Reflexiones entre dos fuegos bolivianos. Cuando lo que arde es tu casa

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Estuve atrapado en un incendio en Bolivia. La selva amazónica ardía. Íbamos en coche al norte del país a ver la frontera con Brasil, tras realizar unos proyectos de cartografía comunitaria con comunidades indígenas (mapas que ellos mismos trazan con la visión de su espacio de vida en la selva), cuando el conductor intentó atravesar las pequeñas llamas que se iban transformando en bestias de metros de altura. Kilómetros entre humo, polvo y llamas sin ver nada absolutamente. Los cristales de las ventanillas de nuestro coche ardían y algún plástico se derretía. Ha sido la experiencia más cercana a la muerte que he tenido. Y una de las más impactantes.

Ahora lo recuerdo como un sueño, pero se reavivó el verano pasado a raíz del incendio de la Sierra de Ávila.

La sensación no ha sido tan dura, tan existencial, pero el desgarro es mayor cuando lo que arde es tu tierra. Arden tus recuerdos, arden pedazos de tu infancia. Paseos con tus padres para contemplar nuestra naturaleza granítica, subidas a la montaña con nuestro perro, rastreos de lobos, el agua de los manantiales, los baños en las gargantas… Pasar de ver cómo ardía la selva, el Amazonas, a ver cómo arde tu hogar, la sierra de Gredos.

El verano se quemaba la Sierra de Ávila, la sierra de la Paramera que preside la vista de la ciudad, culminada por el pico del Zapatero. El incendio más destructivo del año con 23.000 hectáreas devastadas por la potencia que imponen las llamas en el mundo mediterráneo. Fuego que no solo ha arrasado nuestros bosques y nuestros campos, sino que ha arrebatado formas de vida a familias, viviendas, labranzas, ganado, biodiversidad. Son catástrofes que no son naturales, a pesar de que una las estrategias biológicas del monte y la montaña mediterránea sea la adaptación a los fuegos: las semillas de las jaras salen al quemarse y las piñas son defensas naturales para las semillas de nuevos brotes de pinos.

Las perturbaciones, como se llaman en ecología a sucesos como los incendios, deberían tener otra frecuencia, otra intensidad, para poder se considerados como una perturbación natural. La intervención humana ha alterado la periodicidad, por lo que cada vez desparecen más ecosistemas bajo el rojo que todo lo abrasa. Y también hemos cambiado la potencia.

El cambio climático ha desestabilizado el equilibrio natural mediterráneo. Más sequías, más olas de calor, temperatura tope más elevada, menos cantidad de nieve en nuestros fríos inviernos que aseguren luego los veranos húmedos y con agua en los ríos y en los acuíferos.

La pérdida del equilibrio en la balanza del mundo natural mediterráneo se produce por la principal consecuencia del cambio climático: el aumento del efecto invernadero, que se traduce en una subida de la temperatura a nivel global y regional, como ocurre en Ávila.

El efecto invernadero está detrás de la severidad de los incendios mediterráneos, pero es más peligroso por todos los problemas asociados al incremento de la temperatura media. Se suman factores climáticos y de balance radiactivo. Heridas que experimenta el sistema natural, como los monzones más extremos, más y más potentes huracanes, mayor desertificación y mayor potencia de golpes a la tierra como en el caso que presentan los incendios. A todo esto hay que añadir factores intrínsecos derivados de la subida de la temperatura global, como la degradación de hábitats (que implica pérdida de biodiversidad) o el cambio en los ciclos naturales de muchas especies.

Un fuego en Bolivia. Foto: OMJ.

El cambio climático genera un caldo de cultivo perfecto para la combustión, para que los veranos sean el cómplice perfecto del fuego y la devastación. Son unas condiciones óptimas para el desastre, a las que hay que añadir el olvido y la mirada esquiva de las administraciones y las grandes corporaciones.

La misma mirada que aplica sistemáticamente sobre las zonas rurales. Anteojeras que son las de la macroeconomía.

Se trata de un olvido sistemático de las ciudades hacia los espacios periféricos, que los aísla a pesar de que son los que nutren al mundo urbano de todas sus necesidades, la comida, el agua y su ciclo, la depuración del aire, la polinización, soluciones médicas… Las necesidades básicas vitales. Todo lo que aportan los ecosistemas al mundo urbano y a las personas que habitan en él proviene de las zonas rurales. Necesarias, no solo como productoras, sino como guardianas de todo lo que hace posible el desarrollo humano.

Es un olvido de otra realidad de la que caminan de la mano. Porque lo rural y lo urbano son mundos interconectados, ecodependientes. Además de la necesidad de políticas públicas, es necesario pensar estrategias locales para hacer frente a problemas que ya son globales. Esas estrategias pueden funcionar como prevención de catástrofes, y así hubieran funcionado en el caso del incendio de Ávila.

Esta es una región de labranza y ganadera. Aquí se ha protegido siempre el territorio gracias a la ganadería extensiva, de vaca avileña, que pigmenta los paisajes, lo más eficaz históricamente, y gracias a los diferentes usos montanos que ha tenido. Un sistema que funciona como cuidado del entorno frente a perturbaciones como los incendios. En la ganadería extensiva el ganado cuida del territorio y actúa como el cortafuegos natural que se genera al ramonear los animales, y al cultivar la tierra las personas, y cuidar de los caminos rurales, imprescindibles para la vida en el campo.

Estos usos son los que generan un arraigo sobre el territorio y una idea de pertenencia. Un sentimiento de lucha para conservar las tierras que nos eran propias. En casos como este la protección de entorno siempre ha partido de la misma población local. Medio de vida y modo de viada.

Dice Sergio del Molino en La España vacía. Viaje por un país que nunca fue: “No es que reconozcamos ese paisaje, es que somos él. Somos esa España vacía, estamos hechos de sus trozos”. Una idea de pertenencia que debería impulsar a luchar por la conservación del nuestro territorio. Es el uso el que dota de arraigo a cada tierra, y el que hace que se quiera luchar por ella desde la misma tierra.

El abandono de las tierras y el éxodo rural serían causas que se sumarían al cambio climático y añadirían mayor peligrosidad y mayor potencialidad de incendios en zonas mediterráneas ya que no tendrían defensa. Se podría incluso interpretar el uso tradicional como estrategia de adaptación al cambio climático.

Esto ocurre también en Bolivia. Los guardianes de la selva son las comunidades que viven en ella, cuya vida depende de ella, que reconocen el bosque lluvioso como algo propio. Un uso que protege al territorio en sí, desde dentro.

Todos esos vínculos quedan plasmados por las comunidades indígenas en sus mapas. Herramientas más que necesarias para entender en toda su magnitud la devastación de los incendios. Mediante la cartografía se puede ver por un lado la mancha de la Sierra de la tierra de Ávila ocuparía más que el espacio metropolitano de Madrid. Y por el otro los más de mil focos de los incendios del Amazonas del 2019 dejan mapas de calor tan impactantes como estos:

El incendio de Ávila ha dejado una gran mancha de chapapote de más de 84 kilómetros de contorno en la conexión con Gredos, nuestra sierra madre, es otra gran estocada a nuestra tierra, que se está arruinando, como tantas otras que hemos sufrido en la historia reciente.

Y es triste ver cómo mueren las tierras que siempre han estado pobladas de vida, de resistencia. Tierras capaces de enfrentarse al avance romano con los castros celtas y vetones. Castros centinelas, hechos de granito y de frío, alguno ahora quemado, como el de Ulaca, uno de los más importantes de la cultura vetona, que ahora tiene el altar de los sacrificios arrasado por el fuego. Lugar emblemático para el origen primigenio de los abulenses. Espacio en el que tanto he disfrutado de la nieve y de la historia. Lugar que sobrevivirá, como siempre ha hecho esta dura tierra ante las adversidades.

Hay esperanza. La naturaleza resurge. La última vez que fui a ver el monte, ya en otoño, se podían ver las moradas quitameriendas (Colchicum montanum), unas flores de piso maravillosas que nacen cuando acaba el verano. Es el contraste. Es la esperanza. Los pigmentos violetas y blancos nacen en la muerte negra que nos dejó el abandono, el cambio climático, la marginación, y ese fortuito accidente de coche que tanto dolor causó en toda una región.

Olmo Nieto Jiménez (Ávila, 1992) es geógrafo. Estudió Geografía y Ordenación del territorio en la Universidad Autónoma de Madrid, y se especializó con el máster de Espacios Naturales Protegidos, impartido por las universidades Autónoma, Complutense y Alcalá. Ahora mismo elabora cartografía en el Instituto Geográfico Nacional, y es profesor tutor de geografía física y humana en la UNED.

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