Pequeños países

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Auto que…? farfulla una avezada bailarina en la televisión cuando el presentador le pregunta si ha aprendido a contonearse de forma autodidacta. Qué España estaba mal era evidente, pero cuesta digerir que hasta el punto de que la cadena amiga, el mejor instituto sociológico de todos los tiempos, se decida a emitir en horario de máxima audiencia una serie sobre tullidos, lisiados  y demás incapacitados que buscan un fisioterapeuta que los quiera.

 

Quizá deberíamos dejarnos ir como las aguas de este Duero que se desparrama sin elegancia y se diluye amorfo en el Atlántico, dejarnos ensuciar poco a poco al igual que los descoloridos azulejos blancos y azules de las casas de Oporto hasta que todo se desmorone. De detrás de sus esquinas solo cabe imaginar la salida de un vagabundo, un barrendero o un triste Pessoa separado de la vida por un cristal tenue, resignado a describirla ante la imposibilidad de tocarla.

 

Yo intento olvidarme estos días del Líbano con una “apasionante” lectura sobre los Acuerdos de Rambouillet y la independencia de Kosovo mientras pienso entre bostezo y bostezo que los países pequeños son como los perros que cabrían en un bolso: impertinentes, chillones, jodidos porque no podrían asustar ni a una hormiga. Pero ahí continúan como mi inagotable Líbano, copando los titulares, la estrella secundaria entre las divas orientales a la espera de que Siria, repetitiva y con la cota de audiencia en sus niveles más bajos, le ceda el testigo de gran protagonista de un dramón en condiciones.

 

Si por un momento me asusté con tanto secuestro indiscriminado de pobres desgraciados sirios, tanta trifulca barriobajera y tanto neumático quemado, hoy he recuperado mi fe en el país con las fotos de una “amiga” libanesa que retoza alegremente por el palacio de Kensington, imbuida del espíritu de Lady Di hasta en el cardado con diadema que se marca. La chica posa extasiada con su gordo constreñido por una camiseta sudorosa y que a duras penas disimula la tensión y el estreñimiento causado por tanto sacar la cartera en las tiendas. Más extasiada que ante las barbas del santo Charbel, habla maravillas de la ruta de Diana en la capital inglesa, ignorando que la traca final del viaje, cual verdadera reina de corazones, puede tenerla en su bendito Líbano, estampando su Chevrolet Tahoe contra los muros de un túnel a oscuras desde 1975.