¿Pensé otra cosa, en realidad, aquella noche? ¿No fue eso, y no una letargia, como dije o pensé para tratar de explicar lo que no se entendía de mi actitud de aquella noche? ¿Desde cuándo tenía ese pensamiento, esa convicción que ni siquiera tenía la fuerza de una verdadera convicción? No habría sabido decirlo exactamente, pero no era Julien quien me había metido eso en la cabeza, ni él ni nadie. Él no fue en todo caso quien me enseñó lo que sé, a saber, que es necesario que uno se ahogue para que otro pueda respirar a sus anchas y que el aire que inspira es el aliento del que expira, que a uno lo expulsen para que otro se instale, y que no hay un solo lugar que ocupemos que no haya sido robado a otra persona, a quien hemos tirado al mar.
(Se me reprocha no haber conseguido ponerme en su lugar, seguí pensando. Pero la verdad es que es exactamente lo contrario: estoy en su lugar porque es su lugar lo que ocupo y ellos, los que se ahogan, están en el mío y se hunden para que yo siga en la superficie y pueda continuar en tierra firme mientras que ellos están en el agua).
Sí, de qué sirve, dije, volviéndome hacia el lado de la playa donde los dos paseantes caminaban en mi dirección. No eran paseantes, los reconocí ahora a pesar de la distancia, sino los dos supervivientes del naufragio, de eso no había ninguna duda, de modo que pude decirles, gritarles De qué sirve, porque estaba segura de que a pesar de la distancia que nos seguía separando y de las rachas de viento que barrían la playa, podían oírme perfectamente y, por otra parte, ni siquiera necesitaba gritar en su dirección para que me oyeran, podía repetirles tranquilamente que sólo era una cuestión de tiempo: también ellos, pronto, de nuevo embarcados sobre la espalda del Leviatán y abocados a la nada. Siempre hay uno o dos que sobreviven para morir al día siguiente, y por eso permanecen en la orilla en lugar de huir y de refugiarse tierra adentro.
Los veía venir hacia mí, con un paso de paseantes en medio de la llovizna. No tenía que preguntarme qué venían a hacer allí. Esos dos pensaban venir a pedirme justicia, a exigir una reparación. Pero ¿qué justicia? ¿Dónde está la justicia? ¿Acaso hay una justicia en el hecho de que esté viva en lugar de morir para que este sobreviva en lugar de no hacerlo o en lugar de aquel otro? Pero parece ser que no era esta justicia en la que ellos pensaban, o más bien en esta falta de justicia. Y probablemente también pensaban asustarme, surgidos del fondo de la playa y aflorando lentamente hacia mí, pero no me asustaban en absoluto, tenían demasiado el aspecto de un cliché, como si hubieran surgido solamente de mi imaginación, más bien de mi mala conciencia, o también como una alegoría plana de la mala conciencia, y si ellos querían que me explicara, no me importaría tampoco hablarles; para mí no era más importante hablar con ellos que con la capitana de la guardia costera. Por otra parte, no les habría dicho algo diferente de lo que dije, de lo que diría a la capitana de gendarmería. No me molestaba, sino que simplemente no tenía ganas de hablar con ellos. Y, por tanto, les grité No tengo ganas de hablar con vosotros, no tengo nada que deciros y ya lo he dicho todo, he dicho la verdad, la verdad, repetí gritando en su dirección. Y después preferí volverme hacia el mar, pensando quedarme allí unos minutos antes de volver sobre mis pasos hacia casa para preparar el desayuno a Léa, Qué se le iba a hacer si no podía seguir haciendo footing esta vez, pero no iba a ponerme a correr en su dirección.
De todas formas, me dije mientras seguía observándolos con el rabillo del ojo, ¿por qué venían simplemente ellos dos si era para exigirme justicia? Ya puestos, ¿por qué no venían también los otros, todos los que habían muerto y que tendrían más razones aún para venir a exigirme justicia?
¿Por qué no concretamente el que me llamó catorce veces? ¿Dónde está ese?
Pero quizá él no esté tan muerto, pensé, y va a la deriva, y vaga sobre la superficie del mar, y quizá finalmente el náufrago haya llegado bien a alguna parte. Esto es lo que Léa también me dijo no hace mucho tiempo, cuando le hablé de este asunto sin darme cuenta, o quizá no le había hablado de ello, pero ella veía que lo tenía en la cabeza mientras desayunábamos las dos, que yo estaba viendo hundirse el bote en mi tazón de café con leche, de modo que se me habían quitado las ganas de tomármelo, como la mañana anterior y la mañana anterior a la anterior, pero no había sido yo quien había sacado el tema.
Cada vez que Éric viene a buscar a la niña o yo la dejo en su casa, me reprocha que le hable sin parar de esta historia. ¿Te das cuenta de lo que le estás haciendo?, me dice, ¿te das cuenta de la edad que tiene y del peso que le echas encima cada vez que vuelves a esta historia delante de ella? Vas a volverla majara, la vas a hacer polvo, es malsano, irresponsable, etc. Me dice que va a verse obligado a protegerla de mí, que debo parar de hacerlo o tendrá que tomar medidas por el bien de Léa, dice que no hay que contar cosas como esa a una chiquilla de seis años y que no está bien arrastrarla como parece ser que yo hago a ese delirio enfermizo. Pretende que la pequeña es infeliz o está angustiada, que se acuerda de la niña que se ahogó porque yo le he hablado de ella y no hubiera debido hacerlo, que tiene pesadillas por esto, está preocupada por su madre y no es normal que una niña de seis años esté preocupada por su madre, y que incluso mis padres, supuestamente, se preocupan también, etc.
Éric, sin embargo, fue el primero en llamarme cuando este asunto estalló, demasiado contento por supuesto, para reconfortarme, pero sobre todo para explicar una vez más que tenía que mandar a la mierda a toda esa buena gente de la izquierda que se me echaba encima, y que no tenía que sentirme culpable de nada, y finalmente estaba dispuesto a decirme eso que te quitas de encima. Entre comentario y comentario, comprendí que en realidad, por un medio o por otro, quería saber si yo no lo había hecho adrede, en definitiva, habiendo adoptado así sus argumentos, que se resumen básicamente en “no hay más que dejarlos morir”, o simplemente habiendo alcanzado una lucidez favorecida por la laxitud, e incluso diciendo muy alto lo que todo el mundo pensaba por dentro, a saber, que después de todo nadie les había pedido que partieran y que no tenían nada más que apañárselas y que si pretendían venir a saquearnos al menos entenderían que lo hacían por su cuenta y riesgo, y que eran responsables de lo que les sucediera. Pero ahora ya no había que hablar más de ello, parecía ser, había que dejar de montar toda una historia, dejar a la pequeña fuera de eso, porque no era propio de su edad y era malsano volver sobre ello.
(en otros momentos era menos vehemente, e incluso más solícito, más atento conmigo, como si se preocupara por mí, al principio para repetir que no tenía que sentirme culpable de nada, creyendo, por tanto, poder afirmar que yo me sentía culpable, esas eran exactamente sus palabras, y que tenía que dejar todo aquello atrás, para después preocuparse por mi moral –pero no precisamente por mi moral–, de la que, según decía, yo no tenía aire de estar bien, y finalmente para sugerirme que fuera a ver a alguien, sin que yo pudiera saber si se refería a un médico cualquiera, por qué no a un psiquiatra, o bien a una capitana de gendarmería, por ejemplo. Concluía que yo debía renunciar a ese trabajo, que pidiera un traslado, quizá que dimitiera, recordándome por otra parte que varias veces en esos últimos tiempos, incluso mucho antes de que sucediera esa triste historia, yo había manifestado el deseo de dejar ese puesto. A lo que yo no había podido dejar de responder que de todas formas ya se estaban ocupando de ello por mí, dado el curso que estaba tomando esta historia y la apertura no sólo de la instrucción judicial, sino también de un procedimiento interno encargado de determinar, según los términos empleados, si había cometido alguna falta)
Pero yo no había dicho nada esa mañana a Léa, yo ya no digo nada, ya no le hablo de ello, ya no hablo a nadie de ello. Sólo lo hablaré con la capitana de gendarmería en el caso de que me manden una citación, como parece que van a hacer, o si voy antes por mi cuenta, pero a la pequeña ya no le hablo de esto. Fue ella quien quiso hablar de ello espontáneamente, no yo, fue ella quien posó su mano sobre la mía, al lado de mi taza, y me dijo de forma triste, como si fuera yo la niña y hubiera perdido mi osito de peluche, fue ella quien me dijo que el hombre que me había llamado catorce veces esa noche y que finalizó su decimocuarta llamada diciendo Se acabó, quizá no había muerto, no se había ahogado,
(y en esta ocasión me había acordado de esa frase que se oye claramente en las grabaciones, esa última frase, contrariamente teatral, Se acabó, sin que yo pueda determinar el tono con el que había sido pronunciada y, en consecuencia, su intención exacta, pero, sobre todo, que me parecía paradójica, porque probablemente se había acabado para él, pero empezaba para mí, a menos que, en otro sentido, acabara también para mí)
que él no había muerto, sino que se había puesto a nadar cuando todos los demás probablemente estaban ya muertos o desaparecían por detrás de las olas. Y mientras ellos se desperdigaban alrededor de los restos de la lancha él se había puesto a nadar, a nadar, infatigable, inmortal, salvado para siempre y nadando durante horas sin descanso, sin lasitud, hasta el amanecer, atravesando el Canal de la Mancha, desafiando la estela mortal de los buques contenedores, los abismos y los remolinos que provocan, indiferente al frío glacial, sin dejar de nadar y atravesando el mar y finalmente llegando a la orilla, náufrago, pero sano y salvo. Se podía incluso imaginar, suponer, que en realidad no era a las costas inglesas adonde había sido arrastrado, eso era lo que ella imaginaba, sino a algo así como una isla bienaventurada, muy lejana, tras haber vagado por la superficie del mar y atravesado otros mares además del Canal de la Mancha, siendo finalmente arrojado allí, a una orilla lejana y extranjera, y finalmente quizá, continuaba ella, recogido por los habitantes de la isla. O bien estos creerían haber reconocido en él al rey que habían perdido y cuya desaparición los había dejado desvalidos y angustiados. Parecería en efecto que se asemejaba al rey desaparecido, una sorprendente semejanza, y ellos felices de reencontrar a su rey, y él, en definitiva, aceptando hacerse pasar por él, pasando así de ser un náufrago a ser un rey por ese malentendido, lejos de su país y ya sin ninguna esperanza de regresar allí algún día, pero a partir de ahora rey, en todo caso, de una tierra lejana, él, un migrante, convertido en rey, cuando probablemente sólo soñaba con trabajar en una tienda de comestibles en Londres, y, a pesar de su inocente impostura, aceptando gobernar a ese pueblo e impartiendo justicia y bondad, siendo amado por su pueblo, habiendo reencontrado seguramente la felicidad.
Pero en realidad bajó lentamente hasta el fondo, arrastrado por sus zapatos llenos de agua, sobrecargado por su ropa, asfixiado, con los pulmones llenos de agua, con el corazón enloquecido y detenido finalmente por el frío, bajó y bajó hasta el fondo arenoso del mar. Posó lentamente un primer pie en la arena, el segundo, amortiguado, ingrávido como un cosmonauta en la Luna, en el fondo del mar. Y después de quedarse inmóvil y mirar a su alrededor durante un momento, se puso a caminar y a avanzar, en medio de las algas altas y de los peces somnolientos, y mientras caminaba otros se reunieron con él, bajando a su vez al fondo del todo, uno tras otro y posando a su vez el pie en la arena, los veintisiete, posándose suavemente en el fondo y caminando luego detrás de él como en un sueño, silenciosos y lentos, él avanzando en cabeza con un paso ligero, ellos detrás acompañándolo, y es de suponer que otros, todos los demás, se unen a ellos sobre la marcha, todos ellos engullidos, los náufragos cuyo naufragio el mar no hace más que terminar. Habría docenas, docenas y docenas de ellos y tal vez llegados de todos los mares, todo un pueblo de ahogados. Y todos caminando bajo cientos de brazas de agua y ya sin mirar, muy lejos por encima de ellos, en la superficie, las siluetas alargadas de los superpetroleros y de los cargueros que pasan apenas visibles, como la sombra de peces inmensos. Y en la débil luz verde y azul de los abismos encuentran su camino.
Sí, pensaba yo en la orilla del agua mientras las olas me llegaban a las punteras de las zapatillas y, en un esfuerzo extenuado y vano, trataban de atraparme como si nada, trataban de enrollarse alrededor de mis tobillos, de hacerme caer quitándome la arena debajo de los pies y de arrastrarme, sí, podría ir por voluntad propia a la gendarmería marítima de Cherburgo, sin esperar la citación, y pediría hablar con la capitana de gendarmería encargada de la investigación en lugar de hablarme a mí misma como hago todos los días mirando el mar, como si veintisiete personas fueran finalmente a salir de él después de su periplo submarino para situarse delante de mí. Oiría mi voz grabada, en lugar de oírla en mi cabeza, y ante mí tendría a alguien que no fuera yo misma y, si miraba por la ventana, vería otra cosa que no fuera el mar, la tierra firme donde uno se sostiene y no el elemento en movimiento que todo lo absorbe y en el que no se construye nada, que lo anula todo y siempre, vería, por ejemplo, una obra de construcción y no ruinas y restos de barcos.
Podría, habría podido.
Pero esa idea me la quité de la cabeza, porque de todas formas era como si ya hubiera ido al despacho de gendarmería, como si hubiera ya hablado con la capitana y, no hubiera llegado a nada, a nada, así que ya no iría a la gendarmería de Cherburgo, pensé, ni entablaría conversación con esos dos, que seguían viniendo hacia mí en medio de la llovizna, sin por otra parte parecer apresurarse, y que tal vez, pensé, no intentarían en realidad ni siquiera hablar conmigo. Quizá vengan no tanto a exigir justicia (qué justicia, repetí) como a impartirla, a hacer justicia, o bien a tomarse la justicia por su mano, lo que es exactamente lo contrario de la justicia, pero poco importa, y ¿qué mejor entonces, dadas las circunstancias, que tirarme al mar y ahogarme? El lado malo de esta hipótesis que parecía sin embargo verosímil me hizo sonreír. En cualquier caso, me dije mientras observaba las circunvoluciones del agua que trepaba alrededor de mis pies, me iría antes de que llegaran a mi altura.
¿Estoy en verdad sola en esta orilla? No decía esto simplemente –en realidad no lo decía en absoluto– porque viera a aquellos dos venir hacia mí y, en consecuencia, yo no estuviera efectivamente sola en la playa, y tampoco porque pensara en el puesto de observación de vigilancia marítima del CROSS, esa especie de orilla suspendida en la que en efecto no estoy sola, aunque todo el mundo aparentemente sostenga que estoy ahí sola para que me carguen con el muerto. No, lo decía en general, y ahora la maldita llovizna se transformaba en un fino aguacero que poco a poco me empapaba la cara.
¿Quién hay en la playa? ¿Quién mira el naufragio desde tierra firme? ¿Verdaderamente no hay nadie más que yo, yo completamente sola? Eso les vendría bien a todos, pero no hay que creerlo: no, no estoy sola en la orilla, no soy la única que mira de lejos y a resguardo el espectáculo interminable, noche tras noche, de los naufragios. Y no hablo sólo de Julien, detrás de mí, que medita amablemente sobre Pascal y la miseria humana, que ya no cree en Dios porque Dios fabrica migrantes en serie y después los ahoga en el mar como a gatitos, y eso le autoriza a desesperar noblemente. Mientras permanezco ahí, en tierra firme, están todos los otros también, detrás de mí, y son un montón de gente, miles, millones de personas. Todo el mundo está ahí, en honor a la verdad el mundo entero: el mundo entero detrás de mí, en la orilla.
Incluso mi padre está ahí, en la mesa del almuerzo colocada en la playa, con su bonita sonrisa. Todos vosotros estáis ahí. Si me volviera, os vería a todos, instalados en vuestros sofás, en la arena, en vuestras tumbonas, en vuestros escritorios, mirando sin mirar mientras me quedo de guardia como una imbécil, y después, una vez terminado el espectáculo, fustigando: Es escandaloso, Es indignante. Sin embargo, esta noche no he visto a ninguno tirarse al agua para acudir en ayuda de esa gente, a nadie que se haya propuesto hinchar de nuevo la lancha neumática con sus pequeños pulmones. Pero cuando se trata de vociferar y de tratar a los otros como monstruos, todo el mundo tiene energía.
No hay naufragio sin espectadores. Incluso cuando no hay nadie, cuando se produce en medio del mar y de la noche sin testigos, incluso cuando se produce a miles de millas náuticas, no se ve ni un alma y no hay nada más que olas y esa papilla de noche que lo cubre todo y se lo traga todo. Cuando no hay más ojos para verlo que brazos que se tienden, hay de todos modos espectadores, y la orilla, desde donde se ve el naufragio, nunca está demasiado lejos, ni siquiera cuando la distancia es infinita. Ni siquiera cuando se cierran los ojos, se mira, y no conozco a uno solo de ellos que podría decir Yo no estaba allí. Sin moverse de sus casas, todos en el espectáculo y el espectáculo es permanente, lo hay todos los días, todas las noches, continúa durante los días festivos, incluso cuando alguien está haciendo otra cosa es espectador del naufragio.
Unos espectadores ciegos y un espectáculo para ciegos. Miran, no ven nada, y por otra parte no pueden ver nada, ya que la escena es completamente negra y a esa distancia, cuando uno está en su sofá o delante del televisor, no se puede discernir nada. No ven nada, pero aun así están en el espectáculo. Sólo yo tengo los gemelos de teatro y veo, pero no hay nadie del público que me los pida ni me los tome prestados, y menos todavía para subir a la escena oscura, ninguno que haga ademán de levantarse para meter los pies en el agua.
Sólo yo veo y entiendo, sólo yo respondo. Y al ciego que ahora me menosprecia mientras acaba su copioso almuerzo con sus colegas antes de regresar a su despachito, le pregunto: Idiota, ¿ya no ves tampoco al tipo que duerme en unos cartones al pie de tu edificio? Rema igual en el asfalto y se hunde igual. Y ese no está a decenas de kilómetros en pleno mar, ni en plena noche. Es bastante fácil de geolocalizar: lo tienes a un paso. ¿Le ofreces la ayuda o soy también yo la que tiene que hacerlo?
Este fragmento pertenece al libro del mismo título que, con traducción de Mercedes Corral, ha publicado De Conatus.





