Ogros ejemplares. Luca Prodan: viaje a la semilla

0
491

¿Sabría este italiano, que había trastocado la historia del rock argentino, que a los 34 años tendría una sepultura en el cementerio de Avellaneda con una roca traída de Traslasierra? Quizás parte de la culpa del líder del grupo Sumo estuvo en su manera de ser 

 

A veces, para relatar ciertas vidas se debe ir marcha atrás.

 

La madrugada del martes 22 de diciembre de 1987 Luca Prodan se le apareció a su madre, la escocesa Cecilia Pollock, al pie de su cama romana. La vio sonriente, beato, y le dijo: “Hola, mamá”. La mujer se incorporó e intentó tocarlo. Luca se desvaneció. Sólo quería anunciarle que estaba bien, contento, vivo.

 

Al otro lado del mundo, en la casa de la calle Alsina 451, a una cuadra de la plaza de Mayo de Buenos Aires, el cadáver del mismo personaje fue encontrado por una amiga, en su lecho, en posición fetal y con una sonrisa de placidez. Se estima que murió, por un paro cardíaco que sufrió a causa de la hemorragia interna provocada por la cirrosis, entre las nueve de la noche del lunes y las tres de la madrugada del día siguiente. Dos días previos, en su último recital con Sumo, entre sudores y miasmas, Luca dijo en el Club Atlético Los Andes, delante de un público escaso y antes de cantar una versión de Fuck you: “Ahí va la última”. ¿Sabría este italiano, que había trastocado la historia del rock argentino, que a los 34 años tendría una sepultura en el cementerio de Avellaneda con una roca traída de Traslasierra?

 

Había pasado un año exacto del encierro en los Estudios Panda de Buenos Aires para grabar el álbum que los llevó a Chile y con el que cerró la discografía de Sumo: After chabón. Aunque ese tercer disco fue el preferido de Luca “porque no tenía ningún hit obvio”, su proceso no estuvo exento de problemas: Prodan peleó en el estudio, armó pataletas y el resto de miembros sólo lo utilizaron en las partes en donde el cantante era imprescindible. El italiano, ahora entregado a una botella de ginebra diaria, errático y consumido, se estaba dando cuenta de que ya no tenía el mismo liderazgo interno en la banda. No es difícil imaginarlo casi raquítico, tambaleante, con camisetas manchadas y gritándoles a todos en perfecto italiano: “¡Vaffanculo!”.

 

Quizás parte de la culpa estuvo en su manera de ser. Luca Prodan nunca tuvo inconvenientes para criticar a otros músicos, aunque pertenecieran a su propia agrupación. Fue el primero en hacerlo en la escena argentina, mucho antes de que Charly García, Andrés Calamaro o Fito Páez jugaran a ser rebeldes. Para entonces decía de Roberto Pettinato, su saxofonista, que era un “boludo” y un “agrandado” con sus seguidores. De Fito llegó a afirmar que se le hacía un tipo sin vida vivida, un melódico nada más. Sobre Gustavo Cerati, Federico Moura o Daniel Melero tenía palabras de desprecio, porque los consideraba unos niños bien en busca de fama, incapaces de tocar con las tripas y entregados a los aparatos. Cuando hablaba de Luis Alberto Spinetta no entendía por qué la gente se postraba ante sus arreglos y letras incompresibles. Miguel Abuelo era un “hijo de la remilputa”. Para concluir reconocía en sus colegas australes una marcada propensión a copiar lo que ya estaba hecho. “Son unos pajeros, no los invitaría a comer a mi casa”, eran sus palabras para zanjar el tema. Por eso, y muchas cosas más, no era errado pensar que Luca Prodan fue una actitud en estado salvaje.

 

Argentina también era otra. Se estrenaba una primavera democrática, llena de libertades, un contexto ideal que hacía posible a Sumo y potenciaba las singularidades de Prodan. ¿Un botón? Para los conciertos iba en el mismo autobús en el que se desplazaba su fanaticada. Su casa fue un albergue okupa, lleno de pintadas, mugre, botellas vacías, instrumentos musicales y gente sin oficio que pasaba horas bebiendo, fumando, cogiendo y cantando. El cuarto de Luca era algo así como el santo sepulcro del underground porteño: un colchón lleno de polvo y manchas en el suelo de una segunda planta, adornado por una ventana moteada de óxido y en la pared muchas figuras esbozadas por decenas de cajitas de Tic-Tac que formaban el más raro de los collages. Al pelado, como le decían en el barrio, le gustaba su casona. Aseguraba que en la noche aparecían fantasmas de gente que había muerto el siglo anterior por el método de tortura conocido en Argentina como la mazorca, que no era otra cosa que la introducción de una tusa de maíz por vía anal.

 

En la época de Sumo la zona pertenecía más a los bajos fondos. Luca se sentía a gusto así. Caminaba por las cuadras de San Telmo y en todos los bares de mala muerte era bien conocido. Allí saltaba las barras y sacaba su botella de ginebra que siempre le guardaban en el refrigerador. Los parroquianos lo saludaban con cariño, como uno más, sin saber que aquel loco italiano sin un pelo en la cabeza era el líder de un grupo que en su segundo disco, Llegando los monos, había llevado la elasticidad de su propuesta a niveles impensados. Para principios de 1986 ya eran unas vacas sagradas del rock en Argentina y Uruguay. El ojo blindado, TV Caliente, NextWeek, Los viejos vinagres, Heroína y Estallando desde el océano se habían transformado en himnos instantáneos sin importar si estaban cantados en inglés, o si eran temas reggae, punk, new wave o continuaciones del legado dejado por Joy Division. Ya en esa época Luca había asimilado la argentinidad como un campeón. Su canción Que me pisen arrancaba con unas palabras que ponían en éxtasis a su público austral:

 

Yo quiero a mi bandera

Planchadita

Planchadita

Planchadita

 

Dos años antes Sumo había grabado su primer disco bajo el título de Divididos por la felicidad, otro homenaje no muy velado a Joy Division. Prodan aún no le había declarado la guerra a los rastas por someter a las mujeres y tener una falsa moral, por lo que en el álbum destacaron, además de Mejor no hablar (de ciertas cosas) y La rubia tarada, tres canciones reggae: Kaya, Regtest y No acabes. Ya para esa época todo el mundo se preguntaba de dónde había salido ese calvo de torso desnudo que era un camión de actitud, cantaba en inglés en plena guerra de Las Malvinas, exploraba otros géneros musicales y parecía salido de un manicomio con esas pelucas y lentes oscuros que solía usar en escena.

 

Lo que no sabían era que meses atrás Luca había hecho de todo. Junto a Sumo formó dos banditas para recaudar dinero en los pubs: Hurlingham Reggae Band y Sumíto. También mandó una carta a Manchester a la baterista de Manicured Noise, Stephanie Nuttal, una amiga de vieja data: “Si estás aburrida, vení”. Ella, casi niña, se presentó en el aeropuerto de Ezeiza sin saber una palabra de español y grabaron algún material. Buenos Aires en la época de la guerra de Las Malvinas no era el mejor escenario para una británica. Así que Nuttal tuvo que abandonar el país a petición de su madre. Sin embargo, Luca cuando la despidió se dio cuenta de que ya lo había conseguido: sabía que estaba en su salsa, que nadie podía negársele a sus proposiciones y que todos sus actos revertían la razón principal de su aterrizaje argentino.

 

En 1981, un año antes, la historia mil veces contada plantó a Luca Prodan en Traslasierra, un pueblo cordobés, en pos de una medida desesperada para escapar de la heroína. El italiano tenía un amigo instalado en la zona, Timmy McKern, un escocés con quien ya había estudiado en su adolescencia. Prodan sentía que la vida se le escurría entre los dedos, y una vieja postal enviada por su compañero hizo el milagro. El ogro vio verdor, vegetación, paz. No le importaba no saber español. Necesitaba algo para su autoestima. Su realidad era una catástrofe sin fin: en 1978 presenció la muerte de su hermana mayor, Claudia, a causa de la heroína que él mismo le había ofrecido. Un año antes fue Luca quien casi falleció por un coma hepático. También estuvo preso en varias ocasiones. La más severa de todas: por haberse fugado del servicio militar italiano con el uniforme puesto. Allí en la mazmorra pasó más tiempo del esperado, cuando se negó a que su padre pagara la fianza. Allí compuso todo lo mejor de su repertorio, con su guitarra y armónica. Allí fue cuando dijo que estar preso era como estar en la escuela pero sin hacer nada.

 

En Traslasierra quiso sentar cabeza, distanciarse del vómito de su existencia. Buscaba una vida plácida, lejos de la mano rígida de su padre, de su familia adinerada, de su paso obligado por el elitista Grodonstown College de Escocia, el sitio en el que fue internado, en donde estudió con el príncipe Carlos de Inglaterra, el lugar que le alumbró la idea del suicidio a sus 11 años y del que tuvo que escapar cuando la amargura supuraba a través de su piel. Por eso Traslasierra: para olvidar, para empezar desde cero, para comprar vacas con los 20.000 dólares que tenía ahorrados y convertirse en un hombre de campo. Era el último impulso de su instinto de conservación. Pero nada de eso pasó. Cuentan que el italiano, a duras penas, caminaba diez metros diarios recogiendo ramitas en la primera semana que estuvo en casa de Timmy. En cambio, cuando Luca recobró sus fuerzas hizo otra cosa bastante alejada de la rehabilitación: buscó gente, se fue a rematar su apartamento londinense, adquirió instrumentos, se agenció aparatos para grabar, rasuró su cráneo al cero y colocó el ahora famoso aviso en prensa: “Cantante de educación rígida y experiencia en drogas pesadas busca banda argentina que quiera instalarse en las sierras a ver qué sale”. Nadie, ni él mismo, se imaginaron qué iba a salir de esto…

 

Veintiocho años atrás un hecho dio suficiente cuerda para hablar de un doble milagro: una mujer disfrutaba del ballet en el mejor palco del Teatro dell’Opera de Roma. Estaba tan embelesada con el espectáculo que tardó en darse cuenta de que el líquido que goteaba de su vestido de gala no era otro que el contenido dentro del saco amniótico de su embarazo. Cuando le dijeron que debía correr con su esposo al hospital, la parturienta, altiva, se negó de plano: “No, no lo haré. No tengo ningún dolor, nada. No voy a perder el ballet”.

 

Corría la madrugada del 17 de mayo de 1953. Sucedieron, como se mencionó, dos milagros: el de la vida y el del principio del mito. Cecilia Pollock traía al mundo a su tercer hijo, a Luca Prodan, arriba de todo, en un palco. En el lugar preciso que él mismo había elegido.

 

 

 

Daniel Centeno M. (Barcelona, 1974) fue director editorial de Alfaguara en Venezuela. Ha publicado artículos en numerosos medios de Latinoamérica y España. Es autor de libros como Retratos hablados: 50 conversaciones de aquí y de allá (Debate). En FronteraD ha publicado Correspondencia desde El Paso y Ogros ejemplares: Alejandro Sawa, sombras de bohemia. Es responsable de la revista Coroto. En Twitter: @Revista Coroto

Autor: Daniel Centeno M.