Por si se va la luz

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"Nadia fue tajante: renunciar es renunciar. Esa teoría es mía. Cuando Nadia pronuncia esas palabras percibo en su timbre de voz algo parecido a la ironía, como si me estuviese probando o vengándose de mí". Fragmento de la novela que publica Lumen

 

Invierno

 

 

Hemos traído cincuenta libros, todos por leer. Apenas un cuarto de la ropa que teníamos, contando en ese cuarto la de invierno, verano y entretiempo. Los únicos fármacos que nos acompañan son los parches anticonceptivos de Nadia, tenemos para seis meses. Luego no habrá más.

 

Estoy seguro de que ella ha escondido en algún lugar de nuestro equipaje recursos de emergencia: antibióticos, antihistamínicos, analgésicos y corticoides. Estoy seguro de eso, aunque mientras estuvo enferma no abrió la boca para pedírmelos ni los buscó. Pensé en sus dolores de regla cuando hicimos la lista de lo que traeríamos, pero ella meneó la cabeza con fuerza, fue inflexible: si nos vamos, nos vamos con todas las consecuencias, ya habrá remedios. Supusimos que aquí habría modos de abastecerse. Utiliza la copa menstrual, así que no necesitábamos traer un cargamento de tampax y compresas. Los misterios de la vagina son insondables.

 

Nadia fue tajante: renunciar es renunciar. Esa teoría es mía. Cuando Nadia pronuncia esas palabras percibo en su timbre de voz algo parecido a la ironía, como si me estuviese probando o vengándose de mí, echándome en cara mis ideas. Pero el caso es que aquí está, conmigo. Aunque haya escondido en algún lugar de esta casa una bolsa de plástico azul y cremalleras con algunos medicamentos de emergencia.

 

Es curioso, quién nos lo iba a decir, que el primer contacto de Nadia con la gente de aquí fueran las manos de una vieja untándole remedios caseros. La miraba con codicia, con enfado, mi cuerpo se puso en tensión cuando la vi desprenderle las ropas, pero luego me tranquilicé, había algo de pose y de instinto en sus movimientos, y pude reconocer entre sus gestos la maternidad; el paño gris y mojado pasaba por la frente de Nadia como por la de una niña.

 

Hemos traído unos lienzos en blanco y una caja de pinturas. Mis prismáticos. Yo también tengo mis atrevimientos: traje conmigo un reproductor de mp3 y, esto es lo más absurdo, una pequeña cámara de fotos digital. Sin portátiles, no podré cargar la batería del mp3 y no podré reproducir las fotos más allá de la minúscula pantalla de la cámara. Antes de mudarnos, Nadia había hecho una recopilación bastante escueta de fotografías. Fotos antiguas, de su niñez, de gente que ya está muerta, y otras más actuales de nuestro día a día y nuestros amigos, y también de la época en la que nos conocimos. El día antes de venirnos, me dijo que iba a dejar allí la carpeta con fotos. Fue como cuando decidió no traer consigo ninguno de sus cuadros, o cuando fuimos conscientes de que era inútil transportar nuestros utilísimos ordenadores a este lugar. Era como estar de luto. Fingí el semblante, pero con las fotos no le hice caso; cuando no miraba, metí la carpeta en la misma bolsa donde guardo la cámara y la música. Nunca se sabe. El objeto que ha venido con nosotros y más me divierte es una vieja máquina de escribir. En un arranque de improvisación o quizá de histeria Nadia salió una mañana a recorrer la ciudad, cuando yo estaba con las cancelaciones y los empaquetamientos, y volvió con ella en brazos, metida en una maleta dura de piel; brillaban las teclas de plástico. La había encontrado en una tienda del otro extremo de la ciudad. No solo traía la máquina, sino repuestos de rollos de tinta, algo que ya no se fabrica desde hace no sé cuánto. Fue adorable verla llegar, con el pelo castaño pegado a la frente y el sombrero encajado en sus orejas blandas con varios pendientes. Ahora no lleva ninguno, solo luce los agujeros. Le quité la máquina de los brazos mientras ella me explicaba que si las cosas se ponían mal aquello podía ser nuestro futuro. Recogí sus manos húmedas en las mías y la atraje hacia mí. La máquina debía de ser por lo menos de 1970 y estaba intacta y funcionaba. Entonces le pregunté si la había probado y del bolsillo de su cazadora sacó un papel doblado en cuatro y me lo entregó. En el papel había algo escrito verdaderamente sin pensar:

 

por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz por si se va la luz

 

 

Se abrazaron en la casa fría nada más entrar. La decisión no había sido cosa de dos días, vivir allí implicaba estar juntos a pesar de todo, sin ninguna excusa. Pero la sensación de aventura no embriagaba el camino, o el encuentro con aquella construcción rectangular, porque ambos habían recorrido la tierra que los separaba de su antigua ciudad con la certeza de que no tenían más opciones que ese sitio u otro semejante. Metieron sus cosas dentro, las dejaron en el suelo del salón y buscaron la cama. Un colchón desnudo los esperaba y ella se preocupó de rebuscar en el equipaje sábanas para cubrirlo y algo con que abrigarse. Bajo la manta, vestidos, se acercaron el uno al otro, poniéndose de perfil, nariz con nariz, para no mirar el techo alto de la habitación. Era tarde, no tenían sueño, pero sí un peso dentro del cuerpo, una duda, dependiendo de la postura un miedo o una posibilidad. Por supuesto no hicieron el amor, los hipidos de ella se fueron suavizando, y él encontraría calor en unos ronquidos débiles. No habían cenado. A cada uno de ellos los ojos del contrario le resultaron demasiado hambrientos. Prefirieron cerrarlos.

 

 

Me llamo Nadia. Tengo que recordar mi nombre en este lugar, repetírmelo cada vez que me levanto, siempre demasiado tarde. Cuando abro los ojos, el cuerpo de él ya no está a mi lado en la cama, y aunque lo estuviera sentiría lo mismo esta planicie. Es como si ya se hubiera acabado todo. En la ciudad supusimos que esto pasaría, y pese a la precaución me he venido abajo. Analicé las consecuencias, eran horribles. Siempre me pongo en lo peor, en el maligno natural suceso de las cosas. Él todavía no ha empezado a soltarme las frases que guarda para mí, sabes que todo está bien, saldrás de tu cascarón de legañas y capa de hielo, felicítame porque tenemos solución maravilla. Antes de que yo termine de desenredar mis membranas del pánico, él ya contará con amigos y encontrará que el paisaje que observamos desde la ventana es digno de ser fotografiado o pintado. Pero esperará que sea yo quien marque el encuadre o moje los pinceles.

 

Tengo que ser fuerte, recordar mi nombre es lo principal ahora que he de integrarme de nuevo. Me llamo Nadia. Al principio pensé que nos estarían esperando a la entrada, esos seres ajenos a todo, arcanos, desconfiados y con ganas de husmearnos, como se ve en los documentales, niños desnudos y mujeres de pechos colgantes metiéndome los dedos en los oídos, o a lo mejor nos asesinaban la primera noche, cuando ya estuviéramos dormidos, tipo kukluxklán, todo eso pensaba mientras nos acercábamos. No solo nadie tenía curiosidad por nosotros, sino que han pasado días y no hemos visto a uno de ellos. Le pregunto a él si nos habrán engañado, vuelvo a repetirle que deberíamos haber venido antes a examinar el lugar y a su gente, y él me mira sin que le haga falta decirme que no era necesario. Pero luego tiene el valor de reírse de mí y me asegura que aunque yo no quiera dar un paseo, si lo hiciera me daría cuenta de que hay muchísima vida por aquí. Lo que ocurre es que estamos lejos del núcleo, dice. Que me vista y salgamos a caminar. Pronto no me dará más tregua y tendré que ducharme y convertir mi pelo en una capa sedosa y ordenada que brillará al sol cuando nos alejemos de la casa por el sendero hasta las construcciones que se ven a lo lejos.

 

Empieza a faltar comida. Hace muchísimo frío. Mientras me conservo aquí dentro, abriendo los ojos al mediodía, con los músculos contraídos, y paso el tiempo sufriendo o siendo consciente de que tengo que dejar de sufrir, siento que aún no hemos llegado, que estamos de vacaciones, que no me he despedido de todos y he aceptado la proposición de repoblar este lugar vacío. Él sabe que yo habría preferido aguantar allí hasta el final, e intenta alimentar cada residuo de energía que contienen mis células. Por eso me ha traído aquí, porque está convencido de que la vida puede comenzar de nuevo.

 

Engullida en esta casa no puedo evitar recordar, antes de enfrentarme a lo que hay fuera, que kilómetros de humo se elevan hacia el cielo como resultado de un proceso de incesante actividad, que millones de kilos de carne humana se refriegan entre sí para encontrar placer o buscarse piojos, que las masas de aire chocan y se transforman, que una luz exterminadora aplasta el sudor de mil cuerpos tumbados en mil orillas, y luego lo pequeño y satisfactorio, donde todo funciona: ascensor, timbre, invitados, cena con amigos, polémicas, halagos, puñaladas, un menú por encargo, una digestión pesada, una mala elección de la música, bromas con el asunto de las drogas, las reuniones prefabricadas del bienestar: ¿no era eso la normalidad? Yo podría haber seguido así hasta el final, ni siquiera creo que me tocara verlo. Pero la inconsciencia nada tiene que ver con el valor.

 

Oigo pájaros y el viento metiéndose entre las ramas de los árboles. Hay dos senderos, uno que viene desde la carretera directamente hasta esta casa, y otro que se aleja por la parte trasera hasta el pueblo. Nos dijeron que es un pueblo, y él está seguro de que lo es, porque ha traído sus prismáticos y se asoma por las ventanas a mirar, incluso a veces sale al exterior con ellos. Si alguien lo ve pensará que está loco. Un tipo con prismáticos espiando sus casas. No me importa lo que piensen, todavía. Cuando me levante de esta cama y tenga ánimos para desembalar nuestras cosas, también cuando decida remodelar este espacio, necesitaré ir allí a por algo más que comida. Pintura, por ejemplo. Habría que pintar. Entonces sí me importará lo que piensen, porque yo necesito que me comprendan y sobre todo necesito que me hablen. Que me admiren es imposible. Sé que lo que he traído de mí misma es un paño blanco apenas ensuciado con símbolos. Se acabó el reconocimiento. Él me lo ha repetido muchas veces, he de olvidar el arte conocido para encontrarme con el verdadero arte, aquel que no necesita público.

 

Creo que son las dos de la tarde, oigo ruido en la cocina. Para saber exactamente qué se cuece en el fuego solo tendría que darme la vuelta en la cama y mirar. No hay puerta en el dormitorio, da directamente al enorme salón que también es cocina y recibidor y estudio y todo, todo lo será, o eso dice él cada vez que llega la noche y lo observa, cuando parece todavía más amplio. No me doy la vuelta, no miro. Algo se cuece en el fuego y seguro que es una tortilla, otra vez. Me la traerá en un plato, junto a dos rebanadas de pan de molde, y en la otra mano un vaso de agua fría. Sale muy fría del grifo. Se sentará a mi lado e intentará que coma, primero con buenas palabras, luego con caricias; cuando note su impaciencia a punto de manifestarse, provocándome una desidia inaguantable, abriré la boca y dejaré que meta en ella los trozos amarillos ensartados en la punta del tenedor. Masticaré.

 

 

Ella no ha dicho todavía: Martín, quiero volver a casa. Quizá tengamos suerte y no lo diga nunca. Sería de verdad una bendición para ambos. El lugar es hermoso. Intento disimular mi entusiasmo y mi impaciencia por salir, por explorar, por llegar al pueblo y presentarme y ver cómo funciona todo en este sitio. Dónde se puede comer, beber y conseguir herramientas. Aún no es el momento. Si yo no la acompaño ahora, si no la cuido como si fuera una enferma, tardará más en salir de la cama. La conozco. De todos modos es fuerte y pronto será ella quien me guíe a mí de nuevo. Pero si no la atiendo quizá se derrumbe de verdad. No está tan mal, esto me lo esperaba. En realidad yo la convencí de todo, y aunque en los últimos meses nunca descubriera en ella un atisbo de desconfianza o arrepentimiento, y cuando hablaba del tema se la viera ilusionada, frenética a veces, sé que no es fácil. Todo la ata, a Nadia. Tiene lo suficiente allí como para no querer abandonarlo, pero aquí está, a mi lado, tumbada en una cama, hecha un ovillo, con el pelo sucio y ojerosa, con olor a depresión; ahora es famélica al tacto. Está fea. Y sin embargo poco a poco la veo renacer, se levantará y vendrá a mis brazos y recorreremos juntos el camino que nos lleva a las otras casas. Yo ya no aguanto más.

 

Quiero salir. Salgamos, Nadia, hoy hace un día cálido, he visto una ardilla. Pero no se lo digo. Espero. A lo mejor mañana. Además, no he visto ninguna ardilla y afuera hace un frío horrible. Ahora que hemos llegado, ni siquiera pienso en por qué estamos aquí. Durante mucho tiempo he vivido obsesionado con esta idea, con una solución o con todo lo contrario, ella me ha dicho tantas veces que soy un paranoico, un loco, que terminé por creérmelo. No soy un guerrillero, mi empeño fue teórico y vertical; luchar al pie del cañón, en medio de aquello, era demasiado difícil para mí, cobarde de antemano. Pero mientras recorrimos en coche el camino, más largo de lo que pensaba, y cuando por fin pude divisar esta casa al fondo, fue como si mi cabeza se despejara.

 

Seguramente serán alucinaciones traídas por la novedad, por lo excitante que resulta la huida, pero cuando caigo en la cama, mientras me dejo envolver por el calor que desprende la piel de Nadia y por sus quejidos, pienso que quizá consiga olvidarlo todo. Entonces es cuando más me late el corazón, cuando llego a la improbable conclusión de que la idea sea tan acertada, tan poderosa, que no sepamos dentro de un tiempo por qué estamos aquí, sino que simplemente estemos. Eso me haría feliz. Ahora mismo, en el principio, todas las posibilidades son buenas. Ella está en un punto radicalmente opuesto al mío, pero eso tampoco es nuevo.

 

Ahí fuera hay animales salvajes. No he visto ninguna ardilla pero alrededor de la casa, cada mañana, pueden verse montones nuevos de tierra removida; topos, ratones de campo, ratas, lo que sean. Soy como un crío imaginándome sus hocicos aparecer. El primer día, con los prismáticos, pude ver un águila que volaba sobre los montes. Es todo un acontecimiento para mí. El resto de la mañana lo pasé buscando aves de ese tamaño en el cielo, pero no vi ninguna más. Volverán. Necesito que Nadia se reponga y construyamos algo juntos, algo nuevo. No se me ocurre nada más reparador para una pareja. Pero aunque espero con paciencia que se lave la cara y salga, ya empiezo a saborear una inquietud: quizá podría ir yo solo al pueblo. Nos queda poca comida, y también está el asunto de la calefacción. Cada mañana sonrío al oír cómo sale el gas por los conductos de la hornilla, pero no durará para siempre esta bombona. Si Nadia tarda en levantarse, tendré que ir solo. Y eso me llena de felicidad.

 

Ahora gime. No se atreve a llamarme, pronunciar mi nombre sería un signo de recuperación. Hoy tiene fiebre. Me he equivocado en mis predicciones. Su cara está ardiendo, no abre los ojos. Nada de lo que he dejado allí me importa. Espero haberme traído lo verdaderamente esencial.

 

 

 

Fragmento del libro Por si se va la luz, que sale hoy a la venta, editado por Lumen, Radom House Mondadori.

 

 

 

Lara Moreno nació en Sevilla en 1978 y creció en Huelva. Ha publicado los libros de relatos Casi todas las tijeras (Quórum, 2004) y Cuatro veces fuego (Tropo, 2008) y los poemarios La herida costumbre (Puerta del Mar, 2008) y Después de la apnea (Ediciones del 4 de Agosto, 2013). Sus cuentos están recogidos en numerosas antologías, entre las que se encuentran Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual (Menoscuarto, 2010) y Antología del microrrelato español. El cuarto género narrativo (Cátedra, 2012). Actualmente vive en Madrid, donde es editora free lance e imparte talleres de escritura

Autor: Lara Moreno