Por qué habitar el agua. ‘La colonización en la España del siglo XX’, arquitectura y dignidad

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La radio enciende la imaginación. Si además tiene ojos, como reza, sinestésicamente, el programa de Ana Morente en Radio Nacional de España, el efecto multiplicador lleva por ejemplo a indagar en la sombra blanca de los pueblos que, acaso cuando niños, acaso cuando hemos tomado conciencia del tiempo y de la muerte, hemos empezado a descubrir en un recodo del camino. Para eso, claro, hay que seguir nuestras propias inclinaciones emocionales y políticas, subido a trenes lentos, emprendido el camino del conocimiento, explorado carreteras secundarias, bajado en andenes batidos por la soledad, por la lluvia, por el viento. ¿Quiénes somos?

Esa radio que tiene ojos me puso en la pista de uno de esos libros (¡encuadernados en tela!) que la editorial Turner acaba de publicar y en el que Ana Amado y Andrés Patiño han volcado su pasión por la arquitectura, por la memoria, por la fotografía, por la geografía borrada de España, por los paisajes que vemos desvanecidos a lo lejos desde la ventanilla-cárcel de los trenes de alta velocidad y tras las barreras metálicas que convierten las autopistas y las autovías en orejeras de burro para que corramos en pos del inmediato afán, del llegar cuanto antes, de la nada, del olvido, acaso de la muerte prematura.

Habitar el agua. La colonización en la España del siglo XX, que Turner ha publicado con la ayuda del fantasmal Ministerio de Agricultura (siempre que paso ante la mole teatral frente a la madrileña estación de Atocha me propongo entrar para ver qué se cultiva en sus salones de pasos perdidos). Es una esas historias que tenemos ante los ojos y que no vemos, de ahí la perentoria necesidad no solo de prestar atención, sino de desviarse de las rutas rápidas, las traza la velocidad, la ausencia de conciencia. Por eso me zabullí en el libro como en una piscina de tierra, y por eso le pedí a los autores que me explicaran con todo detalle los porqués de este libro que, si no lo han decidido todavía, podría rellenar la primera línea en su carta a los Reyes Magos. Detrás de esta iniciativa del franquismo está el Instituto Nacional de Colonización (INC) y 60.000 familias de colonos pobres que fueron instalados en pueblos casi siempre blancos de nueva planta para repoblar tierras inertes, tierras necesitadas de arrimo, de sombra, de siembra, de vida. Pero vayamos paso a paso de la mano de estos dos viajeros que lo primero que hacen es invitarte a irte con ellos, literal y metafóricamente.

—¿Por qué este libro?

—Este trabajo (más que este libro, puesto que no esperábamos –cuando lo iniciamos– que cristalizase en una publicación) nace de alguna conversación o charla apresurada acerca de la aureola mítica que rodeaba alguno de los pueblos, a sus autores y a ciertas fotografías recordadas vagamente. Cuando estudiamos la carrera de arquitectura, las fotos en blanco y negro de Esquivel o Vegaviana, y algunas lecturas sobre la arquitectura española de la época nos acompañaron y terminaron por estimularnos lo suficiente para acometer esta quijotesca empresa por nuestros propios medios. Curiosidad por sus arquitecturas y por sus todavía bisoños autores, a los que esperaba en algunos casos el posterior reconocimiento de su maestría y que tuvieron ocasión de realizar sus primeros trabajos con el Instituto Nacional de Colonización. Lo que encontramos e investigamos aparecía siempre rodeado de un carácter académico que nos parecía que no recogía suficientemente la cuestión, dicho sea esto con todo el respeto por las tesis doctorales, los trabajos y las investigaciones que consultamos. Visitar los primeros pueblos y hablar con los colonos supuso un encuentro muy determinante que nos sirvió para orientar nuestra investigación hacia la divulgación y la apertura a otras disciplinas (literatura, ingeniería, sociología, paisaje, etcétera) para explicar la colonización con una mayor amplitud de miras. En cierta manera hemos intentado replicar, humildemente, el hermoso viaje inverso que nos propone Alejo Carpentier en su relato Viaje a la semilla, yendo a la fuente, al origen del proceso, en nuestro caso, al agua.

Parece una España que está ahí, y al mismo tiempo profundamente ignorada, desconocida. Tiempo de caminos apartados, de demorarse, de salirse de las rutas turísticas trazadas por expertos en rendimiento del tiempo, en evasión de alma y evasión de impuestos. Es preciso escuchar para ver. Y ver para poder escuchar. Y alejarse del ruido que hacemos al masticar.

—¿Es colonización la mejor palabra, la más exacta, no induce a error?

—Etimológicamente, la palabra “colonizar” tiene, entre otros, dos significados: cultivar y habitar. En su origen, colonizar alude a poner en cultivo un terreno improductivo y a habitarlo, a asentarse en él de forma estable. Colonizar es, por tanto, ocupar un territorio despoblado e improductivo para habitarlo y cultivarlo. “Colonización” se referirá al proceso de ocupación, asentamiento y explotación de un territorio, y al establecimiento de “colonias” (en latín, colonia significa residencia), y al asentamiento de los habitantes que ocupen esas colonias (colonus, con la doble acepción de ‘labrador’ y ‘habitante’). El origen etimológico de la palabra ilustra y explica, a nuestro entender, de una manera suficientemente precisa el concepto que define. No obstante, el vocablo “colono” se emplea actualmente con intenciones más peyorativas para justificar asuntos muy diversos, cuando no pintorescos. Los colonos tomaban posesión de tierra y habitación, como indica la palabra. En el caso español procedían de las cercanías para favorecer además el arraigo al lugar. Hay que indicar que, en su momento, los colonos eran considerados como de inferior categoría social que los habitantes de los pueblos limítrofes, abundando en este aspecto despectivo que a veces aparece interesadamente asociado a la palabra.

Parece una España que está ahí, y al mismo tiempo profundamente ignorada, desconocida. Tiempo de caminos apartados, de demorarse, de salirse de las rutas turísticas trazadas por expertos en rendimiento del tiempo, en evasión de alma y evasión de impuestos. Es preciso escuchar para ver. Y ver para poder escuchar. Y alejarse del ruido que hacemos al masticar.

—¿Qué supusieron esos viajes de exploración, descubrimiento, reconocimiento?

—Algunas publicaciones recientes, en especial el conocido ensayo La España vacía. Viaje por un país que nunca fue, de enorme repercusión, han hecho que volvamos la mirada hacia el olvidado interior del país. El abandono al que ha sido sometido históricamente este enorme territorio ha sido intencionado, como demuestra Sergio del Molino, y ha traído como consecuencia un desconocimiento notable de la propia nación. Los intentos del Regeneracionismo y de la Segunda República por la instrucción, la reinvención y la renovación del país son impulsos que todavía aparecen como necesarios para explicar esta España que a menudo aparece groseramente simplificada en la visión que impera en los centros del poder y la decisión.

—¿Cuántas sorpresas les deparó un viaje que parece que no ha terminado?

—La relación de anécdotas o descubrimientos que nos han proporcionado los muchos viajes que emprendimos para la elaboración del libro daría para varias publicaciones. Y eso teniendo en cuenta que nos hemos limitado a visitar treinta y tres pueblos, que representarían un diez por ciento aproximadamente del total ejecutado. Tuvimos que poner un límite porque los costes se nos estaban disparando, al ser un trabajo autoproducido, y nos quedamos con las ganas de visitar alguno más. Tampoco sabíamos, sinceramente, a donde nos iba a llevar. Decía Gerald Brenan algo así como que “el aburrimiento es imposible mientras se pueda charlar con un campesino español”. Más allá del paternalismo con el que a menudo se tratan los temas de la agricultura y los agricultores, confiamos en haber respetado su trabajo y su presencia no solo como personajes, sino como ciudadanos, aunque no habiten ciudades ni aparezcan en los medios de comunicación. Abordar a los colonos en sus casas y en sus afanes nos ayudó a no perder de vista algo esencial, frecuentemente relegado, ampliando algunas visiones que se quedan en la belleza del campanario de la iglesia o el trazado en turbina de la plaza del pueblo.

Leyendo hace años Ebro/Orbe, el prodigioso viaje de Arcadi Espada por la geografía física, moral y política del río más caudaloso de España (si los libros que estudiamos de niños no mentían), encontré una expresión que si entonces inducía a la melancolía nuestra deriva actual a una vía muerta en una estación abandonada.

—Este libro me recuerda algo que Arcadi Espada apuntó en su libro sobre el Ebro, “la trama de los afectos”, rota en España. ¿Podría de alguna manera esta red de pueblos de colonización servir para redefinir, reconectar, revivir, reconocer lo que somos?

—Creemos que es indudable contemplar la génesis franquista de estos pueblos como el principal escollo para el reconocimiento, aún hoy, de la empresa de la colonización. Las fotos del dictador inaugurando pantanos o entregando los títulos de propiedad a los colonos han distorsionado los aspectos positivos de la tarea colonizadora, que también los hubo. La frecuente utilización propagandística de estas imágenes, y la querencia del régimen por la colonización como un eje fundamental de su “política social” hace que se asocie y vincule la colonización con el franquismo más acendrado. Habría que indicar que la colonización ya aparece, como hemos indicado, en las políticas de regadíos que se establecieron como imprescindibles para el progreso del país en el siglo XIX, y que en la Segunda República se libra una dura batalla parlamentaria, finalmente perdida, para sacar adelante una reforma agraria en la que se incluían políticas colonizadoras (y pueblos de colonización para albergarlos, con algún concurso de arquitectura muy conocido en la época) más cercanas a los trabajadores que las elaboradas desde el franquismo. Esto nos permite afirmar que la colonización republicana habría sido notablemente distinta a la efectuada por la dictadura franquista. La relación tan incómoda que tenemos con nuestra historia más reciente, que a menudo se convierte en arma arrojadiza de uso político, explica la demonización y el olvido al que se ven sometidos aspectos de nuestro pasado que pueden contener valiosas enseñanzas para los tiempos que nos toca vivir. A este respecto, es muy aleccionador observar cómo los colonos han digerido y convivido con estas cuestiones de una manera más natural, menos crispada. No hemos apreciado, en general, rencor o cuentas pendientes en gentes que han trabajado en condiciones muy duras, y que no tienen objeción alguna a hablar del pasado con orgullo y una conciencia clara del origen y esfuerzo de sus antepasados.

—¿Cuál es la importancia de un fotógrafo llamado Kindel? ¿Qué clase de fotógrafo era? ¿Por qué han perdurado y siguen siendo valiosas sus fotos?

—La documentación fotográfica sobre el programa de colonización del INC, especialmente de los poblados creados por José Luis Fernández del Amo, será la que sirva de impulso para nuestro proyecto. El recuerdo de aquellas imágenes tan icónicas (como la de la lavandera de Vegaviana o la acequia de El Realengo), que vimos cuando estudiamos la carrera, volvió a hacerse presente muchos años después, a comienzos de 2016, y nos impulsó a querer ver con nuestros propios ojos cómo habrían evolucionado aquellos lugares. Joaquín del Palacio (Kindel, Madrid 1905-1989), fue hijo del pintor Manuel del Palacio. Se inició muy joven en la fotografía. Tras la Guerra Civil comenzó su trabajo en Regiones Devastadas, practicando el más puro reportaje social y, en 1950, pasó a trabajar junto a otros fotógrafos de la época para la Dirección General de Turismo creando un archivo documental de la historia de España, sus monumentos, sus gentes y sus pueblos. Por encargo del COAM (Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid) fotografiaría también obras de destacados arquitectos del momento, como es el caso de José Luis Fernández del Amo, quien admitía: “al objetivo, la sensibilidad, a la visión de Joaquín del Palacio le debo gran parte de mis éxitos y le estoy agradecido”.

Vemos una conexión entre Kindel y otros grandes fotógrafos que también retrataron la arquitectura de su época. La ausencia de pretensiones y alejamiento de toda tendencia, como en el caso del París de Eugène Atget, y al mismo tiempo, la capacidad de crear iconos sobre una forma de habitar, como hizo Julius Shulman con las Case Study Houses en California, retratando el nuevo American Dream de los años 50. Hemos tenido la suerte de contar en nuestro libro con la aportación de Nativel Preciado, nuera de Kindel, y la colaboración de su nieta, Sara del Palacio, quienes nos han hablado de la figura de Kindel como persona: “Tenía una enorme terraza llena de maceteros donde crecían geranios, pitas y árboles frutales. Solía dormir largas siestas en una de las habitaciones con vistas al melocotonero y, al atardecer, compartía charlas y gin-tonic con su mujer y los numerosos amigos que frecuentaban la casa. Hablaban de novelas de Simenon y de Moravia y discutían sobre la última película de Buñuel, Berlanga o Woody Allen. Le encantaba hablar de plantas con el jardinero del Parque del Retiro, de juegos de azar con el estanquero o de arquitectura con su amigo Fernández del Amo.

Cuando le pedía que me enseñara a hacer fotos (recuerda Nativel Preciado), me respondía: ‘La técnica es lo de menos, lo importante es la luz y, sobre todo, es cuestión de mirar y encuadrar lo que te gusta’. Fue un hombre feliz con una excelente salud hasta el último instante de su vida. Nunca perdió la alegría ni el sentido del humor, incluso cuando en plena Guerra Civil le detuvieron los falangistas y amenazaron con pegarle dos tiros. Salió ileso de milagro. Le recuerdo alto, flaco, con su boina y sus pantalones blancos y con la cámara colgada del cuello o apoyada en el trípode mientras se dedicaba a ver pasar la vida a través de su objetivo”. Consideramos que es un fotógrafo que no ha recibido el reconocimiento que se merece (hay muy pocas publicaciones monográficas sobre su obra, a excepción de la muestra organizada por el COAM en 2007) y esperamos que nuestro libro contribuya, de alguna manera, a descubrir o revalorizar su trabajo.

—¿Es este libro también una manera de reaprender a mirar lo que no está en las noticias, lo que no está por lo tanto en la actualidad, lo que no está en el escenario, en los itinerarios de vacaciones, del ocio que se considera una forma contemporánea de olvido? ¿Y de lo que se hacía en España con las manos?

—Parece que la pandemia nos ha acompañado en nuestra intención de volver una mirada a esos itinerarios de “carreteras secundarias” de esa gran España vacía y olvidada, más allá de consideraciones concretas de carácter estético, estilizado o literario; del turismo rural pintoresco, consumible y olvidable, o de la fascinación medieval, que aprovecha el ser escenario novelesco o de algún hecho relevante (los poblados del INC no tienen  pasado ni memoria, literaria o de otro carácter, ni hazañas históricas de las que enorgullecerse o sacar partido). Azorín, Julio Llamazares, Miguel de Unamuno, Antonio Machado… autores que “inventaron ese gran paisaje de la meseta”, siendo todos ellos periféricos y marítimos (a excepción de Llamazares), como decía Sergio del Molino. Nosotros, marítimos y periféricos también, y por ende urbanitas pese a ser gallegos, no pretendemos inventar nada, se nos queda grande, pero sí proponer una revisión de un programa ciertamente insólito o diferente que pertenece a esta gran área de lo no urbano en España, desde el hoy y el ahora… este ahora que ha teñido todo de un color diferente gracias a, o por culpa de, la pandemia. ¿Se podrá establecer un debate alejado de retóricas vacuas sobre la posible vuelta al campo, sobre el futuro de la agricultura, sobre la pérdida de contacto con lo natural, con lo manual, recuperar un cierto equilibrio con nuestra parte más corporal y menos digital? Proponer una reconciliación, además, a través del conocimiento de algo invisible para muchos españoles, con la realidad, la historia y el durísimo trabajo en el campo de 60.000 familias que fueron olvidadas seguramente y en gran parte, precisamente, porque todo esto transcurrió durante el franquismo y gracias al franquismo. Nuestro proyecto pretende rendirles un humilde homenaje a estas gentes y los lugares que fueron creados para que ellos pudieran trabajar las tierras. Nadie les regaló nada, y menos que nadie el franquismo. Unas cuantas décadas después, ellos consiguieron hacerse dueños de las tierras y los pueblos, dejando los trazos de sus vidas en ellos. Esta huella es la que hemos pretendido retratar, desde el presente.

Será una ingenuidad, pero al ver tantas tierras yertas, deshabitadas, del interior de España uno piensa en ese espacio y en lo que se podría y se debería hacer bajo esos cielos, sobre esa tierra. Los pueblos despavoridos, las tierras abandonadas, los bosques descuidados y asilvestrados (tan dóciles a los fuegos y a los que aventan las llamas), las ruinas de lo que fue y que convocan más ruina.

—¿Podrían considerarse modelos habitables para el futuro, para españoles castigados por la pandemia y sus colaterales estragos económico? ¿Y también para los necesarios inmigrantes que vamos a necesitar para paliar nuestro invierno demográfico? ¿Una forma de rehabitar el territorio abandonado, los pueblos y las tierras abandonadas?

—La coyuntura tan lamentable en la que nos encontramos inmersos nos hace inevitablemente considerar nuevos modelos de habitar, creyendo que lo que tenemos no responde como debiera a la situación a la que nos enfrentamos. Habrá que esperar a una reflexión más sosegada para establecerlos, puesto que las noticias sobre la “nueva ciudad pospandemia” o la “casa definitiva para después de la covid” que aparecen con tanta profusión últimamente amenazan con constituirse como una nueva plaga. ¿De verdad sabemos ya cómo van a ser nuestra vida, nuestras casas y nuestras ciudades una vez superado este episodio? Con toda seguridad debemos cambiar muchas cosas (algunas ya advertidas hace tiempo, por cierto) especialmente aquéllas que mejoren nuestro contacto con el paisaje (natural o construido) y optimicen desarrollo y recursos. Los pueblos de colonización son ejemplos depurados de muchos de estos argumentos, y se presentan como un paradigma que nos puede servir para repensar, rehabitar y reutilizar territorios yermos desde una óptica que dote a las actuaciones en espacios rurales con un futuro productivo, económico y estético, alejadas por tanto de ejercicios meramente cosméticos de “vuelta al campo”. 

—¿Se podría plantear algo semejante ahora para familias empobrecidas, o para familias de inmigrantes?

—El enorme parque de construcciones deshabitadas que encontramos en ciudades y pueblos (también en pueblos de colonización), junto con la dificultad de acceso a una vivienda digna, ha de llevarnos a considerar otras posibilidades más allá de seguir favoreciendo, consciente o inconscientemente, el mercado o las futuras burbujas inmobiliarias. Volver a habitar estos pueblos sería insuflarles nueva vida, siempre y cuando se mejorasen instalaciones de comunicación (en algunos casos, de forma sumamente sencilla) y se volviese a trabajar el campo, con los medios actuales. Introducir esta nueva variable en la ecuación puede ayudar a establecer nuevas políticas de desarrollo que contribuyan a poblar de nuevo lugares deshabitados y descongestionar las urbes, favoreciendo la sostenibilidad en el uso del territorio.

—José Luis Fernández del Amo y la belleza de lo que nace pobre frente al aura de los arquitectos estrella. ¿La opción es construir menos? ¿No construir más? ¿Rehabilitar lo construido? ¿Destruir lo atroz, o dejar que la naturaleza, la entropía, lo vaya reduciendo a paisaje, se mimetice con la nada?

—Nada más alejado del funesto concepto de “arquitectos estrella” que el programa de colonización del INC, en su filosofía y sus métodos. Podría decirse que el instituto elegía sus actuaciones con la precisión necesaria para construir lo justo, dada la escasez y la austeridad de la época. Paradójicamente, también fue una ocasión de expresión de la arquitectura y del arte de su época, a pesar de las restricciones económicas y estéticas del régimen. Y muchos arquitectos que más tarde habrían de ser considerados maestros de arquitectos y urbanistas españoles, empezaron sus carreras fogueándose en la colonización. A Alejandro de la Sota, José Luis Fernández del Amo, Antonio Fernández Alba, Fernando de Terán, José Antonio Corrales, Carlos Arniches, como nombres más señalados, debemos muchos de los mejores ejemplos de los pueblos construidos más notables, experimentales y conocidos. Pero el instituto también tenía a buenos técnicos, no tan célebres, como García Mesalles, José Subirana, José Borobio, Carlos Sobrini, y un largo etcétera, sólo por citar a arquitectos, que también contribuyeron a la eficacia del INC.

—¿Cuándo tuvieron la primera noticia de estos pueblos?

—En nuestra etapa de estudiantes, en el libro Arquitectura española contemporánea, de Carlos Flores, de 1961, y en publicaciones sobre Sota (su obra completa se inicia precisamente con el pueblo de colonización de Esquivel) o sobre Fernández del Amo. También en algún artículo suelto de Quaderns d´Arquitectura i Urbanisme o de la revista Arquitectura. Y sobre todo por la fuerza de algunas imágenes de Kindel que acompañaban a los textos.

—¿También hubo una política semejante en Portugal?

—Sabemos, por alguna publicación, del establecimiento de una política de colonización por parte del Estado Novo de António de Oliveira Salazar en el interior de Portugal, aunque no conocemos en profundidad el alcance y las características de la actuación portuguesa. Es revelador que los tres estados autoritarios del sur europeo hayan coincidido en la empresa colonizadora, y sería un interesante objeto de estudio para una comparativa. Las dictaduras hicieron más fácil, obviamente, la actividad que nos ocupa, favoreciendo las legislaciones expropiatorias y los movimientos más o menos forzosos de la población. Hemos incluido en nuestro libro el caso italiano de la colonización del Agro Pontino Romano, que es el habitualmente tratado como precedente más inmediato de la colonización española, aun cuando las diferencias sean notables en el carácter de la colonización (más urbana en el caso transalpino y más rural en el caso español, y también del portugués) y en la procedencia de los colonos, que en el caso italiano provenían de regiones más alejadas.

—Me gustaría que se extendieran sobre varias ideas que se apuntan: La fotografía y la distorsión documental. Haber estado allí…

—La fotografía siempre implica haber estado allí, al menos la fotografía previa a la era digital. Otra cosa es la supuesta verdad absoluta asociada a la fotografía. El mismo hecho de mirar supone una distorsión. Nadie como Takuma Nakahira para hablar de la capacidad de las imágenes para crear realidades, para direccionar nuestro pensamiento, cuando dice: “…las imágenes no se forman reflejando sencillamente el sentido que tiene la realidad, sino que se independizan de él y lo sustituyen por un monumento que sacraliza un significado determinado. Aquí la “realidad preparada” va mucho más allá de su ámbito y genera otra realidad que tiene un significado nuevo, propio. Y lo más importante es que, entonces, estas imágenes acaban creando la ilusión, compartida tácitamente tanto por quien las emite como por quien las recibe, que son un documento de lo que está sucediendo realmente”. La realidad simbolizada, sacralizada, como decía Walter Benjamin. Las fotografías de Kindel monumentalizando esas arquitecturas abstractas, como descontextualizadas. Volver para comprobar si, con el paso del tiempo, aquellos lugares “soportaban” todavía la sacralización, el icono.

—En el origen: posguerra, devastación, autarquía. Utopía de los ingenieros. Volver a una edad dorada. ¿Ingenieros de almas, ingenieros de pueblos, ingenieros de tierras?

—En la política económica del primer franquismo –la autarquía– las decisiones económicas se tomaban con frecuencia por ingenieros, de ahí que se denomine como ingenierismo a esta época, como señala Lino Camprubí en su libro Los ingenieros de Franco. Se atribuye a Josep Pla la frase de que “el paisaje lo construyen los notarios y lo decoran los payeses”. Cámbiese notarios por ingenieros y payeses por arquitectos y tendremos una analogía bastante cercana a la realidad del territorio colonizado. La colonización es, desde luego, deudora de esta visión iniciática, que posteriormente se desvanecería al apreciar los desastrosos números macroeconómicos fruto de la gestión por parte del núcleo duro de Falange, que queda definitivamente apartada de la primera línea con el primer Plan de Estabilización. A pesar de todo ello, el INC siguió haciendo pueblos hasta el final del franquismo, convertido en un organismo que ya se tenía como obsoleto por parte de las nuevas élites tecnócratas y sus políticas energéticas e industriales. Es muy notable que se mantuviese el programa, a pesar de sus malos resultados económicos, y a pesar del informe negativo del Banco Mundial del año 1962. La duración del instituto, y por tanto de su actividad, se corresponde prácticamente con la duración del franquismo.

—¿Cuánto peligro entraña elogiar algo que se hizo durante el franquismo? ¿Y que en el páramo de la España que no se exilió, qué representa una figura como la del director del Instituto Nacional de Colonización, José Tamés Alarcón?

—El peligro es tan obvio que a menudo hablamos entre nosotros de lo terrible que sería vernos envueltos en discusiones, en prensa o redes sociales, por algún malentendido o un titular malintencionado que nos acusase de exaltación o de celebración de una dictadura. Ese es el tipo de situaciones que hicieron que Albert Camus protestase porque lo incluían o lo instalaban, unos y otros, en los lugares más insospechados “por la comodidad de una polémica”. El libro, desde luego, no es equidistante en este punto, en la medida en que estamos convencidos de que no se puede de ningún modo ser equidistante frente a una dictadura. El hecho de que la colonización franquista tenga aspectos notables, y aun paradójicos en su ejecución, se debe a que fue diseñada y establecida por técnicos y artistas que se enfrentaron a las dificultades que el propio régimen nacional-católico les imponía, es decir, más a pesar del propio régimen que gracias a él. La figura de José Tamés es decisiva en la tarea del INC. Piénsese que fue su director en todos los años de funcionamiento del instituto, un hecho notablemente infrecuente. La semblanza de Eduardo Delgado Orusco en su artículo de nuestro libro es muy esclarecedora, y le define a la vez como un hombre del régimen, pero también como un técnico informado de la arquitectura y los debates de su tiempo, un tiempo que exigía, sobre todo, resultados. Nada más revelador para apreciar su figura que la anécdota contenida en uno de sus rigurosos y motivados informes acerca de un proyecto de poblado de colonización sobre el que no regateaba críticas, y que terminaba con la recomendación de su construcción. El instituto fomentaba la heterogeneidad de las soluciones, no establecía modelos de pueblos para evitar la monotonía y la repetición. Hay que indicar, además, con todo lo que esto significa, que el instituto dio cobijo a técnicos procedentes del Instituto de Reforma Agraria de la República, y permitió que un arquitecto represaliado y apartado de la profesión tras la Guerra Civil como Carlos Arniches diseñase al final de su vida dos pueblos de colonización, Gévora en Badajoz y Algallarín en Córdoba.

—Modelo ruralista y desurbanizador preconizado por el fascismo italiano. Falangismo: hombre nuevo. Paternalismo del Estado. ¿No es más humano que el colectivismo comunista? ¿Cabe descartar la idea de una arquitectura propiamente fascista en el franquismo? Renuncias obligadas por no lograr el cupo establecido, ¿a la manera de los planes quinquenales?

—El INC puede entenderse como un organismo parecido al concepto de “la empresa”, como veíamos en una presentación reciente del libro The end, de Cecilia Orueta, sobre los últimos estertores de la minería leonesa del carbón. El INC era toda la vida de los colonos y sus familias: daba la oportunidad de trabajar y sobrevivir, pero te mantenía atado a ese trabajo por 40 años exigiendo resultados difíciles de cumplir en los primeros años, y sin saber en ningún momento a ciencia cierta el estado de las cuentas. El instituto vigilaba, controlaba, establecía cupos, instruía, formaba y era la cara visible del estado en estos lugares. Hubo casos de emigrantes a Alemania que eran colonos, y las mujeres (invisibles absolutamente en este programa) e hijos se quedaban para seguir trabajando la parcela. Además de la tutela y el control absoluto de la producción (capataces), la perversión de convertir en empresarios a campesinos, fomentando el individualismo y la defensa de lo propio para descartar cualquier espíritu asociacionista.

—Los colonos y sus familias: emigrantes en su propia nación; nuevos lazos, nuevas amistades, nuevas tradiciones. ¿Se puede hablar de un gran experimento social?

—La consideración de la colonización como una de las principales migraciones interiores en la España del siglo XX y el dirigismo con el que se diseñó hacen que se pueda hablar de una movilización de población sustancial, pero el posible “experimento social” queda un tanto diluido por la homogeneización en la elección de las familias de los colonos (que tenían que acreditar y certificar la ausencia de antecedentes políticos) y el sometimiento a una constante vigilancia (una obsesión por el control muy propia del franquismo). Ante este panorama, el posible experimento social arroja unos resultados en principio bastante descafeinados. Aun así, la solidaridad de las familias, la creación de ritos de comunidad y el establecimiento de nuevos hábitos y costumbres hacen que los pueblos aparezcan como comunidades humanas muy singulares. Se pretendía su aislamiento, tanto de los pueblos convencionales como del resto de los pueblos de colonización de la zona, en una visión idealizada de la comunidad, pero también para evitar la socialización y la reivindicación de clase.

—Lienzo en blanco, arquitecturas modernas, abstractas y uniformes. Profunda transformación del paisaje. ¿Se puede hablar de heridas, de cicatrices?

—El paisaje de la colonización es un paisaje antropizado, creado por el hombre. Como el resto de la casi totalidad de los paisajes, habría que añadir. Las dehesas extremeñas son una creación humana, estrechamente vinculadas a la trashumancia del ganado, y las agras de la Terra Chá luguesa forman parte de un paisaje fósil muy antiguo, también obra del hombre. La particularidad más específica del paisaje de colonización es su creación reciente, en el siglo XX, en áreas rurales despobladas, que ven alterada su fisonomía de una manera rápida con la ejecución simultánea de una malla cartesiana de vías, canales, pueblos, parcelas y cultivos. La ejecución con medios locales, con materiales del área, con respeto por la escala y la tipología de su arquitectura vernácula (tema muy principal en las fuentes de inspiración de sus diseñadores), y la introducción de la vegetación local (Vegaviana es un ejemplo notable de construcción de espacios verdes en el interior del pueblo, respetando las encinas y alcornoques existentes) son criterios de intervención manejados en el trazado de los mejores ejemplos de los pueblos de colonización españoles, precisamente para suavizar la alteración de su implantación.

—Ministerio de Agricultura: potenciar este libro, potenciar esta nueva colonización. ¿No es, en gran medida, como era Sanidad (tras la descentralización del estado de las autonomías, antes de la pandemia) una suerte de gran caserón vacío?

—Si así fuera, el magnífico edificio de Atocha de Velázquez Bosco sería un caserón de lo más sugerente. Bromas aparte, siempre existe la tentación de explicar o de seguir visiones kafkianas al hablar de estos castillos administrativos enredados en sus laberínticos y ocultos organigramas. A pesar de la descentralización autonómica, el Ministerio de Agricultura es el depositario y custodio de un valiosísimo archivo en el que uno de sus mayores tesoros es el apartado de colonización. Formado por numerosos documentos gráficos muy precisos, fotografías y planos, que son fácilmente consultables por investigadores gracias a la amabilidad de su personal y archiveros. Decimos esto porque sólo podemos estar agradecidos al entusiasmo que mostró el ministerio hacia nuestro trabajo cuando le enseñamos una primera maqueta en Badajoz al entonces responsable de publicaciones, Juan Manuel García Bartolomé. Creemos que al considerar la extensión de la colonización a la práctica totalidad del territorio nacional hace que sea una empresa necesariamente promovida y llevada a cabo por un organismo estatal para evitar lecturas demasiado parciales que atomicen en exceso la interpretación de la tarea colonizadora.

—¿Se podría hablar de una arquitectura teresiana? Arquitectura al servicio de sus moradores. Sin excesos, pero también sin mezquindad. Sin alardes, pero sin miserabilismo. Me viene también a la cabeza Giorgio Morandi: inspiración italianizante.

—Muchas veces hay un excesivo afán adjetivador para colocar al lado de la palabra “arquitectura” algún calificativo que ayude a desentrañar y explicar o desvelar sus pretensiones de manera definitiva. La arquitectura responde a todas esas cosas, y también a otras. Como decía Fernando Távora, “en arquitectura, lo contrario también puede ser verdad”. La arquitectura de colonización tiene, indiscutiblemente, aspectos morales que, en el caso de Fernández del Amo, como explica en sus escritos, la acercan al ascetismo, la necesidad y el despojamiento, de raigambre religiosa o mística, pero que también, no se olvide, figuran en el ideal contenido en el proyecto funcionalista y de la ortodoxia de la modernidad. Pero, sobre todo, conviene recordar que la principal misión de estas arquitecturas era dar cobijo y facilitar la vida, intentando hacer menos duras las condiciones (hacer más felices, en resumen, como decía Alejandro de la Sota) de sus moradores.

—Fernández del Amo: “atendiendo los condicionantes de topografía, clima y costumbres; utilizando los materiales accesibles en aquel tiempo y poniendo en valor su calidad y su textura, reconociendo la colaboración de los oficios locales, con la impronta de sus manos en los muros, y con el sabio sentir de su manejo de las herramientas”. Veo rasgos de John Berger, la memoria de las herramientas, la cultura campesina. ¿Estaba en su recámara?

—Recordamos The Seasons in Quincy. Four Portraits, de John Berger: cómo Berger participa de la agricultura de subsistencia, del valor de vivir de trabajar la tierra, algo que ha sostenido a la humanidad durante tantos siglos… el retiro, el “volver al campo”, esa necesidad tan atávica. También recordamos el valor que ponía en esos pequeños detalles cotidianos, el cuidado del jardín, el valor del silencio y la ausencia de cháchara inútil… Creemos que estos son rasgos presentes en la gente rural, acostumbrada a trabajar con sus manos y con el clima. No hemos tenido conversaciones vacías con ellos. Por otro lado, hablando de recámaras, nos gusta tener en la mente el trabajo de August Sander, Hombres del siglo XX. Ese recorrido por la condición humana, con su mirada lúcida y objetiva, retratando los oficios y gentes, tanto de condición urbana como rural, ese afán igualador, dignificador, de los más humildes… ojalá se pueda encontrar algún rastro leve de su influencia en nuestros retratos de los colonos y sus descendientes.  

—Sofía Moro: “La fotografía, al igual que el dibujo, es un método de conocimiento. Dibujando lo que se ve se toma conciencia de la forma y de causa. Retratar es comprender”. ¿En qué medida comparten esta visión de la fotografía que esboza Sofía Moro?

—Compartimos la visión de Sofía Moro. El retrato es una disciplina única en la fotografía, a mi modo de entenderla [Ana Amado es la fotógrafa del dúo]. Siempre tratas de adentrarte más allá de la superficie de lo visible cuando fotografías, aunque finalmente la clave, casi siempre, consista en mostrar lo más fielmente posible esa superficie y que esta realidad encuadrada sea la que te susurre al oído. Pero la cosa adquiere otro matiz cuando en lo que tratas de adentrarte es en una persona, en otra persona. La materia es distinta. Puedes comprender esa materia desde los huesos. Podría, entonces, parecer que el proceso será más fácil pero no: es como enfrentarte con el espejo. En nuestro proyecto, aunque el punto de ignición fuera el recuerdo de las fotografías de Kindel y el combustible fuera nuestro interés por la arquitectura, realmente, lo que nos atrapó, lo que creó un vínculo, casi una sensación de “deber” continuar el trabajo, fue la relación con las personas, con los colonos y sus descendientes. Al hablar con ellos, entrar en sus casas, escuchar sus historias y, en mi caso, retratarlos, llegabas a identificarte con ellos. A fin de cuentas, esto pasó aquí, y hace nada.

—¿Cuáles van a ser sus próximos pasos?

—Estamos intentando continuar con el proyecto mediante la elaboración de algún contenido audiovisual. Tenemos grabadas muchas horas de entrevistas con colonos y tomas de paisajes y edificios. Creemos que filmar una pequeña serie, o un documental, podría ser un colofón magnífico para divulgar esta actuación, mayoritariamente desconocida.

Repaso mis notas de lectura como si fueran apuntes para un poema, o para un futuro viaje a pie, en bicicleta, en tren, en un automóvil que no corra demasiado. Telegramas que me envío a un yo mismo futuro en una estafeta que ya no existe y donde el correo postal ordinario (no digamos los telegramas) ya no se reparte. Ya no hay sellos. Ya no hay correspondencia que no sea comercial. Y los carteros corren riesgo cierto de convertirse en repartidores de Amazon. Un trabajo de cuatro años en el que los autores visitaron 33 poblados. Se cumplen ochenta años de la fundación de Instituto Nacional de Colonización (INC). La fotografía y la distorsión documental. Haber estado allí. Dirección General de Regiones Devastadas. La poética involuntaria de los nombres. Colonizar: cultivar y habitar, un proyecto. Lejos de la costa, en zonas escasamente pobladas, con poca agua. Colonización voluntaria, aunque propuesta a familias sin antecedente, moral y políticamente aceptables, de lugares cercanos. También provocado por la creación de embalses: movimientos forzados de población. Renuncias por no lograr el cupo establecido. Durante los cinco primeros años: tutela. Colonos acusados injustamente de afectos al régimen. Fernández del Amo: arte no figurativo en las iglesias de los pueblos. Síntesis entre la racionalidad y la arquitectura vernácula a través del estudio de la esencia de las formas populares. Medio y clima. Economía formal ajena al aditamento o el adorno. Recuperación de tipologías, patrones y elementos tradicionales como el zaguán, el patio y la solana. Nombres que, al ser latos, netos, secos, exactos, emocionan. Relación íntima de la casa con edificios adjetivos: almacenes, establos, graneros, gallineros, o cobertizos. Pobreza evangélica, austeridad, pureza, desnudez, ausencia de banalidad. Fernández del Amo: “utilizando los materiales accesibles en aquel tiempo y poniendo en valor su calidad y su textura, reconociendo la colaboración de los oficios locales, con la impronta de sus manos en los muros, y con el sabio sentir de su manejo de las herramientas”. John Berger, la memoria de las herramientas, la cultura campesina. La trilogía De sus fatigas (Puerca tierra, Una vez en Europa, Lila y Flag). Adaptación al terreno. Plazas ajardinadas y aportaladas, configuración primaria de la plaza: iglesia, ayuntamiento y escuela como ejes. Abrevaderos, fuentes, acequias, bebederos, lavaderos. Campanario: adoctrinamiento, sumisión de lo civil a lo eclesiástico. Abscisas y ordenadas sobre el paisaje, bajo el cielo. Son apenas apuntes a lápiz un día gris de lluvia que se alía con la melancolía decretada por la pandemia y alivia, un viaje al pasado y a los edificios que viven en este Habitar el agua donde las fotografías de Kindel dialogan con las de Ana Amado, y con sus palabras y las palabras de Andrés Patiño. Es un libro que da placer palpar, abrir, oler, leer, mirar. Por eso quiero dejarle la última palabra a una escritora que (como a muchos otros) los autores convocan para ayudarles y ayudarnos leer mejor el mapa de España, los intersticios, la historia, lo que tenemos ante los ojos, lo invisible. Es Ana María Matute y lo escribió para El río: “Un grupo de casas blancas, demasiado nuevas y como asombradas (…) El agua lo cubre todo; el fantasma de la casa, los muros de piedra, el prado, la huerta, la chopera… Cuántos nombres, cuántas carreras de niños, ya mudos. (…) Y el río, ¿cómo ha desaparecido de forma tan extraña? (…) cerrando los ojos, lo veo intacto como un milagro. Un río de oro que corre hacia algún lugar de donde no se vuelve, como la vida”.

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