Arthur Rimbaud, poeta (fragmentos)
Es difícil leer la poesía de un mito. Así, suele ocurrir que a la poesía de Hölderlin, de Rimbaud, de Dickinson, de Pessoa, de Lorca, de Celan, se llega con admiración previa, como a rendirle culto. Esto seguramente degrada, de manera involuntaria, la obra de los poetas, la posterga y neutraliza, en vez de valorarla y potenciarla. El valor primero de toda poesía no puede ser otro que ella misma, y la lectura verdadera solo se da si hay un encuentro entre el lector y los textos más allá de todos los juicios previos.
El mito de Rimbaud cuenta entre los más poderosos por los variados componentes que reúne: la genialidad del adolescente (escribió toda su obra entre sus 14 y sus 20 años de edad); la transgresión social y moral del poeta maldito, lo que tuvo de vagabundo y aventurero, el morbo de su pasional y turbulenta relación con Paul Verlaine; su vida fuera del sistema y su postura del lado de los oprimidos de cualquier orden; el abandono radical de la escritura en plena juventud, como aparentemente ya habían previsto sus poemas; sus quince años en Abisinia y su muerte temprana a los 37 años de edad.
Pero aún habría que añadir su condición pionera de portavoz de niños y adolescentes, con censura y crudeza, con lucidez sobre lo efímero de la edad, con júbilo y sufrimiento. Probablemente fue el primero en dar voz a la juventud como colectivo, y de ahí procedería su puesto en el imaginario del movimiento beat, del mundo de la música rock, de la nueva identidad que los jóvenes construyeron en la segunda mitad del siglo XX. Como, con un sentido más amplio, escribió Antonio Méndez Rubio: “Se puede decir sin miedo que la poesía de Arthur Rimbaud es nuestra música”.
[…] En la dispersión y los ensayos de las primeras Poesías, más allá del vigor satírico, del violento sarcasmo que se va salpicando, la lengua-mundo del poeta se afirma en el vínculo entre poema y realidad, con la misma contundencia al menos con que este vínculo se negaba en la línea casi coetánea Mallarmé-Valéry. […] Los textos aparecen como espacios sensoriales, dominados por datos perceptivos: se trata de sentir, no de que las sensaciones signifiquen otra cosa ni sean trascendidas. No son correspondencias, no hay “templo” analógico ni dimensión metafísica. Un mundo privado, individual, de sensaciones alcanza una nitidez que lo hace comúnmente sensible. Eso no impide que el abundante ejercicio de la descripción –en general a ráfagas, pero también componiendo cuadros– se abra a preguntas, desvíos, perspectivas múltiples, apuntes de pensamiento, hallazgos. Es, según Jean-Marie Gleize, “una poética de la desnudez, de la franqueza y de la salud, una práctica de la expresión llevada a su más alto punto de simplicidad activa”.
[…] Rimbaud crea en el lector el hábito de abrirse a las palabras que usa, posponiendo la posibilidad de la interpretación. Lo que dice es lo que dice, y el primer sentido es el literal, aquello a lo que la palabra apunta en el mundo, en el contexto que cada poema convoca. No se trata de verdad o mentira, historia o ficción, sino de referencia, ese gesto de señalar algo que existe. Y esta “franqueza”, esta “simplicidad activa” dan, paradójicamente, la posibilidad arriesgada de sondear formas de lengua privada. No quiero decir que se invente un idioma, o que se distorsione su fonética o algo similar, sino que el poeta hable de un modo que los demás podamos leer por su intensidad y su capacidad de sugerir realidad, aunque no se conozcan sus referencias concretas; vibramos sabiendo que ese mundo vive, sentimos lo que de ese mundo fluye, por más que sea un lugar propio del poeta y nos resulte desconocido.
Vocales
A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales,
Contaré algún día vuestros nacimientos latentes:
A, negro corsé velludo de brillantes moscas
Que zumban volando en torno a crueles hedores,
Golfos de sombra; E, candores de vapores y toldos,
Lanzas de altivos glaciares, reyes blancos, temblor de umbelas;
I, púrpuras, sangre escupida, risa de hermosos labios
En la cólera o las borracheras penitentes;
U, ciclos, vibraciones divinas de los mares que verdean,
Paz de las dehesas sembradas de animales, paz de las arrugas
Que la alquimia imprime en las anchas frentes estudiosas;
O, Supremo Clarín pleno de estridores extraños,
silencios atravesados por Mundos y por Ángeles:
—Oh, la Omega, rayo violeta de Sus Ojos.
De Poesías
Alquimia
(fragmento inicial)
Ahora yo. La historia de una de mis locuras.
Me jactaba desde hace tiempo de dominar todos los paisajes posibles, y me parecían irrisorias las celebridades de la pintura y la poesía moderna.
Me gustaban las pinturas idiotas, frisos sobre las puertas, decorados, telones de saltimbanquis, anuncios, estampas populares; la literatura pasada de moda, latín de iglesia, libros eróticos sin ortografía, novelas de nuestras abuelas, cuentos de hadas, libritos de la niñez, óperas viejas, estribillos bobos, ritmos ingenuos.
Soñaba cruzadas, viajes de descubrimientos de los que no queda relato, repúblicas sin historia, guerras de religión sofocadas, revoluciones de costumbres, desplazamientos de razas y de continentes: creía en toda suerte de hechizos.
Inventé el color de las vocales –A negro, E blanco, I rojo, O azul, U verde.– Pauté la forma y el movimiento de cada consonante, y, con ritmos instintivos, me precié de inventar un verbo poético accesible, tarde o temprano, a todos los sentidos. Me reservaba la traducción.
Se trató al principio de un boceto. Escribía silencios, noches, anotaba lo inexpresable. Fijaba vértigos.
De Una temporada en el infierno
Ciudad
Soy un efímero y no muy descontento ciudadano de una metrópoli considerada moderna porque ha evitado cualquier gusto conocido, tanto en el mobiliario y el exterior de las casas como en el plano de la ciudad. Aquí no podríais mostrar las huellas de ningún monumento de superstición. La moral y la lengua están reducidas, en fin, a su expresión más simple. Estos millones de personas que no tienen necesidad de conocerse llevan de modo tan semejante la educación, el trabajo y la vejez, que el curso de su vida debe de prolongarse varias veces menos de lo que una estadística insensata atribuye a los pueblos del continente. De igual modo, veo desde mi ventana nuevos espectros que ruedan a través del espeso y eterno humo de carbón, –sombra nuestra de los bosques, noche nuestra de verano–, nuevas Erinias, ante mi casa que es mi patria y todo mi corazón, pues todo aquí se les parece,– la Muerte sin lágrimas, nuestra activa hija y servidora, un Amor desesperado, y un bonito Crimen que lloriquea en el barro de la calle.
De Iluminaciones
Selección de textos de: Arthur Rimbaud, Obra reunida. Edición bilingüe de Miguel Casado. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2026.





