El verano, en muchos de nuestros pueblos y ciudades, estaba cortado a la mitad, como una naranja que espera a ser exprimida, por un sol inclemente, que quizás hoy sea ya ingobernable. La hora de comer se convertía en un espacio temporal indeterminado, pero también en una ruptura cotidiana que ordenaba nuestras vidas. Nosotros, jugábamos apurando las últimas gotas cítricas de la mañana, hasta que la calle se convertía en desierto. Sólo entonces pronunciábamos esas palabras ambiguas y vacías para observadores ajenos, pero precisas para el receptor pretendido: “nos vemos luego, en la plaza”.
La plaza podía ser calle, podía ser bosque, parque, pista, playa o piscina. Adoptaba, para unas y otros, formas diversas y realidades muy alejadas. Pero todos esos lugares compartían el convertirse en el lugar deseado: allí queríamos estar, en ese preciso momento. Ese “luego” también hacía referencia a una temporalidad no enunciada, ajena a cualquier absolutismo horario, a cualquier mensaje de whatsapp. Quizás esa sensación de infancia, matizada, es la que volvía a mí durante los últimos días de septiembre, los primeros días de octubre.
Quedar en la Puerta de Sol, en la Plaza, se convirtió en una especie de rutina esperanzadora aquellos días, como cuando el mundo por descubrir era nuestro. La Plaza emergía como un espacio de socialización que nos (re)unía a muchas y muchos en torno a la idea de imaginar –nuevos horizontes–, de descubrir –la fuerza que aún tiene lo colectivo–, de compartir –miedos y esperanzas. No era una vuelta ingenua a la infancia, ajena a toda realidad social, política, económica y ecológica. Esa sensación precoz que dibujaba una vida por delante, con todo tipo de fantasías, ilusiones y esperanzas, resonaba ahora envuelta en reflexión, procesos deliberativos y sesudos análisis políticos.
La racionalidad (a veces arrancada forzadamente del sentir) aparecía, esta vez, unida a una sensación que nuestros cuerpos olvidaban últimamente: el deseo, deseo político de horizontes más justos, dignos, humanos y compatibles con las vidas que nos rodean. Deseo en confluencia con la posibilidad. Y esperanza. Era lo que resonaba en las conversaciones. Esos horizontes tan lejanos ahora se contraían, convirtiéndose en tangibles en unos pocos días, en esa misma plaza que tantas veces pareció ajena y hostil. Estoy convencido de que muchas de las personas que habitamos o caminamos la Plaza, el centro de la res publica, ahora miramos de otra forma los procesos sociales, la capacidad de transformación que tiene la organización y la movilización ciudadana, la agencia que todas tenemos. En el fondo, hemos cambiado la mirada sobre nosotros mismos, quizás ahora nos percibimos como fuerzas de cambio, esperando un impulso colectivo.
En esas reflexiones andábamos cuando la sombra conquistaba los adoquines y las lonas de la Plaza. Las tiendas de campaña quedaban en penumbra y la frase seguía repitiéndose. Seguíamos confluyendo en la Plaza, de manera voluntaria, y a veces casual esos días me reencontraba con gente que hacía años que no veía, con conocidos de movimientos sociales, de la universidad, de la ciudad en la que crecí. Muchos ajenos a la organización social, otros más familiarizados con sus dinámicas, pero Sol se convertía en una escuela social y política que formaba a pasos acelerados. La política, entendida en sentido amplio y no estrictamente partidario, pasaba a ser el “universo temático del pueblo”, como diría Paulo Freire.
La vivienda canalizó la necesidad de gritar con fuerza, de no resignarse a futuros reaccionarios, canalizó la esperanza y la ilusión de una gran parte de la población que se refugiaba como podía ante el ruido atronador de los auges reaccionarios. Pero enseguida se hizo patente en la plaza que las demandas diversas rebosaban, y confluían interseccionalmente, para desbordar a la vivienda como un tema aislado. Antifascismo, ecologismo, lucha por educación y sanidad pública, antirracismo, pacifismo, y un largo etcétera, ocupaban el centro de los espacios y las conversaciones, para mucha gente, por primera vez.
Yo pertenezco a la generación que aún atravesaba la adolescencia cuando unos pocos decidieron pasar la noche en la Puerta del Sol, un 15 de mayo de 2011. Algunas y algunos de nosotros vivimos un despertar de imaginarios políticos y sociales de transformación hasta ese momento lejanos. Algunos, incluso, terminamos estudiando Derecho y Políticas, quizás por la semilla de ilusión que se sembraba en ese ciclo social. Hoy es una mayoría joven la que puebla las tiendas de campaña, desde adolescentes hasta algunos de nosotros, más cercanos a la treintena, y socializa, crea vínculos, se acerca a estos espacios y normaliza debatir qué queremos hacer con nuestras vidas. Y eso ya es una victoria principal.
Como generación, hemos colectivizado un problema en una época marcada por la individualidad, y eso tampoco es poca cosa. Comprendimos que no tener acceso a una vivienda digna no es consecuencia de no esforzarte lo suficiente. Que los desequilibrios materiales en nuestras vidas son fruto de heredar o no hacerlo. Que además esos desequilibrios se convierten en obscenos, utilizando la vivienda como arma para apropiarse de los frutos del trabajo ajeno. Entendimos que hacía falta sindicato y no (solo) psicólogo.
Junto a otras generaciones construimos el consenso sobre la situación de la vivienda como un problema que nos atravesaba a todas. Y desde el 26 de septiembre de 2026 estamos disputando, y construyendo, un consenso que va un paso más allá: las soluciones no pasan por salidas individuales, como invertir en vivienda por su rentabilidad evidente; sino por salidas colectivas, que transformen de manera profunda y radical las políticas de vivienda. La ventana de oportunidad que se ha abierto a costa del sufrimiento de millones de inquilinas y los trágicos desahucios que protagonizaron Maricarmen u Olga, entre otros, deja espacio a decretos que legislen decididamente para una mayoría, a propuestas de vivienda enunciadas por los sindicatos de inquilinas, las organizaciones sociales y las acampadas de numerosas ciudades a lo largo de toda la Península Ibérica (incluyéndose ahora incluso Oporto). Pero, sobre todo, posibilita la escuela política de las calles organizadas disputando los desequilibrios de poder: en viviendas, en salarios, en servicios públicos, en la acumulación de poder de fondos financieros y tecnológicas.
Atravieso las arterias de la acampada y doy vueltas alrededor de la Plaza mientras compartimos actualizaciones vitales y reflexiones sobre vivienda y movilización. Lo institucional se cuela en las conversaciones, pero enseguida queda claro que la potencia de ese lugar no se detiene en el Congreso. Amigas de entornos ecologistas coinciden con amigos que se acercan a la Plaza con ganas de entenderlo, involucrarse y participar de espacios que quedan fuera de sus rutinas. También compañeros más reticentes. Observo entusiasmado cómo se entienden mundos que parecían lejanos, las sensaciones son compartidas, generamos un afecto a un momento histórico, a los procesos que recorremos de una manera orgánica. Paramos en una charla abarrotada, que dificulta incluso el paso, intentamos llegar a una asamblea abarrotada en la que no alcanzamos si quiera a escuchar. Formamos parte del cordón pacífico antifascista que protege la acampada. Conversamos de nuevo. Nos sentimos parte, más o menos cercana, de un estallido de ilusión y esperanza que marcará nuestros imaginarios, nuestras afinidades y nuestra vida. “Nos encontramos”, más allá de la plaza.
Escribo en pasado, porque los días en los que pude ser parte de esa acampada pasaron, el teletrabajo no lo soportó todo y tuve que viajar de vuelta a la ciudad que hoy es mi casa, Barcelona, como fue muchos años Madrid. Pero creo que estos apuntes pueden resonar en presente para muchas, muchos, que siguen habitando Sol y manteniendo el espacio como un lugar que transmite ilusión y esperanza. Quizás cuando se publique este artículo, nos estemos viendo de nuevo en la Plaza.




