Nueva York 12: desde el túnel

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Ayer me fui a Brooklyn, por darme una vuelta, donde conocí a Tito Toni, un fotógrafo ubriqueño radicado en los Estados Unidos desde 2002, que vestido de rapero –que me perdone pero a mí ciertas indumentarias chandalísticas, con gorra y parches de las franquicias de la NBA me lo parecen– me mostró su cercanía. Tras una hora de caminata bajo un frío demoledor encontramos un bar donde tomarnos unas cervezas, que resultó ser del genero ‘de color’ y ‘homosexual’.

 

Ayer me fui a Brooklyn, por darme una vuelta, donde conocí a Tito Toni, un fotógrafo ubriqueño radicado en los Estados Unidos desde 2002, que vestido de rapero –que me perdone pero a mí ciertas indumentarias chandalísticas, con gorra y parches de las franquicias de la NBA me lo parecen– me mostró su cercanía. Tras una hora de caminata bajo un frío demoledor encontramos un bar donde tomarnos unas cervezas, que resultó ser del genero ‘de color’ y ‘homosexual’. Aclarando; o atinando: bar de negras lesbianas. Aquellas dos horas habrían dado, habiéndome quedado otro par más, para un relato corto; al menos.

 

Antes, contuve la respiración porque tenía por delante doce estaciones subterráneas –me apeé del metro en la West 4th Street de la línea M tras haber buceado a través de otra siete; luego pillé el tren– que paso a narrar en las siguientes diapositivas:

 

Primera estación, West 4th Street: Tras seis minutos de transbordo me planto en un andén parecidísimo al del metro. Si acaso, observo diferentes indumentarias: menos trajes y más humildad; o modernidad. Yo leía ‘Mendigo’, de Jesús Aguado, que no me está golpeando en las sienes, como sí lo hicieron hace escasos días Watanabe, y sobre todo, Iribarren. En esas llega el tren, que aunque fuera más espacioso en su interior, aparentaba ser más destartalado y frío que el metro.

 

Segunda estación, Canal: Un joven de barba abandonada y vestimenta ‘grunge’ solicita dólares, a poder ser en billete. Ni canta ni toca la guitarra. Sólo dice que lleva un mes en la ciudad y que le está siendo difícil adaptarse. Comenta que proviene de Wisconsin. Sin poder haberme enfrentado al acta de un notario creo no haber visto a nadie darle limosna.

 

Tercera estación, Chambers: Altercado contenido, ya que en la aglomeración de pasajeros una señora, según la atacada, se le echó encima, advirtiéndola la afectada de que estaba preñada. Momentos de cierta tensión porque la encinta se queja elevando la voz, rara avis en Manhattan, donde casi nadie habla. La supuesta agresora, que entiendo que solamente se movió hacia su lado para dejar a otra persona sentarse, mira hacia el suelo. Ambas son mujeres más cercanas a los cuarenta que a los treinta. Nadie comenta nada. Si hubiera un control de respiraciones, saldría plano: como el electrocardiograma de un cadáver.

 

Cuarta estación, Fulton: Vagón atestado cuando un vagabundo, con la chaqueta hecha jirones y la voz algo más que tomada, hace como que canta. Lleva una lata de cerveza en el bolsillo, no sé si vacía o llena. Éste ni pide dinero. Se baja en la siguiente. Ríe.

 

Quinta estación, High: Se sube una belleza rubia abrigada hasta la barbilla. Yo doy por perdido al poeta Aguado al que deberé releer en un mejor momento para ambos. Demasiada frivolidad; se entrega a una locura innecesaria; adorna tanto que acaba ensuciando. La rubia me mira. Aunque claro: está frente a mí. ¿Y yo? ¿Hago lo mismo? Siempre que llego a este momento vital y me bajo del tren pienso que podría haber sido la mujer de mi vida. Luego entro en un supermercado y me ocurre lo mismo con la cajera. Por lo que hace ya bastante tiempo que comprendí que todo ser humano posee 15.000 parejas ideales repartidas por el ancho mundo. Sólo hace falta recorrerlo y abrir bien los ojos.

 

Sexta estación, Jay: Se baja la señora señalada como agresora de la supuesta embarazada, porque en este mundo ya casi no te puedes creer nada. La misma me mira –también la tengo en frente, junto a la rubiaza– y yo aprovecho para cambiar el punto de mira hacia la rubia, que no desentona en esta guerra de miradas. Un negro de dos metros canturrea lo que escucha por los auriculares. Una señora, blanca, de medidas muy desproporcionadas, es incapaz de tomar asiento, por lo que se agarra a la barra. Desmoraliza, en el fondo, transitar por un túnel, ya sea en Nueva York o en Madrid. Demasiados perdedores camino de sus hipotecas. Demasiados emparentados que querrían abrazar a alguien diferente: volver a emparentarse. Demasiado duro aceptar que uno transita, cabalga, chapotea, en la derrota constante.

 

Séptima estación, Hoyt: El tren va cambiando de color: los blancos van desapareciendo y los negros van tomando asiento. La rubia se mantiene en sus trece –me mira sin descanso–. Yo ya hace rato que no sé ni a quién mirar. Un músico afina la trompeta mientras descongela el amplificador. Toca de manera armoniosa. Le daré un dólar. Recalco que sin padecer su aparente sufrimiento resido en una indigencia notable… al menos en Nueva York, donde cada vez que salgo a comprar para cocinar –ya ni digo salir a comer por ahí– me dejo cincuenta dolarazos.

 

Octava estación, Lafayette: El vagón se vacía dejando asomar sus mediocridades por el paso del tiempo. La pobreza no ya es sólo la de la clase media-baja que aguanta hasta el final de la línea C sino de las calvas, arrugas y desgaste evidente de un vagón muy venido a menos. La rubia se entretiene con su móvil. La supuesta preñada sigue hablando sola. El señor músico pasa la gorra a la que inyecto un dólar y un par de monedas sueltas. Nos sonreímos.

 

Novena estación, Clinton: Suben tres jóvenes errados –afortunadamente cuando eres joven ser errado es un sinónimo favorable y con solución aparente; el problema es cuando pasas el rubicón de los 36 y sigues haciendo el gilipollas. Uno de ellos empuja a uno de sus compañeros, haciéndole caer al suelo. La tensión se masca en el ambiente, aunque aparenten estar de broma, aunque en el vagón nadie, ni una sola persona, hace una simple mueca. Cuando los tres comienzan a zurrarse, medio en broma medio en serio, parte del pasaje decide modificar sus culos de sus asientos alejándose del epicentro de la estupidez. Los tres –los siento, mis queridos progres– son negros; y entre el trío deben rozar los seis metros de altura. No parecen malos tipos, sólo desafortunados, como muchos en esta vida, que toman el carril erróneo o el camino equivocado. A veces incluso las dos cosas. Uno cae –el más guapo–, haciendo reír al resto. El pasaje ni se inmuta. Una señora lee lo que parece ser un prospecto acompañada de su bebé, atrancado en un carrito. Podría tener fiebre. La temperatura: –11. Y el tren con una flojísima capacidad para calentar el ambiente.

 

Décima estación, Franklin: Son las ocho en punto. La oscuridad de la noche debe ser parecida a la de este túnel sin fin. Ya queda menos para apearme. La rubia casi ha dejado de mirarme, entretenida con su teléfono móvil. Yo sigo alejado de Jesús Aguado, en cierta manera porque me ha parecido insoportable. Los tres muchachetes de color han cesado en su pelea infantil. Deben tener, también entre los tres, al menos, sesenta años. El frío se introduce por las rendijas de mi chaqueta. La calefacción no debe tirar muy bien. Y con menos pasajeros, a peor, cuando debería ser al contrario, comprendiendo que el calor esencial en este extraño viaje a ninguna parte lo generamos todos los pasajeros, que siendo multitud, ofrecemos más calidez que los calefactores. La rubia vuelve a mirarme. ¿O ella yo el que la miraba?

 

Undécima estación, Nostrand: Queda sólo una. La rubia se apea. Y ya sólo quedamos doce seres humanos. Para los de las estadísticas: ocho hombres, cuatro mujeres; diez negros, un latino y yo. Esta vez es el latino el que me no me quita ojo. A lo mejor se ha dado cuenta de que nos parecemos. Aprovecho para saludarle. Dice ser de Arequipa, Perú. Trabaja en un McDonald’s. Por ese camino, le digo, nunca serás chef. Yo lo soy, adjunto.

 

Duodécima y última estación, Kingston: Me bajo introduciéndome entre los seis sobacos de los tres jovenzuelos que tras haber peleado-jugado bailaban. Ni retiraron sus brazos ni yo cambié de puerta de salida. El andén parece el camino de un matadero. Allí nadie habla, si acaso sueñan. O eso espero. Ya en la calle comprendo que somos ganado. Ganado a –12, porque el asunto del frío no da tregua. Las casas, de cuatro plantas, bellísimas. Me recuerdan a Londres sin haber estado.

 

 

Joaquín Campos, 21/02/15, Nueva York.