Pactar con el diablo. Andreotti, alias ‘Il Divo’

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Cuando el director Paolo Sorrentino se planteó hacer una película sobre Giulio Andreotti, supo que el registro tenía que ser el esperpento. Y acertó

Cortesía de Wanda Films   

 

Toni Servillo en una escena de la películaVuelven los dinosaurios, esta vez de mano del buen cine político italiano. Cuenta Paolo Sorrentino que desde el momento que se planteó hacer una película sobre la figura de Giulio Andreotti, supo que el registro tenía que ser el esperpento. Y acertó.

       Cuando las Brigadas Rojas secuestraron a Aldo Moro en la primavera de 1978 yo era una adolescente que aún no había adquirido la costumbre de leer los periódicos todos los días. Pero el impacto de su asesinato contribuyó a forjar la adicción de toda mi generación a la prensa escrita. El hábito se consolidó en los años posteriores con una cadena de muertes que se llevó por delante a un periodista del Osservatore Politico, al juez Giovanni Falcone, al fiscal Paolo Borsalino, al general Carlo Alberto Dalla Chiessa, al policía siciliano Boris Giuliano, al diputado Salvo Lima que como Aldo Moro era partidario del pacto histórico con los comunistas, hasta llegar al presidente del Banco Ambrosiano, Roberto Calvi, el banquero de Dios, que apareció una mañana de 1982 colgado del puente londinense de Blackfriers.

       Giulio Andreotti, el protagonista absoluto de Il Divo, siete veces jefe del Gobierno, fue acusado de estar detrás de todos estos crímenes por sus complicidades con la Mafia. Incluso hay quien, cómo el cineasta Francis Ford Coppola, apunta más alto, hacia la misma cúpula del Vaticano, poniendo al político de la Democracia Cristiana en la pista del asesinato de un Papa [Juan Pablo I] que hacía demasiadas preguntas. Por supuesto nada pudo ser demostrado, pero eso no libra a nadie del infierno y menos a un tipo al que todos conocen con el apelativo de Belcebú. Claro que otros se refieren a él como Il Divo. Esta turbadora ambigüedad es la que pone de manifiesto Sorrentino con extrema agudeza en su película. Una inquietante biografía con aire de cómic y toques de Tarantino que sin embargo resulta de una veracidad aterradora.

       A pie de calle el legado de Andreotti lo refleja en toda su crudeza documental Matteo Garrone en otra película, Gomorra, que le costó al escritor Roberto Saviano una condena a muerte de la Mafia. Los italianos saben perfectamente lo que hay. Son escépticos, comen pasta, respetan a sus madres, han aprendido a sobrevivir en el caos y practican con riguroso pragmatismo la divisa de sálvese quien pueda. Ambos filmes representan dos caras de la misma moneda. Su precio: quince años de Silvio Berlusconi en el poder y un país que ha rendido el orgullo.

       Para una buena parte de los italianos, Andreotti siempre estuvo en el centro del mal, entendiendo el mal como el corazón mismo del Estado. Eso es precisamente lo que define a un político cínico, solitario, ascético, con jaqueca permanente y conocedor del precio exacto de cada hombre. También con suficiente ironía para afirmar que “el poder desgasta. Especialmente a quien no lo tiene”. Su sentencia más famosa. Podría afirmarse que el personaje de Andreotti, con las manos espectralmente manchadas de sangre, adquiere en la película perfiles shakespearianos no exentos de cierta grandeza.

       La interpretación de Toni Servillo adquiere a veces una encarnadura tan profunda que llega a rozar lo espeluznante, especialmente en los momentos de insomnio o cuando confiesa haber estado perdidamente enamorado de la hermana de Vittorio Gassman, el único secreto que revela, o sus tics nerviosos, el andar de vampiro, su soledad de monstruo encorvado con las orejas gachas en el interior oscuro de una iglesia o paseando de noche por Roma bien escoltado. Acojona.

       Pero si tuviera que elegir una escena de la película escogería la del beso que el mafioso Totò Riína deposita en su mejilla con un chasquido imperceptible que confirma todas las sospechas. Lo demás es el secreto de los pasillos, los crucifijos, el silencio del poder ahogado en cortinas de terciopelo. Como escribió Manuel Vicent: “A esta gente tan fina le basta media jaculatoria precedida por un disparo para convertirte en un cadáver exquisito”. La hostia.

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Autor: Susana Fortes