Novísimo muralismo Mexi-4T

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Como todo mundo sabe y se ha estudiado hasta el cansancio, la así llamada Revolución mexicana, en realidad una guerra civil que enfrentó a quienes hoy serían designados como Warlords o Señores de la guerra, derivó en una ensalada ideológica que buscaba legitimar la gran matazón así como cerrar el pacto final con el cual los jefazos militares sellaron la paz. Esto hay que verlo en términos relativos, pues a la pacificación seguirían en años subsecuentes los asesinatos de algunos de ellos, muy al estilo Al Capone: desde Emiliano Zapata, ese mito popular bajo el que se escondía un personaje siniestro y desalmado, Pancho Villa, el general Francisco Serrano en lo que se conoce como la matanza de Huitizilac (fueron ejecutados en total 14 altos mandos militares en una purga de fuego y balas), no sin exceptuar a su antiguo y admirado jefazo, el General Álvaro Obregón, quien sería ultimado a quemarropa para evitar que repitiera la presidencia de México por un segundo periodo.

La Revolución mexicana, o revolución cósmica, como le llama con incuestionable Wit inglés el historiador de Oxford, Alan Knight, sirvió, como todas las revoluciones, para crear una nueva clase política hecha de generalotes, caudillos, jefazos y jefes máximos. Fue todo menos popular. Inventó, eso sí, una ideología gelatinosa y resbaladiza, quizá más bien una simulación (práctica cara, hasta la fecha, para el grueso de los mexicanos en su vida diaria), la sombra de una ideología: el nacionalismo revolucionario.

Ese sí, me refiero al nacionalismo revolucionario, fue penetrante y popular entre los intelectuales orgánicos y artistas (también orgánicos) que acompañaron a los procesos políticos y distintas corrientes que englobaron a la Revolución mexicana en un solo y nauseabundo discurso oficial, el cual iba cambiando según las necesidades de la facción en el poder.

Estoy siendo sutil, casi recatado. Esto escribió Roger Bartra, fino y gran estudioso de esta simulación de ideología y de la sombra perenne que siguió arrojando un siglo después de surgida y que volvió sigilosamente por la puerta grande de la Cuarta Transformación: “La gran tragedia política de México a comienzos del siglo XXI radica en la profunda inmersión de la sociedad en la cultura del nacionalismo revolucionario instituida a lo largo del siglo pasado.”

En sus orígenes, el nacionalismo revolucionario promovió, qué otra cosa iba a ser, una cultura, sobre todo en las letras y la pintura, inspirada en los fundamentos del nacionalismo de marras. No importa que estos fueran más bien huidizos y cambiantes. Un poco a la manera de los artistas fieles a los dictados del Kremlin en tiempos de Lenin y Stalin (sir Isaiah Berlin tiene un ensayo espléndido y terrorífico al respecto), en México también ocurría que quienes se lograsen adaptar con rapidez a las fluctuaciones discursivas del nacionalismo revolucionario, incluso se lograran adelantar a las mismas, eran quienes recibían monumentales trabajitos por encargo.

Los pintores más sagaces en este negocio en el que se mezclaba la mierda política con el arte, fueron especialmente dotados para traducir discursos en murales que, a la manera de la iconografía cristiana, supuestamente buscaba educar y exaltar al populacho analfabeto. Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, por poner solo dos ejemplos, estuvieron a la cabeza de este nuevo arte revolucionario, tan conocido y estudiado que no voy a decir más para no aburrir a nadie y pasar a lo que importa: la más reciente reaparición del muralismo en versión siglo XXI, es decir, más degradada aún, más definitiva y hasta estéticamente pobretón.

Me refiero a eso mismo que ya podríamos ir llamando “el muralismo Cuatri-T-rascuache”, en alusión al nuevo uso que le han encontrado insignes personajes del así denominado proceso de la Cuarta Transformación (4T, para los amigos) en el cual se encuentra inmersa lo mejor y lo peor (sobre todo lo peor) de la nación mexicana.

En días pasados apareció una noticia que, ante la cobertura de las hazañas de la campaña de vacunación contra el Covid, 60 mil dosis aplicadas en un día, ritmo con el cual llevará unos 5 años inmunizar a setenta millones de almas piadosas (e infinitamente tan pacientes como el más estoico de los muchos seguidores de Zenón de Citio), pasó más bien desapercibida.

En Culiacán, la misma urbe que se convirtió en un Kabul instantáneo (no confundir con Instant karma) cuando se apresó y liberó (por instrucciones directas del señor presidente, según lo declaró quien ostenta el cargo: hago énfasis en que solo lo ostenta) al Chapito, un joven emprendedor de nariz muy trabajadamente respingada de nombre Ovidio Guzmán López, el augusto politiquillo y alcalde de esa ciudad (esto es un pleonasmo: en realidad Culiacán es lo más parecido a un nido de narcos armados casi con el mismo equipo que usan de las Fuerzas Especiales estadounidenses, Rambo en sus películas y los Boinas Verdes), Licenciado Jesús Estrada Ferreiro, develó un mural que le inspiró elevados pensamientos y una honra que, sospecho, lo acompañarán hasta su tumba, allá en la rotonda de los Hombres Ilustres del estado de Sinaloa. Así lo reportaron los medios de comunicación:

En los pasillos del primer piso, frente al salón de Cabildo, el primer edil develó el mural denominado “La Cuarta Transformación”, obra del joven artista Aldo e inspirado en la pintura imagen del emblema nacional, a la cual le añadió la figura del presidente Andrés Manuel López Obrador.

Según las fuentes periodísticas ahí presentes, se trató de un acto con toda la debida pompa y circunstancia. Léalo usted mismo: “El alcalde asentó [sic] que se trata de un justo homenaje de manera sencilla pero significativa al presidente de México, ya que el país se mantiene en el camino a un mayor bienestar donde predomine la justicia y se supriman los abusos del poder.”

Las inspiradas palabras del alcalde tienen su origen en las no menos clarividentes declaraciones del jefe máximo de la 4T. Escúchenlo o léanlo:

Es el pueblo el principal actor de la vida pública, ya no son los potentados, los del círculo rojo, los famosos en los medios de comunicación, la academia, la intelectualidad, es el pueblo raso y eso me llena de orgullo, porque el pueblo antes no era tomado en cuenta, despreciaban al pueblo, no les importaba el pueblo, no existía, ahora es distinto, entonces ese es el proceso de transformación que se está viviendo.

Jamás veo las conferencias “mañaneras” del presidente López Obrador. Como él, yo también estoy ocupado, tengo que salir a trabajar, aunque en caso de ser contagiado de Covid, al contrario del mandatario yo no solo dejaría de trabajar, sino incluso de existir, pues no veo muy factible que me atiendan como a él, no se diga en los hospitales, atestados en la realidad (que no en el discurso) de pacientes hartos y moribundos, que no tendrían espacio para recibirme como conspicuo miembro de la intelectualidad y por ende sumo potentado que soy de mis propias miserias.

Regresando al mural culiacanense, o culiche, como dicen allá: claro, utilizar recursos públicos para poner a trabajar al joven aspirante a muralista Aldo, no es en modo alguno un exceso ni abuso del poder. Sobra decir que es imposible saber cuánto costó el bodrio muralístico en cuestión, así como los honorarios del buen Aldo. Algo tuvo que costar la pintura utilizada en la realización de este notable fresco al interior del palacio municipal; presumiblemente alguien, un compadre, una comadre, alguien no menos creyente en la 4T y su combate a la corrupción, el cuatismo, el nepotismo, en suma todas las formas de abuso del poder, así sea chiquito como el de la presidencia municipal culiacanense (y ni tan chiquito), acercó al prometedor artista de marras al ingenioso y visionario político sinaloense para que plasmara con brocha o pincel, a estos héroes (en versión re-loaded) de la patria.

Por último, me quiero detener en breves detalles biográficos de la canalla que aparece flanqueando a nuestro mandatario en esta primerísima muestra del muralismo Cuatri-T-rascuache.

De hecho, francamente yo le habría dicho a Aldo: mire maestro, a López Obrador nomás póngale a Juárez, fue un pecador, pero es que los otros tienen cola que les pisen. ¿Cómo que cola, cabrón? ¡No vengas a estar chingando, intelectual-conservador-adversario del cambio!, me habría salido al paso el señor alcalde, Licenciado Jesús Estrada Ferreiro. ¡Sáquenme de aquí a este pinche intruso aguafiestas!

Y así, en mi mente, mientras soy sostenido en vilo por unos fortachones guardaespaldas y arrojado por los aires a las afueras del palacio municipal, antes de romperme la crisma en un aterrizaje comprometido y doloroso sobre los severos adoquines de la plaza cívica, por mi cabeza hubiera pasado un micro segundo suficiente para pensar en las reflexiones que me habría honrado compartir con el artista Aldo, como el ciudadano con plenos derechos que hasta ahora, pero no mientras sobrevolaba las escalinatas de la casa del venerable asiento del gobierno de la ciudad culiche, creo seguir siendo.

Mire usted, estimado maestro, le habría susurrado al oído. Permítame comentarle que el cura Hidalgo, cuya figura aparece junto al notabilísimo López Obrador, no era tan ilustrado como se cree. Un historiador, tan joven como usted, Alfredo Ávila, ha argumentado bien que ese cuento fue producto de los historiadores y políticos (don Jesús Reyes Heroles, “el del gran poder”) de mediados del siglo XX. Lo que hubo, más bien, fue lo que ya sabíamos: la manifestación de un conflicto creciente entre españoles y criollos.

De igual manera, maestro Aldo, mejor desvanezca la figura del tótem máximo del señor presidente López Obrador, mi general (y el suyo) Lázaro Cárdenas. ¿Por qué? Pues porque anda circulando una biografía todavía inconclusa del Tata Cárdenas, firmada por el reputado historiador Ricardo Pérez Monfort en la cual… No maestro, se lo juro que no es un revisionista asqueroso ni un impugnador, al contrario, se trata de un académico, ¡chín, “un académico”!, retiro lo dicho, de un “estudioso” de la vida y obra de mi general que muestra, desde la empatía con mi general, el papel que jugó nuestro héroe, primero como encargado militar de continuar el genocidio en contra de los indios yaqui en Sonora bajo las órdenes de su general Plutarco Elías Calles, y poco después, cuando oportunamente mi general Cárdenas vio que convenía asentarse [sic] en el liderazgo turgente y todopoderoso de Álvaro Obregón, decidió Cárdenas actuar en consecuencia y ponerse a sus órdenes en las inmediaciones del estado de Morelos, lo cual consistió en perseguir y abatir como perros a plomo y fuego a las huestes, ¡ay tan pueblo y tan descalzas ellas!, del caudillo del sur, Emiliano Zapata.

En eso hubiera pensado antes de someterme, no por voluntad propia, a una violenta y aplanadora cirugía plástica de mi respingona nariz y mis pómulos salientes. Ay esta imaginación mía, tan traicionera y conservadora, que no me permite estar, como se dice, a la altura de los nuevos tiempos.

 

 

 

 

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Bruno Piché es ensayista y narrador. Ha sido editor, periodista, diplomático y promotor cultural. Realizó estudios en la Concordia University de Montreal, El Colegio de México, King’s College de Londres, Instituto de Investigaciones Sociales UNAM Es autor de los libros Robinson ante el abismo, Noviembre y El taller de no ficción. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México desde 2012. Su novela más reciente, 'La mala costumbre de la esperanza', (2018), apareció bajo el sello editorial de Random House Literatura. En 2015 publicó la novela 'Los hechos', acerca de la cual Juan Villoro escribió: “Bruno H. Piché entiende la historia del mundo como una diáspora: datos en fuga que al articularse conectan la vida pública con la esfera privada. Podemos escapar de nosotros mismos pero no de Los hechos, es decir, del flujo incontenible de la historia.”   Vivir en Comala City es un blog sin fronteras temáticas y en la que las sombras y presencias fantasmales remiten al escurridizo entrecruce entre los géneros literarios. En Comala todo es literatura y nada es lo que parece.

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