Pensemos en las pensiones.

0
222

La pirámide de población española no es una pirámide. Si prescindimos de los inmigrantes,   que la convierten en un platillo volante,  se parece más a un cilindro que se ha tragado algo sólido que  le abulta la panza(el Baby Boom que cuesta digerirlo).  Pronto el tramo inicial (0-20 años)  y el tramo final (65-85 años) se igualarán. ¿Tendemos hacia la pirámide invertida?

 

Mal  asunto.  Pocas criaturas para tanta senectud.   Las pensiones actuales se pagan con los salarios actuales.  Mi solidaridad social en forma de cotización es garantía de una vejez sin apuros económicos. El Estado proporcionará lo que ya no da la descendencia: mantenimiento de un nivel de vida óptimo tras la edad productiva. Pero existe una pequeña condición: la vida activa, autónoma y contribuyente por un número considerable de años.  De lo contrario sólo habrá migajas.

 

En estos momentos el Gobierno se ha puesto a echar cuentas. El Baby Boom de los 60-70,  se hará pensionista en masa, igual que llenó universidades,  optó al mercado de trabajo y  claudicó a la firma de hipotecas vitalicias. En 1975, cada mujer traía al mundo una media tres nuevos cotizantes, en concreto 2,8.  En 2008 el número medio de nacidos por mujer,  es de  1,45. La conclusión parece clara, si por ahora nuestra especie necesita de  dos personas para venir al mundo,  hay un número considerable de población española que carece de reemplazo. Así de claro.

 

¿Deberíamos hacer como el Gobierno Chino pero al revés?   Si quieres pensión tendrás que reemplazarte: mínimo dos descendientes. No parece razonable.  ¿Y si  empezamos a pensar causas estructurales y profundas de nuestro cambio demográfico tan «condicionado por» y «tan condicionante de» nuestro sistema de protección social? La procreación ha dejado de ser un destino (afortunadamente),  para ser un cálculo premeditado y dependiente de muchos condicionantes, entre ellos, el trabajo estable de las mujeres y la posibilidad de disponer de ayuda de cuidado (abuelas jubiladas y/o margen de ingresos para contratar ayudas y pagar centros educativos con horarios extensibles)

 

No obstante, aunque hasta este punto pudiera parecerlo,  no estoy a favor de incrementar nuestra tasa de natalidad. Creo que es una idea simple para un problema complejo. El que haya más seres humanos en una sociedad no solucionará nada si no hay trabajo de calidad y  con una remuneración aceptable para todos ellos, dado que la “solidaridad social entre generaciones” se produce a partir del salario en relación al cual se produce la cotización, principal fuente de financiación de nuestro sistema.

 

Conviene tener en cuenta que nuestro sistema de Seguridad Social actual, aunque con múltiples  reformas posteriores,  fue concebido por el legislador de la década de los sesenta y setenta del siglo pasado;  nuestra estructura social, necesidades y mentalidad han cambiado bastante desde entonces por lo que no nos sirven ya los esquemas de trabajo asalariado  predominantemente masculino (a jornada completa y sin interrupciones) como modelo sobre el que hacer números. No es de extrañar que con esta estrechez de miras  las medidas a debate se limiten a alargar dos años más la edad de jubilación, o exigir más periodo de carencia para el acceso a las pensiones.

 

El documento sobre la reforma de las pensione presentado por el gobierno, deja caer una afirmación en la que luego no se profundiza: el único parámetro que se mantiene constante en la evolución del sistema es la lenta pero progresiva desaparición de desigualdades de género. Quizá en este punto se encuentren  claves de debate  alternativas, que por la inercia del pensamiento androcéntrico,  todavía no son tenidas en cuenta.

 

 En un contexto de destrucción de empleo en su mayor parte masculino, la tasa de paro de las mujeres sigue superando a la de los varones (19,07 % frente al 18,74 % según datos de la última EPA). Hablamos de crisis económica profunda porque hay paro de varones;  el desempleo de las mujeres se ha mantenido constante desde hace una década y  nunca ha sido demasiado incómodo.  Quizá el impacto de género en la protección social  que contempla el gobierno no deba limitarse a “incentivos para generar pensiones para cónyuges (léase mujeres) no presentes en el mercado laboral”  ya que esto perpetuará el problema de la dependencia. Hablar de mujeres y pensiones no es hablar de pensiones mínimas, quizá sea hora de pensar en la gran cantidad de potenciales cotizantes que no consiguen entrar en el mercado laboral y realizar políticas activas valientes, donde el empleo formal para las mujeres empiece a ser  concebido  por ellas mismas y por toda la sociedad como un derecho-deber y no como  una opción complementaria para tiempos de crisis. Si hubiéramos tenido incorporadas al mercado laboral formal  a las mujeres españolas en la misma medida que a los hombres, la crisis económica, muy centrada en sectores de empleo masculino, quizá se hubiera visto más amortiguada. Quizá tendríamos el doble de personas paradas, replicarán algunos, pero serían paradas con derecho a prestación contributiva, que por cierto, cotiza para futuras pensiones.

 

Pero mucho más relevante me parece la comparación en plena crisis de la tasa de actividad femenina y masculina, un 51,7 % frente a un 81,64 % respectivamente.  La mitad de las mujeres españolas en edad de trabajar son consideradas estadísticamente como inactivas. Con más de cuatro millones de parados, las mujeres siguen sin aparecer como demandantes de empleo.

 

Pero estos análisis son complejos como el problema al que nos enfrentamos,  porque pensar en pensiones es pensar que dependeremos del cuidado de otros durante una media de unos 40 años de vida (infancia, adolescencia, vejez, enfermedad…), es pensar en la crisis del Estado del Bienestar, en  la globalización económica   y en  los movimientos migratorios.  Pensar en las pensiones  es pensar en alternativas a un sistema económico  al que le cuesta crear puestos de trabajos numerosos, cualificados, estables y con salarios altos,   en estos momentos para todos, hombres y mujeres, pero en el pasado, sobre todo para las mujeres. Si no pensamos nada  nuevo volveremos a sembrar para futuras crisis. Pensar en las pensiones es pensar en las mujeres.

Pilar Pardo Rubio. Estudió Derecho en la Carlos III y continuó con la Sociología en la UCM, compaginando en la actualidad su trabajo de asesora jurídica en la Consejería de Educación y la investigación y formación en estudios de Género. Desde el 2006 colabora con el Máster Oficial de Igualdad de Género de la Universidad Complutense de Madrid que dirigen las profesoras Fátima Arranz y Cecilia Castaño. Ha participado en varias investigaciones de género, entre las que destacan la elaboración del Reglamento para la integración de la igualdad de género en el Poder Judicial de República Dominicana (2009), Políticas de Igualdad. Género y Ciencia. Un largo encuentro, publicada por el Instituto de la Mujer (2007), y La igualdad de género en las políticas audiovisuales, dentro del I+D: La Igualdad de Género en la ficción audiovisual: trayectorias y actividad de los/las profesionales de la televisión y el cine español, que ha publicado Cátedra, con el título "Cine y Género". (2009). La publicación ha recibido el Premio Ángeles Durán, por la Universidad Autónoma de Madrid y el Premio Muñoz Suay por la Academia de Cine.   La mirada cotidiana que dirigimos cada día al mundo en que vivimos es ciega a la las desigualdades que, sutiles o explícitas, perpetúan las relaciones entre hombres y mujeres; visibilizar los antiguos y nuevos mecanismos, que siguen haciendo del sexo una cuestión de jerarquía y no de diferencia, es el hilo conductor de "Entre Espejos". En sus líneas, a través del análisis de situaciones y vivencias cotidianas y extraordinarias, se ponen bajo sospecha los mandatos sociales que, directa o indirectamente, siguen subordinando a las mujeres e impidiendo que tomen decisiones, individuales y colectivas, críticas y libres, que siguen autorizando la violencia real y simbólica contra ellas, que siguen excluyendo sus intereses y necesidades de las agendas públicas, que siguen silenciando sus logros pasados y presentes, que, en definitiva, las siguen discriminando por razón de su sexo y hacen nuestra sociedad menos civilizada, a sus habitantes más pobres e infelices, y a nuestros sistemas políticos y sociales menos democráticos y justos.