Proceso a Antígona

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No es infrecuente que los autores revisiten los clásicos para iluminar el presente. Por poner un ejemplo, lo hizo el gran Salvador Espriu que, si en 1977, a petición de Nuria Espert, revisó la tragedia de Fedra para proponer Una altra Fedra, si us plau, en marzo de 1939, cuando las tropas franquistas tomaron Barcelona, se había asomado a Antígona para, a través de la muerte de la heroína que se inmola para expiar las culpas de la barbarie colectiva, condenar la eliminación de los vencidos (la pieza no se pudo publicar en España hasta 1955). En esa onda de mirarse en el espejo de los clásicos, el dramaturgo, director y actor David Gaitán (Ciudad de México, 1984) retoma la historia de la princesa tebana, hija y hermana de Edipo, para reflexionar sobre la naturaleza venenosa del poder y sus retóricas tramposas, por más que se haya querido subrayar algún didáctico sesgo de pretendido republicanismo en la pieza, tal vez  aprovechando que al estreno de este montaje, que ha abierto la 66 edición del Festival de Teatro Clásico de Mérida, asistieron los Reyes y sus hijas, recibidos con vivas y aplausos por lo más y algún abucheo y vivas a la república por otro sector del público. A mi juicio, no se cuestiona ningún modelo político sino que se apunta hacia la tiranía, sea cual sea la forma de gobierno que adopte, pues incluso una república, aun llevando el remoquete de democrática, puede ser de facto una dictadura (echen un vistazo al mundo); y digo esto sin intención de defender ningún sistema sino con ánimo de no reducir el ambicioso vuelo de la propuesta de Gaitán, tan interesante como desigual, que bucea también en las costuras de la desobediencia civil entre otras cuestiones.

El autor imagina un debate público sobre la condena de muerte que pesa sobre Antígona por haber intentado enterrar los restos de su hermano Polinices, pese a la prohibición del rey Creonte que había ordenado dejar su cuerpo a merced de las alimañas como castigo y aviso a los traidores, mientras se honraba al otro hermano fallecido, Eteocles, que, aferrado al trono, defendió la ciudad en la pugna dinástica. En diversos momentos del texto se informa de todos estos y otros pormenores del conflicto tebano para situar las líneas del argumento: la vida trágica de Edipo, la muerte de sus hijos varones enfrentados por la corona, el ascenso al trono de Creonte, cuñado de Edipo, y la pugna de Antígona por dar digna sepultura al hermano que había atacado Tebas. Gaitán ha hecho desaparecer personajes como el adivino Tiresias y Eurídice, esposa de Creonte, y convierte al prometido de Antígona, Hemón, que Sófocles sitúa como hijo de los dos anteriores, en el mejor amigo del tirano.

Fernando Cayo como Creonte en un momento de la función (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

La obra se abre cuando una ciudadana, luego bautizada por Creonte como Sabiduría, denuesta el melodrama como veneno del pueblo, en alusión sin duda a la demagogia  populista que se ha instalado en la realidad política y social de buena parte del mundo, y en un alegato muy bien construido pide representar al Estado en el caso de Antígona en un debate público en el que prime la razón y se agote el lenguaje antes de decidir. Su objetivo, aproximarse a “esa fantasía de democracia que este gobierno ha sugerido como ideal”. Aunque a regañadientes y aclarando que siempre tendrá la última palabra, Creonte acepta: “Tengo muchos argumentos para decirte que no. Pero tengo más para defender mi postura sobre Antígona. Si esto va a hacer que aquellos que dudan aclaren su cabeza, adelante con el jueguito que planteas”. Se abre así una apasionante perspectiva de indagación sobre la democracia.

La puesta en escena de Antígona por parte de Gaitán –cofundador de las compañías Teatro Legeste y Ocho Metros Cúbicos, y que ha dirigido más de quince montajes para la Compañía Nacional de Teatro de su país– fue premiada por la Asociación de Críticos y Periodistas Teatrales de México en 2016. En esos momentos el argumento de la obra tenía especial significación en aquellas tierras, pues, como explica el autor y director en el texto en el que presenta la función, “la temperatura social estaba determinada en buena medida por un hecho oscuro de la historia reciente mexicana: la desaparición forzada de 43 estudiantes (que se sumó a las de cientos de miles de personas más) por parte –presumiblemente– del Gobierno mexicano de entonces”. En España el debate sobre la democracia cobra otras dimensiones, aunque un eco de muertos por enterrar dignamente nos llega aún desde la terrible memoria de nuestra guerra civil.

Irene Arcos da vida a Antígona (Foto: Jero Morales /Festival de Mérida)

En contexto de la obra, el autor sostiene las líneas maestras de la obra de Sófocles, como el enfrentamiento entre razón y corazón, y entre ley y justicia, e introduce cuestiones como los límites del poder, la dificultad de gobernar y las contradicciones del activismo. Como director insufla al texto un tono coloquial en el que caben desde un rap, una copla o un aire musical extremeño, saludado con regocijo por el respetable. El acuciante hervidero de preguntas se pierde en ocasiones en meandros dialécticos y en ramificaciones que dañan el ritmo de un montaje que concluye con una escena trepidante y repleta de épico activismo civil: un coro de más de medio centenar de jóvenes irrumpe en escena y sepulta a Creonte que, viéndose perdido, se agarra al último clavo ardiendo de su populismo e intenta revocar infructuosamente la orden de ejecución de Antígona sin saber que esta se ha suicidado.

El espacio escénico, sobre el que cuelga el cadáver insepulto de Polinices, está dominado por una rampa semicircular por la que se desliza el trono con ruedas de Creonte y aparece sembrado de obstáculos que a veces convierten la representación en una suerte de “gymkana”. Las interpretaciones son vigorosas y correctas, en sintonía con el pulso del espectáculo, y sobre ellas se proyecta la presencia voraz del Creonte encarnado notablemente por Fernando Cayo, que da vida a un tiranuelo caprichoso y astuto construido con rasgos que evocan las figuras de Nerón o Calígula y hasta la del patafísico Ubú de Alfred Jarry, hasta convertirse en protagonista, aunque es cierto que contribuye a dinamizar la función. Estupendos la Sabiduría interpretada por Clara Sanchis y el guardián a cargo de Elías González, y bien en general la Antígona de Irene Arco, algo tenue en los acentos trágicos, la Ismene de Isabel Moreno y el Hemón de Jorge Mayor. El espectáculo está programado en marzo en el madrileño Teatro Español, un escenario que, frente a la grandiosidad del emeritense, permitirá concentrar acción y conflictos.

Dicho todo esto, me gustaría destacar el placer y la esperanza suscitados por la inauguración de la edición de este año del Festival de Mérida, organizada de forma ejemplar. El director del certamen, Jesús Cimarro, confesó antes de la apertura que se enfrentaba al más difícil reto de su carrera. Todos los espectadores (unos 1.600 sobre un aforo permitido de 2.000) iban provistos de sus correspondiente mascarillas; por si acaso, la organización facilitaba un estuchito que contenía una de estas prendas protectoras y una dosis de gel hidroalcohólico. El desalojo del imponente recinto se llevó a cabo con orden, tranquilidad y presteza. Por eso hablo de placer, por el reencuentro con una cita que es pieza angular de los festivales de verano, y esperanza, tanto por lo que supone de modelo para otros certámenes como de demostración de que el teatro, con las debidas precauciones, es mucho más seguro que otros espacios y actividades públicos. Mi aplauso y mi gratitud por todo ello.

Título: Antígona. Autor y director: David Gaitán. Espacio escénico y vestuario: Diego Ramos Martín. Iluminación: Fran Cordero. Composición musical: Álvaro Rodríguez Barroso. Coproducción: El Desván Producciones, Festival Internacional de Teatro de Mérida y Teatro Español, con la colaboración de la Embajada de México. Intérpretes: Irene Arcos, Fernando Cayo, Clara Sanchis, Isabel Moreno, Elías González y Jorge Mayor. 66 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Teatro Romano de Mérida (Badajoz). 22 de julio de 2020.

 

 

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Juan Ignacio García Garzón
Juan Ignacio García Garzón es uno de los nombres que me habitan (o que habito, vaya usted a saber). Como tal espécimen, nací y vivo en Madrid, donde ejerzo la profesión periodística desde hace más de tres décadas, que ya son años. En tiempos pretéritos trabajé en Radio Exterior de España (RNE), la Agencia EFE y la cadena radiofónica COPE, no simultáneamente. En el diario ABC, he sido redactor jefe de la revista dominical Blanco y Negro, las secciones de Cultura y Espectáculos, y su suplemento cultural, además de crítico teatral.   He publicado dos libros biográficos: “Lola Flores. El volcán y la brisa” (2002 y 2007), y “Paco Rabal. Aquí un amigo” (2004), con el que obtuve el II Premio Algaba de Biografías, Autobiografías y Memorias, y el volumen de análisis cinematográfico “Cary Grant. RKO Films” (2009), además de alguna otra cosa sobre cine y teatro que se hace fatigoso enumerar. En 2009 fui agraciado con el premio Ciudad de Alcalá en su modalidad de Periodismo, que lleva el nombre de "Manuel Azaña", por el artículo “Si Hamlet fuera mujer”, publicado en ABCD las Artes y las Letras.   A veces, aunque hace ya tiempo que se hace el remolón, me visita un tipo que escribe poesía y firma como Juan Garzón. Pese a su ánimo remiso, este holgazán de la escuela Bartleby ha publicado cuatro libros de poemas: “Ejercicios de estilo” (1979), “Figuras y descripciones” (1984), “Imán” (1989) y “Principio de viaje” (2000).

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