Puesta al día

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Hará ya casi quince años que, con una gripe morrocotuda, llegué una mañana ya entrada de invierno a la estación de trenes de Vitoria. Había nieve sucia junto a los bordillos, y sobre la tierra de los jardines y los alcorques de los árboles resplandecía aún su blancura heladora. El día además, encapotado por completo con grandes nubarrones, estaba de lo menos recomendable para el estado febril en que llegaba; así que me faltó tiempo para dirigirme bien abrigado a la parada de taxis y coger el primero que me trasladara en derechura al hotel.

 

Me sorprendió que, del único coche estacionado al que me llegué, ni saliera a abrirme el maletero el taxista ni pareciera siquiera haber advertido mi llegada. Abrí de todos modos la portezuela de atrás —el taxista, al que había pillado totalmente enfrascado en lo que decía la radio, en seguida apagó el aparato— y tras dejar la maleta sobre el asiento me acomodé como mejor pude al lado del bulto. Casi fue abrir yo la portezuela y apagar él la radio, pero sin embargo, en el breve instante que separó una cosa de la otra, en el solo tris que medió casi imperceptiblemente entre ambas, aún tuve tiempo de interpretar, no recuerdo ahora si por alguna de las palabras que oí o por el propio tono en que se decían, que lo que aquel hombre había dejado tan extraña y repentinamente de escuchar, no tanto como quien tiene una deferencia con el cliente como quien pudiera temer algo de él, era la noticia de un atentado.

 

¿Ha pasado algo?, le pregunté picado en seguida de interés después de haberle dado las señas del hotel. ¡Qué va a pasar!, ¡qué va a pasar!, ¡pues lo de siempre!, respondió como tapando de golpe una cazuela y dando lugar a un silencio y una conducción nerviosa que zanjaban cualquier posibilidad de seguir adelante con una conversación para la que, por otro lado, tampoco yo estaba en la mejor disposición. Miedo, pensé, miedo a que el otro, sea él de quienes sea o no sea sobre todo de nada, pueda saber qué piensa.

 

No era la mejor acogida, pero apenas hube puesto los pies en el hotel la cosa empezó a cambiar de arriba abajo. Toda mi vida recordaré que, con la calentura y el mal cuerpo que traía, ver anunciado en la hojilla del menú que para el mediodía ponían patatas a la riojana fue, en aquellas condiciones, lo más parecido a que me viniera Dios a ver, como se suele o se solía decir. Sin dar casi tiempo a que abrieran el servicio de cocina, nada más dejar la maleta en la habitación, bajé al comedor y allí me plantifiqué a mis anchas, primer y único comensal todavía en la amplia sala donde una poderosa luz artificial rivalizaba con ventaja frente a la claridad de neblina que filtraban los visillos.

 

Y el ansiado, el ávidamente aguardado plato de patatas llegó por fin humeante, con un color y un olor capaz de resucitar por sí solo al más pintado, de la mano por si fuera poco de una camarera sonriente y campechana que en seguida, a favor además de nuestra sola presencia en la vasta sala, comenzó a pegar resueltamente la hebra conmigo de la forma más afable. No tendría arriba de cuarenta y pocos años y, aunque no fuera lo que podría llamarse una belleza, su delicioso timbre de voz, sus ganas de agradar y su lenguaje rico, plagado de locuciones y modos de expresarse tan sabrosos como el plato que había empezado a confortarme las entrañas, añadido a su angelical aparición con la sopera humeante en las manos, hicieron que todo el conjunto —ella, su simpática cháchara y las benditas patatas a la riojana— me empezara a saber lo que se dice verdaderamente a gloria. Por un momento debí de sentir una sensación semejante a la de haber entrado de pronto, desde una intemperie inclemente, a un verdadero jardín de delicias. Qué poco se requiere —pude pensar o más bien pienso ahora— para componer pues un paraíso: una riqueza de lengua unida a un sentido de la consideración, un poco de amabilidad, una disposición de hospitalidad —tal vez una propensión femenina— y a lo mejor el rumor acechante de un infierno que se agita tras de la puerta.

 

Con un español envidiable hasta para el mejor estilista —o sobre todo para él— aquella mujer me iba hablando de la gracia de ciertos rincones de la ciudad, y sobre todo de pueblos y parajes de los alrededores que yo no podía dejar de visitar, con un entusiasmo tan franco y contagioso que me prometí muy en serio en mi fuero interno no dejar de hacerle caso a la primera ocasión. Todo aquello era de repente tan grato como sencillo, lo más sencillo del mundo, se podría decir: una receta popular, tan exacta además a la que hacía mi abuela riojana, que me estaba haciendo no sólo entrar en calor sino hasta casi se diría que resucitar; una lengua usada de la forma más espontánea y común que daba gusto oír y por la que se salía a pedir de boca la experiencia acumulada durante siglos en el lenguaje por los cosidos de las locuciones y la hechura de las frases, y el calor humano de alguien que te obsequia con su compañía y con la sugerencia de lo mejor de su tierra y de sus lugares más hermosos. Música celestial era aquello para mis oídos y reparo para mi maltrecho organismo y la chinchorrera suspicacia de un pesimismo siempre alerta.

 

Pero en un determinado momento, cuando yo, además de con mejor temple, estaba también entregado, algo cambió bruscamente. “Claro que aquí se trabaja de lo lindo —dijo de pronto con una rara inflexión—, y todo el mundo se espabila, a ver qué remedio, no como esos andaluces por ejemplo, todo el día a la bartola rascándose la tripa. Nosotros somos otra cosa, no hay más que echar un vistazo donde se quiera”. Y entonces, como de corrido, como si de improviso hubiera sido víctima del picotazo de alguna culebra venenosa, empezó a echar pestes de todo lo que estuviera a alguna docena de kilómetros al sur de Vitoria. Todo le resultaba rarísimo, todo lejanísimo, de mala índole. “Mi hermano por ejemplo, que es cura, lleva más de cuarenta años en Cádiz y no se acostumbra, oiga, pero es que ni a la lengua ni a nada”.

 

Vaya por Dios, me salió responderle estupefacto y, al mirarle a la cara, al fijarme en el aspecto de su rostro para ver si lo que acababa de oír tenía también alguna corroboración en él, no fuera a haber sido en tono de broma y que yo, con el aturdimiento de la fiebre, no me hubiera percatado, me pareció advertir que sus facciones también habían cambiado de repente. Miraba ahora de una forma más fija, más determinada podía decirse, como si su mirada precedente se hubiese descorrido y hubiera salido de su interior otra no sólo distinta sino desavenida por completo con la anterior, y el tono, lo mismo que su propia compostura a mi lado, habían sufrido asimismo algunas variaciones de relieve que enseguida intuí que no iban a tener ya vuelta de hoja.

 

Pero de repente su cara todavía dio un cambio más. Con una sonrisa que no parecía ni pariente lejana de aquella con la que hasta entonces me había obsequiado, igual que si proviniese de las antípodas de su emotividad o fuese el negativo de la otra, y haciendo una pausa protocolaria como para dar un estudiado salto de cualidad o de efecto en la argumentación o bien un brinco en el registro de la lengua que requiriese en lo más profundo de ella de esa tregua temporal, rubricó de pronto: “es que somos una etnia diferente”.

 

Al decir etnia, somos una etnia, una etnia diferente, por un momento quiso traicionarle en la dicción algo así como una timidez anterior, como si aquello le viniera aún grande o se le hiciera aún raro escuchar de su boca por muchas veces que lo hubiera empezado a decir; pero en seguida cerró filas, puso firme su entonación y volvió convencida a la carga. “Eso es por lo menos lo que dice mi hermano”, necesitó no obstante reclutar en su apoyo.

 

Oído a aquella mujer a la que había estado escuchando con tango agrado antes de su transfiguración ideológica, el sintagma “una etnia diferente” no ha dejado de resonarme desde entonces de vez en cuando con su mismo tono y su misma pausa previa y como vacilación inicial al pronunciarlo. Y desde entonces, habida cuenta de toda la escena, no he podido evitar que me persiguiera sin tregua la indeleble y atosigante sospecha de que lo que verdaderamente aquella mujer hizo salir de su boca, lo que en el fondo quizá dijera con las palabras que no lo decían, no era sino la puesta al día, el formato vergonzante y la vez altivamente actual, la forma impecablemente “correcta” y cobardemente sustitutiva de aquella otra que es su matriz verdadera, su subrepticia e infinitamente vituperable referencia profunda y su más verídico significado, pero cuya enunciación es hoy de imposible recibo por mucho que se quiera decir a veces en el fondo exacta e irremediablemente lo mismo que en ella, en la ominosa, en la abominable y tajantemente reprobable: es que —tendría que haberle dicho que pregonara a diestro y siniestro su hermano el cura que llevaba más de cuarenta años hablando desde su cuna la misma lengua que sus interlocutores sin acostumbrarse a que así fuese—, es que somos “una raza superior”.

Escritor, natural de Soria (1956) y vecino actual de Trieste, Italia, país en el que lleva vivendo más de 25 años. Su novela más reciente es Ojos que no ven (Anagrama, 2010), a la que le precedieron, entre otros libros, Volver al mundo (Anagrama, 2003), su novela de mayor calado, y Un mundo exasperado(Anagrama, 1995). Por esta última recibió el Premio Herralde de Novela y en 2005 le fue concedido el Premio de las Letras de Castilla y León. Es también traductor y ensayista, y en 1987 fundó la revista Archipiélago, de reciente desaparición.