
It’s always night, or we wouldn’t need light.
Thelonious Monk
Prólogo
Cuando cayeron las primeras bombas, yo estaba tumbado bocabajo en la moqueta del dormitorio escuchando la radio. En la emisora sonaba ‘Suffragette City’ de David Bowie. De repente, un chillido metálico rasgó el aire y una explosión arrancó las cortinas de los rieles. La presión fue tan descomunal que se me nubló la vista, como si hubiera estado demasiado tiempo colgado cabeza abajo de la barra fija.
Todos los sistemas de alarma de la calle entraron en pánico, pero yo no. Aún no. No tardaría en sentir el pánico de manera constante y en sospechar la presencia de la muerte en cada sombra, pero el primer día de guerra estaba, a lo sumo, desconcertado. Me subí encima del radiador para poder mirar mejor por la ventana. Vivíamos en la sexta planta de un bloque de viviendas prefabricadas y abajo, al fondo, un humo negro formaba un remolino sobre el asfalto. Vi avanzar a alguien tambaleándose por delante de las puertas de los garajes, una mujer que iba arrastrando el bolso con el pie. En aquel momento detonó una segunda granada, tan cerca y con tal estruendo que pareció que la habitación daba un salto. La onda expansiva destrozó nuestras ventanas; tiró los cactus de encima de la mesa; lanzó mi papel de dibujo hacia el techo y a mí me proyectó a los brazos de mi padre.
—¿Por qué no vienes cuando te llamo? –me riñó mientras bajaba a toda prisa las escaleras hacia el sótano conmigo al hombro–. ¡Te llamo y te llamo!
Recogimos a mi madre y a mi hermano en la segunda planta. Estaban en casa de teta Marija, la jubilada que vivía debajo de nosotros. La anciana se agarraba a la barandilla de la escalera y jadeaba con tanta intensidad que sonaba como un llanto. El aire se había vuelto denso y tenía un olor extraño: a huevos podridos, pero también como si alguien hubiera encendido bengalas en algún lugar de la escalera. Hoy soy capaz de reconocer ese olor entre miles… Es el olor del explosivo cuando ha estallado. De nitrocelulosa, para ser precisos.
Nazif, uno de los vecinos de la planta baja, subió por la escalera.
—¿Necesita ayuda?
—Le cuesta respirar –respondió mi madre, y dado que justo después una tercera explosión sacudió los muros, desprendiendo del techo la bola de cristal de la luz de la escalera y haciendo que el extintor vibrara como un gong, Nazif cargó a Marija en brazos sin pedirle permiso primero.
—Ay, señores, pero ¿esto qué es? –preguntó uno de los vecinos cuando entramos en el sótano. Llevaba puesto un albornoz, tiritaba y olía a champú.
Los proyectiles impactaban ahora en la ciudad en forma de salvas, rítmicas, implacables, y entremedias se escuchaban disparos de fusil. El suelo temblaba, del techo caía polvo de cemento y el vecino del albornoz repetía una y otra vez su pregunta:
—Pero ¿esto qué es? ¿Qué quiere decir esto?
—Pues ¿qué va a querer decir? –le cortó por fin Marija–. Que ha llegado la guerra.
Las primeras horas de la guerra las pasamos –mis padres, mi hermano y yo– en el sótano de nuestro bloque de viviendas. Nos estremecíamos con cada detonación, gritábamos y nos poníamos en cuclillas cuando los misiles pasaban chillando a lo largo de las calles y, entremedias, hablábamos atemorizados de lo que probablemente nos aguardaba. Pese a todo, cuando se hizo de noche, la mayoría de la gente volvió a sus casas. Los bombardeos habían perdido fuerza con la puesta de sol y, además, en el sótano no había espacio suficiente para dormir. Vivíamos en un modesto bloque de viviendas de paneles prefabricados de comienzos de los años setenta, no muy diferente de los bloques WBS 70 de la Alemania Oriental, si bien nuestros balcones eran mucho más pequeños y la fachada, de un color mostaza en lugar de gris o beis. Nuestro edificio albergaba, repartidos en cuatro escaleras, un total de cincuenta y seis apartamentos. Por cada catorce de estas viviendas había en el sótano un espacio compartido del tamaño de un salón en el que cada uno de los vecinos disponía de un pequeño trastero delimitado por unas paredes hechas de tablas de madera podridas. Había siete junto al muro de la izquierda y siete junto al de la derecha, y en el estrecho pasillo que había en medio permanecíamos de pie como en el vagón de un tranvía lleno hasta los topes, con los niños apretujados contra los muslos de sus padres. En el mejor de los casos, podrían haberse echado a dormir allí de cuatro a cinco personas y, tras una breve discusión, todos estuvieron de acuerdo en concederle este privilegio a los jubilados de nuestra escalera. Estos, sin embargo, preferían que se nos dejara dormir en el sótano a nosotros, los niños.
—Nosotros ya hemos vivido nuestra vida, los pequeños no –dijo Zora, una señora de setenta años que vivía en el piso situado encima del nuestro.
Su marido, el ciego Mihajlo, añadió que, además, cada uno de los ancianos había sobrevivido ya a una guerra, y que eso era más de lo que una persona podía soportar.
—Que sea Dios quien decida si voy a sobrevivir a esta mierda –dijo, y concluyó con una de las expresiones más populares en lengua bosnia–: Que venga Dios y me folle.
En mi lengua materna se blasfema con mayor frecuencia y precisión que en alemán. Uno lo hace para rellenar pausas de reflexión, para disimular alguna inseguridad o, como Mihajlo, para dar mayor énfasis a una afirmación. Para ello, en la mayoría de los casos se utiliza un conjuro abstracto que difícilmente puede traducirse al alemán: uno desea para sí o para otros los actos sexuales más insólitos, a veces por rabia, a veces con el mayor de los afectos. Cuando los padres les dicen con cariño a sus hijos Jebo te miš-biribiš, esto significa más o menos: “Que te joda un ratoncito chiquitito”. En la traducción esto suena mal y raro, pero en bosnio la frase es cariñosa y divertida.
Los vecinos de mi escalera estuvieron sopesando la esperanza de vida de los jóvenes y de los viejos, y, en consecuencia, a los niños (esto es: a mi hermano, a mí y a Sanela, de la primera planta) nos dejaron dormir en el sótano. También estaba Rafik, que hacía poco que se había mudado a Sarajevo con su padre, pero ambos vivían en el bajo, de modo que se ahorraron tener que pasar la noche sobre el cemento rugoso del suelo del sótano y, a cambio, nuestras madres pudieron quedarse con nosotros.
A la mañana siguiente, Radio Sarajevo anunció que en el transcurso de la noche se había completado el cerco a la ciudad y que se preveía que continuaran los combates. A pesar de esta noticia, mis padres tenían la esperanza de que el bombardeo del primer día de guerra pudiera haber sido un hecho aislado, quizá simplemente el estallido inevitable de aquel ambiente tenso y sombrío que desde hacía años era la causa de que no llegara la calma a Bosnia. En las fachadas de los edificios de nuestra ciudad se habían ido acumulando en la última década grafitis sanguinarios, una capa encima de otra. Pedían enviar a “los musulmanes a las cámaras de gas” y añadían “desde Serbia hasta Tokio” (en el original tiene rima). Afirmaban que Bosnia nunca había existido, que no podía existir. Con regularidad se tapaban estos mensajes con carteles de propaganda electoral que, a su vez, se pintarrajeaban ya a la noche siguiente. Si los vándalos tenían sentido del humor, pintaban en las caras de los candidatos solo bigotes, gafas, mocos y dientes negros. Si iban en serio, les escribían en la frente “judío” o “cíngaro”, o uno de los insultos que bosnios, croatas y serbios utilizaban para los demás.
A las dos semanas, estos carteles electorales colgaban hechos jirones cubiertos de nuevos eslóganes.
Mi padre nos recogió del sótano a la mañana siguiente. Antes había ido a la panadería y nos había traído no solo panecillos y cruasanes, sino también pastelillos de hojaldre, como si celebráramos un cumpleaños. Yo había dormido mal. En mis sueños, una de las mantas de crin de caballo que Zora y Mihajlo habían bajado al sótano para nosotros los niños se había enrollado como una serpiente y había intentado trepar por las paredes. Fracasaba en cada intento y entonces se revolvía de rabia y se lanzaba como un cohete de un lado a otro. Mi cabeza me parecía un cuerpo extraño aquella mañana, como un grano enorme sobre unos hombros pequeños. Normalmente subía y bajaba corriendo las escaleras que llevaban a nuestro piso sin que me faltara el aliento, pero aquel día tuve que hacer dos pausas. Mi padre me observó preocupado, pero no dijo nada. Cuando llegué arriba, ayudé a mi madre a poner la mesa y a mi hermano de cuatro años a sentarse en la trona. Este se dio cuenta de que yo le había colocado la tablita de desayuno “incorrecta” y, furioso, insistió en que le diera la “suya”, que llevaba impresa una viñeta con ratones del dibujante Uli Stein. Se la habían regalado a mi madre, que era germanista, en un congreso.
—Ahí tienes tu tablita, pesado –le dije.
—El que lo dice lo es –dijo mi hermano satisfecho. Por fin pudimos sentarnos.
—¿Crees que el colegio seguirá cerrado mañana? –le pregunté a mi madre.
—Ya veremos. Esperemos que no.
—Esperemos que sí –dije yo, y me gané un pescozón. No imaginábamos que tardaría más de medio año en volver al colegio.
Tomé un huevo pasado por agua, le di unos golpecitos a la cáscara contra el canto de la mesa… y de repente me eché a llorar. Mis padres me miraron sorprendidos.
—¿Qué te pasa? –preguntó mi madre–. ¿Por qué lloras?
Yo mismo era incapaz de explicármelo. Durante los bombardeos del día anterior había mantenido hasta tal punto la compostura que en el sótano me había llevado los elogios de todos los vecinos. “¡Qué chico tan valiente! Es un ejemplo para todos”.
Ahora, sin embargo, no podía evitar las lágrimas… y, por mucho que lo intentara, me resultaba imposible contenerme. Era uno de esos ataques de llanto intensos y roncos en los que los mocos se vuelven rápidamente tan claros como las lágrimas.
—No deberíamos haberlos dejado esta noche en el sótano, ya te lo dije –le dijo mi madre a mi padre.
Tomó a mi hermano en brazos y se lo llevó al salón para que yo no le contagiara mi ataque de pánico.
Para tranquilizarme, mi padre se acuclilló y me aseguró que los que habían disparado el día anterior contra nosotros seguro que ahora estaban consternados por lo que habían hecho.
—Eso es humano. –Mi padre me dio un panecillo de la bolsa de papel–. A veces uno hace cosas porque está furioso y después se arrepiente.
—Como Ramiz aquel día que le pegó a Damir y sangró tanto, y después Ramiz también se puso a llorar porque Damir lloraba tanto –dije entre sollozos.
—Eso es.
—¿Entonces hoy no van a disparar más?
—Seguro que no –prometió mi padre.
Solo un instante después explotó la primera granada del día, esta vez no en nuestro barrio de Čengić Vila, sino en Grbavica, el gran barrio situado dos kilómetros río abajo. Siguieron otros impactos, y ahora volaban más cerca que el día anterior. Algo pasó silbando no muy lejos de nuestro balcón: me pareció ver un grano de arroz de color negro en el aire y, tras un extraño chirrido, en uno de los edificios blancos que podían verse desde nuestra cocina se originó un incendio. El siguiente impacto alcanzó el cercano hospital Novi Grad. La detonación hizo que temblaran las paredes del piso. Pocos meses después habríamos aprendido a reconocer el calibre del proyectil por la intensidad del impacto: solo los dos grandes obuses del JNA, el Ejército Popular Yugoslavo, el M56 y el M65, con diámetros de proyectil de 120 y 150 milímetros, hacían que las vigas de acero se tambalearan como gelatina. Aún no podíamos saberlo el segundo día de guerra, pero uno de estos dos modelos acababa de impactar contra el hospital.
Tras la explosión, se escuchó durante un instante el estruendo de ventanas y cascotes cayendo, y después la cacofonía se lo tragó todo: las sirenas comenzaron a sonar, se escucharon disparos de fusil –primero en forma de golpeteo, después un aporreamiento retumbante y ensordecedor– y la artillería labró el cemento y partió el hormigón hasta convertirlo en grava. Tenía la sensación de que la tierra temblaba, pero supongo que lo único que temblaba era mi desbordado cerebelo.
“Pero si me había prometido que ya no iban a disparar más”, pensé indignado mientras mi padre volvía a toda prisa al sótano conmigo y con mi hermano en brazos. De haber sido yo un poco más mayor, habría sabido que uno no podía fiarse de las opiniones de mi padre: antes de las últimas elecciones parlamentarias me había asegurado que uno de los partidos más moderados y multiculturales obtendría la mayor parte de los votos. Por aquel entonces yo solo tenía nueve años, pero era lo suficientemente mayor para considerar inquietante que un político dijera en televisión que en el país solo había espacio para su estirpe.
“¡La gente no quiere una guerra, niño!”, me había dicho mi padre. “¡La gente quiere paz, quiere esto!”. En lugar de un cruasán, aquel día me pasó el cono de helado que le había comprado a un vendedor en la playa. Porque estábamos de vacaciones de verano en el Adriático. Aquellas serían nuestras últimas vacaciones en familia.
Este fragmento corresponde al inicio del libro del mismo título que, con traducción de de Javier García Albero, ha publicado Libros del Asteroide.





