Querida Kuebiko, querida Isabel

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Isabel Gutiérrez Cobos, a quien antes de que hiciera mutis en este mundo tan raro, tan hermoso, tan cruel a veces, tan maravilloso, tan injusto a veces, tan misterioso… decidí rebautizar como Kuebiko, me pidió algo insólito: que os escribiera una carta para ser leída cuando ella ya no pudiera hacer la magia que desde hace años venía haciendo para nuestro asombro: escribiendo con los iris sobre una pantalla. Largas conversaciones en las que daba cuenta de su curiosidad por la vida, de su cuidado e inquietud, su atención, uno de las pruebas más certeras del amor, por la vida de los otros, sobre todo de sus hijos, Álvaro y Alberto, Alberto y Álvaro, a quien van dedicadas por encima de todo estas palabras que vuestra madre me incitó a escribir. Una de las tareas más difíciles que ningún redactor jefe, que ningún director de periódico me ha encargado nunca, pero que cumplí porque cuando Isabel Kuebiko te pedía algo no te quedaba más remedio que cumplir sin rechistar, o rechistando por lo bajo, porque ella sabía ser muy clara en su ternura, suavemente irónica en su vivir sin poder salir de su cuerpo, desde el que leía el mundo, inmóvil en su cama desde hace tanto tiempo, pero con el espíritu ligero de quien quería seguir comunicando su indesmayable deseo de vivir, de seguir aquí.

No sabemos nada de la noche. No sabemos qué hay más allá de la última noche de nuestros iris. Pero sí sabemos que las palabras que Isabel Kuebiko nos dejó escritas en fronterad, pero sobre todo con su vida, nos acompañarán a cada uno de los que la conocimos, a Corina, que me ha ayudado a escribir estas palabras que son un adiós, pero sobre todo un hasta siempre.

Los tiempos verbales son un intento de dar cuenta de la inquietante fragilidad y fortaleza de la vida. Con esos tiempos convivimos y nos hacemos una idea de lo que somos, de lo que fuimos en la infancia, de lo que esperábamos, de lo que soñamos, de lo que finalmente hemos sido capaces de hacer, de lo que todavía haremos. Pero me cuesta especialmente usar el pasado para hablar de Isabel Kuebiko. ¿Kuebiko? Esto necesita urgentemente una explicación, aparte de la más lógica, y es que esta hispano-mexicana de corazón traslúcido e indescifrable se haya ido al otro mundo a través de una diosa japonesa que lleva sentada a su lado, invisible, desde que un decreto cruel la condenara a quedarse en la cama. Con lo que a ella le gustaba bailar, nadar, correr, volar…

El sintoísmo es el nombre de la religión nativa de Japón. Se basa en la veneración de los kami o espíritus de la naturaleza. Kuebiko es la deidad del conocimiento y la agricultura y es representada en la mitología japonesa como un espantapájaros que no puede caminar, pero tiene una conciencia completa. Mi abuela Emilia fabricaba unos espantapájaros maravillosos que parecían campesinos examinando las barbas del maíz, el candor de las espigas de oro, el crecimiento memorable de las brevas. Creo que mi abuela e Isabel hubieran hecho buenas migas. Kuebiko, esa conciencia completa del mundo, pero que no se podía mover, exactamente como Isabel, tenía un nombre alternativo, Yamada-no-sohodo, que significa “alguien que salió empapado de guardia sobre los campos de arroz de la montaña”. Y a mí no me cuesta nada imaginarme a Isabel observando, empapada de lluvia, sonriendo, gozosa, los campos de arroz de la montaña que a fin de cuentas es el mundo.

Conocimos a Isabel en los talleres de escritura que impartía nuestro amigo Doménico Chiappe en Fuentetaja. Fue el año en que se publicó nuestro libro Mar Atlántico. Diario de una travesía, en 2012, y desde entonces, cuando ya empezaban a vislumbrarse los primeros síntomas de una enfermedad que se convertiría en su sombra, empezamos a vernos, cada vez con más frecuencia. Para nuestra suerte. Porque Isabel llegó a nuestra vida para ensancharla, para enseñarnos con su valentía cómo hacer frente a la enfermedad.

Apasionada, solidaria, y por encima de todo madre amorosa, preocupada y responsable de “sus chicos”, como siempre los llamaba, no se le escapaba nada. Desde su ático, como a ella le gustaba firmar sus mails, es decir su habitación con vistas sobre el océano interior, sobre el gran mar Atlántico del mundo, estaba pendiente de los problemas de sus hijos adolescentes, del resto de los miembros de su familia y de los amigos, de los vaivenes de nuestro también muy querido Andrea Miori. Ver a sus chicos terminar el bachillerato, aprobar la selectividad y entrar en la universidad, y verles disfrutar del verano en Zamora, le llenaba de satisfacción. Estaba muy orgullosa de vosotros, de cómo habíais sorteado los escollos de la adolescencia. Cómo habíais crecido, y habían cambiado vuestros cuerpos y vuestras almas. Todos los que la hemos rodeado estos años hemos cambiado con su ayuda, espero que para mejor.

Íbamos a ver a Isabel para estar con ella porque no se podía mover, pero resulta que lo que recibíamos a cambio era siempre mucho más que la compañía… Compartíamos música, películas, literatura, y sobre todo el ardiente fervor de la amistad.

Nos gustaba comentar con ella todas las dificultades de la vida. Hacía fácil lo difícil. Posible lo imposible. Como el ejemplo. Ella decidió vivir la vida, no la enfermedad. La enfermedad no la podías obviar, estaba siempre ahí, pero ella optó por plantarle cara marcando el rumbo de su familia y evitando que se desmoronase y se hundiera en la pena y la compasión.

Mantenía una curiosidad inagotable por el mundo, por todo y por todos. Y empleaba el humor para encajar los malos momentos que pasaba a veces cuando iba al “taller de reparaciones”, como llamaba a acudir periódicamente al hospital a que le “cambiaran las tuberías”. Algo a menudo extremadamente doloroso. A veces la trataban con delicadeza. Otras veces, todo lo contrario.

Cuando nuestra hija entró en crisis sobre su forma de estar en la medicina la claridad meridiana y el valor de sus consejos nos abrió los ojos y le ayudó especialmente a ella. Hizo que nos quedáramos un poco al margen para que ella fuera la que tomara las riendas de su vida. Como acabó haciendo. Isabel logró que lo que parecía un problema se convirtiera en una oportunidad, y así Ana María reconsideró sus estudios y su idea de la vida para reconducir la medicina de la curación a la prevención. Como si lanzara secretamente un mensaje a los que investigan la esclerosis lateral amiotrófica, la temible ELA contra la que luchó con tanta entereza durante tantos años. Para que se apliquen a prevenir el mal, para que cuando llegue nunca sea tarde. Para que el mal no venza.

Atesoramos artículos, mensajes, palabras, silencios, miradas, sonrisas, la tibieza de sus brazos suaves, que acariciábamos cuando nos sentábamos a hablar con ella. En uno de los mensajes de ánimo que me envió para endulzar mi embolado, me dijo: “Yo me rio pensando: a mí nada de Descanse En Paz, porque yo me habré ido todo lo serena posible, pero no dulcemente en paz con Alberto y Álvaro, los magníficos hijos que tengo; Andrea y mi querida familia, maravillosa, con Patricia y David, mis hermanos, que no soltaron mi mano nunca, y que junto a Isabel, Jose, María José y sobrinos me hicieron la vida más fácil queriéndome. María, si veo a papá le daré un abrazo gigante de tu parte. Y a mamá, claro. Me gustaría convocar a mi familia italiana, los Miori, que además de enseñarme a subir montañas me demostraron que la sencillez produce alegría de la mejor calidad. Pura Italia. Y quisiera recordar también a mis cuidadores, cada cual con sus talentos, con Ampa, alias infinito trajinando con mimos, medicinas, ambulancias… Fisios que cuidaron de mi cuerpo maltrecho. Los amigos que me han acompañado muchas veces confabulándose a mis espaldas para darme alegrías. Yo me hubiera quedado aquí, porque semejante tesoro no es fácil de dejar. Pero ya habéis visto que no me han concedido más aplazamientos. Es lo que tiene esta cita. No tengáis prisa. Todo llega. Pero haced el favor de recordarme en la alegría. Os quiero a cada uno por lo que vivimos juntos”.

Isabel, alias Kuebiko, demostró en fronterad que tenía talento para la escritura. Me gustaría rescatar el final de un texto que tituló Los demás, los otros, porque no dejó de escribir ni pensar ni de asomarse al misterio y la maravilla del mundo hasta el último minuto de su preciosa existencia:

“Los demás, los otros. Nuestra compañía, nuestra ayuda. Debo quitarme importancia y repartirla. Volver a soñar, como me ocurrió hace dos días, que José Manuel, alto y fuerte, cariñoso, me recoge y me mece en sus brazos protectores. Ternura sin tristeza que serena la angustia y la extrañeza de no tenerlo aquí. Los demás, los otros que caminan a mi lado y consiguen que todo sea un poco más fácil merecen sentirse parte de mi vida y hasta de mi despedida”.

Adiós Isabel, adiós Kuebiko. Nunca te olvidaremos. No podríamos. Hasta siempre…

 

 

 

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