BrújulaRara nostalgia de José María Pérez Álvarez, ‘Chesi’, desde elcercano

Rara nostalgia de José María Pérez Álvarez, ‘Chesi’, desde elcercano

Chesi. Foto: Corina Arranz

Un parque y un colegio, eso era Ourense cuando conocí a Chesi. Por supuesto, niños, cuando nuestra vida giraba en torno al colegio, casa y el parque de San Lázaro. Del colegio no lo recuerdo bien ya que era tres años mayor que yo y ahí los cursos estaban distantes. Pero sí lo recuerdo jugando una temporada con la misma pandilla sobre aquella superficie de tierra del parque a Policías y ladrones –¡como corría el cabrón!–; compartiendo mismo espacio, aunque no el mismo tiempo, pues él ya había sentido su deslumbramiento por la literatura y pasaba gran parte del suyo con los libros, incluso escribía ya novelitas del Oeste con dibujos, que vendía a su familia. Él mismo se refería a esta incipiente pasión como si hubiera cometido un pecado, el de la literatura, una especie de maldición de la que –decía– es muy difícil librarse. Y pasaron muchas tempestades sin volverlo a ver. Después de cientos de libros leídos y algunos suyos escritos, ya sin tierra el parque de San Lázaro por mor de un dudoso neo urbanismo, nos reencontramos en Hacienda. De niños pasamos ambos a adultos y funcionarios del impopular Ministerio. Sin embargo, fue un tiempo después, en torno al cambio de milenio, cuando verdaderamente inicié un mayor y estrecho contacto con Chesi al frecuentar el mismo pequeño bar de Los vinos (como se denomina al barrio más antiguo de Ourense) compartiendo mesa con otros amigos comunes, como Manolo Montero, Marisa y Santiago Lamas. Por cierto, hablando de estos amigos, aún conservo un amenazante correo electrónico de Chesi, que me envió años después, y que decía lo siguiente:

“Una buena mañana no sé, pero estoy abriendo inspecciones a: Willy: ¿Declara lo que cobra como guía/experto de las andainas? Manolo Montero: Posee dos céntricos locales, disfruta de una sólida clientela y vota a Democracia Ourensana. Alguna de esas tres cosas tiene que ser delito. Santiago Lamas: Tren de vida por encima de sus posibilidades. Café, caña y vino a diario sólo puede proceder de algún asunto turbio. Un hombre que derrocha dinero en sillas, esconde algo ilegal; José Ramón Conde-Corbal Tejada: Empresario. Local céntrico con sede para programas de radio, cafetería, sala de exposiciones y terraza. Editor de libros. Promotor artístico. Utiliza ropa de marca. Y, además, malas compañías. Se investigará la procedencia de su fortuna. Acaso ejerza de marchante de obras de arte y editor fraudulento. Temblad, rastreros”.

Este correo transcrito era muy propio del amigo Chesi, y muy significativo de su aliada coña, porque siempre combatió cierta pesadumbre con una gran arma bien cargada hasta su última célula: el humor, tanto en su vida como en su literatura. ¡Cómo no recordar cuando en el Bar Pérez, y ante el ambiente taciturno del algún día extremadamente pesimista de los contertulios, decía que iba a leer las esquelas del día para alegrarse un poco! ¡O bien salía a fumar un cigarrillo a esperar el autobús que iba al cementerio para darse un poco de vidilla! Simpático, sarcástico, a la par que ingenioso y creativo, hasta decir basta.

En esa etapa del Pérez yo ya me había ido de Hacienda y, entre otras ocupaciones, hacía un programa de entrevistas para una cadena local de televisión, del que fueron protagonistas y destacados entrevistados, Chesi y Lamas. En esta entrevista, Chesi manifestó, entre otras cosas, el gran valor que hace falta para escribir, porque “con la cantidad de libros que hay escritos y de gran valía, que uno se adentre a escribir resulta una osadía”. Creía que, fundamentalmente, “un escritor es un gran lector, devorador de libros, si cabe más relector de los grandes libros”, y que son tres los valores imprescindibles que debe atesorar cualquier escritor para tener éxito en la literatura: “Talento, disciplina y suerte”. También nos contaba en aquella entrañable, al menos para mí, entrevista, que “si la literatura no era autobiográfica es porque puede dar vergüenza, o por timidez o para no herir a otras personas, pero, sin embargo, todos los personajes siempre son el autor”. También, por entonces, quise hacer un libro junto a Santiago Lamas y Chesi en recuerdo del que había escrito Ramón Otero Pedrayo con motivo del peregrinaje que hizo en 1927 el patriarca das letras galegas junto al padre del nacionalismo gallego, Vicente Risco, y otro personaje de interés como era Ben-Cho-Shey. Emulando a estos tres, con estos dos hubiese hecho yo este peregrinaje con los ojos cerrados. Pero todavía estaban en activo y resultó proyecto imposible. Escribir la intentona, al menos, me reconforta.

Y ahora escribo estas letras escuchando a Charlie Parker, ¡coño, el mismo que escuchan algunos personajes de las novelas de Chesi! Anoto también alguna dedicatoria ingeniosa de las varias que conservo en sus libros, como, por ejemplo, la del ejemplar de Examen final: “Doy fe de que Moncho, desfloró, amistosamente, el primer ejemplar de esta novela, siendo seducido inocentemente por sus irresistibles encantos. ¡Y qué a gusto me quedó el cuerpo!”. Cachondo, que era un cachondo. Como de chiste es también que se convirtiera en negro dedicante, esto es, que dedicaba por encargo del renuente amigo Lamas los libros de aquel que después de hecha la dedicatoria firmaba en presentaciones y demás. Grandes recuerdos de un tándem que se reconocía y respetaba hasta en el juego de la incorrección que llevaban a cabo y que por mor del humor y fantasía de Chesi nadie tomaba con ningún cariz negativo; y si lo tomaba, pues no lo decía, amén. El humor en este flanêur de calles ourensanas lo salvó de una tristeza apegada que nunca le sorprendió, porque ya lo advertía Bralt, el escritor protagonista de Nembrot, “la tristeza si se detecta a destiempo puede ser peligrosa, como el cáncer”. Lo que sí le sorprendió, y fue premonitorio, fue al cabo de años el cáncer que se lo llevó por delante. Curiosamente, se lo llevó el mismo día que a Willy dos años antes, común amigo y común causa, y en un día tan señalado para los nacimientos que no la muerte, 25 de diciembre, aunque, claro, esto ya para Chesi es otra novela, como la propia falta de belleza de esta maldita enfermedad que contradice la concepción platónica: “la belleza, verdaderamente, es una encarnación de Dios”.

Hoy siento nostalgia de Chesi querido, porque además me quedó sin resolver un desencuentro que hizo de elcercano un lejano, lastimosamente, y por culpa de unos egos que hoy siento vergonzantes y ridículos. ¿Cuántas páginas nuevas pendientes de leer que nos ha podido robar su muerte? Sigo releyendo a nuestro autor a fin de seguir regodeándome con ese estilo tan propio suyo a golpe de comas, puntos y demás muletas gramaticales que dejaba en el aire para arbitrio y mejor acomodo de cada lector, y que al haberle pillado el tranganillo se había convertido en verdadero placer. La lectura de sus novelas me sonaba siempre con la misma pasión y entonación a pesar de las diferentes tramas originales, aunque siempre subyaciendo mismas obsesiones y fijaciones: suicidio, depresión, desamor, sexualidad, la ciudad gris, relativa negritud de espíritu. No obstante, el humor, siempre el humor, constituyéndose maravillosa tabla de salvación. Sus párrafos inacabables no dejan descanso, resultaba inevitable querer saber más y más de sus personajes y tramas, de sus cuitas personales, llegando uno al punto y aparte con la lengua fuera. Sin duda no es autor fácil de leer sin entrenamiento mínimo en la lectura, cuestión fácil de entender conociendo sus preferencias literarias, léase Joyce. Devoraba libros como los grandes comilones devoran cocidos de Lalín, sobre todo en vacaciones, cuando se retiraba a la aldea de su mujer donde tenía tiempo y lugar adecuado para ello; contaba las lecturas que hacía en ese período de tiempo y uno se imaginaba una grand boufée literaria: leer hasta reventar.

Pero del escritor y su obra hablaron y hablarán otros muchos, desde luego más y mejor que uno, expertos y buenos lectores de Chesi, que, por cierto, tampoco pueden ser demasiados por la simple teoría del escritor de provincias que no es personaje mediático y para el que alcanzar altas cuotas de popularidad resulta tal como hacer cumbre en el Everest sin haber subido previamente ni siquiera el Montealegre próximo a su casa. O sea, inimaginable. Por supuesto, excepciones confirman la regla, pero nuestro escritor y amigo era de carácter más bien tímido e introvertido, no medía dos metros ni calzaba un cincuenta y ocho, como tampoco ejercía de gigolo o cosa parecida que  pudiera seducir a los críticos, sino todo lo contrario, amante esposo y padre de dos hijas, con un trabajo de funcionario en la Delegación de Hacienda de Ourense, del que puedo significar por experiencia propia no era el centro más alegre en el que pasar casi un tercio de la vida.

¡Cuántas veces le comenté al amigo que no esperase el triunfo como escritor en vida! Por supuesto, mi comentario no surgía como crítica, sino todo lo contrario, cual piropo de admirador sincero y consecuente comprador de todos sus libros en cuánto asomaban sus portadas en la librería.

Pese a no parecerlo, yo creo que Chesi arrostró cierta herida por un injusto no reconocimiento del mundo editorial a su escritura, a lo Javier Marías, ¡vaya! No se quejaba con altavoz, pero sí mediante susurros, al menos entre los amigos que durante años coincidimos tomándonos el café o vino en el sencillo bar de la zona de vinos ourensana que comenté anteriormente. Una mañana de aquellas, recuerdo la queja o comentario de Chesi, desahogando su impaciencia por la falta de noticias de la editorial Mondadori sobre la novela que les había hecho llegar y que habían quedado de dar respuesta, sin hacerlo. Esa voz encorajinada, al mismo tiempo que apenada, pues además no era su primera experiencia sino más bien reincidente, provocó en mí la idea de sugerirle la publicación de “algo”, lo que quisiera, desde elcercano, a fin de que sirviera de bálsamo para esta puñalada trapera del silencio. No importaba el qué, porque el fracaso desde un punto de vista comercial estaba anticipado y nos importaba un carajo, pero “algo”, algo que al menos las personas que lo seguíamos literariamente pudiéramos degustar. Lo llevaríamos a cabo en coedición adecuada, gracias al anticipo de la compra del libro por cada uno de los cien compradores que necesitaríamos para su publicación. Dicho, aceptado y hecho. Así pudimos editar y publicar el que sería primer libro de elcercano, guía para otras publicaciones y que, al cabo de quince años, sumaron más de cincuenta de muy diversos y respetables autores. Gracias a esa mañana de desahogo y la idea consiguiente publicamos El disfraz, una novelita breve pero muy chistosa que nos permite recordar especialmente al añorado director de cine José Luis Cuerda, porque la presentó en elcercano conjuntamente con Santiago Lamas y el autor.

Después de El disfraz, vino EAB, acrónimo de “Escritor Ágrafo Bipolar”, otra novela corta cuya acción sitúa al personaje protagonista en Santiago de Compostela y quien tiene a una gran amiga llamada Marcela que no es otro ser que una simple cucaracha, y que en parte retrata el fondo algo kafkiano de Chesi, no en vano el de la Metamorfosis era uno de sus autores preferidos. EAB se lee de un tirón, con gusto e interés por sentir a cada página ese adjetivo o frase que nos pone los pelos de punta cual calambre provocado por una singular electricidad estática literaria. En EAB el segundo protagonista de la novela es el escritor Manuel Vilas, amigo entonces del autor, quien escribió un artículo en ABC sobre el plagio que Bryce Echenique hizo del artículo titulado ‘Esquinas habitadas’, de Chesi, en la revista Jano. Acababa Vilas dicho artículo de la siguiente manera: “Bryce cometió un error grave: plagió a un escritor tan grande como él. Desconocido, sí, pero no insignificante, como pensó Bryce al robarle. No hubiera robado Bryce a un señor de la literatura, no. Robó a un príncipe disfrazado de mendigo. Al menos, Bryce debería invertir una modesta parte del cobro del artículo que no escribió en comprarse los libros de José María Pérez Álvarez, y, por supuesto, leerlos. Si Bryce hace eso, ese mínimo gesto de leer a Pérez Álvarez, comprenderá la razón de este artículo”.

En EAB seguimos el mismo método de financiación de micro mecenazgo para su publicación, lo que un tiempo inmediato posterior se vino en llamar crowdfunding, y que resultaba de juntar a cien compradores previos, que se convertían así en coeditores, para sufragar el coste de la edición. Cuando se pasa hoy el ojo por la última página del libro podemos observar quienes verdaderamente tenían fe en el autor, claro está de entre los conocidos a los que llegábamos desde distintas fuentes. Alcanzábamos los cien ya con dificultad. Pero el caso es que ahí estaba un nuevo libro del autor en el páramo editorial local de nuestra vida entonces.

Como no hay dos sin tres, tendríamos ocasión de publicar un tercer libro, si bien éste compartido, pues fue una compilación de artículos suyos publicados en nuestra página web junto a otros del amigo y escritor Santiago Lamas, ambos colaboradores asiduos. Lo titulamos Dos por Uno, y es un regalo que nos han dejado ambos por la buena literatura que subyace en ellos, además de una complementariedad perfecta entre ficción y ensayo, castellano y gallego.

Y ya que mencionamos este aspecto idiomático, es obligado comentar la particular desventura de Chesi al escribir en castellano en Galicia. Si bien tiene alguna obra en gallego, el grueso de su literatura es en castellano, y eso en un territorio con una política lingüística de tinte nacionalista resulta dificultad añadida para la mayor atención debida. Esto es así, innegable, y no hay más que repasar las ayudas oficiales de la administración a la literatura que se escribe en gallego, amén de premios y demás privilegios con el que apoyan el idioma autóctono, discriminando así de alguna manera al otro idioma cooficial. Y no, no podemos estar más en desacuerdo, porque se pierden posibilidades reales para la mejor literatura, y se hurtan oportunidades al deseo de todo escritor por vivir de ella. Eso sí, no hay mal que por bien no venga, pues el ser funcionario le permitía a Chesi la libertad de escribir sin someterse a otras formas de mercado, cosa que de no ser así podría dar lugar a otro tipo de literatura, seguramente peor que la que nos dejó, a la altura de la mejor.

En este punto llegamos al fin de sus publicaciones en elcercano, pues llega Carlos Arias con su editorial Trifolium para editar Examen Final. Arias no conocía a Chesi hasta que en un encuentro con Juan Goytisolo le oyó a éste hablar del escritor ourensano y quedó –¡cómo no!– impresionado y altamente interesado. Lo leyó y se rindió a su obra, el resto se explica por sí solo. Después cayeron Nembrot y Predicciones catastróficas. Por cierto, Goytisolo fue el más influyente critico de Babelia de los libros de Chesi, y sobre Nembrot hizo elogios de tal magnitud que corroboró en una selección que cierta revista solicitaba de diversos autores para señalar qué dos obras le habían parecido las mejores del año en curso, señalando Goytisolo como una de ellas a Nembrot.

Esta edición era la segunda de una primera editada por DVD editores, ampliada en doscientas páginas, cuyo editor había expresado de Chesi: “un autor con un microcosmos tan singular y una prosa de tanta riqueza literaria ofrecería más pronto que tarde algunas de las mejores novelas de la democracia española”. No se equivocó Sergio Gaspart, sin duda. Tampoco puedo olvidar la impresión que esta novela causó al amigo Alfonso Armada, por entonces director de ABC Cultural, a quien Chesi conoció en elcercano y a quien, al día siguiente, le trajo un ejemplar de esta novela a la cafetería donde estábamos desayunando Alfonso y yo. Fechas después, José María Matas escribiría una hermosa crítica de Nembrot en este cultural, pero, sobre todo, este libro prendió una admiración sentida por Alfonso hacia el escritor, hasta el punto de ser su Virgilio en el capítulo dedicado a Ourense del magnífico libro Cuaderno de viaje al país natal del periodista Armada.

Con Prediciones catastróficas me dice su autógrafo: “Tocaba parir, Moncho, y salió esto, que creo llevadero”. Sin duda, esta novela, como todas las demás, tiene un componente biográfico claro, que en este caso me conozco bien por estar muy cerca del autor en la época que la escribió. Chesi, junto a Manuel Janeiro y Santiago Lamas, conformaban el jurado del Premio de poesía elcercano, que en su primera edición ganaron ex aequo un hombre maduro y una joven mujer. Una palabra tatuada en la piel de la joven despertó enorme curiosidad en Chesi durante la presentación de los libros ganadores: rayuela. La misma palabra que lleva escrita la protagonista femenina de la novela. En esos años previos a los años veinte de este siglo, el contacto tan estrecho que manteníamos en torno al premio de poesía y de elcercano me permitió gozar de la compañía permanente del ingenioso José María Pérez Álvarez, Chesi, quien, por cierto, es justo reconocerlo, ejercía sin sueldo y ni siquiera título como presidente del jurado, pues era el que leía todos los poemarios recibidos y filtraba al resto los que a su criterio merecían la pena. También comunicaba a los ganadores el fallo, y todo esto por una comida, pues ese era todo nuestro agradecimiento pecuniario como editores. Eso sí, nunca me cansé de manifestarles mi agradecimiento más sincero por su preciada colaboración y amistad manifiesta.

Tampoco podré olvidar jamás los tiempos pasados en tertulias radiofónicas que hacíamos en elcercano, y de las que eran Chesi y Lamas nuestros contertulios estrella; recuerdo bien la magnífica conversación que mantuvimos junto al obispo de Ourense, monseñor Leonardo Lemos, también filósofo, con un tema monográfico divino: sobre Dios, ahí es nada, y ahí es todo cuando juntas a tres brillantes personas con perspectivas distintas; uno era ateo, otro agnóstico, y el otro ferviente católico. Adivine el lector quien era cada cual. Muchos recuerdos que tapan la falta de ellos en los últimos tiempos, porque una cabrona nube se posó encima y nos ocultó esa luz superior anterior. ¡Qué putada! Pero también, prueba ¡de largo superada! para el corazón.

Y pongo punto final a estos recuerdos porque si estrujo más la memoria y el sentimiento no acabaría antes de que constituyera un libro, y eso…, eso ante el tamaño literario del añorado Chesi, por muy osado que sea, no me atrevo. Que descanse en paz es mi último deseo.

Chesi. Foto: Corina Arranz

 

Más del autor