Recortarse el seto (problemas de la vida moderna)

0
234

Me encontraba juguetón en una mañana sin resaca: las menos habituales. Faltaban escasos minutos para que dieran las ocho y acababa de finalizar un nuevo capítulo de ‘Estar desnudo’, libro de literatura surrealista de Yasutaka Tsutsui, un nuevo nipón que me llevaré a la tumba de las memorias, cuando leer sea complejo, escribir imposible y recordar lo único alcanzable; si acaso. Y en esas, cuando la ducha se adivinaba en lontananza, tras haber soltado bastante lastre por la parte trasera de la baja espalda, se me ocurrió que debía recortarme el seto que separa al ombligo del pene.

 

Me encontraba juguetón en una mañana sin resaca: las menos habituales. Faltaban escasos minutos para que dieran las ocho y acababa de finalizar un nuevo capítulo de ‘Estar desnudo’, libro de literatura surrealista de Yasutaka Tsutsui, un nuevo nipón que me llevaré a la tumba de las memorias, cuando leer sea complejo, escribir imposible y recordar lo único alcanzable; si acaso. Y en esas, cuando la ducha se adivinaba en lontananza, tras haber soltado bastante lastre por la parte trasera de la baja espalda, se me ocurrió que debía recortarme el seto que separa al ombligo del pene. La razón: una cita en algo más de 48 horas con una dama de apariencia interesante, causa mayor de esfuerzo necesario cuando la vida moderna adorna, impregna, domina, impera y arrolla en nuestros días; donde salirse del camino marcado equivale a quedarte sin hacer el acto.

 

En Phnom Penh resido donde antes lo hacía un amigo, que sin tiempo para más y sin espacio en su maleta, dejó, entre otros objetos, una de esas máquinas eléctricas que afeitan desde cabezas a pubis. Llevaba conmigo quince meses, como esas parejas a las que en los metros finales de la relación no tocamos ni por error, cuando ayer mismo me fijé en ella, como el gato que pone atención enfermiza en su soñada presa. Y fue el equivalente a coser y cantar: primero la saqué de su funda retirándole el polvo que acumulaba, luego la empapé de aceite de oliva extra virgen para tras enchufarla, comenzar una exhibición de rasurado en la que sólo me faltó leerme las instrucciones y ser algo menos lanzado. Porque tras demostrar mis habilidades peluqueras en las áreas menos gravosas –encima del pene, donde el terreno es llano y los accidentes geográficos difíciles de encontrar– tiré hacía la zona testicular con la misma fuerza que al principio llevándome, al segundo rasurado, y en imagen parecida a las avionetas cargadas de fardos de cocaína de las películas setenteras que pasan rozando campos de arroz, medio huevo izquierdo en esa mañana, que como venía diciendo, estaba siendo de lo más tranquila; sin resaca; odiosamente aburrida.

 

Lo primero que hice fue no tomármelo en serio, continuando con el rasurado del testículo derecho. Pero a los escasos cinco segundos noté, entre la abrumadora cantidad de pelos arrancados y pegados a mis piernas sudorosas, como descendía un hilillo de sangre que, automáticamente, me hizo arrodillarme ante el váter y rezar. Porque ahora que lo pienso, el váter, al que en España llamamos trono, es el auténtico altar, muro de las lamentaciones, legítima necesidad del hombre que cuando tras 41 años de vida decide recortarse el seto se acerca al mismo como si de un dios azteca se tratara, para depositar su vello púbico recién arrancado. Por supuesto que rezar no me valió más que para perder unos segundos de oro antes de salir corriendo ensangrentado, con medio pubis afeitado, y un pene que como los caracoles a los que molestas se acaba encogiendo. El destino, como no podía ser otro, la clínica SOS: la misma que me detuvo una arritmia aguda y que en capítulos de Aspersor, un ídolo de masas, ayudó a su personaje protagonista a detener varias infecciones de origen sexual.

 

Sangraba tanto que llegué a asumir que lo de José Tomás en Aguascalientes iba a ser una anécdota comparado con mi muerte a manos de una máquina de cortar el pelo marca Philips. Además, ‘made in China’. Que siempre tienen que estar ahí, con el gatillo preparado.

 

A la entrada de la SOS había que identificarse. Y tras el registro del nombre y número de pasaporte no me quedó más remedio que comentar el motivo de mi visita, que fue cuando comencé a hablar en voz baja; que por si no lo saben, es en el exacto momento donde toda la sala de espera pega la oreja, es una macabra demostración que verifica la falta de pudor de una raza humana tan cercana a la hiena.

 

Ya en la consulta, la doctora –toma del frasco, Carrasco– me dijo que le enseñara la zona herida, que fue cuando me bajé los pantalones hasta el tobillo dándome cuenta de tres errores consecutivos. El primero: el pene, sinónimo de caracol, había decidido que debía desaparecer, por lo que aquella afrenta a un heterosexual sin estudios era cuanto menos épica; la segunda: no lo comenté antes, pero al de salir de casa, abrumado por la pérdida de sangre, me coloqué, directamente, y a modo de torniquete defectuoso, un rollo de papel higiénico, entero y sin estrenar. Pensando que muy posiblemente y como la compresa –no disponía de algodón aunque sí de alcohol; asuntos privados del alcohólico– ese rollo detendría, en parte, la hemorragia. El tercer problema fue que la doctora no se quedó impactada ni con el profundo corte ni con la sangre esparcida; tampoco con el tamaño jibarizado del otrora pene, ya convertido en sortija. Porque el asunto más humillante fue cuando la doctora, en un perfecto inglés, me comentó: “Curioso corte de vello”. Les recuerdo que la zona alta del pubis estaba recortada, no así ambos testículos, que más bien parecían dos pelucas rescatadas después de un incendio.

 

Por supuesto, aquello acabó en lo que tenía que ser: la doctora rasurando –esta vez de verdad– toda la zona previamente destruida por mi mano y aquella máquina de los demonios para luego comprobar cómo volcaba productos farmacéuticos destinados a cerrar aquella herida. Una tirita de tamaño y adherencia industrial hicieron, como el corcho para la botella de vino, de cierre en mi testículo izquierdo navajeado.

 

Tras pagar la cantidad que marcaba la factura –nunca moco de pavo– y salir de aquel centro de salud convertido en tostón bimensual, me detuve en una esquina intentando, en el sumun de la creatividad, llegar a un acuerdo conmigo mismo: ¿Cómo cojones iba a explicarle a la siguiente lo del testículo izquierdo abierto en canal? ¿Gangrena? O eso, o a partir de ya hacer el acto rapidito, fríamente y a oscuras.

 

 

Joaquín Campos, 02/05/15, Phnom Penh.