Mundanzas: El tiempo no espera a nadie: Guy Debord, traductor de las ‘Coplas’ de Jorge Manrique

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El filósofo, cineasta y activista cultural francés Guy Debord, creador, ideólogo y líder del movimiento situacionista, tan influyente en la revuelta de Mayo del 68, firmó en 1979 una versión de las Coplas manriqueñas (Stances sur la mort de son pére) ciertamente sorprendente cuando no insólita.

Tras vincularse a movimientos vanguardistas como el letrismo, desde los años 50 Debord postuló la unión de arte y vida, sin rebajar en plan amateur el arte sino, más bien, elevando la vida. Funda en 1957 la Internacional Situacionista, donde inicialmente coexisten artistas, pensadores y activistas. El urbanismo fue eje de su exploración y de gran parte de su actividad: la invención lúdica de otra ciudad, la creación de situaciones propicias para la realización de nuestros deseos. La vivencia personal, la imaginación y la experiencia de cada cual eran claves. A partir de ahí fue conformando su concepto y praxis de la deriva urbana. Su elaboración teórica más conocida, publicada en el libro de 1967, es La sociedad del espectáculo, como montaje del imaginario del poder de clase, que maquilla con mentiras publicitarias la alienación y la corrupción contemporáneas. “Todo lo que una vez fue vivido se ha convertido en representación”, escribe. La influencia del situacionismo en la revuelta de Mayo del 68 fue decisiva. En 1972 se disuelve la IS. A partir de entonces, Debord inicia una etapa de nomadismo, concentrado en sus escritos y en la realización de cine experimental. España será uno de sus destinos predilectos. Aquí conecta con el movimiento libertario y se involucra con las luchas por la liberación de los presos anarquistas de la cárcel de Segovia (finales de los 70).

Apasionado de España y de su cultura, Debord explica su versión como una iniciativa poética y libre, más allá del hispanismo profesional, al que nunca perteneció. La traducción en sí es bastante respetuosa tanto con la letra como con el espíritu de las Coplas, y revela un alto grado de conocimiento y aprecio de la cultura española y de la historia de Castilla.

En nuestra percepción, que vamos a tratar de explicar y exponer, la iniciativa de traducir las Coplas a la muerte de su padre revela una sintonía entre un estratega transformador de la segunda mitad del siglo XX, insatisfecho y rebelde, y un poeta inadaptado a su época, precursor de la modernidad imparable y a la vez nostálgico de un mundo cortesano y caballeresco condenado a la extinción. De hecho, la edición debordiana de las Coplas coincide con otros trabajos españoles, como la traducción al francés de una denuncia anarquista del estalinismo y de las concesiones cenetistas durante la Guerra Civil, o la redacción de un manifiesto denunciando la represión del movimiento libertario español a finales de los años 70.

Publicadas en la editorial Champ Libre, perteneciente a su también productor audiovisual y mecenas Lebovici, encajan en el objetivo estratégico de la misma: “destapar la apariencia de las cosas para desvelar la realidad”. ¿Cuál es el propósito explícito de las Coplas manriqueñas sino despertar conciencias con su sincopado ritmo de pie quebrado, alertando de la fugacidad de la riqueza, de la belleza, de la juventud, del poder, de la vida terrenal, en suma? He aquí un curioso, pero sustantivo nexo, entre un gran poeta clásico castellano, un caballero que compone una obra cumbre de transición entre medievo y humanismo, y un activista revolucionario y estratega inconformista del final de milenio.

Debord aborda las Coplas desde la poesía del artista sin corsés académicos, pero con gran respeto al espíritu y también a la letra manriqueñas, demostrando un amplio conocimiento del cuatrocientos castellano. Su pasión por la antigua Castilla venía de atrás, de un viaje al pueblo soriano de Rello en 1970, inmortalizado por el fotógrafo Rioufoul y por la escritora y lingüista Alice Becker-Ho, segunda esposa de Debord, en su libro Là s’en vont les seigneuries. Y desde luego, de su pasión hacia España y su cultura, que lo llevaría a alquilar un apartamento en Sevilla en los 80 y a movilizarse en apoyo del movimiento libertario ibérico.

Según él, los temas dominantes en las Coplas son: la vida terrena camino de la eterna; la brevedad, el triunfo de la muerte, la disolución, la pérdida. Constata una tendencia prerrenacentista de Jorge Manrique y la sintonía con la idea de gloria histórica, retomada de la Antigüedad. A su parecer, el fondo lírico e ideológico de las Coplas es universal: Eclesiastés, Omar Jayyam, dinastía Tang o François Villon (20 años antes). Su expresión, minimalista y contundente, es, por el contrario, única e irrepetible. Cita a este respecto a Gerald Brenan (The Literature of the Spanish people): es un poema que resume la sensibilidad de toda una época.

Don Rodrigo, “grand feodal”, según Debord, combatió toda su vida a nazaritas y a castellanos, que le hacían sombra, y “hasta al trono de Castilla”, considerándolo hacedor de reyes (como el Warwick inglés de la Guerra de las dos rosas). Las Coplas incluyen con “frialdad premaquiavélica” grandes ruinas y espectaculares caídas: la Fortuna, y no los Manrique, fue quien hizo caer a la galería de grandes personajes del cuatrocientos español que se relaciona en la primera mitad de la obra.

La dedicación a las armas tanto de Jorge como de don Rodrigo, lejos de distanciar a un rebelde, luchador sí pero próximo a posiciones pacifistas como Guy Debord, parece que actuó más bien como elemento de afinidad.  En 1965, el futuro traductor de las Coplas había registrado el juego Le Jeu de la Guerre, libro acompañado de un tablero, sobre reglas basadas en Carl von Clausewitz y en las guerras de los siglos XVIII y XIX, apasionadamente estudiadas por Debord. La guerra como acción humana, “campo del peligro y la decepción”, lo atraía y trató de estudiar y comprender su lógica. Como la guerra, su concepción de la deriva urbana, su crítica del capitalismo (sociedad del espectáculo) y todo su trabajo de desvelamiento/demolición del orden sociopolítico imperante pueden interpretarse como acciones en cierto modo bélicas.

Los tres grandes referentes españoles para Debord son: Jorge Manrique, Baltasar Gracián y Federico García Lorca. Respectivamente, melancolía, lucidez y deseo. De los afilados y breves aforismos del barroco autor del Oráculo, le atrajo uno como este: “Nada tenemos salvo el tiempo, del que goza incluso quien carece de morada”. Algo que ya cuestionó antes, en su fugacidad y evanescencia, en su perderse como arena entre los dedos, Jorge Manrique. De éste cautivaron al filósofo contemporáneo francés el desprecio de lo material, la hostilidad a su época, la desconfianza de lo humano y la alabanza de virtudes como la valentía, la generosidad, la prudencia, la justicia. Y acaso, por encima de todo, la evocación y recreación de la belleza y de los placeres perdidos.

Guy Debord, aquejado de polineuritis alcohólica incurable, se disparó al corazón en su casa de Champot, en Bellevue la Montagne, el 30 de noviembre de 1994. Había pasado largas temporadas en España en sus últimos años Allí, no en Ocaña ni en las proximidades del castillo de Garcimuñoz, le abrió las puertas a la muerte.

 

Tres coplas de Manrique traducidas por Guy Debord

Frente a, por ejemplo, el italiano, el hispanismo francés no parece haber apreciado la inmensa singularidad de las Coplas. Cosa sorprendente, teniendo en cuenta la profusa y profunda dedicación francesa a los cancioneros y la poesía de las Cortes españolas del siglo XV (Boudot, Le Gentil, etcétera). Hasta muy entrado el siglo XX, solo había traducciones parciales, bastante cuestionables. Por lo que he podido explorar, predominaba el prejuicio de una supuesta falta de originalidad de las Coplas, que se consideraban tributarias en exceso de los versos precedentes de Ferrán Sánchez Calavera y otros vates medievales. No se valoraba su genial trasposición al arte menor de verdades humanas de validez universal, lo que explica la vigencia de esta pequeña pero monumental obra maestra a través de generaciones y latitudes. Debord deja claro que su propósito no es académico (no es ni hispanista, ni traductor profesional) sino cultural, emocional, filosófico: una aventura intelectual, una experiencia. Hay respeto conceptual y un intento de reproducir el ritmo salmódico, sincopado de la estrofa de pie quebrado, ese “recio son” manriqueño, en la apreciación de Blas de Otero, adaptándolo a la musicalidad, al ritmo del francés. Habiendo ya otras versiones rigurosas completas (la del profesor alsaciano Kohler, por ejemplo) puede que siga siendo, a fecha de hoy, la mejor traducción al francés de las Coplas.

Hemos elegido como muestra del trabajo de Debord (mejor escribir: su placentera dedicación) la famosa copla sobre los ríos como metáfora de la vida y las dos en que Manrique se refiere, respectivamente, al tesoro real (custodiado en el Alcázar de Segovia) y a la llegada de la Muerte a la casa maestral de Ocaña para llevarse consigo a su padre. El equilibrio entre el respeto a letra y conceptos y un cierto vuelo lírico propio se advierte en estas muestras. Por ejemplo, la inversión del primer verso en la copla III por un interés de rima. Asimismo, dentro del gran conocimiento del medievo español que acredita Debord, en la XIX traduce vajilla por joyeros, siendo en testamentos y crónicas la vajilla de una casa principal testimonio de su categoría y riqueza. En la misma copla, enriques y reales (henris et réels) eran las monedas de curso legal en Castilla, pero elige una traducción genérica que aleja de la época. Finalmente, en la copla sobre la irrupción de la Muerte, traslada que la Muerte llega a la puerta del Gran Maestre para llamarlo, renunciando a la espectacular (y sonora) imagen espectral de la Muerte llamando a su puerta. En otra no reproducida aquí (la XXXI), cuando don Rodrigo, ya viejo, es ascendido a Maestre de la Orden, Manrique propone la expresión Caballería de la Espada, inconfundible, pero nuestro traductor renuncia a la bella imagen y traslada, sin más, Orden de Santiago. En cuanto a aspectos sociales, ¿existen ríos mediocres?, ¿es adjetivo aplicable a ríos? Si en la copla III de Manrique subyace una referencia a la grandeza humana dentro de la sociedad estamental, la imagen reafirma su carácter fluvial (el caudal, el mero tamaño). Parece que en la versión de Debord se desliza un prejuicioso desprecio de la clase media y su, para él, mediocridad. Son observaciones, detalles, matices. La traducción de Debord es, en conjunto, valiosa y estimable, un puente que el influyente estratega y pensador francés quiso tender entre nuestras dos culturas.

 

III

Ce sont rivières, nos vies,
Qui descendent vers la mer
De la mort.
Là s’en vont les seigneuries,
Tout droit, pour s’y achever,
Consumées;
Là les plus grandes rivières
Se mélangent aux médiocres
Ou infimes,
Là se retrouvent égaux
Ceux qui vivent de leurs mains
Et les riches.

[III

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar a la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos:
ya llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.]

 

XIX

Les présents démesurés,
Les édifices royaux
Remplis d’or,
Les joyaux bien ouvragés,
Et les pièces des monnaies
Du trésor,
Harnachements et chevaux
De ses suivants, ornements
Excessifs,
Où iront-nous les chercher?
Ne furent-ils que rosée
Sur les prés?

[XIX

Las dádivas desmedidas,
los edificios reales
llenos de oro,
las vajillas tan lucidas,
los enriques y reales
del tesoro,
los jaeces, los caballos
de sus gentes y atavíos
tan sobrados,
¿dónde iremos a buscarlos?,
¿qué fueron sino rocíos
de los prados?]

 

XXXIII

Lui qui a misé sa vie,
Por sa loi, à tant de coups
De son jeu;
Luis qui a si bien servi
La Couronne de son roi
Véritable;
Après tant de grands exploits
Dont on ne peut même faire
L’exact compte,
Dans sa ville d’Ocaña
La Mort vint pour l’appeler
À sa porte.

[XXXIII
Después de puesta la vida
tantas veces por su ley
al tablero,
después de tan bien servida
la corona de su rey
verdadero,
después de tanta hazaña
a que no puede bastar
cuenta cierta,
en la su villa de Ocaña
vino la Muerte a llamar
a su puerta.]

Guy Debord, Stances sur la mort de son pére, París, Champ libre, 1980 (traduit du castillan).

 

Guy Debord, la bebida y Jorge Manrique

Debord no tuvo reparos en escribir acerca de su pasión por la bebida (fundamentalmente en uno de sus últimos libros, 1989, Panegírico), un hábito que, en sus propias palabras, habría marcado su vida entera. De hecho, su creatividad primordial era antiegoísta, fundamentalmente sociable, retomando la tradición europea de los cafés, las vanguardias, los debates y los manifiestos, por lo que el alcohol o el café, usos sociales, aparecen siempre en su vida y en su obra. Valora y tiene muy presentes sus amistades de café en ciudades como Venecia, Cádiz, Hamburgo o Lisboa, y recuerda los espacios de la borrachera, coincidentes con prácticamente todos los de su desenvolvimiento vital: en casa, en los cafés, en las bodegas, bares, restaurantes y (sus favoritos) las terrazas. Aparte de su labor como activista, donde el encuentro, el debate, la dialéctica y la oralidad, en suma, serían indispensables, la bebida parece estar en la base de su escritura, para la imprenta o para argumentos de sus filmes, como una especie de fermento o motor. Tras declarar a la bebida como su pasión, “la más constante y la más presente”, y recordar sus borracheras de varios meses, argumenta que “la escritura debe seguir siendo excepcional porque hay que pasar mucho tiempo bebiendo antes de encontrar la excelencia”.

Apunta también a una justificación filosófica: más allá de la ebriedad, leve o violenta, se halla una paz magnífica y terrible, “el verdadero sabor del paso del tiempo”. Vemos aquí una conexión con la concepción existencial manriqueña acerca del tiempo que huye, consumiéndose y consumiéndonos, esa prefiguración de la modernidad en que permuta la espacialidad medieval por la temporalidad existencial y humanista. El alcohol y su euforia paran el tiempo, permiten afrontarlo sin esperanza, pero sin desesperación.

Jorge Manrique, por su parte, en una de las composiciones burlescas de su Cancionero, dedicada a la vieja beoda que empeñaba su brial (vestido lujoso en tejidos caros que llegaba a los pies) en la taberna para sufragar su hábito, propone una letanía o plegaria santificando diferentes denominaciones de origen españolas, lo que evidencia su aprecio por los vinos. Por cierto, que es esta una de las canciones de su producción (hubo varias más) que fue censurada: prohibida en algunas ediciones del Cancionero General y literalmente expurgada, arrancada, de algunos impresos, ya en el siglo XVI. En lo que sigue, vamos a proponer un paralelismo entre los hábitos de bebida de Guy Debord y los vinos españoles beatificados por la anciana bebedora de la canción manriquiana.

Para el pensador y activista galo, la mañana es la hora de las cervezas, aunque a veces también la del vodka ruso. El vino sería más bien nocturno, seguido de licores y luego, más cervezas. En cuanto a estas, predomina el eclecticismo, le gustaban todas: las inglesas (mezcla de pintas, dulces y fuertes), grandes jarras de Múnich, irlandesas, la clásica Pilsen de Chequia, el “barroquismo admirable” de la Gueuze en los alrededores de Bruselas. En cuanto a licores y cócteles, el eclecticismo es notable: licores de frutas alsacianos, ron de Jamaica, ponches (aquavit de Aalborg, grappa de Turín), cognac, el inigualable mezcal de México y toda clase de mezclas. Para los vinos, no entra en detalles enológicos: todos los vinos de Francia (el mejor, para él, el de Borgoña), los italianos (Chianti toscano y Barolo) y de España, menciones para Rioja y Jumilla.

Ausencias clamorosas: el champán (aunque puede que quede incluido entre los caldos franceses), el whisky (parece que no era bebedor del licor escocés como tampoco de la ginebra) y, adicto como era a Andalucía, extraña que no mencione los ricos soleras jerezanos y amontillados, con sus potentes efectos embriagadores. En cuanto al consumo de alcohol en general, reconoce que, por el lado negativo, le ocasionaba insomnio y vértigos, además de empeorar su gota y abocarlo a la polineuritis alcohólica que amargó el tramo final de su existencia.

Por lo que toca a Jorge Manrique, su poema burlesco constituye todo un catálogo de “denominaciones de origen” en una época en que, obviamente, tal concepto regulador no existía, aunque sí sus vinos. Sus Coplas a una beoda que tenía empeñado un brial en la taberna arrancan con una alusión a la maledicencia de la vieja bebedora que, según algunos críticos, podría referirse a que lo habría implicado al propio Manrique en tal hábito. Se alude al consumo compulsivo de vinos por parte de la dueña y a la calidad de su brial o vestido, de terciopelo, que, ello no obstante, pronto habría de pertenecer a la tabernera.

Hanme dicho que se atreve/ una dueña a decir mal,/ y he sabido cómo bebe/ continuo sobre un brial;/ y aun bebe de tal manera/ que, siendo de terciopelo,/ me dicen que a chico vuelo/ será de la tabernera.

Y proclama la veterana bebedora manriqueña:

Está como un serafín
diciendo ya: “Ojalá
estuviese San Martín
adonde mi casa está”,
de Valdeiglesias se entiende
esta petición y gana
por ser de allí parroquiana,
pues que tal vino se vende.

El primer elogio es para el vino de San Martín de Valdeiglesias, en donde gustaría de residir la anciana bebedora, “pues que tal vino se vende” allí. No cabe mayor elogio y por su primacía en la enumeración, parece encabezar el canon enológico de la época o, al menos, el canon particular de Jorge Manrique. Actualmente encuadrada en la denominación de origen Vinos de Madrid, la subzona de San Martín rodea a una villa que fue cruce de caminos importante entre Madrid, Ávila, Toledo y Segovia, y paso obligado de la meseta hacia Extremadura y Portugal. La uva tinta garnacha, nada fácil de envejecer, y la blanca albilla, también autóctona, en elaboraciones tradicionales y ecológicas, generan vinos muy gastronómicos, elegantes y apreciados. Su fama cruzó y cruza fronteras y ha generado muchos reflejos en la Literatura. De su encomiástica lista, más allá del juguete cómico y paródico en que se inserta, se desprende que el autor de las Coplas debió de ser gran catador de vinos y aficionado a beberlos.

Y reza todos los días
esta devota señora
esta santa letanía
que pondremos aquí ahora.
En medio del suelo duro,
hincados los sus hinojos,
llorando de los sus ojos,
de beber, el vino puro:

Arrodillada, la beoda se dispone a rezar su festiva plegaria (“letanía irreverente y alcohólica”, en palabras de Antonio Serrano de Haro). Es una escena cuya irreverencia, según ya hemos apuntado, no pasó inadvertida a los censores de los primeros Índices del XVI, a pesar de la aparente intangibilidad de casta de Jorge Manrique (ADN godo, importantes servicios militares y políticos y autoría del más sublime poemario de nuestra lengua y cultura), propiciando que esta pieza junto con algunas más de su Cancionero fueran eliminadas del Cancionero general y prohibidas con el conjunto de obras incluidas en el Cancionero de obras de burla, provocantes a risa. Parece, siguiendo de nuevo al gran biógrafo y diplomático (Obras de JM, estudio de Antonio Serrano de Haro, Madrid, 1985), que la enumeración manriqueña coincide bastante con otras coetáneas (en La Celestina, donde se añade la denominación kosher de Monviedro o Murviedro, Hernán Mexía y Melchor de Santa Cruz). Al tiempo que recuerda aquella antigua sentencia de que los que aman el vino, suelen evocar las tierras de buenos vinos.

“Oh Beata Madrigal,
ora pro nobis a Dios!
¡Oh Santa Villa Real,
Señora, ruega por nos!
¿Santo Yepes, Santa Coca,
rogad por nos al Señor,
porque de vuestro dulzor
no le falte a mi boca!
¡Santo Luque, yo te pido
que ruegues a Dios por mí,
y no pongas en olvido
darme tu vino de ti!
¡Oh tú, Baeza beata,
Úbeda santa bendita,
este deseo me quita
del torontés que me mata!”

En esta báquica plegaria, hay que destacar una cierta tendencia norte-sur, análoga a la propia geografía vital y biográfica de nuestro guerrero y poeta. A excepción de la mención del torontés que cierra, refiriéndose a los blancos de Rivadavia gallegos: el célebre Ribeiro. Si bien esas viñas se han generalizado e irradiado a otras regiones: Valdilecha, Campo Real, Sacedón, Tarancón, Fuente de Pedro Naharro. Es uva, la torrontesa, que produce caldos blancos secos, quizá una de los predilectos de Jorge Manrique en su faceta de bebedor. Dentro de lo que hoy sería la pujante DO Vinos de Rueda, el verdejo es la uva de las cepas de Madrigal, en Castilla y León, la región donde radica el solar familiar y genético de los Manrique de Lara. De estos ricos vinos se tiene noticia desde el siglo XIV: Que bien, que mal,/ pan candeal y vino de Madrigal. Villa Real, la capital fundada por Alfonso X el Sabio, en materia de vinos venía a englobar en tiempos medievales e incluso hasta más tarde lo que hoy conocemos como vinos de La Mancha, puede que incluso los de la Denominación Valdepeñas. Entonces, como ahora, debía de ser grande el aprecio a su calidad y generalizado su consumo. El vino de Yepes, fuerte, sobrio, clarete de alta gradación, que anuncia las soleras del Sur sin concesiones a su hedonismo, se elabora a partir de la uva malvar y encandiló a gente tan ilustre como Carlos I en su retiro de Yuste (donde solo bebía cerveza flamenca y vino de Yepes) y Luis Buñuel y su Orden vanguardista de Toledo, en cuyos iniciáticos rituales (su peculiar “noche toledana”) el néctar de Yepes jugaba un papel central, casi litúrgico o sacramental. Quizá por necesidades de la rima, retrocedemos hacia el Norte desde esta toledana villa hasta Coca, con su fantástico castillo gótico-mudéjar. Atravesada por el Eresma, en Tierra de Pinares, es tierra nuevamente de rico verdejo. Las estrofas finales son andaluzas, como lo fueron la madre, la crianza y mocedades del poeta y muchas de sus luchas y afanes político-militares, incluido un periodo de prisión (como Cervantes, Manrique padeció las incomodidades y la humillación del calabozo). Antes de la filoxera del XIX, que diezmó las viñas en toda Europa occidental, había equilibrio entre olivares y viñedos en las provincias andaluzas. Quizá blanco el vino de Luque en tiempos de Manrique, se producía el aloque: mezcla de vinos tintos y blancos (que no de uvas) en Baeza. Actualmente, los vinos de la Tierra de Torreperogil engloban los de Úbeda y Baeza. En términos de cuidado de la calidad y buen maridaje gastronómico, estos vinos contrabalancean la hegemonía en la región de la cultura oleica. Se conservan ciertas Ordenanzas sobre heredamientos de viñas de finales del XV y en la época del condestable Lucas Iranzo (contemporáneo y rival político de los Manrique), se sabe que estos vinos eran transportados a tabernas y mesones por recuas de arrieros en recipientes de piel (los pellejos inmortalizados en la descomunal batalla quijotesca). Circularmente, otro elogio cierra el inicial hacia los vinos de San Martín: el torrontés suscita un deseo letal en la bebedora, lo que reafirma que el poeta debió de conocer en primera persona los acantilados de la bebida. Solo esos vinos de Úbeda y Baeza pueden “quitarle” ese deseo del sacro Ribeiro.

La ebriedad, con sus dones y maldiciones, y el amor, infierno y paraíso, pero siempre camino de redención, pudieron aproximar al autor de las Coplas a Debord. La gran pasión de este en la última fase de su vida, previa al suicidio de 1994, fue una mujer española. Las circunstancias de la muerte de Jorge, un lance no previsto, acaso una exposición innecesaria (¿provocación?), en las proximidades de Castillo de Garcimuñoz, han suscitado conjeturas, con base textual en su cancionero, acerca no de un suicidio (algo aborrecible según el código medieval) aunque sí sobre un impulso tanático, un abrazar la muerte en combate como tantas veces la había invocado y convocado en sus canciones y decires.

El desajuste con la realidad, la insatisfacción, una percepción de la fugacidad de las cosas y de la caducidad de todo lo humano (incluidas las pompas del poder), el poder redentor del amor y la afición a la bebida (que para el tiempo y permite otras formas de disfrutarlo), así como el arte de la guerra (de lo estrictamente militar a lo insurreccional o contestatario, pasando por el juego de estrategia), muchas y profundas son las sincronicidades que animaron a Guy Debord a la aventura cultural de verter en francés las Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique.

En 2009, para evitar su venta a la Universidad de Yale, el Patrimonio Nacional francés declaró “tesoro nacional” la obra de Debord que, al año siguiente, fue adquirida por la Biblioteca Nacional gala. Jorge Manrique, sin declaraciones, es gloria nacional indiscutible, quizá no tan reconocida como debiera, en las letras españolas e hispánicas, desde las primeras copias manuscritas e impresos (ya en el siglo XV) de sus Coplas y de su Cancionero, a poco de su muerte. En cabeza del canon poético castellano, se merece completar el pódium literario de abril, mes del libro y la lectura, el mes en que murió (como Cervantes, un novelista, o Shakespeare, un dramaturgo, ¿por qué no un poeta lírico?) el 24 de abril de 1479 y en el que, probablemente, también vino al mundo.

 

Ruta literaria recomendada

París es clave en la ruta debordiana. Por supuesto, el París revolucionario, ante todo el de la Comuna de 1871, tan querida por los situacionistas, pero también el de la Fronda (como el 68, surgió como protesta por unos arrestos) o el de las barricadas de 1848, el de la gran Revolución Francesa o el del propio mayo de 1968. París es la ciudad de las luces, del espectáculo, del cine. ¿Cuál: el americano o el de la nouvelle vague? Ambos, probablemente. Y la deriva urbana es, ante todo, parisina: el París bohemio, el existencialista, el de los cafés literarios (Old Navy, los del Bulevar Saint Michel, el españolísimo, oh Agustín, La Boule d’Or, La Bola), el de los artistas, el de las vanguardias, el barrio latino y Montparnasse, pero también esas barriadas desaparecidas junto a los muelles del Sena, un poco lumpen, con tabernas donde bebían sus pichets de vino los republicanos exiliados y los emigrantes españoles. No sé si existirá todavía el Bar Chez Moineau, cuartel general de los letristas, en la rue du Four. Pero la deriva debordiana permite recrearlo. Seguro que borraron las autoridades municipales, siempre tirando a espesas, aquella pintada (“Ne travaillez jamais”) hecha por el propio Debord en una pared de la calle Seine, pero ustedes pueden conjeturar dónde pudo estar o, mejor aún, donde la pondrían hoy. En la reinvención del viejo París quisieron ver los situacionistas la ciudad futura, lúdica y rehumanizada. Las facetas de ese París poliédrico a veces se superponen, a veces se solapan, a veces dialogan, a veces se niegan. Perderse en París para, acaso, encontrarse a uno o una misma. Como un Rimbaud exaltado tras la barricada o ensimismado en su cachimba ante una copa de absenta en un Tabac, proyectando su fuga africana.

En España, Rello impactó a Debord. Es un pueblo soriano donde visualizó la esencia de Manrique y de las Coplas. Là s’en vont les seigneuries… La segunda esposa de Debord, Alicia Becker Ho, escribió un libro de este título, acompañado de las bellas fotografías de Rioupoul. Señorío ajado, resistiendo los embates del tiempo, como una vieja dama digna. Rello es el espectáculo de lo auténtico, de la gloria pasada a la que el Tiempo y la Historia despedazan. Segovia tiene dedicada, sin ser mencionada, una copla manriqueña, aquella que alude a los tesoros de Enrique IV en su Alcázar. Ese Alcázar que es una bella fantasía y el máximo emblema de la sociedad del espectáculo: inspirador del logotipo del universo Disney. Debord luchó por la liberación de los presos libertarios de la cárcel de Segovia. Ocaña es el único topónimo que aparece en las 42 coplas de Jorge Manrique. Sede maestral administrativa de la Orden de Santiago, relativamente próxima a su cabecera espiritual, estratégica y militar: el convento-fortaleza de Uclés, llamado justamente El Escorial de La Mancha. Su Alcázar, como tantos otros en Castilla, ya no existe, demolido por las injurias del tiempo y de la historia o por la mezquindad urbanística de los especuladores. Pero cabe evocarlo haciendo nuestra deriva urbana en los alrededores de la actual Casa de Cultura. Y disfrutar de una antigua y hermosa villa con una preciosa plaza Mayor, magníficos palacios e iglesias y una herreriana Fuente, que testimonia momentos de esplendor bajo Felipe II.

Una posibilidad adicional es la de dar un giro enológico a la ruta manriqueña, bajando desde Galicia y sus afamados caldos por los lugares mencionados en las coplas de la Beoda. Vinos de Rueda y Cigales, estos no mencionados por la dueña pero que quizá paladeó don Jorge, próximos al solar familiar palentino de Tierra de Campos y Paredes de Nava; de San Martín y la Comunidad de Madrid; de La Mancha (Uclés, con sus afamados vinos, donde están inhumados don Jorge y don Rodrigo) y el Sur de Castilla; de Jaén (Segura de la Sierra, encomienda de su padre donde transcurrió la infancia de Manrique, y su comarca) y Córdoba. Y rematarla, en homenaje a Debord y a la raigambre andaluza de doña Mencía de Figueroa (madre de Jorge Manrique), con unas manzanillas o unos amontillados en Sevilla, Jerez y alrededores.

Antonio Lázaro (Cuenca, España, 1956) es investigador, periodista cultural y novelista. Licenciado en Filología Hispánica (UAM) y doctor en Estudios Literarios (UNED), es colaborador en medios impresos, digitales y audiovisuales. Ha sido profesor de literatura española en universidades de África (Ghana) y Norteamérica. Tiene una dilatada trayectoria en el campo de la gestión cultural, y ha dirigido proyectos editoriales tanto institucionales como empresariales. Ha ganado los premios Don Quijote y Fernando de Rojas. Trabaja sobre literatura de los siglos XV y XVII y sobre vanguardias del siglo XX. Ha publicado novelas como Club Lovecraft (2007, MR, Planeta), Memorias de un hombre de palo (2009, Suma, Santillana) y Los años dorados (2017, Suma, Penguin Random). En 2018 apareció su Guía del Triángulo manriqueño y actualmente prepara una novela sobre las postrimerías de Jorge Manrique y la composición de sus célebres Coplas.

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