Perec o el arte de leer puzzles

Dentro de dos años la totalidad de la población mundial habrá sido captada por la secta de Los tres hombres libres. Así lo dejó escrito Georges Perec en su famosa novela titulada La vida instrucciones de uso. Para los que no estén familiarizados con el tema, según el autor, esa organización secreta fue creada en Manila en 1960 por un navegante pescador, un empleado de correos y un dependiente de carnicería, y se ha ido extendiendo de manera exponencial desde entonces: “En los tres años siguientes a la fundación (…), cada uno de aquellos “tres hombres libres” consiguió convertir a otros tres. Los nueve hombres de la segunda generación iniciaron a veintisiete en el transcurso de los tres años siguientes…”, y así hasta nuestros días.

En 1975 Ashikage Yoshimitsu, miembro de la sexta promoción, llegó a París con el “encargo de difundir la nueva fe por occidente”. Se asentó en un piso de la calle Simon-Crubellier y en poco tiempo captó a tres adinerados aspirantes (era necesario tener tiempo y dinero para superar la formación). Desde entonces, casi nada se ha sabido de la Shira Nami (nombre de la secta en japonés). Lo poco que ha salvado las barreras de la memoria y ha llegado hasta nuestros días son sus ritos de iniciación: “Los novicios deben aprender a sumirse en la contemplación de un objeto –material o mental– perfectamente anodino, hasta llegar a olvidarse de cualquier sensación, aun de las más dolorosas”. Para ello “los talones de los neófitos agachados descansan en unos gruesos dados de metal de aristas particularmente aceradas”. Si en algún momento el dado rueda por el suelo, por falta de equilibrio o por cansancio del aspirante, acontece “la eliminación inmediata y definitiva, no sólo del alumno culpable, sino también de sus dos compañeros”. Los tres hombres deben aguantar así durante seis horas, en las que tienen permitido “levantarse dos minutos por cada tres cuartos de hora, aunque se ve con malos ojos que se recurra a este permiso más de tres veces por sesión”. Es de suponer que, en la actualidad, los miembros de la secta deben permanecer ocultos, pues no han dado señales de vida desde hace décadas, pero siguiendo la progresión geométrica que establecieron los fundadores, es indudable que la gran mayoría de la humanidad participa ya de la nueva fe.

Todo lo dicho en los dos primeros párrafos, evidentemente, pertenece al terreno de la ficción. Sin embargo, la razón por la que sirven de arranque para este artículo es que reflejan perfectamente el universo literario de un escritor atípico. Hace cuarenta años que el francés publicó su obra cumbre; cuatro décadas desde que deslumbró al público con una novela tan arriesgada como cautivadora. (Todavía lo sigue haciendo, no en vano en febrero del pasado año llegó a las librerías una edición especial a cargo de Anagrama). Y su principal peculiaridad tiene que ver con la descomunal exhibición creativa de la que hace alarde Perec. En ella, incluso Yoshimitsu y su séquito de fanáticos, con su perfecto plan para abarcar el mundo, no desempeñan un papel más importante que el que puede jugar cualquier pieza aislada de un puzzle sin resolver. Y el verdadero argumento, que trata de ser construido por el lector cada vez que es leído, es la vida del edificio donde, entre otras cosas, se encuentra la sede parisina de la Shira Nami: El número 11 de la calle Simon-Crubellier, situado en el barrio de la Plaine Monceau, en el distrito 17 de París. Empecemos por el principio.

El juego y la memoria

Seis días antes de que Francia firmara su rendición ante los alemanes en la Segunda Guerra Mundial, el 16 de junio de 1940, murió en el frente Icek Judko Peretz. Era un judío polaco que había emigrado a París junto a su esposa, Cyrla Szulewicz, en la década de los veinte y que, iniciado el conflicto, había decidido levantar las armas en un doble acto de rebelión contra el mismo enemigo: El invasor de su país de origen y el atacante de su país de acogida. Desde aquel día, Cyrla se quedó sola a cargo del único hijo del matrimonio: Georges Peretz.

La ocupación alemana obligó a los franceses a cambiar su manera de vivir. Aquellos que, para su desgracia, eran también judíos, debieron idear formas de esquivar los controles nazis y de hacerse pasar por personas que no eran, cosa que no siempre conseguían. Cyrla fue arrestada el 23 de enero de 1943 en París y deportada al campo de concentración de Auschwitz, donde sucumbió poco tiempo después. Atrás dejó al pequeño Georges, de siete años, que se fue a vivir con su tía paterna, Esther, y su esposo, David Beinefeld, a un pueblecito llamado Villard-de-Lans. A partir de entonces, como medida de protección, el apellido familiar pasó a ser Perec.

Aquella infancia atípica repercutió extrañamente en Georges, que fue desarrollándose en la frontera de dos realidades que acabaron por confundírsele. Al principio, cuando aún era capaz de recordar su apellido y su procedencia, sobrevivió a la guerra siguiendo las normas de un juego que él mismo había inventado: La única meta era no ser destapado y su único cometido era el de engañar a todos de que era una persona diferente con un culto distinto, el católico. Después, cuando los años hicieron mella, su mente se enturbió, se borraron los límites, y ya no supo rescatar aquella identidad de la que había tenido que desprenderse tan pronto. Todavía tardó algunos años en redescubrirla, pero jamás quiso renunciar a las dos revelaciones que había experimentado en su niñez: La importancia del juego y la volatilidad de la memoria, piedra angular de la identidad personal.

Todas sus obras, de una manera o de otra, contribuyen con pequeños y grandes homenajes a esas dos concepciones tempranas. En ellas pueden verse los diversos intereses de Perec por la ciencia y el arte, y sus obsesiones por aprisionar la realidad, listándola y catalogándola escrupulosamente. Aunque tal vez lo más relevante de sus escritos sea su especial interés por hacer del lector algo más que un mero observador pasivo; por obligarle a jugar a ese juego que son sus libros, en donde irremediablemente uno debe tomar un papel proactivo. El caso de La vida instrucciones de uso es un gran ejemplo, ya que la obra es en realidad un puzzle que debe ser reconstruido, pero hablaremos de eso más adelante.

“Me pongo reglas para ser totalmente libre”

De cierta manera, la aparición de esta novela deslumbrante, con su estructura malabarística, no debería sorprender a nadie si se tienen en cuenta los precedentes. Era solo una cuestión de tiempo que Perec construyese una historia así, desde que pasó a formar parte, en 1967, del grupo de experimentación literaria Oulipo.

Todo había comenzado siete años antes, cuando Raymond Queneau, junto al matemático François Le Lionnais, fundó su Taller de literatura potencial (Ouvroir de littérature potentielle). Su intención, entre otras cosas, aspiraba a fomentar la creatividad de los contadores de historias explotando la relación posible entre las estructuras narrativas y los procedimientos provenientes de las matemáticas y la lógica.

Al poco de entrar, Perec concibió la idea que habría de convertirse en el germen de su obra maestra. “Me imagino un inmueble parisino cuya fachada ha desaparecido (…) de modo que, desde el entresuelo a las buhardillas, todas las habitaciones que se encuentran delante sean visibles instantánea y simultáneamente”, dejó escrito en 1969. Por aquel entonces ya tenía claro que quería cimentar la novela sobre un tablero cuadriculado de 10×10, por el que iría saltando siguiendo la solución del Problema del Caballo. De esa forma, se aseguraba de describir, como si se tratasen de las piezas de un puzzle, todas las habitaciones del edificio sin repetir nunca ninguna, siguiendo un orden falsamente aleatorio.

(Solución del Problema del Caballo)

También quiso entonces marcarse unas normas que debería respetar antes de dejar volar su imaginación. Elaboró veintiún pares de listas temáticas, de diez elementos cada una, que contenían, de forma dispar, distintos tipos de muebles, animales, sensaciones, colores, música, adjetivos, etcétera. Realidades concretas, en definitiva, que le servirían para otorgar consistencia a sus relatos. Después numeró todas las cuadrículas que representaban las habitaciones del edificio y, siguiendo un algoritmo matemático, fue asignando a cada una las distintas palabras que había listado previamente. De esa forma fue acotando los bordes de las piezas de su puzzle particular, sabedor de que la inspiración es más fértil si tiene una base sobre la que trabajar. Él lo explicaría en una frase: “Me pongo reglas para ser totalmente libre”.

El resultado fue una novela deslumbrante, extrañamente entretenida, en la que se van enlazando historias como cerezas, cada cual más sorprendente y extraordinaria: La del arqueólogo que, tras años de excavación en Oviedo buscando una antigua ciudad árabe, regresó a su casa, redactó un extenso informe compendiando sus conclusiones y después se suicidó; la de la au pair francesa que, tras haber matado accidentalmente al hijo de un embajador sueco, y causado el suicidio de su mujer, fue perseguida durante años y degollada junto a su marido mientras dormía, dejando a dos hijas pequeñas huérfanas en la habitación de al lado; la historia de amor entre un campeón ciclista y la hermana de su entrenador, con la que acaba después de deformarse la cara en un accidente durante una de sus pruebas de velocidad y resistencia, y de “arreglársela” con el dinero que consiguió trabajando para la mafia al otro lado del charco; la de la brillante estafa a un coleccionista millonario que creyó que compraba el Santo Grial cuando en realidad estaba haciéndose con una simple vasija retocada; la de la secta fundada en Manila que, siguiendo una progresión geométrica, acabaría por captar a la totalidad de la población mundial para el año 2020…

Y como estas muchas más. Fragmentos de vidas que se reconstruyen ante los ojos del lector y que muestran paulatinamente el gran relato del edificio número 11 de la calle Simon-Crubellier.

Bartlebooth: La futilidad del puzzle

Pero entre todas, sin lugar a dudas, la imagen escondida que otorga uniformidad al relato y sostiene el esqueleto de la novela; el cuadro que se descubre, una vez se han enlazado correctamente todas las piezas, es la historia de Bartlebooth.

El inglés personifica todo lo que Perec quiso plasmar dentro de su puzzle. Él es el puzzle, en realidad, y él representa el propio arte de fabricar y resolver rompecabezas. Podría resumirse la ambición del autor con la explicación que él mismo introdujo en la novela: “El arte del puzzle comienza con los puzzles de madera cortados a mano, cuando el que los fabrica intenta plantearse todos los interrogantes que habrá de resolver el jugador, cuando, en vez de dejar confundir todas las pistas al azar, pretende sustituirlo por la astucia (…). De todo ello se deduce lo que, sin duda, constituye la verdad última del puzzle: a pesar de las apariencias, no se trata de un juego solitario: cada gesto que hace el jugador de puzzle ha sido hecho antes por el creador del mismo; cada pieza que coge y vuelve a coger, que examina, que acaricia, cada combinación que prueba y vuelve a probar de nuevo, cada tanteo, cada intuición, cada esperanza, cada desilusión han sido decididos, calculados, estudiados por el otro”. La vida del propio Bartlebooth es fiel testimonio de ello:

Bartlebooth es el británico extravagante del tercero izquierda. Para todos, su vida es un misterio que él mismo se encarga de azuzar sin darse cuenta. Nadie sabe en qué ocupa su tiempo salvo su fiel mayordomo, Smautf, y muy pocos conocen algunos detalles concretos de lo que ha venido realizando a lo largo de los años. Aquellos que tienen trato con él y que han podido asomarse y conocerle solo poseen pequeños trocitos, cada uno el suyo. Y muy pocos son capaces de imaginar cuales son los anhelos ocultos de esa persona sobre la que, en cierto modo, descansa gran parte de la comunidad de vecinos.

Su historia completa, aunque inaudita, tal vez deje algo que desear, sin embargo. Bartlebooth no es en realidad una persona que albergue ambiciones demasiado elevadas, ni que vele por el futuro y la seguridad de sus allegados vecinos. Simplemente es un heredero millonario, que nunca supo qué hacer con su fortuna y que decidió, en un momento concreto de su juventud, consagrar su vida a una empresa fútil.

El primer paso de su plan era simple: durante diez años, entre 1925 y 1935, tomaría una lección diaria de acuarela con el pintor Serge Valene, vecino suyo. A Valene le sorprendió desde el principio la constancia y tenacidad de su discípulo, empeñado en proseguir año tras año en su empeño de dominar la técnica de la acuarela pese a que quedó demostrado, desde el primer momento, que sus aptitudes eran prácticamente nulas. Fruto de esa relación surgió algo cercano a una amistad, aunque nunca lo suficientemente afianzada como para que cualquiera de los dos se atreviese a denominar al otro de íntimo. Aquella frialdad recíproca, pese a todo, no era de extrañar, teniendo en cuenta que la segunda parte del plan de Bartlebooth debía mantenerle alejado de París, salvo breves periodos excepcionales, los siguientes veinte años de su vida: de 1935 a 1955.

La cosa se complicaba entonces. Bartlebooth se había propuesto dar la vuelta al mundo, con el cometido de pintar, siempre cada dos semanas, una acuarela que representase un puerto marino. De esa forma, cumpliendo rigurosamente ese ritmo marcado, cada quince días llegaba a la casa de Simon- Crubellier una caja negra de madera dirigida al inquilino del quinto derecha: Gaspar Winckler.

Éste era un brillante artesano, expresamente contratado por Bartlebooth, cuyo único oficio consistía en convertir cada una de las quinientas acuarelas en puzzles de setecientas cincuenta piezas.

La última parte de su plan parecía evidente. Tardaría otros veinte años en reconstruir los puzzles, una vez reestablecido en su casa de París. A medida que fuese solucionándolos, sin embargo, todo volvería a complicarse. Era necesario que cada puerto volviese a ser pegado, de manera que ya no pudiesen separarse sus piezas. Por último, la hoja de papel, separada de su base de madera, sería sumergida en un producto específico que borraría para siempre la acuarela. Si todo iba según lo establecido, al final de su proyecto Bartlebooth sería cincuenta años más viejo que cuando empezó, y para dar testimonio de su vida solo quedarían los mismos folios en blanco con los que partió aquel lejano día de 1935.

Pero todo acabó por torcerse: Primero tuvo que solventar el problema de su ceguera repentina. Entonces resultaron claves la ayuda que le prestó una joven vecina, que le describía cada pieza, y el desarrolladísimo sentido del tacto que había adquirido a lo largo de los años; después, el episodio con el crítico de arte casi echa todo por tierra. Sucedió al final de sus días, cuando Bartlebooth recibió la visita de un experto que creía ver en su monumento a la futilidad el paradigma del arte contemporáneo. Su intención era conservar al menos una de las acuarelas, pero ante la negativa del millonario se inició un tira y afloja que consumió durante meses las energías de ambos y que llegó incluso a costarse la vida de varias personas.

Por último, el obstáculo ante el que acabó sucumbiendo fue el inevitable paso del tiempo. Con los años había ido constatando que Winckler era un excelente creador de puzzles y, a diferencia de lo que creyó en un principio, cada nuevo rompecabezas le resultaba más complicado de resolver que el anterior. Inevitablemente fue siendo incapaz de cumplir los plazos que se había marcado, y los puzzles se le fueron acumulando. En un párrafo definitivo, Perec se despide así de su personaje: “Hoy es veintitrés de junio de mil novecientos setenta y cinco y son las ocho de la tarde. Bartlebooth acaba de morir sentado ante su rompecabezas. Sobre el mantel, en algún lugar del cielo crepuscular del cuadrigentésimo trigésimo noveno rompecabezas, el agujero negro de la pieza que falta tiene la forma perfecta de una X. Pero la ironía, que podría haber sido prevista mucho tiempo antes, es que la pieza que el muerto tiene entre sus dedos tiene forma de W”.

Como homenaje final, se nos descubre de esta manera que la instantánea de la novela que estaba siendo reconstruida con cada pieza colocada correspondía al momento exacto de la muerte de Bartlebooth. El edificio inmortalizado en un gesto, con todos los inquilinos retratados, paralizados exactamente en un segundo. Tal vez lo más curioso sea, precisamente, que aquel instante no era otro que el que constataba el fracaso de una vida, y la victoria muda de un fabricante de rompecabezas fallecido tiempo atrás. Alrededor del muerto se extiende una multitud atareada, ajena a todo lo que acaba de pasar.

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