Pandemias (6): Errantes

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Si el lenguaje describe la realidad, no es menos cierto que, además, la crea. Sumergirse en las palabras significa mirar de frente lo que nos rodea, pero también moldearlo y transformarlo. Esa inmersión supone un ejercicio indispensable si no queremos que se nos impongan visiones particulares e interesadas del mundo. Tal es el caso cuando hablamos, por ejemplo, de las dificultades derivadas de los desplazamientos internacionales (colectivos o individuales) de personas. En dichas ocasiones, nos referimos a ellas como «migrantes», pero, ¿a qué nos referimos exactamente con ese término?. Porque cada circunstancia que mueve a esas personas puede ser diferente, cada viaje se inicia y finaliza por distintas motivaciones y cada medio de transporte se pone en marcha con la diversidad única de sus pasajeros. Cargado de connotaciones semánticas y políticas, tenemos que asumir que, en el fondo, no sabemos de qué hablamos exactamente cuando lo utilizamos. Con base a esta idea, el filósofo francés Étienne Balibar propone lo siguiente: «Estoy pensando en el término de “errantes”, que me lleva a hablar de “errancia migratoria”, o “migrancia”, en lugar de “migración”. El derecho internacional de acogida debe dirigirse a los errantes de nuestra sociedad globalizada, reflejar las características de la errancia migratoria y en particular como consecuencia de la violencia que se concentra en su recorrido». Independientemente de lo oportuno o lo acertado de su propuesta, la vía es esa: repensar el problema que tenemos entre manos. Y ese complicado camino es el que también ha tomado Violeta Serrano en su último libro.

El principal valor de Poder migrante es que pretende resignificar la palabra migrante atendiendo a la pluralidad que esconde y tratando de darle, lejos de una connotación negativa, un significado cargado de fuerza y valía. Y va un paso más allá, porque una de sus intenciones es que el punto de vista de enunciación se modifique: no se trata de hablar de ellos, sino de nosotros. Porque si no somos migrantes, en nuestro mundo globalizado tenemos muchas más posibilidades de serlo que nunca antes en la historia. Cada uno puede hacer el ejercicio de pensar en quién de su entorno ha tenido que migrar de modo voluntario o involuntario, por razones económicas o personales, de manera definitiva o transitoria. No le resultará complicado encontrar a alguien. Yo mismo escribo esta entrada desde Rabat, donde he fijado mi residencia hace muy poco. Y mi hermana ha estado casi una década buscándose el sustento en Inglaterra e Irlanda. No se trata de un ejercicio cínico y no es cuestión de comparar nuestra situación con la de refugiados políticos o víctimas del cambio climático, por ejemplo. Se trata, por otro lado, de generar empatía y puntos de unión que traten de hacer más comprensible la vida de los otros. Y tenemos la responsabilidad y el imperativo moral de hacerlo. Para intentarlo, tenemos algunas herramientas a nuestro alcance, como por ejemplo, la literatura. Porque, como afirma Violeta Serrano, «el mundo es un conglomerado de ficciones donde sólo algunas logran tomar cariz de verdad. La escritura es la forma más antigua y eficaz de instalar una creencia. La palabra escrita es ley y fe». Hagámosle caso o, por lo menos, intentémoslo.

Los errantes, de la Premio Nobel de Literatura Olga Tokarczuk, es una novela que también es un libro de cuentos, de viajes, de aforismos, de crónicas, de historia y de poesía. Pero, sobre todo, es un artefacto que, mientras reflexiona sobre lo que quiere decir viajar, parece moverse a través de sus páginas. Y que puede darnos pistas sobre hacia dónde debemos dirigirnos en el futuro, tratando de entendernos, en relación a las migraciones, como parte de la problemática y de la solución: «Contonéate, muévete, no dejes de moverte. Solo así lo despistarás. Quien rige los destinos del mundo no tiene poder sobre el movimiento y sabe que nuestro cuerpo al moverse es sagrado, solo escaparás de él mientras te estés moviendo. Ejerce su poder sobre lo inmóvil y petrificado, sobre lo inerte y quieto». Y en tiempos de la COVID-19, es importante que los migrantes no queden atrapados en esa posición estática para poder entender el impacto de la pandemia sobre ellos. Para hacerlo también debemos de contar con la voz de las expertas que lidian día a día con esas consecuencias.

– Ejemplares de Poder Migrante de Violeta Serrano de la editorial Ariel y de Los errantes de Olga Tokarczuk, publicado por Anagrama y traducido al español por Agata Orzeszek.

 

Ana Requena-Méndez, doctora en medicina especializada en Enfermedades Infecciosas, trabaja para el Instituto Karolinska en Suecia y para el Instituto de Salud Global de Barcelona, donde lidera el área de salud de los migrantes. Su  principal área de investigación son las intervenciones en salud pública relacionadas con la inmigración en diferentes niveles, desde la atención primaria a la atención prenatal. También ha investigado en el diseño de herramientas innovadores para mejorar la atención sanitaria de los inmigrantes. Además, colabora como consultora para varias organizaciones internacionales con el fin de mejorar la recogida y el análisis de datos sobre las condiciones sanitarias de los inmigrantes en los países del norte de África. Durante la pandemia de COVID-19 ha estado atenta a las complejas repercusiones que ha causado: «La situación sanitaria ha puesto de relieve la diversidad étnica, social, económica y cultural que caracteriza a los países de renta alta. Uno de los mayores desafíos desde el punto de vista de la salud pública es la gran disparidad existente tanto a nivel social como a nivel de salud que van de la mano de esta diversidad, y esto tiene profundas consecuencias para algunos grupos étnicos minoritarios».

En España, durante el curso de la pandemia, «el aumento de la pobreza en las calles ha hecho más visible a una parte de la población inmigrante que ya sobrevivía en condiciones precarias y ha promovido que algunas organizaciones del tercer sector inicien campañas que, por un lado, buscan la regularización extraordinaria de inmigrantes en situación irregular y, al mismo tiempo, la inclusión de estas personas en los programas de recuperación económica.» Como podemos ver, la situación requiere de soluciones inmediatas e innovadoras y Requena pone el ejemplo de Portugal, donde «se han otorgado temporalmente plenos derechos de ciudadanía a todos los solicitantes de asilo y a los inmigrantes nacidos en el extranjero, con el objetivo de eliminar las barreras estructurales al acceso a los servicios de atención médica». Esto es crucial porque los inmigrantes irregulares han sido y son uno de los colectivos más vulnerables con la crisis sanitaria: «A modo de ejemplo, los inmigrantes sin permiso de residencia y trabajo no pudieron acceder durante el confinamiento más estricto a ningún programa de apoyo a los trabajadores, empleados o autónomos, no disponen de ninguna red social de ningún tipo, ni tampoco posibilidades de trabajar (pocos lo hacen en empleos que admitan el teletrabajo) y en muchos casos se han visto forzados a abandonar sus viviendas por no poder pagar el alquiler». Aunque tampoco han escapado de las dificultades aquellas personas en otros regímenes diferentes y, en principio, más protegidos: «los inmigrantes temporeros han pasado de ser trabajadores esenciales en el abastecimiento de alimentos durante los meses del confinamiento más duro, a trabajadores de riesgo durante la etapa del post-confinamiento, lo que ha derivado en brotes locales y contagios, todo esto agravado por la situación de vulnerabilidad y condiciones precarias en que se encuentran, lo que imposibilita el correcto manejo de los casos y la trazabilidad de los mismos».

Desde el punto de vista epidemiólogo, la COVID-19 ha puesto de manifiesto una serie de evidencias: «Allí donde se concentran poblaciones socialmente vulnerables desde el punto de vista de la precariedad laboral (jornaleros), residencial (chabolismo) o jurídica (inmigrantes indocumentados) aumentará el riesgo de contagio, que también se verá afectado por la movilidad de esos trabajadores, que van siguiendo las cosechas entre los diferentes territorios. Algunos estudios realizados en países de renta alta revelan que la población inmigrante ha tenido un mayor riesgo de infección en comparación con la población nativa. Es probable que esto sea el resultado de una interacción compleja de desventajas socioeconómicas que influyen en la exposición a la infección, y el estado de salud subyacente que predispone a enfermedades graves». Porque, más allá del ámbito sanitario, las ondas expansivas de la pandemia serán mucho más amplias: «Su efecto a largo plazo sobre la población migrante seguramente dependerá de la profundidad y la duración de la crisis económica que ha provocado. Cuanto más lenta sea la recuperación y mayor efecto tenga la misma sobre el desempleo y la pobreza en los países de alta renta, más probable es la aparición de una oleada proteccionista contra la migración y al mismo tiempo menos recursos estarán disponibles para las políticas de ayuda a este sector».

Foto: Autobús esperando a llenarse en Saint Louis, Senegal.

 

Teniendo en cuenta estas afirmaciones, parece claro que la pandemia nos insta a abordar las causas fundamentales de esas desigualdades ahora mismo, pero sin perderle la cara al futuro: «Sería muy importante incorporar las particularidades de la población de inmigrantes al planear las medidas de salud pública, incluyendo el mejor acceso al diagnóstico y tratamiento. En muchos países los inmigrantes en situación irregular tienen denegado el acceso a los servicios de salud públicos; esto puede afectarles a ellos mismos, pero también al conjunto de la población ya que dificulta el control de la transmisión del virus». Si no tenemos en cuenta estos factores, el control de la pandemia se verá por tanto obstaculizado, incluida la vacunación: «No todos los países pueden asegurar que toda la población, independientemente de su estado migratorio, tenga un acceso equitativo a la misma. Esto incluye, entre otros, trabajadores migrantes, migrantes en detención, migrantes en situación irregular, refugiados, solicitantes de asilo y desplazados internos. Hoy por hoy, los mecanismos para asegurar que no queden excluidos de las estrategias de vacunación no están claros».

Como decíamos al inicio del artículo, el lenguaje articula nuestra manera de ver lo que nos rodea, pero también nos permite, afortunadamente, imaginar infinidad de alternativas posibles, tal y como hacen en sus libros Violeta Serrano y Olga Tokarczuk. También se atreve a ello la propia Ana Requena: «Esta crisis nos ha evidenciado las desigualdades que tenemos tan cerca de nuestras casas. También ha puesto de manifiesto que muchas personas son por un lado esenciales para nuestro estado de bienestar, pero por otro lado son excluidas de este mismo sistema. Ojalá que todas las lecciones aprendidas con la COVID-19 nos ayuden a entender mejor el significado de la migración y a visualizarla como una oportunidad para todos».

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