Nueva York 11: Terminal de Grand Central

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De vez en cuando me acerco a los lugares más poblados de turistas. Ayer fue la Terminal de Grand Central, una de las más claras demostraciones de que algunos hombres hace tiempo que se alejaron del mono. Yo, sigo atado al simio

 

De vez en cuando me acerco a los lugares más poblados de turistas. Ayer fue la Terminal de Grand Central, una de las más claras demostraciones de que algunos hombres hace tiempo que se alejaron del mono. Yo, sigo atado al simio, ya que de camino al lugar al que dedico este texto me iba agarrando el brazo izquierdo así como respirando profundamente por causas relacionadas con los ocho días consecutivos que llevo tomando café. En un momento del trayecto, a pie, casi me vuelvo a casa para pedir cita con el cardiólogo. Pero poco a poco fui superando la sobredosis de cafeína, que en mí se genera con un simple café aguado. Debió ayudar el hecho de la majestuosidad de una terminal de trenes absolutamente alucinante, donde, además, se habla en voz baja y se camina con orden y concierto.

 

Ya dentro, estuve investigando, abducido por la idea de cogerme el primer tren que saliera con destino a donde fuera, para seguir regando mi vida literaria, cayendo en la cuenta de que también podría volver a casa, a recaudo de una buena olla de garbanzos con bacalao y espinacas, para desde allí imaginarme que estoy en Baltimore, en el apartamento de una desconocida, profesora de yoga y coleccionista de mariposas disecadas.

 

En una de las numerosas salidas de la terminal encontré otro manantial de placer y anécdotas varias, ya que se celebraba allí la Semana de Japón (Moshi Moshi Japan), con la zona izquierda basada en la moda y la derecha en alimentación y turismo. Tras volverme a subir la ansiedad por culpa de que cuatro azafatas de su tren bala (Shinkansen) hacían promoción del mismo, caí en una nueva trampa, siempre con origen femenino, ya que una nipona que dijo ser de Chiba –cada vez que hablo con una japonesa le pregunto de dónde es como si yo llevara el censo del país– me regaló una dosis de té verde de no sé cuáles montañas. Por supuesto que no lo rechacé, engulléndolo de manera directa, con confianza, momento en el que sentí otro picotazo en la aorta, que fue cuando casi arranco el desfibrilador de una esquina de la estación y me lo ato al pecho.

 

No había superado totalmente el incidente cafetero y ya esperaba el tsunami que me iba a generar aquel chupito de té verde ultraconcentrado, por lo que antes de perder el conocimiento me comí media ración de humus de tofu, un poco de ramen y algo dulce proveniente de Yokohama que no terminó de convencerme. Ya en la calle, camino de mi hogar neoyorquino, me di cuenta que estaba exagerando un poco: llevaba el pasaporte en la boca por si me caía en redondo.

 

Para darme cuenta de que casi todo está en la mente, llegué a casa, leí un poco ‘Monte Odina. El pequeño teatro del mundo’, de Ramón J. Sender, cuando a la tercera página me debí frito por espacio de hora y media. Por ende, el café y el té sólo estaban en mi cabeza. Si es que aún me quedara algo de ella. A eso de las siete, destrozado, me desperté y comencé a cocinarme unas lenteja estofadas con calabaza y apio, cuando, a la vez, había empezado el lavavajillas a actuar. Hasta aquí todo normal. Salvo que el humo condensado de ambos artilugios, con el denominador común de la excesiva eficacia norteamericana, hicieron saltar la alarma de incendios del apartamento, momento real en que me desperté de la siesta –hasta ese instante levitaba–, sobre todo cuando los vecinos tocaron a mi puerta. Luego llegaron los porteros. Menos mal que quería pasar desapercibido.

 

Tras controlar la situación con un pitido molestísimo que cesó tras tres minutos interminables, recordé esa posibilidad que tuve horas antes en la Terminal de Grand Central: pillarme un tren a algún lugar. El que fuera.

 

 

Joaquín Campos, 20/02/15, Nueva York.