Sociedad del espectáculoEscenariosRossini, un antídoto contra la polarización política. Festival de Pésaro

Rossini, un antídoto contra la polarización política. Festival de Pésaro

Decía Charles Maurice de Talleyrand –exobispo, exrevolucionario, exbonapartista, veinte veces traidor según Victor Hugo– que quien no conoció los tiempos anteriores a la revolución no sabe lo que es la dulzura de vivir. La sentencia, despojada de connotaciones políticas, podría ser aplicada a Gioachino Rossini; no porque su música sea ancien régime, todo lo contrario, sino porque en ella se explaya el anhelo de elegancia, libertad de espíritu y gracia mundana que, al cabo de su vapuleada vida, evocaba el “traidor” Talleyrand. Rossini es un ilustrado, un superviviente del siglo XVIII, un artista racional y optimista en tiempos viscerales. Un hombre de las luces en los volcánicos albores del romanticismo. Rossini es ese singular creador que refuta en cada una de sus notas que Tolstói se equivoca cuando afirma que la felicidad no sirve como fuente de inspiración. Que la felicidad es monótona y que solo la desdicha es creativa.

Para confirmar el error de Tolstói basta con asistir al festival que cada mes de agosto se celebra en Pésaro, la ciudad en la que nació el nunca suficientemente valorado Rossini. Pésaro no tiene las ínfulas aristocráticas de Bayreuth ni la nostalgia kitsch de Salzburgo. Es, como el maestro, un festival ilustrado. Su objetivo no es atraer a un público de millonarios con óperas de repertorio, sino estudiar, custodiar, recuperar y difundir el legado de Rossini, incluido el más desconocido. Puede que algún que otro año se programe un Barbero de Sevilla, una Italiana en Argel o una Gazza ladra. Pero lo habitual es que se recuperen óperas apenas representadas desde su estreno, creaciones que podrían parecer una rareza si no fuera porque todas son magistrales.

En la edición de este año el festival ha presentado una ópera dramática de su última época, El sitio de Corinto, y dos cómicas, La ocasión hace al ladrón y La escala de seda, compuestas cuando Rossini solo tenía veinte años, pero en las que ya están presentes todas las invenciones de El barbero de Sevilla y de sus clásicos de repertorio. La ocasión hace al ladrón es una burleta per musica en la que un intercambio accidental de maletas en una posada durante una tarde de tormenta da pie a mil equívocos, enredos amorosos y suplantaciones de identidad. Un argumento ideal para poner música al caos y desplegar esos asombrosos concertantes en los que todos los personajes cantan a la vez, exponen sus contradictorios argumentos y confiesan su estupefacción ante una realidad que les desborda.

Los concertantes de Rossini son un modelo de vida. Son un manifiesto político: el tenor, la soprano, el barítono, la contralto, el bajo y la mezzosoprano pugnan por hacerse entender, superponen sus voces, se niegan, se matizan y, a la vez, sin anularse, refuerzan la armonía en un enloquecido crescendo hasta alcanzar un clímax vocal que todo lo tolera. Podría decirse que los concertantes del maestro son la alternativa, el antídoto contra la polarización política, moral, social y cultural que hoy nos asola. ¿Cabe mayor ejemplo de tolerancia que los enredos y duelos vocales de cinco o seis estupefactos personajes ingeniados por nuestro héroe?

La escala de seda es una comedia bufa con fama de rara y provocadora, pocas veces llevada a escena. Giulia está casada en secreto con Dorvil, quien cada noche, como un ladrón, sube a la habitación de su esposa por una escalera de seda. El enredo llega cuando el tutor de Giulia intenta casarla con otro pretendiente y el criado, Germano, ingenuo, torpe, enamorado de Giulia, no deja de meter la pata. Es una ópera anárquica y libertina que exige de cada cantante un agotador esfuerzo interpretativo. Ni Giulia, ni Dorvil, ni Germano, ni ningún otro personaje pueden limitarse a cantar sus arias y cavatinas, de por sí muy complejas, sino que siempre han de estar haciendo algo sobre el escenario: cantan mientras se asoman, se esconden, escalan la famosa escalera, se cambian de ropa, corren, retozan, tropiezan y se enredan. Rossini, que no consiente ni un minuto de aburrimiento, rompe con el estatismo de la vieja escuela, hace avanzar el argumento con cada aria y anuncia la acción frenética de Verdi.

Ni que decir tiene que estas óperas culminan en un exultante happy end. Lo sabemos desde la primera nota de la obertura. Cada personaje encuentra el amor, las voces se acompasan y el espectáculo acaba con la proclamación, tan siglo XVIII, tan ilustrada, de que la felicidad es posible. Pocos creadores han sido tan insistentes en este manifiesto. Quizá Mozart lo intentó. Rossini admiraba al autor de El rapto en el serrallo: “Mozart –dijo– ha sido el modelo de mi juventud, la desesperación de mis años de madurez y el consuelo de mi vejez”. Pero en Mozart hay una corriente profunda de melancolía, de escéptica tristeza que el autor de La italiana en Argel nunca se permitió. Cosi fan tutte, que podría haber sido una burleta rossiniana, no deja de ser una humana aceptación del engaño. Hay en su música más reserva, más cinismo, más melancolía que felicidad. Con Rossini, no. Con Rossini el triunfo del amor no es un capricho del azar ni una opción insensata, sino una victoria de la razón.

Uno de los lugares comunes que más daño ha causado a la memoria de Rossini es su fama de autor irremediable de bufonadas. El sitio de Corintio es la prueba de que el de Pésaro es un compositor perfectamente dotado para el drama. Quizá para escapar del tópico, nuestro héroe se instaló en París y se propuso demostrar que él era muy capaz de componer una ópera a la francesa, monumental, trágica, de gran aparato y con su preceptivo número de ballet. El sitio de Corintio es una de las mejores óperas francesas del siglo XIX, muy superior a las de Meyerber y a casi todas las de Gounod o Berlioz. Y sin embargo esta ópera magna, concebida para llenar los más colosales escenarios, apenas es representada, ni en París, ni en ninguna otra parte. Narra el asedio de Corintio por las tropas del sultán Mehmet II, con una historia paralela de amor en la que nos enteramos de que el turco Mehmet y la griega Palmira, hija del gobernador de Corintio, se habían conocido y enamorado tiempo atrás en la civilizada ciudad de Atenas. Contra lo que hemos escrito hasta ahora, en esta epopeya no triunfa el amor, sino el patriotismo. Esta no es una ópera italiana, sino francesa, compuesta bajo las directrices ideológicas de la revolución de 1789. Atrapada entre el amor y el deber, Palmira elige el deber y se quita la vida para escarmiento del enamorado Mehmet. Robespierre habría felicitado a los autores.

Podría parecer arcaica, pero El sitio de Corintio es una obra adelantada a su tiempo. Sus coros patrióticos tienen la misma fuerza, el mismo poder convocante de los de Nabucco. Sus héroes, por enamorados que se digan, no son individualistas en la batalla, sino encarnación de la nación, figuras de escala sobrehumana. La orquestación es apabullante y las arias desgarradoras. En esta tremenda tragedia Rossini se adelanta a Verdi, incluso a Wagner se le adivina. Wagner había sido feroz con Rossini: “Sus óperas –dijo– son como perfumadas burbujas de jabón, agradables, de brillante colorido, pero que se desvanecen sin dejar ningún rastro tras de sí”. La rivalidad entre rossinianos y wagnerianos es sostenida y sin cuartel. Y, sin embargo, el autor de El anillo del nibelungo corregiría su juicio tras estudiar las óperas francesas de Rossini, que no son wagnerianas, pero que sí anuncian la obra total que defendía el alemán.

En un memorable encuentro, Rossini, hombre sin enemigos, gran diplomático, relató a Wagner cómo se desarrolló su otra entrevista para la historia que años antes había mantenido con Beethoven. Rossini no hablaba alemán y Beethoven, sordo como una tapia, no oía nada de lo que se le decía. El autor de El sitio de Corintio, intentando convencerle de que estaba capacitado para componer óperas dramáticas, le enseñó algunos de sus trabajos con la esperanza de que los estudiara. Pero el alemán se aferró al prejuicio y le reiteró que no insistiera, que lo que tenía que hacer era componer más barberos de Sevilla.

Rossini probablemente refirió la anécdota para relativizar las críticas que antes le había dirigido Wagner. Gesto diplomático tras el que el autor de Tannhauser, en un insólito despliegue de ecuanimidad, le confesó que, en Guillermo Tell, la última ópera de Rossini, grandiosa y extenuante, ya se detecta el drama musical wagneriano. “¿Así que estaba haciendo la música del porvenir, y yo sin enterarme?”, ironizó nuestro héroe. Puede que hubiera retranca en la respuesta, o quizá melancolía, porque lo cierto es que, tras Guillermo Tell, a sus 37 años, Rossini se prejubiló y no volvió a componer más óperas. Mucho se ha especulado sobre los motivos de su retiro. Tal vez fue por agotamiento físico tras una frenética cavatina laboral que le dejó sin aliento. Los incondicionales de Rossini dicen que para qué componer cuando el maestro podía dedicarse a la gastronomía. Hay quienes alegan que, como tantos músicos tocados por el genio, él también sucumbió a una incurable depresión. Y, por último, cabe la posibilidad de que comprendiera que, por joven que fuera, su tiempo había pasado. Que él era un ilustrado del antiguo régimen que creía en la razón y la ligereza, y no un romántico desmelenado. Que le sobraba talento para el coro patriótico, el drama de acción y la tragedia desaforada. Que podía adelantarse a Verdi y seducir a Wagner. Pero que, después de todo, ese no era el estilo de un creador como él, racionalista, vital, pero poco amigo de los desbordes sentimentales.

La Academia Rossiniana de Pésaro, entre otros cometidos, se encarga de depurar el inconfundible estilo de canto apropiado a la obra del maestro. Rossini es un autor difícil, pero no porque requiera una potencia sobrehumana, sino porque exige inteligencia, que es una cualidad más infrecuente. De Rossini se dijo que “adornaba” en exceso sus obras. En realidad, lo que sus detractores llaman “adornos” son matices, fantasías y golpes de ingenio que demandan una agilidad que no está al alcance de cualquiera. El tenor peruano Juan Diego Flórez se ha convertido en emblema del Pésaro rossiniano desde que, como en las películas, a los 23 años hiciera su debut estelar al sustituir al cantante titular que había enfermado. Desde entonces, de aclamación en aclamación, hasta la actualidad en que ejerce de director artístico del festival.

Queda por reseñar la fundamental aportación de Rossini a la unidad europea. Una aseveración que parece exagerada, pero que va en serio. Con su vehemencia habitual, en el prefacio a su Vida de Rossini, Stendhal escribió: “Desde la muerte de Napoleón ha aparecido otro hombre del que se habla todos los días en Moscú y en Nápoles, en Londres y en Viena, en París y en Calcuta. La gloria de este hombre no conoce otros límites que los de la civilización”. Lo de Calcuta es una hipérbole, pero el resto es ciertísimo. El culto a Rossini unió a las principales capitales europeas, incluidas las españolas. Sus óperas trazaron una red de afinidades, un sustrato, un consenso cultural sobre el que se ha construido la unidad del continente. Es una convicción que me acompaña desde que ejercí como corresponsal de ABC en Bruselas. En aquellos tiempos, los del lanzamiento del euro, los consejos europeos tenían algo de concertante rossiniano, en el que cada país expresaba su desconcierto y, en el caos de sus voces, todos acababan poniéndose de acuerdo. Aunque Orlando Figes ha abordado el asunto en su excelente libro Los europeos aún está por escribirse la historia de cómo los recitales de Rossini, las óperas de Verdi y las giras internacionales de Liszt, Chopin o Berlioz tejieron la sensibilidad sobre la que el Viejo Continente ha tejido su unidad.

Y luego está la ciudad. Pésaro, ya está dicho, no es Bayreuth ni Salzburgo. Pésaro es, ante todo, una ciudad para las vacaciones de la clase media italiana, una localidad de playa, chiringuito y karaokes al aire libre. Una urbe bulliciosa, de padres que se tuestan por las mañanas y de adolescentes que se inician en los misterios de la vida al declinar el día. Una ciudad de horarios europeos, en la que se almuerza a las 13.00 horas, se cena a las 19.30, y a las doce de la noche (casi) todo el mundo está en la cama. El arrebatado Stendhal hizo la siguiente descripción de la región que vio nacer a Rossini: “Aquí –escribió– se reconoce la cuna de la civilización. Aquí, durante cuarenta siglos, los hombres se dieron cuenta por primera vez de que era placentero dejar de ser feroces. La dulce voluptuosidad los civilizó; descubrieron que amar es mejor que matar (…) Como el gobierno papal no pide a sus súbditos más sumisión que pagar los impuestos e ir a misa, deja en circulación mucho “peligro”. Cada cual es libre de hacer y decir cuanto se le ocurra para su felicidad particular, consista esta en envenenar a su rival o en adorar a su amada”. La verdad es que poco ha cambiado desde entonces.

En la dulce voluptuosidad de la playa leí una patriótica columna del Corriere della Sera en la que su autora reflexionaba sobre cómo se ha apagado el estado de ánimo de los alemanes en los últimos años. Antes, para los germanos las vacaciones fuera de su país eran una emocionante aventura en la que por unos días se zambullían en el caos de sus vecinos para regresar después con el alma reconfortada al orden de la patria. Ahora, los alemanes vuelven a casa con la depresión de haber constatado cómo los países bálticos les superan en tecnología, los chinos venden más coches que ellos y los trenes italianos tienen menos retraso que los suyos. El nuestro, el Flecha Roja, hizo el trayecto Bolonia-Pésaro con un retardo de veinte minutos. Algo habíamos ganado porque en anteriores ocasiones la dilación no bajaba de media hora. Más dramático fue que, justo un día después de la lectura del artículo, una avería en el acquedotto (la “moderna” conducción de aguas) dejó a la ciudad sin el líquido elemento durante ¡cuarenta y ocho horas! e impregnada a media noche de un inconfundible olor a amoniaco. Para ser justos habría que puntualizar que el otro acquedotto, el que construyeron los antiguos romanos, siguió funcionando con la misma seriedad con que lo viene haciendo desde hace más de veinte siglos, pero como su capacidad es limitada apenas dio para que las duchas de la playa funcionaran durante un par de horas. El incidente al menos habrá servido para que los alemanes no se depriman y, al regreso de sus vacaciones, respiren aliviados por el regreso al orden tras sus imprevisibles aventuras en el sur de Europa. No se puede tener todo en esta vida. Grandes artistas, deslumbrantes monumentos, bellísimos panoramas, playas, pizza, rigattoni, frittura mista di pesce y simpatiquísimos paisanos. Que menos que, para compensar, suframos una caótica avería de vez en cuando. La historia del acquedotto daría para una larga crónica, y el periódico regional, el Corriere Adriático, dio cuenta del percance, pero los dos grandes diarios de referencia, Corriere della Sera y La Reppublica, no le concedieron ni una línea. Imagino la escandalera que se habría promovido en España si, por poner un ejemplo, Denia y todas las localidades de sus alrededores en un radio de treinta kilómetros se hubieran quedado sin agua durante más de 48 horas el 15 y 16 de agosto. La vocación regional de la prensa italiana –para el Corriere el país empieza y acaba en Milán; para La Repubblica, en Roma– y su tendencia a no buscarse líos con la autoridad competente tal vez expliquen el fenómeno. O quizá es que, desde la caída del viejo imperio, este país ha aprendido a sobrevivir entre la genialidad y la chapuza. O que nosotros nos pasamos de impacientes…

No importa, volveré a Pésaro. Creo que me he contagiado del estoicismo italiano. Pienso en Wagner, y en cómo revolucionó el teatro. Gracias a él, hoy asistamos al espectáculo con las luces apagadas y el acuerdo tácito de no levantarse a mitad de la función para chismorrear con los vecinos. Para romper con el viejo orden, Wagner también eliminó el pasillo central y las hileras de palcos. Más sádico fue su empeño en sentar a los espectadores en duras butacas de madera sin la menor clemencia por las espaldas y posaderas del melómano. Claro que es fácil averiguar por qué lo hacía: para que el público no se durmiera con las luces apagadas mientras Parsifal sostiene la nota durante quince minutos sin respiro. Rossini es más clemente: nos concede el descanso de una butaca acolchada, pero nos mantiene despiertos a fuerza de sobresaltos, cavatinas, cantábiles, golpes de ingenio y sorpresas para todos. Así que me quedo con Pésaro y sus barberos rossinianos y acquedottos averiados cuando menos te lo esperas.

 

Solo unas cuantas informaciones adicionales:

El aeropuerto más cercano a Pésaro es el de Bolonia; desde aquí el tren Flecha Rossa tarda una hora cuarenta, más los rigurosos veinte o treinta minutos de retraso. Entre la llegada al aeropuerto y la salida del tren hay que pasar tres horas largas en la cantina o en la sala de espera. Los trenes de cercanías que parten cada media hora no son recomendables porque paran cada diez minutos y dan unos tremendos rodeos.

—Puesto que hacemos escala en Bolonia sería imperdonable no pasar uno o dos días en esta bellísima ciudad. Desde Pésaro se puede viajar a Urbino en autobús de línea (una hora) o taxi (quince minutos). El duque Federico Montefeltro, sanguinario guerrero y devoto amante de las artes, soñó con la urbe perfecta, y en Urbino casi lo consiguió.

—Conviene reservar el hotel con antelación porque el festival se celebra en el ferragosto, con llenos del cien por cien. Muchos de los establecimientos hoteleros son vetustos inmuebles con unos cuantos años encima, pero debidamente modernizados. Trato familiar y simpático.

—La mayoría de los restaurantes echan el cierre hacia las once de la noche. Si el espectáculo se prolonga, es recomendable acudir a Donna Maria, que acoge a trasnochadores y público del festival. No es el restaurante más selecto de Pésaro, pero es de calidad probada, sus camareras nunca pierden el buen humor, son diligentes para aligerar la espera, y uno puede encontrarse al gobernador de Corintio en vaqueros y dando cuenta de un plato de rigattoni.

—Las playas italianas están colonizadas por los negocios de alquiler de hamacas, que cargan unos precios un tanto onerosos. Podría decirse que están privatizadas; si no alquilas hamaca no tendrás playa. El sistema es cómodo para gente de mi estilo, que prefiere el chiringuito a la arena y el aperol al agua salada, pero no estoy seguro de que les agrade a mis compatriotas.

—El festival, además de las óperas, programa numerosos conciertos, recitales, el Stabat Mater y una matinal de El viaje a Reims a precios populares con puesta en escena minimalista de Emilio Sagi y tan jóvenes como virtuosos intérpretes.

—He escrito estas líneas con pesaroso cargo de conciencia, porque nada me desagradaría más que Pésaro se convirtiera en un parque temático. Si el lector se decide por Rossini y los riesgos del acquedotto, guarde el secreto. No se lo cuente a nadie. No se le ocurra presumir de sus melómanas vacaciones. Quede esta reseña entre nosotros.

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