Postal desde Estambul

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Me llega una postal desde Estambul. Su autor, después de varios años, no sabe todavía escribir en ruso. El muy imbécil. Cuando lo conocí hacía mucho frío. Eso fue todo. No era un tipo problemático, no entendía una palabra de lo que me decía, el tampoco me comprendía a mí. Una pareja al uso.

 

L. era tenista de profesión, medio lelo como todos los deportistas, e incapaz de progresar adecuadamente en sus anémicos conocimientos de ruso e inglés. Al principio se portó bien, me daba lengüetazos húmedos en los dedos hasta que se me iba el tono violeta de todas las extremidades y aceptaba que quisiera dormir sola. Pero un día se presentó en la puerta con una horrenda caja de conchas y dijo algo así como que sentía amor. El muy indecente. Sin haber hablado nunca conmigo. La coloqué en la mesilla de noche a la espera de poder endiñársela a la señora de la limpieza, una rusa extorsionadora que exigía algún amable detalle si no quería ver como se evaporaban mis bolis de punta rosa. Tan chachis ellos.

 

L. se comportaba como una vulgar palomita que reclamaba cariño a cambio de los empujones proporcionados, ansiando una cara de princesita agradecida por el semen derramado. Lo despaché regalándole un diccionario ruso inglés para que dejara de acusarme de falta de comunicación. Fue una pésima idea. Después de sus clases se ponía de lo más pesado. Yo quería que se quitara la ropa y él insistía en pronunciar todas las palabras que había memorizado, mal, en las últimas cinco horas. Una serenata soporífera. Como profesora de ruso no tenía precio, a la tercera vez que construía mal la frase “Hola, quiero un café“, me ponía tan nerviosa que tenía que contenerme para no estamparle la cabeza contra el libro de ejercicios.

 

Un día se empeñó en que tenía que acompañarlo para ver como jugaba al tenis. Como si eso pudiese mejorar el brillante concepto intelectual que tenía de él. La noche anterior había agotado mi paciencia.

 

-Pero tú, ¿a qué te dedicas en Estambul?

 

-¿Qué?

 

-¿A qué te dedicas en Estambul?

 

-Más despacio.

 

-Que qué haces en Estambul, qué has estudiado, en qué trabajas…

 

-Estudiar, estudiar…

 

-Sí, estudiar, yo estudio, tu estudias, él estudia…

No comprendía. Cogí su diccionario de ruso inglés y señalé el verbo estudiar. A continuación buscó el equivalente en turco. Encontrar a la madre de Marco perdida en las montañas era menos cansino que todo aquel proceso. Puso cara de satisfacción.

-Yo jugar al tenis.

 

-¿Tú jugar al tenis? Eso no es ninguna carrera.

 

-Sí, yo jugar tenis.

-¿Eres tenista profesional?

-Yo tenis.

-Ya lo sé, ya sé que juegas al tenis, pero ¿qué coño has hecho en tu vida?

-Estambul, tenis.

L.  tomó su móvil y me enseñó varias fotografías en las que posaba con pantaloncito corto y raqueta en mano en una cancha de tenis.

 

-Yo jugar tenis.

Suspiré derrotada.

 

-Mañana, tú venir conmigo a estadio de tenis.

Ahora me tocaba a mí poner cara de gilipollas.

 

-¿Cómo? No entiendo.

 

-Mañana, venir tú, ver como yo jugar tenis.

 

-¿Yo? Yo no sé jugar al tenis. Lo siento.

 

-No, tu ver. Solo ver.

 

-Nunca he jugado al tenis. No podría.

 

-Tú ver.

El omnipresente diccionario volvió a escena. En ruso subrayó con el dedo la palabra espectador e indicó mi jeta.

 

Fue imposible escaparse. Al día siguiente, su raqueta y él me esperaban amenazadores. Mi entusiasmo brotaba a borbotones. Para que la tarde no resultara demasiado aburrida escondí en el bolso el prospecto de una crema antiarrugas que acababa de comprar, dispuesta a traducir incluso los ingredientes si fuera necesario. El cabrón del tenista no se enteraba de nada pero, sin embargo, poco tiempo le había llevado dar con el polideportivo más pijo de todo Moscú. Sus compañeros de juego eran turcos, pero no de esa clase de turcos que asustan a los europeos por parecer pobres y musulmanes: el más moreno del grupo podría ser hijo de un cruce entre una lechera inglesa y un marinero sueco.

 

Después de las estúpidas presentaciones con las que quedaba claro que el tenista seguía practicando con las bolas fuera del campo, me fui a la grada. La pelota saltaba de un lado a otro escoltada por los gruñidos de dos hombres sudorosos; la traducción de los consejos de utilización de la crema comenzaba a ser una tortura. Miré al cielo con la esperanza de que una tormenta atronadora irrumpiera de repente para joder la fiesta, pero mis plegarias no sirvieron de nada. Pegarle raquetazos a una puta pelota no era mi idea de diversión. Le faltaba complicación.

 

La partida terminó finalmente con la eliminación de L. Cuando ya me sonreía a mi misma pensando que al menos no tendría que felicitarlo como una vulgar pedorra, un pelotazo impactó directamente en mi cara, a un paso de dejarme media tuerta. L. había perdido el control enfurecido por la derrota. Se acercó presuroso en mi ayuda. Yo lloriqueaba sobre el cemento, sin ojo ya no podría embadurnarme con la flamante crema. Me incorporé poseída al verle sobre mí. Un sonido no humano salió de mi garganta: -En vuestra puta vida vais a entrar en la Unión Europea-. Él corrió en busca de su diccionario.