Revolución de supermercado

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La llegada ficticia de los militares

Era mediodía y en el supermercado había una fila muy larga para pagar. Sólo una fila y cientos de personas esperando, excepto el primero, que pagaba muy lentamente. Era un día particular a inicios del otoño y se preveían esperas de horas, de forma que las personas empezaron a gritar y a exigir más filas para pagar y menos esperas, más personas para atender a tantos.

Pero los gritos se encendían cada vez más y las personas se enfadaban, empezaron así a hablar entre ellos a pesar de ser desconocidos. Se iban uniendo contra cualquier enemigo y los violentos tomaron la iniciativa. Los violentos eran todos. El cansancio era general, horas y horas en pie. La revolución se inició a las cinco de la tarde. La organización fue breve y rápida. Individuaron en el momento al contrario.

Cogieron paquetes de galletas, las sacaron, las lanzaron destrozadas a la persona que estaba en la caja, ella aguantó hasta que la bañaron con la leche de decenas de envases. Fue la primera victoria, después llegó la policía. El enemigo se hacía fuerte, violento.

Hicieron barricadas, se protegieron con cajas de productos, cientos de cajas para hacer barricadas de dos o tres metros, se alimentaban con jamón ibérico de bellota, mojama de ventresca de atún o buenos mejillones en escabeche. A los policías les lanzaban directamente alimentos crudos: pollos grandes criados hacinados, piezas enormes de carne de cerdo o de pescado de piscifactoría, jamones serranos enteros o barras de pan congelado en cuya punta clavaban las tapas afiladas de las latas de conserva. Les tiraban también botellas de vino barato porque el caro fue para ellos, buenos riojas y blancos gallegos afrutados, empezaron a beber bien y a organizarse mejor. La revolución continuaba, eran las siete. Las cervezas buenas eran para los más jóvenes, de tres y cuatro maltas, de lúpulos de Baviera o belgas, de largas fermentaciones en botella. Las botellas vacías golpeaban a los agentes para hacerse añicos, el suelo se iba llenando de cristales. Ellos empezaron a disparar pelotas amarillas de goma. Los revolucionarios ni las sentían, estaban muy bien preparados y protegidos tras las nuevas enormes barricadas, pues habían movido por aquel entonces los contenedores de congelados hacia ellos.

A las ocho de la tarde llegaron los refuerzos policiales antirrevolucionarios, eran nuevos, pues no se había previsto nunca una revolución igual. Estaban poco entrenados y tuvieron que irse antes de sufrir más bajas por heridas de latas abiertas. Los cristales comenzaban a bañarse de sangre, que iba ensuciando el suelo de la batalla. Llegaron entonces cientos de militares mucho más preparados, de los que habían participado en guerras o manifestaciones violentas contra el Estado. Se enfrentaron. Hubo varios heridos, casi muertos incluso. Pero tampoco pudieron, exigían algo los casi doscientos revolucionarios, pero nadie recuerda el qué. Se perdieron las exigencias en la contienda.

No tuvieron alternativa las fuerzas de seguridad, se vieron obligados a desmontar el techo del hipermercado para entrar por arriba en helicópteros militares. Los revolucionarios se rindieron al no poder controlar el espacio aéreo. Los otros fueron superiores, la revolución fue destruida, pero al menos comieron y bebieron bien durante esas horas revolucionarias, durante el breve periodo de aquella revolución de nuevo fallida  a las diez de la noche del ocho de octubre.

Autor: Jesús J. Prensa