Obama necesita un trasero al que darle una patada

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     La mancha de petróleo que empezó a derramarse hace casi dos meses en la costa este de Estados Unidos no deja de crecer. Ahora amenaza las relaciones de Estados Unidos con Gran Bretaña, su tradicional aliado.
     El  sábado, Obama  pasó más de media hora al teléfono con el flamante primer ministro británico, David Cameron, explicándole que su creciente acritud al juzgar la conducta de la empresa British Petroleum no estaba motivada por ningún prejuicio antibritánico. Medios de información a ambos lados del Atlántico han informado en ocasiones de que el líder estadounidense tiene una veta antibritánica porque su abuelo keniano habría sido torturado en Kenya antes de la independencia. Obama habría dicho a Cameron que para él British Petroleum es una multinacional (la propiedad es 40% británica y 39% estadounidense), que no tiene interés en socavar su valor (ha perdido más de un tercio desde el desastre), etcétera, pero que estamos ante una auténtica hecatombe en  la que los ejecutivos de British han tenido un comportamiento inadecuado.
      El martes, el máximo responsable de la compañía, Tony Hayward, irá  a la Casa Blanca a una reunión a la que se unirá en algún momento Obama y en la que, se dice, recibirá un rapapolvos del presidente estadounidense, que ya se ha manifestado públicamente crítico con las manifestaciones del jerifalte de la multinacional. («Me gustaría recuperar mi vida», ha dicho Hayward inconscientemente mientras once personas la han perdido de verdad). En los dos países se agitan dedos acusadores. El alcalde de Londres deplora que una compañia británica sea constantemente denigrada en los medios de información yanquis y en Estados Unidos la indignación crece. Ciertos legisladores piden la cabeza de los culpables de lo que ya se califica con fundamento como «la mayor catástrofe ecológica de la historia de Estados Unidos». Otros dejan caer que el Gobierno debería bloquear el reparto de dividendos de la compañia hasta que no se indemnice a las víctimas… La cuantificación de los daños económicos causados en la costa y en la industria de la zona se mueve en zonas siderales, ya se habla de 40.000 millones de dólares. Con el cruce de recriminaciones emponzoñadas, los medios londinenses recuerdan que la demonización oficial de la compañia británica contrasta con la conducta de la estadounidense Union Carbide, responsable en la India en 1984 del drama de Bhopal en el que murieron varios miles de personas y casi medio millón vio su salud dañada. Su ejecutivo más importante, Warren Anderson, se fugó de la India cuando iba a ser juzgado y se encontraba en libertad bajo fianza.
     El comportamiento de British Petroleum es  ahora desmenuzado con crudeza en Estados Unidos. Habría ocultado algún otro incidente e informado mal de éste: La cantidad que mana diariamente al mar resulta ser el doble de lo que púdicamente señalaba la compañía…
     La multinacional, sus accionistas y los numerosos fondos que tienen a BP entre sus activos van indudablemente a perder una fortuna. Habrá otras consecuencias, el diario «Los Angeles Times» se unía ayer a los que decían que hay que detener las explotaciones en la costa hasta  que se tenga la certeza absoluta de la inexistencia de riesgos. Obama, cuya popularidad se ve erosionada, se encuentra ensimismado con el tema (el martes viaja de nuevo a la costa), y otros problemas acuciantes como las sanciones a Irán, sobre el que Washington logró hace días una resolución en la ONU que es sólo ganar un poco de tiempo, o el bloqueo israelí a Gaza, que pone en evidencia mundial a Israel y a su aliado norteamericano. Todos estos asuntos no están siendo abordados con detenimiento.
       Notoria es la moraleja de la columna de Thomas Friedman en el «New York Times» que pretende mentalizar a sus compatriotas sobre la absurda glotonería energética que padece el país. Friedman, muy influyente, remacha que es la ocasión de que los americanos se den cuenta de que la fiebre de las prospecciones petrolíferas proviene del consumo desenfrenado de gasolina de los estadounidenses. Esto debe detenerse. Hay que dar los pasos adecuados, concluye, dado que se vive en un mundo de asechanzas y amenazas concatenadas. Entre éstas cita las incógnitas que representan Irán y su posible bomba, la posibilidad de que Corea del Norte se vuelva loca o de que haya un nuevo 11 de Septiembre  y la de si la «la Unión Europea va a continuar financiando la deuda de Grecia, Hungría y España» dado el contagio que implicaría el desplome económico de estos países .Que el columnista más leído de Estados Unidos nos meta en el mismo saco que a Grecia indica la visión que hay de nosotros hoy en el exterior.
          

Inocencio F. Arias es un veterano diplomático y frecuente colaborador en los medios de información. Ha tenido cargos destacados con diferentes gobiernos: embajador en la ONU con el PP, Secretario de Estado y Subsecretario con el Gobierno anterior del PSOE y Portavoz del Ministerio de Exteriores con tres distintos ejecutivos de la democracia; UCD, PSOE y PP. En la ONU presidió el Comite Mundial contra el Terrorismo y la Asociación de Embajadores. Ha sido profesor en la Universidad Complutense y en la Carlos III de Madrid. En su única escapada a la empresa privada fue Director General del Real Madrid. Ha escrito libros: Confesiones de un Diplomático (Planeta) y Tres Mitos del Real Madrid(Plaza-Janes) y en colaboración con Eva Celada La Trastienda de la diplomacia (Plaza-Janes). A mediados de 2012 publicó también en Plaza y Janés Los Presidentes y la diplomacia. Me acosté con Suárez y me desperté con Zapatero que actualmente está en su tercera edición.