Nebraska

0
242

Nebraska es entrañable, hay que decirlo, pero perfectamente prescindible. Muestra la otra América, sí, esa otra nación nada espectacular de los pueblos en crisis y la gente decrépita que apenas tiene un lugar entre las barras y las estrellas. Uno de los viejecitos, por ejemplo, pone su silla en la acera para ver pasar los coches como se podría hacer en cualquier pueblo de Andalucía. ¿Es esto suficiente para recomendar una película? Nebraska es agradable, tierna, poética, generosa, casi hilarante a veces. Sobre todo, es humana frente a cien entregas ofensivas que nos sirve el mismo imperio cultural. Eso es todo. Queda la duda de si todo esto es suficiente para entregarle dos horas de nuestras cortas vidas.

 

Una película lenta, y a veces mucho, sobre la lentitud. Lo mejor de este compasivo trabajo de Alexander Payne –que a veces puede  recordar a cierto Jarmusch- son los planos largos, tristes y perfectamente insignificantes del paisaje urbano y rural. Todo se muestra un poco destartalado y caminando hacia la desaparición, tanto las personas como las cosas. Todo en crisis, salvo los cielos límpidos e inalcanzables, indiferentes a nuestras miserias. También es agradable el minimalismo folk de la banda musical (Mark Orton), que puntea la leve sensación de pena que recorre la historia.

 

Pero tal vez, por encima de todo, lo que salva una y otra vez la película son los primeros planos del rostro de David (Will Forte), oscilando entre la dulzura, la perplejidad, la compasión y la tristeza. David fue un niño muy guapo y sensible. “Parecías una niña”, le dice su madre sin maldad. De algún modo, esa dulzura infantil aún la transporta en su vida adulta de hijo preocupado y empleado eficiente. Este actor se consagrará, ya verán, con el peligro de clonación anímica consiguiente.

 

De Alexander Payne recordamos ahora Los descendientes. Mientras allí, aún conservando una parecida delicadeza para lo que es poco más que nada, había una cierta musculatura de la narración, salpicada de giros, en Nebraska lo que se cuenta –que no es mucho- está “tan bien contado” que uno se pregunta varias veces durante la primera hora “¿Qué hago yo aquí?”. Y también “¿Qué hace una cámara ahí?”. Ahí, cuando apenas hay nada que contar, nada más que la planicie solitaria de los campos, algunas calles vacías, algunos rostros más vacíos todavía.

 

Payne sabe muy bien a dónde va. El fin de las vidas y la necesidad de mantener una ilusión hasta el final. El enigma que es cada ser humano, casi siempre revestido de opacidad. En este punto son casi geniales los dos gemelos, primos de David. “¿Sólo tenéis coches japoneses?”, preguntan con sorna los dos hermanos, asombrados de que su primo haya tardado dos días en recorrer 1200 kilómetros. En este universo opaco, la pasión por los motores de explosión –los Buick, los compresores- se repite.

 

No podemos tener nada contra todo esto. Pero está contado con tanta lentitud, con tanta ternura hacia lo insignificante, que bostezas varias veces y te cuesta incluso no dormirte. Es posible que este universo de inanidad perpetua sea toda una revelación en el actual Hollywood, la otra cara de una moneda oculta. El problema es que, en el resto del mundo, es el pan nuestro de cada día.

 

Pero esta duda no es grave. Lo peor es ponerse a pensar por qué la misma industria que nos aburre sin cesar con grandes idioteces cargadas de efectos especiales –en la sala comercial donde pudimos visionar Nebraska el poder del sonido y la imagen era violentamente inmersivo– nos sirve ahora en bandeja de plata esta cinta nominada a todos los premios.

 

El ganado a lo lejos, los bultos de paja en los campos, las casas salpicadas. Todas esas cosas, hasta los bustos esculpidos de los Padres de la nación, están “incompletas”, son apenas bocetos para la mirada lúcida y senil de Woody Grant (Bruce Dern). Tal vez su sorda terquedad, esa tozudez final para ir a recoger un premio inexistente a Lincoln, debe compensar el vacío que le rodea. También por dentro, en su propia memoria. Si Woody padece Alzheimer, lo disimula muy bien.

 

La gente mayor que puebla Nebraska es como el resto de los enseres, aislados en una lenta decadencia y en una memoria que apenas les salva de nada. ¿Atascados en la rutina? No, casi nadie, salvo Woody y su hijo David, se siente atascado. Comiendo en silencio, viendo en silencio la televisión, todos esos seres no forman ni siquiera una constelación de grumos enlazados. Cosas y personas se limitan a estar ahí, arrojadas a un paisaje vacío. Cada ser cuenta con el silencio del otro, eso es todo. Y si la memoria tira de sus hilos tampoco rescata otra cosa que silencios, vagos recuerdos de relaciones, préstamos y generosidades no devueltas, amores truncados.

 

Nebraska es entrañable, hay que decirlo, pero perfectamente prescindible. Muestra la otra América, sí, esa otra nación nada espectacular de los pueblos en crisis y la gente decrépita que apenas tiene un lugar entre las barras y las estrellas. Uno de los viejecitos, por ejemplo, pone su silla en la acera para ver pasar los coches como se podría hacer en cualquier pueblo de Andalucía. ¿Es esto suficiente para recomendar una película? Nebraska es agradable, tierna, poética, generosa, casi hilarante a veces. Sobre todo, es humana frente a cien entregas ofensivas que nos sirve el mismo imperio cultural. Eso es todo. Queda la duda de si todo esto es suficiente para entregarle dos horas de nuestras cortas vidas.

 

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.