogadiscio. Crónica de un embajador europeo en Somalia

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(Julio 2019)

Conversación en la mezquita

La mayoría de politólogos afirman que Somalia se “jodió” a principios de los noventa del siglo pasado. En la historia de este país, que pasó de la euforia de la independencia en los sesenta al batacazo de la guerra fría sólo unos años después, esta afirmación admite matices. Las fronteras se delimitaron de manera inverosímil por parte de las potencias occidentales a finales del siglo XIX y, ante la perspectiva de liberarse del control colonial, fueron aceptadas entonces a regañadientes. Ya emancipados, la codicia emergente y militarista de ciertas élites locales, teledirigidas desde el exterior, ya fuera por Washington o Moscú, hizo añicos los ideales fundacionales. Y todo ello combinado con el hecho de que la fuerza de la sociedad somalí proviene de una cultura ancestral, con un peso específico dentro del mundo islámico, y traducida a su modo de vida nómada.

La caída del dictador Siad Barre y una hambruna devastadora destruyó las costuras sociales al inicio de los años noventa del siglo XX. A partir de ese momento emergieron con fuerza los señores de la guerra y el refugio protector de los clanes. Fue cuando empezó el sufrimiento y el sálvese quien pueda. Los campos de refugiados en los países vecinos de Kenia y Etiopía se poblaron de cientos de miles de almas en pena, y la diáspora somalí se extendió como una mancha de aceite por todo el mundo, sobre todo en Estados Unidos –Minnesota es su centro de gravedad–, Reino Unido, Suecia, Dinamarca, Noruega, Países Bajos, los estados del Golfo…

Desde entonces, dos impulsos centrípetos en Somalia han supuesto un incipiente proceso de estabilización, uno dirigido por los clanes, que ha ganado terreno e influencia gracias al apoyo de una fuerza militar regional y, en nuestros días, controla las ciudades y el norte del territorio; y otro, por el terrorismo islámico del grupo Al-Shabaab, primo hermano de Al-Qaeda, cuyos forajidos campan en las zonas rurales del centro y del sur, y atemorizan de vez en cuando a la capital, Mogadiscio, con sus coches bombas y sus atentados. A la vez que los terroristas pierden terreno, ganan en codicia, y se convierten en una estructura mafiosa dentro del estado oficial, al que nosotros apoyamos y que aspira a consolidarse.

En paralelo al progreso de ambas fuerzas se ha producido un ocultamiento cada vez mayor del cuerpo de la mujer, en la práctica con la imposición de túnicas, hiyab, niqab o velos, y en la retórica del discurso oficial, sólo desafiado por las propias mujeres.

Resulta curioso que Somalia sea el país africano más homogéneo desde el punto de vista étnico, lingüístico, religioso y cultural. Visto lo visto, el rompecabezas de la crisis de los noventa se ha transformado en un largo y laborioso proceso de convertir en ciudadanos a los jefes tribales, a las poblaciones nómadas y urbanizadas, incluso a los terroristas y fanáticos religiosos. Estoy convencido de que la esperanza reposa en las nuevas generaciones.

 

(Febrero 2020)

Contradicciones

Lo publica el periódico El Mundo: ‘Un condenado a muerte por violación es liberado a cambio de 75 camellos’. Ocurre en Puntland, uno de los estados federados de Somalia.

En un mercado público, una niña de 12 años es secuestrada, violada y mutilada hasta la muerte. La multitud enrabietada reclama justicia. Una docena de personas son arrestadas. La Unión Europea ayuda al tribunal a realizar en Kenia pruebas de ADN a los acusados. Gracias a estas verificaciones concluyentes tres personas son encausadas y condenadas a muerte. Las apelaciones confirman la pena y ponen fecha a las ejecuciones. Hace apenas unas semanas, dos de ellos, hermanos, fueron ajusticiados. El titular de la noticia informa del destino del tercer condenado.

Hablo con el presidente de Puntland una vez confirmada la sentencia de muerte. La Unión Europea combate la pena capital, le pido que la conmute por la cadena perpetua. Me dice que no puede hacer nada, salvo que las familias se pongan de acuerdo. Insiste en la presión popular que ha dirigido el caso y que continuará, sin duda, hasta la ejecución.

Casos extremos que hacen vacilar la conciencia. Toca hacer de tripas corazón y buscar argumentos que la tranquilicen. Gracias a nuestra intervención, nueve inocentes no han sido condenados. Hoy, el titular de El Mundo, resucita de nuevo las dudas. Al final se salva quien tiene más posibles, ayudado por la codicia de la familia de la víctima.

En su esencia, la noticia refleja la complejidad de estas sociedades, atrapadas entre la “tradición”, reflejada en patriarcado, ruralidad, nomadismo, economía de subsistencia, resolución ancestral de disputas… y la “modernidad”, donde se abren a codazos derechos básicos, instituciones, escrutinio internacional, terrorismo, migraciones, cambio climático, juventud urbana conectada… El ritmo vertiginoso del presente no barre con facilidad las telarañas del pasado. Necesitan líderes con coraje e inteligencia, y tiempo, a pesar de que este corre cada vez más deprisa. Mientras tanto, dormimos con nuestras contradicciones.

 

(Diciembre 2020)

En defensa del rostro femenino

Aceptemos que las caras no pueden reflejar el alma con la intensidad deseada si están enmarcadas por velos, si los cuellos permanecen fugitivos entre las sombras de las túnicas, si el pelo se oculta como un beaterio de sagrario.

Alegra que el nuevo ministro de Asuntos Exteriores me cite en la terraza de un hotel cercano a la zona internacional, frente al océano y a un paisaje de tejados que en nada sugieren las urgencias de las aceras. Canapés y cojines por doquier alientan una confianza que susurra un poso de autenticidad. Se presenta elegante, suave en el lenguaje, sofisticado en las formas conmigo y con sus subordinados, detalle valioso. Nunca me recibirá en calcetines, como su predecesor.

Hablamos del país y de la región, de sus prioridades iniciales, de su tarea de cambiar las percepciones que perviven sobre Somalia en gran parte del mundo occidental. Se puede detectar cómo su libertad de pensamiento ya ha sido ligeramente modelada por la realidad política, impuesta por su papel institucional. No puedo culparle, somos dos.

La sorpresa, mayúscula, la ofrece su mujer, presente durante el almuerzo. Novedad, aroma de normalidad y cercanía. De origen egipcio, no lleva la cabeza cubierta. La combinación de sus gestos la muestran liberada de cualquier atisbo de timidez desconfiada.

En el trayecto de vuelta encuentro una satisfacción inesperada en esa manifestación espontánea de vida de pareja. No ocurre con facilidad dejar de lado lo oficial para adentrarnos en espacios personales. Esta conjunción de luz de verano, quietud verosímil y miradas crédulas envuelven los minutos de viaje en gratas sensaciones. Ha sido trabajo, pero ha sido paréntesis. Bocanada de brisa marina en estos lares que, aunque vivimos junto al mar, con frecuencia nos ataca el mal de altura del aislamiento y las dificultades de la escalada diaria.

Estoy convencido: vale la pena contribuir a desvelar los rostros y el pelo y los cuellos femeninos en Somalia.

 

(Agosto 2021)

La ciudad y lo que hay en ella

A mi hijo Nico

La doctora Hodan Ali acude a la cita de despedida con un regalo de los que encuentran, sin dar codazos, su sitio en el equipaje de vuelta a Europa: unos discos de vinilo con música somalí de los años setenta del siglo XX. La comisura de mis labios, escéptica en estos días, dibuja una sonrisa de satisfacción con sus resortes espontáneos que contagia de agradecimiento mi rostro.

Hodan viene acompañada por dos jóvenes de su equipo en el Ayuntamiento de Mogadiscio. Los tres pertenecen a la diáspora somalí crecida en el exterior. Hablamos del futuro de la capital con optimismo, como si las manchas de los atentados se hubieran borrado de los edificios, los controles en las calles se hubieran levantado o los ciudadanos pudieran elegir a sus representantes. Construimos a base de ladrillos de propósitos positivos un alma para la urbe que enlace el futuro prometedor con los recuerdos de los buenos tiempos que les transmitieron sus padres, sin solución de continuidad. Al fin y al cabo, las identidades de las ciudades mártires eliminan escalones, provocan saltos hacia delante que evitan pararse en descansillos que se cimentaron con estigmas de división.

Mogadiscio no es una ciudad, es un mapamundi. Desde el asiento en el avión, durante un despegue, veo los tendederos de ropa al viento del casco antiguo con la curiosidad del explorador entre la flora del Amazonas. Contemplo fotos de bañistas en la playa del Lido –que nunca visité– como si fuera un catálogo de turismo para un viaje de bodas al Caribe. Por la ventanilla del coche blindado oteo la muralla de camiones que circulan a mi lado y franquean la entrada del puerto, y me considero en el campamento base de una ascensión en el Himalaya. Observo con inquietud de submarinista en aguas profundas las cinturas de los paseantes por si pudiera detectar intenciones indeseables, preludio de destrucción. Puedo adivinar en las manchas oscuras de los ojos cargados de los somalíes de la diáspora las noches en laberínticos hoteles de transeúntes, en algún lugar de paso entre Somalia y sus destinos de exilio en Europa o Estados Unidos. La zona internacional alrededor del aeropuerto, con las construcciones macizas y el caudal de gente que brota de los controles de acceso, se asemeja a las fuentes del Nilo de donde emanan sin cesar promesas de prosperidad, muchas de las cuales se estancan en presas o las captan regadíos, sin alcanzar Alejandría. La colina de Vila Somalia, residencia de las más altas autoridades locales, se sitúa en una remota ínsula Barataria, quizá del Pacífico, protegida por barreras de coral que impiden que las olas suicidas golpeen sobre sus playas y en la que los diplomáticos extranjeros desembarcamos pertrechados de ideas y buenos propósitos; me despista, sin embargo, como si fuera un error de impresión, la presencia de un león entre sus ramblas. El mercado de Bakaara, al fondo de una sima oceánica en la que ningún occidental ha osado perderse tras la caída de los helicópteros Black Hawk norteamericanos en 1993, ofrece armas, pasaportes falsos, certificados de nacimiento, junto a utensilios domésticos de plástico made in China. Intento detectar rasgos de etnias desconocidas al pasar los controles de seguridad del aeropuerto o en lugares estratégicos como las aduanas o los despachos de cambio de divisas, posibles sherpas clandestinos de los terroristas. Alguna vez recorrí el bulevar que parte del monumento del líder a caballo hacia la embajada turca con la sensación de transitar la avenida 9 de Mayo de Buenos Aires, o el barrio que conducía al estadio de fútbol como si me encontrara en el Chiado lisboeta o en la Ciudad Blanca de Tel Aviv. La armonía arquitectónica del edifico del ayuntamiento transporta a un sucedáneo de la Roma imperial, más de Mussolini que de cualquier emperador Augusto –pues esta ciudad mapa permite viajar en el tiempo y el espacio–, acrecentada por la metáfora de la vecina catedral destruida. Atisbo estimulantes paisajes de agua y jungla oriental a través de las ventanillas iluminadas de los ojos de mujeres jóvenes que no hablan, pero sonríen en reuniones, que cambian de posición en las sillas con la lentitud de las pasarelas, y dejo llevar mi imaginación por los indicios falsos de sus benevolentes guiños.

Las páginas de mi pasaporte agotan los rincones para estampar nuevos visados de entrada y salida. El cuaderno de prescripciones toca a su fin. Al auscultar por última vez la ciudad, antes de la llegada de un nuevo equipo con sus técnicas propias de observación y seguimiento, constato que los síntomas confirman un corazón que late con mejor ánimo que hace dos años cuando llegué. Los tratamientos de rejuvenecimiento cicatrizan heridas, ajenos a las disputas políticas. Todavía crepitan a veces las calles como si de chispas de lumbre atizadas se tratara. A pesar de ello, los habitantes recobran hábitos, miran hacia el frente, hacen proyectos. Vuelve a oírse una música que, aunque nunca se fue, nadie se atrevía a escuchar con el volumen alto. Por mi parte, viajo con más equipaje del que aterricé. Entre otras cosas, me llevo el mapamundi dibujado con mis devaneos por la urbe y ahora los discos de la doctora Hodan. La melodía del recuerdo de Mogadiscio viaja cargada de ilusión.

 

Estos fragmentos pertenecen al libro Modadiscio. Crónica de un embajador europeo en Somalia, publicado por Los Libros de la Catarata.

Nicolás Berlanga Martínez (Úbeda, Jaén, 1961) fue embajador de la Unión Europea en Somalia hasta septiembre 2021, con anterioridad ha ocupado puestos de consejero sobre migraciones en el departamento África del Servicio europeo para la acción exterior, embajador de la Unión Europea en Togo, primer consejero de la Delegación de la UE en Camerún y encargado de negocios de la Delegación de la Comisión Europea en Vanuatu. Ha trabajado de cooperante con Acción Contra el Hambre y Médicos sin Fronteras en Kenia, Somalia, Armenia y Nicaragua. También fue observador de la ONU en Angola y en Haití. Desde 2002 es funcionario de relaciones exteriores de la Unión Europea. Es miembro del patronato de la Fundación Huerta de San Antonio a cargo de la rehabilitación y uso como centro cultural de la iglesia de San Lorenzo, espacio monumental del siglo XIII en la ciudad Patrimonio de la Humanidad de Úbeda (Jaén). En la actualidad reside en Bruselas.

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