Muerte entre los peces

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“Remamos con palas de canela.

Contra viento, nieve y hielo va mi barca.

¿Estoy recogiendo higos en el agua,

y flores de nenúfares en los árboles?

Si los dos corazones no corresponden

todo será en vano.

Sin un amor profundo,

no hay unión sólida.

Las aguas se precipitan entre rocas,

y mi barca se desliza rauda”.

 

Al autor de estos versos, Qu Yuan (hacia 340-278 a. C.), se le atribuye la creación del chuci. “Considerado como la segunda cumbre de la poesía china tras el Shi Jing”, escribe Guojian Chen en la introducción a su Poesía china (Siglo XI a. C.-Siglo XX), que acaba de publicar su cuarta edición en Cátedra (corregida y aumentada), el chuci “es cultivado en el reino de Chu, o sea, en la cuenca del río Yantsé y río Huai, con origen en las canciones populares que se cantan en su dialecto, utilizadas muchas en los ritos de sacrificio”.

 

Cuenta Guojian Chen que una de las habilidades más celebradas a la hora de seleccionar a los grandes funcionarios de las dinastías chinas era la poesía. Durante el periodo Tang (618-907), la edad de oro de la poesía china, gracias a una decisión de la emperatriz Wu Zetian, “la composición poética se convirtió en un requisito importante para optar al título de jinshi (doctorado) en las oposiciones oficiales, título imprescindible para los altos cargos del Estado (…) el futuro funcionario público tiene que conocer bien la poesía y ser más o menos poeta”.

 

Qu Yuan trabajó un tiempo como viceministro de Chu, pero cayó en desgracia en dos ocasiones como consecuencia de las difamaciones y calumnias difundidas por nobles conservadores y fue desterrado “a tierras salvajes del sur”, donde escribió sus dos obras maestras: Li Sao (Tristeza) y Nueve elegías. Cuenta Guojian Chen que “al ver que el país se encaminaba a la ruina y que no podía hacer nada por impedirlo, cayó en profunda desesperación y se suicidó arrojándose al río Miluo, en la actual provincia de Hunan. Según la leyenda, tras conocer la noticia, el pueblo se congregó en barcas en el río. Aunque algunos remaban tocando tambores y gongs para espantar a los peces, otros lanzaban tamales al agua para que éstos, hartos de comerlos, no tocaran el cuerpo del poeta, y éste fue el origen de una fiesta tradicional china, la de las Barcas del Dragón, que se celebra todos los años el día cinco de mayo del calendario lunar”.

 

 

Mi abuelo Ángel, que era carpintero de ribera y fundó los astilleros Armada, removió cielo y tierra cuando el velero en el que navegaban mi padre y mi tío Alfonso volcó en medio de la ría de Vigo. Jamás apareció el cadáver de quien llevo su nombre. Nunca le conocí. Años más tarde, cuando, cansado de llegar siempre el último, dejé la natación y me convertí en cronometrador, una compañera de oficio me dijo que había estado enamorada de él. No sé si sus palabras estaban animadas por la cortesía que solemos dedicar a los que nos arrebatan, pero parecía sincera cuando decía que era el hijo más dulce de mi abuelo. Se lo tragó el mar, se lo comieron los peces. Acaso las corrientes lo sacaron de la ría y se fue más allá de Cabo do Home (Cabo del Hombre), de la barrera natural de las islas Cíes, como siguiendo una estela que a veces me ha llevado a fantasear: sobre los caminos del mar, sobre el significado de los nombres que heredamos. Ese mismo año, unos pocos meses antes, había muerto mi hermano Ángel, a los tres años de edad, ahogado en un pozo negro que los labradores habían dejado abierto en la casa de mis padres. Tampoco le conocí. Hubiera sido mi hermano mayor. ¡Cuántas veces deseé que hubiera sido él el primogénito! Otro hermano, el tercero en el escalafón, lleva su nombre, y es quién más atraído se siente por el mar. Ha hecho de la Costa de la Muerte su hábitat, y pescar y sobre todo bucear, a pleno pulmón, es su devoción más profunda.

 

La triste historia de Qu Yuan me trajo a la memoria el recuerdo de mis antepasados. Así termina Pensando en el dios del río Xiang, el poema que abre estas líneas:

 

“Al alba voy de prisa por la orilla.

Al anochecer dejo el carruaje

en la ribera del norte.

Los pájaros se posan bajo el alero.

Las aguas corren frente a mi casa.

Tiro mis adornos de jade al río,

y mi cinturón con piedras preciosas

al arroyo de Li.

En la Isla Perfumada,

cojo flores para la chica que me acompaña.

Desengaño. Tiempo perdido.

Pero hay que poner buena cara”.

 

4 COMENTARIOS

  1. Y a mi la evocación me ha

    Y a mi la evocación me ha traído al pensamiento la voz del portugués hondo, Zeca Afonso -un tocayo- cuando canta (o llora, es lo mismo): «O mar, o mar profundo… Negro altar… do fim do mundo… em ti nasceu… ¡O mar!» Camilo. (P.S. este es el enlace a la canción).

    • Zeca Afonso siempre está

      Zeca Afonso siempre está presente en mi corazón. Tengo casi todos sus discos… en vinilo, y de vez en cuando los escucho, sobre todo Venham mais cinco. Un abrazo, Camilo, y muchas gracias

  2. Hay corrientes subterráneas
    Hay corrientes subterráneas que irrigan nuestro corazón. Presencias tutelares de personas que quizás nunca conocimos aunque puede que las sintamos próximas. Gemelos pretéritos o que aún no han nacido inundan con sus ecos nuestras voces. ¿Habla a la vez que nosotros aquel que nunca fuimos ni seremos?

    • Presencias que a veces nos

      Presencias que a veces nos asaltan en medio de la calle, de una obra de teatro, de un sueño, desde el resplandor o una voz que nos alcanza a través de una ventana abierta por el verano o gracias a una ráfaga de lluvia que refresca súbitamente nuestra desazón o nuestra perplejidad. Como me decía ayer una querida amiga que me hacía leer La voz a ti debida, de Pedro Salinas, en la noche de Santiago de Compostela, hace una eternidad, no tenemos explicación para todas las cosas. A diferencia de la familia, a los amigos los elegimos, y tal vez ellos nos ayuden a explicarnos, aunque sea sin palabras, esas corrientes subterráneas. Gracias, querido Nacho.

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