Ngoma (3): Las cuerdas mágicas de Sona Jobarteh

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Resulta complicado saber si lo que se observa al viajar es algo más que una mera fachada, un simple escaparate dispuesto para satisfacer las expectativas prefabricadas del turista. Y si el decorado se encuentra instalado en una dictadura, es inevitable que una sensación de recelo te acabe recubriendo paulatinamente. En circunstancias similares visité Gambia con un grupo de amigos hace más de un lustro, cuando el presidente Yahya Jammeh aún gobernaba el país. Los escasos y fugaces datos que los gambianos nos ofrecieron sobre él transitaban entre la idolatría y la resignación. Nos hablaron de unos poderes omnipotentes que eran capaces, entre otras cosas, de esquivar el impacto de una bala disparada a quemarropa. Pero también escuchamos furtivos comentarios sobre lo sombrío y calamitoso de su gobierno. Todo ello, sin excepción, en el tono cordial con el que nos trataron desde el primer hasta el último momento en que recorrimos esa pequeñísima república que, como un vaina de tierra, abraza el río con el que comparte nombre. Sin embargo, detrás de la sonrisa de una máscara suele haber un rostro que esconde su sufrimiento.

Tres años después de aquel viaje, Yahya Jammeh tenía que abandonar el poder al que había llegado con un golpe de estado hacía más de dos décadas. Tras su salida, se creó la denominada Comisión de la Verdad, la Reconciliación y la Reparación para que, «en un impresionante ejercicio de catarsis colectiva» (como muy bien explica José Naranjo en un artículo publicado recientemente en El País*), Gambia abriera sus entrañas y pudiera arrojar luz sobre las atrocidades que el dictador cometió durante su terrorífico mandato. Vale la pena, aunque implique realizar un ejercicio incómodo y angustioso, leer el reportaje de Naranjo para intentar atisbar los niveles de represión y violencia que Jammeh ejerció sin ningún tipo de freno. Nada que pudiéramos ni siquiera intuir durante aquella semana de disfrute entre exuberantes estampas tropicales. De Gambia regresé con la plenitud jubilosa de unas vacaciones entre amigos íntimos y el regusto dulce de una tierra enérgica y de gente afectuosa que, tiempo después, volvería a redescubrir en su música.

Foto: atardecer en Banjul, capital de Gambia (Fuente: Álvaro León Acosta)

Sona Jobarteh es una intérprete y compositora de origen gambiano que tiene el honor de ser la primera mujer que se convierte en una virtuosa profesional de la kora, esa especie de arpa genuina del África Occidental que durante siglos se había mantenido reservada para el uso de los hombres. Jobarteh pertenece a una familia de griots (o poetas tradicionales) y koristas entre los que destaca, por ejemplo, el famoso Toumani Diabaté. Sona ha revitalizado los sonidos de su país buscando la cohesión entre las materias primas de la tradición musical gambiana y los productos más actualizados del mercado global. Pertenece a esa generación de artistas africanos que navega sin complejos entre la modernidad y la tradición, atravesando fronteras hacia una creación que emerge, al mismo tiempo, con vocación de arraigo y de cosmopolitismo. Pensando en Jobarteh recordé unas palabras del escritor angoleño Eduardo Agualusa a su colega mozambiqueño Mia Couto en referencia a los nuevos escritores africanos y que podría servir para definirla: «Creo que ellos no viven ya ese cansado dilema de la confrontación entre tradición y modernidad. La tradición solo les interesa en la exacta medida en que les permite afirmar una cierta modernidad. En fin, como dices, y muy bien, su pensamiento tiene más alas que raíces».

Gambia, de Sona Jobarteh

Volando con esas alas, además de complementar su condición de música con las de activista social y mentora artística, Sona Jobarteh dio a luz el álbum titulado Fasiya (Patrimonio). Un disco  en el que su presencia se extiende a través de la serenidad entusiasta de su voz y la potencia delicada de sus manos en la kora. Una guardia de coros, guitarras, bajos y otros instrumentos de África Occidental, como el calabash o el balafón, escoltan mágicamente esas cuerdas. Jobarteh canta a su tierra, sus mujeres y sus tradiciones, pero también al futuro radiante de todas ellas. Este es uno de esos discos que obliga a sumergirse en él sin oposición, para rendirse a la sensibilidad vigorosa de temas como Jarabi, a la hipnosis evocadora de Gainaako, o al sosiego estimulante de Mamamuso. Un mosaico de canciones que te hace pensar si la música, quizá, guarde una verdad más profunda que la de cualquier viaje. O preguntarte si, por lo menos, sea capaz de hacerla más llevadera.

 

* https://elpais.com/internacional/2020-07-12/gambia-los-horrores-ocultos-de-la-dictadura-silenciosa-de-africa.html

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Rosauro Varo
Rosauro Varo Cobos, cordobés nacido en 1982, es pediatra, investigador y cooperante. Ha ejercido en países como India, Perú, Costa Rica, Sudáfrica, Malawi, República Centroafricana o Mozambique. En su ciudad, fue cofundador de la revista literaria Café con Letras y de las tertulias del mismo nombre. Ha colaborado con diferentes medios de comunicación locales y nacionales. Ha publicado un libro de cuentos titulado El embudo (Andrómina, 2014) y una novela: Plagio (Ediciones en Huida, 2018).

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