Monumento al frío

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En la calma de estas tardes de invierno en la Huerta del Retiro, hay un reloj: el sol frío.

 

Esta primera frase es una variación del comienzo de uno de los cuatro volúmenes de El Cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, quizás Justine o Mountolive. En la calma de aquellas invernales tardes en la capital del delta del Nilo, el reloj no era el río, sino el mismo mar Mediterráneo.

 

La historia de la literatura siente debilidad por el paisaje y el clima. Debe ser consecuencia de esa extrema dependencia que tienen los seres vivos de sentir el afecto y la concordia de la madre Naturaleza; sin sol, estamos perdidos.

 

El frío es el embajador más brillante que tiene la muerte, con su sonrisa de hielo nos fulmina. También el fuego, pero al fin y al cabo todas las carnes nacieron para una parrilla; si no, que se lo pregunten a los incineradores de cadáveres, que no dan abasto en los últimos tiempos.

 

Morir congelado resulta mucho más épico. Hay que ser un héroe nórdico de leyenda, para terminar sepultado en un bloque de hielo. Por otra parte, la humanidad no se ha repuesto aún de la perturbación planetaria que provocó la congelación de Walt Disney, convertido en el padre de Superman, dentro de su tumba de cristal helado, en Criptonita.

 

De cualquier forma, el congelado más famoso de la historia del cine fue el Jack Torrance de El resplandor. Nunca un sicópata tuvo un final más contundente, y que dejara tan satisfechos los instintos naturales del público. La justicia del hielo se hacía irrebatible, sus verdugos son los dioses.