Regreso a Motor City Parte 1

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Por mí que se despierten todos los dinosaurios de Tito Monterroso que ustedes gusten y que, obvio, sigan estando ahí. desperté y la ciudad que parió a esa maldición y bendición por partes iguales que es el automóvil, todavía estaba ahí, toda madreada e hiper-violenta, calcinada, la milla 8 como una cicatriz de esas que jamás se van y condenan de por vida al rostro más bello, la urbe devastada hasta grados no vistos en otras ciudades, un dinosaurio derrotado y humillado, en bancarrota financiera, me refiero a Detroit, en su condición dinosáurica, todavía estaba ahí.

 

Por mí que se despierten todos los dinosaurios de Tito Monterroso que ustedes gusten y que, obvio, sigan estando ahí.

 

Yo desperté y la ciudad que parió a esa maldición y bendición por partes iguales que es el automóvil, todavía estaba ahí, toda madreada e hiper-violenta, la milla 8 como una cicatriz de esas que jamás se van y condenan de por vida al rostro más bello, la urbe devastada hasta grados no vistos en otras ciudades, un dinosaurio derrotado y humillado, en bancarrota financiera, me refiero a la urbe conocida como Detroit, esa misma, en su condición dinosáurica, todavía estaba ahí, en pedazos, hecha una mierda.

 

En lo personal, despertar en Detroit no tuvo mayores novedades porque, proveniente de Comala City, digamos que estoy más o menos acostumbrado a los dinosaurios de toda laya. Los peores, sobra decirlo, ejercen su senil y debilitado poder en la República de la Letras mexicanas, ese pantano del cual nadie sale con los pantalones —en muchas ocasiones la propia genitalia— limpios. Un pinche desastre, pero sin el brillo del cataclismo llamado Detroit.

 

Este informe acerca de Detroit tendrá dos partes porque considero que  todo cuanto aconteció antes de mi arribo, es tan importante como la mañana que al fin desperté aquí, en Motor City.

 

 

Me limito a dos o tres encuentros ocurridos en los últimos días, incluso las últimas horas, transcurridos antes de abordar un avión a las 6.10 am, incrustarme los audífonos en los oídos, meterme un potente chocho para seguir jetón todo el vuelo y no enterarme de nada que no fuera la que creía era una súper rola del blues más blue y más cabrón que el triste blues, You&Me, confeccionada aquí en Detroit, en la legendaria Motown Records y que al final resultó que no, que esa gema fue rescatada del olvido en la ciudad de Chicago, la de los Anchos Hombros que decía el poeta Carl Sandburg y donde yo mismo pasé cuatro años y tres meses de mi existencia.

 

Un equívoco cualquiera: la materia de la que están hechas nuestras vidas.

 

Pero esa es otra historia, como lo es también la historia de You&Me, la cual nada modestamente —detesto la falsa modestia tanto como no soporto a un antisemita o a un homófobo— recomiendo leer aquí, se trata de una magnífica historia de detectives musicales y salvajes.

 

Durante esos días y horas previos a tomar el avión a la ciudad del Motor Fallido, fui despedido en una cantina por un grupo de amigos que me recordaron que sin regocijo no hay blues y viceversa. Ni modo, hubo que treparlos a esa maleta que llamamos corazón y meterlos indocumentados hasta el fondo del alma.

 

Horas antes de partir, cuando debía de estar preparando maletas, seguía sentado haciendo sobremesa con el mejor y más cercano amigo que, hasta ahora, he tenido en la lejanía, el novelista y ensayista GF. Simple y sencillamente no había manera de interrumpir una conversación prodigiosa, inteligente, entretenida, pausada, repleta de recovecos y reconvenciones. Quien realmente conoce a GF sabe a qué me refiero.

 

Ahí están, las llevo impresas en la memoria, las imágenes con mi querido amigo ES, un tipo que me ha enseñado más de lo que él puede imaginar, gastando los últimos minutos conmigo, ambos mirando, no sin algo de desconcierto, un departamento completamente vacío tras el paso, tipo huracán, de los encargados de empacar mis bártulos y mis libros para que, con suerte, reaparezcan como por arte de magia en Detroit.

 

Demasiado en muy poco tiempo. Demasiado para siquiera intentar escribir algo acerca de ello.

 

Si acaso, transcribir un fragmento de un texto parcialmente dedicado a Detroit, proveniente de mi libro Robinson ante el abismo. Recuento de islas el cual, me parece, viene a cuento monterrrosiano, y si no, pues ni modo, al diablo con la cosa, que no pasa nada y también pasa todo:

 

[…] Y abrí los ojos.


Abrí los ojos y volví a observar los efectos de la guerra a mi alrededor; aquel día que pasé en Detroit, ciudad en ruinas en pleno corazón del país del culto a la última novedad y lo flamante en todos los órdenes de la existencia, lo mismo materiales que inmateriales, desde una baratija electrónica hasta un monumental portaviones. Cuatro horas en automóvil desde Chicago; cuatro horas conduciendo hasta llegar a una ciudad convertida en una montaña de cascajo pero que antes, no hace mucho, fue símbolo de la prosperidad y el poderío industrial de los Estados Unidos de América. Un espectáculo sobrecogedor para quien, como yo, no vivió en carne propia los bombardeos de Sarajevo ni ha pasado una noche en vela bajo el asedio de una línea de morteros. Imponentes rascacielos abandonados a su suerte, lotes baldíos que semejan pastizales calcinados, edificios enteros sin inquilinos aparentes, ventanas sin vidrios por las que sólo asoman la droga y la ignominia, cuadras enteras de señoriales casas con fachadas de piedra y techos de madera invariablemente desfondados, el esplendor arquitectónico de tres o cuatro décadas puesto de rodillas ante un cataclismo económico y social, escuadrones de junkies, dealers y proxenetas: ejércitos de la noche, desesperación, la sombra que dejan a su paso los pordioseros sobre las aceras al deambular abstraídos como zombis, como si se tratara de extraterrestres recién desembarcados en el planeta Tierra. Imágenes de cataclismo y desolación. No precisamente los paisajes aún habitables y hasta promisorios que dibujaron Whitman, Longfellow o Stephen Vincent Benet, sino las fantasías terroríficas de una Norteamérica espectral que imaginaron Norman Spinrad y Philip K. Dick.


No sin cierta aprensión, mi hermano, mi madre y yo recorrimos durante varias horas y en todas direcciones la distancia que va de las calles más destartaladas del centro de Detroit hasta la avenida de la Octava Milla. Tejimos, sin saberlo, una red que guió aquella excursión motorizada por los meandros de la gran urbe en decadencia.


(Un tema apenas explorado: viajar con los padres cuando ya se es adulto. Aquel, uno entre poquísimos —afortunadamente— que hice con mi padre a Irlanda, en tren desde Londres y luego en ferry. ¿Dónde y cómo podría contar la historia de una noche que, sin habitación disponible en el más modesto hostal de la ciudad, mi padre y yo literalmente pateamos las calles y los tugurios de Dublín, entre el pasmo, las risotadas de la fauna nocturna, la violencia con tufillo alcohólico que suavemente inundaba nuestras fosas nasales, el frío, el miedo, las primeras luces del amanecer con los huesos húmedos y los músculos tumefactos? ¿En dónde y cómo podría contar eso sin hacer volar en pedazos la endeble memoria de los pocos momentos vividos junto a ese señor que es mi padre?)


En zonas que parecen el estómago de la ciudad, alrededor de los barrios primigenios de Detroit, el calor es húmedo, casi viscoso, impera un silencio sordo y aterrador que sólo se interrumpe con los alaridos ocasionales de una puta desesperada o de algún solitario y rezagado miembro de las familias negras que viven (más preciso sería decir: sobreviven) bordeando los abismos de la droga y la locura. Sé que puede sonar raro, en estas calles la gente parece vivir en el interior mismo del huracán, como en una casa sin techos ni paredes, como si el desastre no tuviera principio ni fin. “Aquí se libró una guerra”, dice Philip Levin, el más veterano y conocido de los poetas locales, en el epílogo al libro Detroit Images. El panorama en algunas partes de la ciudad es en cierta manera equivalente a las fotografías de la Gran Depresión que hicieron Walker Evans o Dorothea Lange, pero puesto al día, por así decirlo.


Juan Villoro ha referido el buen ojo de los productores de Total Recall al elegir ciertos lugares de México D.F. (la glorieta de Insurgentes, la estación de metro Chabacano) para filmar una hecatombe de corte futurista y llega a la siguiente conclusión acerca de la perturbadora forma del presente en que subsistimos los habitantes de la mega-urbe: “Vivimos en un lugar post-apocalíptico, donde lo peor ya pasó.” Pienso otra vez en Detroit y quizá Total Recall tenga su correlato en otra película:Robocop.


Casi al mismo tiempo que el periodista Ze’ev Chalet publicaba en The New York Times Magazine sus reportajes sobre la ola de violencia y destrucción que asolaba a Detroit desde los años ochenta, el director de Total Recall, Paul Verhoeven, filmaba Robocop, elevando con ello la ciudad al rango de capital nacional del crimen. Solamente un policía indestructible, remedo de monstruo de Frankenstein equipado con una armadura a prueba de balas, sería capaz de combatir el hampa y mitigar el espanto de los ciudadanos. Violencia y justicia son dos damas igualmente ciegas, y esta vez los atropellos y la sangre fría juegan del lado de la ley. Hacia el final de su gesta, el propio Robocop descubrirá que los intereses de la delincuencia callejera se extienden como tentáculos hasta alcanzar nada menos que a sus creadores, los pérfidos ejecutivos de una empresa de tecnología de punta. La película termina en una previsible orgía de sangre y pólvora que apenas logra lavar la moral elusiva del policía del futuro.


Es fama que el éxito en taquillas prolongó la saga hasta Robocop III. Como en un juego de suertes adivinatorias, esta última entrega filmada en 1993 prefiguró la era de Enron y el imperio de los criminales de cuello blanco: disuelto el peligro en las calles, el mundo corporativo se ha convertido en el enemigo público número uno.


En el Detroit de la primera década del siglo XXI, en la ciudad de las ruinas del presente que mi madre, mi hermano y yo recorrimos entre el asombro y el pasmo, el futuro depende de que lo peor siga ocurriendo y que la desgracia se perpetúe en infinitos desdoblamientos.


Vista desde las orillas del bosque, la ciudad de Detroit es otra isla en el territorio de América.

 

Como se acostumbra decir estúpidamente en estos casos: esta historia continuará.

 

Quizá ni tan estúpida, la fracesilla, pues ¿qué historia no se prolonga incluso cuando todas las manifestaciones de su fin te han pasado ya miles de veces por la mente y, justo cuando estás casi a punto de alcanzar el provisional olvido, alguien, tú mismo, te muestra un artero puñal de pandillero suelto en las calles en busca de problemas y, sin avisar, el hijo de puta te atraviesa el corazón?

Bruno H. Piché es ensayista y narrador. Ha sido editor, periodista, diplomático y promotor cultural. Realizó estudios en la Concordia University de Montreal, El Colegio de México, King’s College de Londres, Instituto de Investigaciones Sociales UNAM Es autor de los libros Robinson ante el abismo, Noviembre, El taller de no ficción, Los hechos y La mala costumbre de la esperanza. Su novela más reciente, 'La mala costumbre de la esperanza', (2018), apareció bajo el sello editorial de Literatura Random House. En 2015 publicó la novela 'Los hechos', acerca de la cual Juan Villoro escribió: “Bruno H. Piché entiende la historia del mundo como una diáspora: datos en fuga que al articularse conectan la vida pública con la esfera privada. Podemos escapar de nosotros mismos pero no de Los hechos, es decir, del flujo incontenible de la historia.”