«Safo», decadentismo pop

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Los no muy abundantes datos que se conservan sobre Safo de Mitilene señalan que vivió en la isla de Lesbos hace dos mil seiscientos años. Cualquier búsqueda sobre los grandes poetas griegos de la antigüedad la sitúa entre los nueve autores más destacados del periodo clásico, y Dionisio de Halicarnaso, profesor de retórica en Roma en las últimas décadas del siglo I a. C., la señala como la más significativa exponente de la poesía lírica griega. Lamentablemente, en 1073, el papa Gregorio VII, canonizado a principios del XVII por la iglesia contrarreformista, ordenó quemar los nueve libros en que se conservaban las composiciones de Safo por considerarlas pecaminosas. Menudo ceporro, permítanme el desahogo, por muy santo padre de la iglesia que fuera y por muy tiesas que se las tuviera con el rey francés Enrique IV para preservar la independencia del papado romano. Otro dato que no me resisto a comentar: fue este papa quien en 1074 instituyó la obligatoriedad del celibato de los sacerdotes, norma que, como se sabe, aún perdura casi novecientos cincuenta años después.

Natalia Huarte (izquierda) y María Pizarro flanquean el ataúd en que reposa Christina Rosenvinge como Safo. Detrás, de izquierda a derecha, Juliane Heinemann, Irene Novoa y Lucía Rey (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

 

En “El último poema de Safo”, un muy interesante artículo aparecido en la revista Letras Libres (31 de julio de 2006), Carlos García Gual comenta la publicación en el Times Literary Supplement por parte de Martin West de un poema desconocido de la poeta griega (en realidad, la reconstrucción de un poema entero a partir de dos fragmentos) y señala que “si bien en las ediciones actuales se dan numerados hasta 264 fragmentos de Safo, muchos de ellos son mínimos y sin ninguna palabra original; sólo 63 preservan alguna línea completa; sólo 21 tienen alguna estrofa; y sólo tres nos dan un poema entero. Bueno, ahora con éste, que yo llamaría Resignación, ya son cuatro”. 

Parvo legado que, pese a todo, da idea de la grandeza literaria de la autora, cuya vida y leyenda se han entremezclado convirtiéndola en mascarón de proa del amor homosexual entre mujeres o en prototipo del romántico suicidio, que la quiere despeñada al mar desde la roca Leucade a causa del desengaño sufrido por el rechazo del bello Faón, improbable episodio desmentido por algún poema en que canta la belleza de la juventud desde la vejez, lo que no fue óbice para que Ovidio lo diera por cierto en una de las cartas de amor de sus Heroidas. Ya en el siglo XIX, este «suicidio» la convirtió en protagonista de la ópera Saffo (1840) de Giovanni Paccini, de uno de los Cantos de Leopardi y de algunas pinturas de decadentista aliento neoclásico; por esa época también inspiró en España composiciones de Carolina Coronado, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Rogelia León y Maria Rosa Gálvez. El descubrimiento de nuevos papiros en el siglo XX hizo que Hilda Doolittle (conocida literariamente por sus iniciales H. D.) y Ezra Pound revalorizaran la obra de Safo, situándola en el centro de la corriente imaginista. Una compilación rigurosa y documentada de sus poemas, Poetarum lesbiorum fragmenta, contribuyó a que desde 1955 se tenga una imagen más fidedigna de la Safo escritora. 

Christina Rosenvinge en la piel de Safo (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

Muy popular, celebrada y respetada en su tiempo, hay quien asegura que se casó con un acaudalado negociante de Andros con el que tuvo una hija, Cleis, y que pronto la dejó viuda; en cualquier caso, fue una gran poeta que introdujo en sus versos el personalísimo yo subjetivo, cantó a los goces de la vida y el fervor por la belleza, reflexionó sobre el paso del tiempo, se sumergió en las múltiples facetas de la pasión amorosa, creó la estrofa denominada sáfica e inventó el plectro, una púa para tañer su lira; también fue profesora de una corte de muchachas de la buena sociedad de Lesbos y, a tenor del contenido de varios de sus poemas, parece que se enamoró de algunas de sus discípulas. No es, pues, una desconocida esta poeta de Lesbos que centra el espectáculo Safo, estrenado en el 68 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Un trabajo a seis manos entre Christina Rosenvinge, encargada de la parte musical y las canciones, Marta Pazos, directora y escenógrafa, y María Folguera, dramaturga. 

Y subrayo lo de que no es una desconocida por la tenue retórica victimista que esconde esta propuesta y porque en la rueda de prensa posterior al estreno Marta Pazos aseguró que la intención última del montaje es dar a conocer a la poeta griega. Si Safo es una desconocida, ¿qué decir de Telesila de Argos, alabada por sus contemporáneos y de la que se dice que comandó la escuadra femenina que combatió con fiereza a las tropas invasoras espartanas; Corina de Tanagra, que compitió con Píndaro en sus odas a los atletas; Femónoe, a la que se otorgó origen mitológico por considerarla hija de Apolo y a la que se atribuye la creación del hexámetro; Nossis de Locris, que encontró en Safo inspiración para sus epigramas; Elefantis, que cultivó la poesía erótica y, al parecer, escribió varios manuales sobre sexualidad, cosmética y métodos abortivos; Hédile, hija de la también poeta Mosquine; Praxila, parodiada por Aristófanes e inmortalizada en bronce por Lisipo; Mirtis de Antedón, maestra de Píndaro; Erina de Telos, a quien algunas fuentes la hacen coetánea y pareja de Safo (en 1864, el prerrafaelista Simeon Solomon las pintó en una escena íntima); Ánite de Tegea, que dirigió una escuela de poesía en el Peloponeso; Cleobulina o Eumetis, hija de Cleóbulo de Lindos, uno de los siete sabios de Grecia, y experta en acertijos, o de la enigmática Aristodama?

Lucía Bocanegra, toda una Afrodita, entre Natalia Huarte (izquierda) y María Pizarro (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

Disculpen si me pongo muy pesado; todos esos nombres de apasionantes resonancias y escasísimos datos, encontrados tras ramonear por las amplias praderas de internet (no soy ni por asomo un erudito), ilustran la cantidad de autores de los que se conservan apenas alguna referencia, fragmentos dispersos o citas en obras de otros escritores. Un sino de la cultura de la antigüedad y tiempos más recientes. Afortunadamente y aunque se haya preservado más o menos solo un diez por ciento de los diez mil versos que se supone que escribió, no es el caso de Safo.

Cuando comencé a escribir este texto ya demasiado largo, me proponía comentar el espectáculo mencionado y, como me suele pasar, me disperso; en esta ocasión me he ido por los cerros de Lesbos. Así que excusen mi verborrea pedantesca. Me pongo a ello. De poema visual, musical y escénico califican sus creadoras esta iniciativa que viene a ser algo así como un concierto de tono didáctico, hagiográfico y celebratorio ilustrado por pasajes dramáticos de texto entre canción y canción de Rosenvinge. Un montaje entretenido y bonito en ocasiones, salpicado de desnudos femeninos y más bien liviano, pues, aunque las canciones recogen textos de Safo, no se profundiza en la rica sensibilidad erótica de la griega, en sus hermosas imágenes o en la hondura de sus reflexiones sobre el paso del tiempo. Es un compendio de celebración lésbica en el que se da una colleja a Ovidio por haber popularizado la leyenda del falso suicidio por Faón, se canta a Afrodita, diosa propiciatoria de la poeta, que le dedicó un bellísimo himno que se conserva completo, hay combates amorosos cuerpo a cuerpo, luces estroboscópicas y un copioso arsenal simbólico vegetal: lechugas, flores, sandía… integrado en la propuesta escénica de Marta Pazos, cuya escenografía reproduce el frontis del escenario del teatro romano de Mérida aunque empaquetado por una lona de color rosa en una especie de homenaje al artista Christo. Y es que en la paleta cromática de Pazos son habituales diversos tonos del rosa, patente también en espectáculos como su deslumbrante puesta en escena de la lorquiana Comedia sin título o su original aproximación a Sueño de una noche de verano de Shakespeare con su compañía Voadora.

Safo fue muy popular pues, entre otros aspectos, era habitual que compusiera poemas para ser cantados en fiestas nupciales. En este montaje, “La canción de bodas” es uno de los momentos más animados y coreados por el público en contraste con el tono melancólico y ciertamente lánguido del resto de las composiciones que Christina Rosenvinge interpreta de manera casi hierática. La alegría del epitalamio se contrapone con la imagen final de la novia, a la que le van colocando pedazos de una armadura que le dificulta los movimientos, imagen del matrimonio como lastre inmovilizante según parece transmitir este episodio.

Natalia Huarte hace de una sandía metáfora del sexo femenino (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

Safo, interpretada por Rosenvinge, aparece en escena minutos después de comenzado el espectáculo en un ataúd transparente, lo que anticipa la intención de resurrección o recuperación que impregna el conjunto, signado por la evocación agridulce del esplendor de un tiempo pasado y tal vez perdido, de una nostalgia por lo que fue, que se extiende también a la contundente iluminación de exaltación mediterránea que propone Nuno Meira y los figurines de Pier Paolo Alvaro, deudores de los cuadros de pintores como Lawrence Alma-Tadema, Frederic Leighton, el citado Solomon, John Willliam Godward y diversos miembros de la Hermandad Prerrafaelita. Una elección estética que marca el carácter global de un espectáculo que bien podría calificarse de decadentismo pop.

La mezcla de intérpretes musicales, comandadas por la segura Irene Novoa, bailarinas y actrices se complementa en un todo homogéneo y festivo, con mención especial para la claridad, la firmeza y la alegría que transmite Natalia Huarte, tanto en el acento íntimo como en el orgiástico, la rotunda y versátil presencia de María Pizarro, y el encanto de Lucía Bocanegra, que emerge desnuda de la espuma de una bañera transfigurada en la mismísima Afrodita. Como es de rigor, el público, que llenaba casi la mitad del recinto, aplaudió calurosamente a las oficiantes.

P.D.: La programación de Safo y el Julio César argentino que abrió esta edición del Festival de Mérida, con actrices interpretando los papeles masculinos y viceversa, da la impresión de ser una decisión estratégica en sintonía con las fiestas del Orgullo Gay, me parece a mí. Dicho queda. 

 

Título: Safo. Autoras: Christina Rosenvinge, Marta Pazos y María Folguera (inspirado en poemas de Safo). Dirección y escenografía: Marta Pazos. Dirección musical y canciones: Christina Rosenvinge. Texto: María Folguera. Coreografía: María Cabeza de Vaca. Iluminación: Nuno Meira. Vestuario y caracterización: Pier Paolo Alvaro. Sonido: Dany Richter. Coproducción: Festival Internacional de Teatro de Mérida, Teatre Romea y Grec 2022. Dirección de producción: Maite Pijuan. Intérpretes: Christina Rosenvinge, Irene Novoa, Julianne Heinemann, Lucía Bocanegra, Lucía Rey, María Pizarro, Natalia Huarte y Xerach Peñate. 68 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Teatro Romano de Mérida (Badajoz). 6 de julio de 2022.

Juan Ignacio García Garzón es uno de los nombres que me habitan (o que habito, vaya usted a saber). Como tal espécimen, nací y vivo en Madrid, donde ejerzo la profesión periodística desde hace más de tres décadas, que ya son años. En tiempos pretéritos trabajé en Radio Exterior de España (RNE), la Agencia EFE y la cadena radiofónica COPE, no simultáneamente. En el diario ABC, he sido redactor jefe de la revista dominical Blanco y Negro, las secciones de Cultura y Espectáculos, y su suplemento cultural, además de crítico teatral.   He publicado dos libros biográficos: “Lola Flores. El volcán y la brisa” (2002 y 2007), y “Paco Rabal. Aquí un amigo” (2004), con el que obtuve el II Premio Algaba de Biografías, Autobiografías y Memorias, y el volumen de análisis cinematográfico “Cary Grant. RKO Films” (2009), además de alguna otra cosa sobre cine y teatro que se hace fatigoso enumerar. En 2009 fui agraciado con el premio Ciudad de Alcalá en su modalidad de Periodismo, que lleva el nombre de "Manuel Azaña", por el artículo “Si Hamlet fuera mujer”, publicado en ABCD las Artes y las Letras.   A veces, aunque hace ya tiempo que se hace el remolón, me visita un tipo que escribe poesía y firma como Juan Garzón. Pese a su ánimo remiso, este holgazán de la escuela Bartleby ha publicado cuatro libros de poemas: “Ejercicios de estilo” (1979), “Figuras y descripciones” (1984), “Imán” (1989) y “Principio de viaje” (2000).

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