Pedofilia y desarrollo industrial

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La pedofilia es un resultado de fondo, más civil que eclesiástico, de una obsesión desesperada que la sociedad industrial mantiene con la infancia. Es la punta estadística de un intento de nuestra impotencia senil por conectar con la inocencia, en unos adultos ultra-socializados y mutilados justamente en ella. Es la desaparición obligatoria de la infancia (como la del cuerpo, el universo de los sentidos o el erotismo) lo que fuerza una voluntad enfermiza de recuperar sexualmente todo eso, de la manera que sea, pero con el halo excepcional de escenarios de diseño.

 

En el hombre maduro hay más niño que en el joven. Y menos melancolía

 F. Nietzsche

 

Kant pone en un abandono de la «minoría de edad» moral, que nos impediría pensar y decidir por nosotros mismos, el signo de un salto a una época por fin ilustrada. Pero después de dos siglos de desastres antropológicos e históricos, la famosa maduración (sea individual o de una civilización entera) es un tema espinoso que posiblemente requiere vueltas para las que no estamos preparados.

 

Cuando Epicuro dice algo así como «Al partir, el humano debe ser otra vez como un recién nacido» está expresando una rotunda verdad circular que a los occidentales actuales, embarcados en una frenética carrera de huida de cualquier finitud, nos cuesta lo casi inconfesable.

 

Y la verdad es que, querámoslo o no, no vamos a ningún lado. ¿A dónde íbamos a ir? Mañana podemos escapar a Cuenca, pero algún día habrá que volver. En todo caso, precisamente porque no ha sido elegido, lo que eres te acompaña: allí donde vayamos, nos sigue la escena primitiva con la cual estamos hermanados. Tomando cierta distancia con los queridos Foucault y Deleuze, quizás todavía demasiado ilustrados, no debemos temer ni odiar los regresos. Son inevitables: ¿a dónde vamos a huir si siempre nos acompaña la misma sombra, un horizonte de ecos que se desplaza con nosotros?

 

Cada cual debe completar su círculo, el de una singularidad que a la fuerza ha de ser limitada y mortal. «Llega a ser lo que ya eres», dice un Píndaro que prolonga su sombra hasta Nietzsche. Esto significa, se crea o no en el destino, que no hay forma de escapar del origen, pues éste permanece enterrado en cada pasaje que transitamos. Lo cual también quiere decir que la infancia (verdad que recoge a su modo el psicoanálisis) no es una etapa cronológica que se pueda dejar atrás, sino una «zona ártica» que siempre nos acompaña. Incluso, en momentos de crisis, una sombra que se adelanta al cuerpo y nos puede servir de guía o de anfitrión. Como se decía antes, el genio del corazón sabe cosas que a la cabeza le cuestan.

 

Sea como sea, lo que mamamos en la infancia nunca nos deja. Así que más vale hacerse a la idea de que la adolescencia no es una etapa más, sino la crisis de toda edad, el viraje más bien ciego que divide ocasionalmente las vidas. Son los momentos de vacilación infinitamente adolescente, han dicho distintos clásicos del siglo XX, que vuelven en cada momento crucial, en esas encrucijadas que nos cambian. Precisamente cuando el tiempo se junta en esos momentos de revelación que, como en Boyhood, resultan a la vez clandestinos e inolvidables. Sólo segundos: mínimos en magnitud, pero máximos en importancia.

 

Ahora bien, hoy en día es necesario entretener a los que esperan. Y en un universo de esclavos tecnológicos del mañana, la sociedad se ha convertido en una gigantesca sala de espera. No es tan extraño entonces que la información espectacular que nos rodea, parte crucial de la política del entretenimiento, no pueda saber nada de esa infancia crónica que no nos deja. De ahí que la gente, al dejar de tener el valor de ser niños, se pudra estadísticamente, aunque sea a plazos y de manera socialmente correcta. La raíz de nuestra manida corrupción moral es ésta, una completa invalidez frente al rumor circular del tiempo.

 

Lo gracioso del caso es entonces que los humanos que intentan ser morales, y guardar fidelidad al temblor circular de lo vivido, permanecen siempre jóvenes: esto es, inmaduros. Por tanto, igual que hace un siglo, los mejores serán más o menos inmorales ante la sociedad biempensante. Permanecen retenidos en una especie de limbo, un síndrome de Peter Pan que les impide crecer y ser eficaces en un mundo de selección permanente.

 

Un ser humano es joven si no retrocede ante el deseo, ante el peligro de vivir. En última instancia, el secreto de la «eterna juventud» consiste solamente en no temerle a la muerte. Todo hombre que se precie debe aprender a estar solo y a conservar, incluso con descaro y agresividad, el niño que somos por dentro. Nunca sabemos lo suficiente, mal que le pese a Kant. Siempre nos desborda algo: el mundo, por fuera, y los sentimientos por dentro. Habría así que entender la madurez, de mujeres y hombres, como la obligación moral y política de seguir siendo pequeños.

 

Lo cual significa, en otras palabras, la obligación de permanecer armados, haciendo de nuestros defectos una herramienta de combate. Sólo una pequeña y constante guerra puede defender el corazón pueril del mundo, el juego soterrado de una infancia tapada por el estruendo de la Historia. Esta postura tiene mil connotaciones, bíblicas y orientales, laicas y religiosas. E implica muchas cosas. El uso del humor como un arma masiva (de construcción y de destrucción, depende) es una de ellas. La obligación de ser jóvenes, también para poder morir y alcanzar una muerte propia, es otra. Permanecer en una especie de constante celo sexual es otra de ellas.

 

Ahora bien, decíamos, estamos en conjunto a mil años luz de esa sabiduría, de una actitud vital así. No queda en nosotros ni rastro de tal vitalidad, de ese coraje para decidir y actuar sin que el cálculo de las consecuencias vaya por delante, frenándonos. De esta autoinmolación generalizada proviene la fascinación cinematográfica por lo salvaje, la cadena de obsesiones con la juventud perdida, las arrugas y los limones salvajes del Caribe; con el aspecto deportivo y el vigor sexual; con el cuerpo sano, el turismo exótico y la cirugía estética.

 

En el fondo late la perplejidad y el odio ante la legendaria inocencia de la infancia, una timidez original a la que es necesario integrar cuanto antes en nuestro sistema social de servidumbre y desintegración. Antes muertos que sencillos. De ahí que hasta los padres prostituyan a sus hijos en aras del éxito televisivo.

 

Es cierto que la pequeñez de la cosas sigue ardiendo, con una mortal vitalidad. La indiferencia casi vegetal de las criaturas resiste al estruendo de lo social y la historia. Pero como todo culto sensible ha desaparecido en el desierto urbano, en medio de esta modernidad senil de diseño radiante, la inocencia de lo pequeño ha de aparecer teñida de un aura afrodisíaca, cuando no paranormal. La infancia es parte de los efectos especiales, a veces terroríficos, que necesitamos para no sentirnos acabados.

 

De algún modo frenético, buscamos en los niños la imperfección, la inocencia, la entereza que aún podía hacer humano este horizonte abominable de la esclavitud macroeconómica.

 

En tal aspecto, la pedofilia es un resultado de fondo, más civil que eclesiástico, de una obsesión desesperada que la sociedad industrial mantiene con la infancia. Es la punta estadística de un intento de nuestra impotencia senil por conectar con la inocencia, en unos adultos ultra-socializados y mutilados justamente en ella.

 

Es la desaparición obligatoria de la infancia (como la del cuerpo, el universo de los sentidos o el erotismo) lo que fuerza una voluntad enfermiza de recuperar sexualmente todo eso, de la manera que sea, pero con el halo excepcional de escenarios de diseño.

 

Y tal vez, finalmente, la corrupción sexual de la infancia debe mostrar también que ella no es nada. Que tal supuesta inocencia, como la de las culturas exteriores o la de la propia naturaleza, es un mito. En el fondo, el objetivo es demostrar que los niños son tan corruptos como los adultos. Llevamos años en esta campaña de deconstrucción implacable, que no debe dejar cerca de nosotros nada que nos pueda servir de referente, ninguna entereza terrenal ante la que corramos el riesgo de aparecer como la vergüenza que en verdad somos. Toda la cadena de supuestos desastres exteriores debe ocultar el cambio climático que hace mucho tiempo se ha cebado en nuestro psiquismo, arrasando las interioridades.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.