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Sociedad del espectáculoLetrasSaint-John Perse mar adentro. Escribir para vivir mejor

Saint-John Perse mar adentro. Escribir para vivir mejor

Saint-John Perse

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Releer al poeta Saint-John Perse al tiempo que todos los textos complementarios (cartas, críticas, testimonios, documentos) que aparecen en la edición de sus Obras completas en la Pléiade es una aventura doble porque nos acerca a la obra y al autor como ficción, o mejor dicho, como resultado de la vocación de obra. También he transitado por los libros de Roger Caillois, Maurice Saillet, Alain Bosquet, y el erudito de Mireille Sacotte sobre el poeta y sobre el hombre. Más: todo lo que se puede fisgonear a través de google: mapas de las Antillas, fotos antiguas, ediciones diversas y raras del raro poeta antillano, alguna película de pocos minutos donde se le ve recogiendo un premio o bien con su mujer, Dorothy, en su casa del sur de Francia, donde lo podemos observar dando unas carreritas para subir las escaleras del jardín, tratando de exhibir un aire joven en la senectud. Había leído a Perse de muy joven, en las ediciones argentinas, inexactas, como todas, pero buenas, sobre todo las traducciones del colombiano Jorge Zalamea. Luego, a lo largo de muchos años, siempre lo releí, habitualmente de manera fragmentaria, sin voluntad de estudio o de investigación. Es decir, que en cierto modo conocía lo esencial: el poema, pero de esa forma que a veces conocemos a un amigo, disfrutando de su presencia, pero no sometido a una observación como un sujeto/objeto de mi reflexión. Cada vez que nos acercamos a un poema de manera inquisitiva, para preguntarnos cómo es y qué hay en él, acabamos preguntándonos por lo que sucede dentro de nosotros. El poema como objeto es un pez vivo que lucha por escaparse, sumergirse de nuevo en las aguas cuya materia es, en realidad, nosotros mismos. Pero hay un autor (al menos) para cada obra. Y yo apenas sabía de Perse lo que contaba él mismo en la cronología de la Pléiade.

Una vez que comienzas a saber algo de la vida y modos de Perse no es raro que suscite un interés detectivesco, y hay que tener cuidado para no proyectar ciertas debilidades y supercherías de su vida y personalidad en sus poemas, o bien exigencias de coherencia y unidad que debemos dejar para la ontología de Platón. Porque su poesía, más allá de las reservas que podamos tener ante este o aquel extremo, sobre todo por sus caídas en arcaísmos retóricos es una obra altamente lograda, y esto la clausura ante toda tentativa de explicarla o reducirla a la anécdota, el supuesto perfil psicológico o las maniobras y estrategias del autor. También es cierto, en cuanto a los aspectos retóricos, que algunos momentos originales y logrados de manera rotunda le vienen de la apropiación creativa de esos predios retóricos, que, hay que aclararlo, alguna vez, en su origen, tuvieron vivacidad.

 

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“Yo no soy un escritor”, le dice Alexis Léger a Gastón Gallimard en una carta del 2 de abril de 1924. Desde muy joven, el poeta manifestó el deseo de usar un pseudónimo para firmar sus poemas, incluso sus tempranas críticas musicales, donde aparece ya un “Saint Léger Léger”. Quien afirma que no es escritor en una carta a su editor, dándole indicaciones además de que no añadan en la publicidad ningún comentario sobre su poesía o sobre su persona, dedicó toda su vida a escribir, salvo un largo periodo de vida diplomática destinado con diversos cargos, el último como secretario general, en la Quai d´Orsay, París. Perse, uno de los poetas del siglo XX que más han exaltado la posición central del poeta, quiso deslindar de manera tajante su figura civil del autor de los poemas. La alianza del poeta a la poesía postula en su caso la existencia previa del poeta, que nunca podrá reducirse a sus poemas, porque cada poema es una obra inacabada de una actitud y condición inherente al poeta. Pero la identidad llamada poeta deviene de los valores de la poesía, no del desenvolvimiento estricto de su biografía personal. Al igual que Marcel Proust, podría haber escrito un Contre Saint-Beuve, un revés a la poética de la lectura de gran crítico del XIX, que iba de la obra a la vida del autor, como si este fuera un informante o una continuación de la misma. Las razones de Perse estaban profunda y coherentemente apoyadas en una concepción de la poesía y del poeta; pero es evidente también que formaban parte de su peculiar psicología y biografía. Por otro lado, lo cierto es que a “Saint-John Perse” solo le ocurrió la poesía que conocemos bajo su autoría: toda su vida está en ella. Pero siendo esto una verdad que, en rigor, es incuestionable, también lo es que el mismo Alexis Léger otorgó a “Perse”, al llevar a cabo sus Obras completas para la Pléiade, un desenvolvimiento biográfico que sin duda le pertenecía a él, Alexis Léger: familia, estudios, viajes, puestos diplomáticos, afinidades y diferencias, testimonios históricos…

Nacido el 31 de mayo de 1887, en Pointe-à-Pitre (Guadalupe), esa isla de la atomizada cauda antillana, espacio favorable al rigor de los huracanes, hijo de franceses erradicados en Guadalupe (su abuelo Léger, notario, llegó a la isla en 1815), vivió en Pau desde marzo de 1899, donde realizó sus estudios de bachiller, y más tarde en Burdeos llevaría a cabo estudios de derecho (1904-10), pero también hizo algunos cursos de filosofía, antropología y etnología. El maremoto que causó cuarenta muertos y numerosos heridos, sobre todo en Pointe-à-Pitre, sucedió un par de años antes de la partida de la familia para Francia. Por otro lado, desde niño tuvo gran afición a la música, estudió violín y soñó con ser compositor, pero su padre, pensando que se perdería para un futuro próspero, le retiró de los instrumentos. Hay que señalar también la muerte de su padre a comienzo de 1907, dejándolo a él como cabeza de familia, lo que le condujo a dedicar una gran atención a la administración de la discreta pero suficiente herencia. La figura de su madre, Renée Dormoy (1864-1948) es de una importancia enorme en su vida, y hoy contamos con un testimonio de gran sensibilidad y emotividad, una larga carta en la que Perse, desde Estados Unidos, sabiendo que su madre va a morir en unas semanas, le escribe a su cuñado lo que representa ella para él. Es una de las grandes cartas filiales de que disponemos de un escritor. Perse le atribuye a su madre todo lo mejor suyo. En su exilio americano, a los pies de su cama tenía una foto de su madre (auprès de moi, solitaire, una présence vivante: la meilleure que j´ai jamais portée en moi). Al parecer nunca hubo foto de mujer (salvo esta, materna) en su dormitorio, pero sí muchas mujeres en su vida, porque fue un hombre capaz de pasión y de enamoramiento, aunque no se casó ni convivió con ninguna mujer hasta los setenta años.

Perse fue estudioso desde niño, pero no un ratón de biblioteca, tampoco un gran lector de novelas (leyó pocas a lo largo de su larga vida). No le interesó el teatro ni las artes plásticas y del cine solo los westerns, donde la epopeya o el desafío solitario enlazaban con su imaginario. En las fotos siempre le vemos hierático, posando. De mediana estatura, parecía buscar una presencia mayor. Usó pajarita toda su vida. Amó el mar y la geografía atlántica y del Pacífico, y decía sentirse extraño al mediterráneo, aunque eligió vivir a su vuelta del exilo en la Costa Azul. Tuvo pasión por la escritura, en el sentido manual del término, y escribía siempre con grafías estrictas, formales. Más que las flores, amó los árboles y la vegetación. Y siempre el mar, los barcos. Los barcos como instrumentos para surcar las aguas, no en sí mismos, como en Joseph Conrad, escritor al que admiró y con quien tuvo algún contacto.

Muy joven aún, en Pau, conoció en 1902 a Francis Jammes, con quien tuvo gran amistad, y luego decepción. Poeta ya conocido y con relaciones literarias, Jammes le habló de Paul Claudel, y ambos serían amigos. Parece evidente que un trayecto de la obra de Claudel influyó en su futura poesía, aunque Perse era reacio siempre a hablar de influencias. Otros encuentros y amistades decisivas: Gabriel Frizeau (rico, culto y sensible diletante, marcado por la generosidad), François Mauriac, Jacques Rivière, Valery Larbaud, André Gide, Léon-Paul Fargue… La publicación del poema ‘Image à Crusoé’ en la NRF (Nouvelle Revue Française) en agosto de 1909, bajo el pseudónimo que ya había usado para su crítica musical, no pasó inadvertida. Ese poema apareció entre un texto de Émile Verhaeren y otro de Jules Romains. Desde su primera aparición como poeta parecía estar ya allí desde siempre. Pero fue la salida en 1911 del volumen Éloge, que recoge todos los poemas hasta entones publicado, lo que suscita la admiración de otros poetas y su entrada en la poesía moderna francesa. Desde entonces, su destino entre los entendidos es impactante, raro y perdurable, aunque nunca fue un poeta de masas, de recitales. Su poesía fue siempre tan consistente como oscura en muchos momentos y difícil. También es clara y luminosa. No la oscuridad de lo enrevesado, sino la misma que tiene una sima marítima, una tormenta de arena o la noche. En cuanto a su claridad, no es la de lo intencionado, sino la presencia que se impone, incontestable y entrañable.

 

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Éloge es un poemario donde ya está el Perse que luego iba a desarrollar su mundo. Es un momento fractal de su obra. Desde el inicio de su carrera fue siempre el mismo poeta, aunque su obra creciera en complejidad y variedad. Sus inicios no fueron una tentativa o un camino logrado pero abandonado en otras incursiones, como tantas otras obras de valor primerizo en la trayectoria de otros autores, sino un momento de la integridad de su poética. En este libro ya posee determinados aspectos retóricos memorables, y también otros más débiles, cercanos a la declamación, que lo acompañará hasta el final de su obra, como si agitara las manos al tiempo que escribe. Dos grandes poetas con tics tenaces, que me parecen incomprensibles: Saint-John Perse y Juan Ramón Jiménez. Por estas fechas, en lengua francesa se publica Cinq grandes Odes (1911), de Paul Claudel, Les Pâques à New York (1912), Prosa du Transsibèrien (1913) de Blaise Cendrars, Alcoholes (1913) de Guillaume Apollinaire. En inglés, un poco más tarde, en 1917, Pruflock, de T. S. Eliot. En legua española aún no se había dado una fuerte reacción antisimbolista, como sucedía en Francia, o en Rusia (el caso central de Maiakovski, alejándose, además, de la tendencia intermedia, la de los magdeistas), salvo si pensamos en Vicente Huidobro a partir de 1916. Juan Ramón Jiménez y Manuel y Antonio Machado, herederos en parte de Verlaine y otros simbolistas, se deslizan, en el caso de los Machado lentamente, hacia una poesía realista, sin los elementos evocadores de atmósfera y sugerencia metafórica que habían signado sus primeras obras y que en Jiménez perduró, con aspectos esteticistas propios del modernismo, casi hasta los años cuarenta. Pero Antonio Machado, en el París de 1911, está obsesionado con la tradición del romance, asistido por la poesía renacentista de Berceo y Manrique, e inicia ese largo poema, ‘La tierra de Alvargonzález’, que será publicado dentro del volumen Campos de Castilla en 1912.

Hay que pensar que Eliot, Perse, y también José de Vasconcelos y Victoria Ocampo, el 29 de mayo de 1913, están en la premier de la Consagración de la primavera, de Igor Stravinsky, en el teatro de los Campos Elíseos. Ninguno de ellos se conocían entre sí, y todos, a su manera, se sentían desvelados por la modernidad. Ellos fueron de los entusiastas, no de los que abuchearon y patalearon contra la novedad de Stravinski.

 

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Es cierto, Perse no fue un vanguardista, ni pretendió serlo, no está signado tampoco por lo que en la tradición inglesa se denomina modernism. Es un caso (y un ejemplo) curioso y raro en la poesía del siglo XX: como a Antonio Machado, le atrae la épica, aunque no la anécdota moral cara al sevillano. Pero de nuevo hay una diferencia: en Perse la épica afecta al hombre como totalidad y hasta la naturaleza misma está recorrida por esa visión; además: no hay un personaje egregio, un pueblo y sus hazañas o heridas, sino poblaciones, hordas, grupos, gente en marcha. La figura epónima de esa épica es curiosamente el Extranjero, a su vez investido de la fatalidad de la errancia, el poeta mismo: la voz que sostiene el himno, el testigo de una naturaleza e historia sin destino, pero no por ello un mundo extraviado, porque todo lo que sucede en la obra poética de Perse, de la soledad a la comunión, de la destrucción de ciudades y muertes al nacimiento y fundación de pueblos, desde los huracanes y grandes tormentas a la eclosión silenciosa de una flor, está sumido en una afirmación vital inherente al cuento y canto del poema. El mundo parece existir, o existe realmente, gracias al poema: un acto de creación desde un margen radical encarnado en la figura, irreductible a la historia y a la biografía, del poeta.

Creo que si queremos pensar en un poeta cercano a Perse en español hay que leer al primer Jorge Guillén, al autor de Cántico, pero es cierto que los parecidos tienen que ver con la visión vital y filosófica de ambos, porque sus modos estéticos, con todo lo que significa, lo separan. La afirmación de Guillén de que el mundo está bien hecho, que le costó algunas reservas y críticas, creo que no es una noción moral, sino que en cierto modo trasciende la moralidad y afirma el mundo en la poesía, porque ésta abraza las experiencias y contenidos opuestos, disímiles. Hasta aquí, creo, las afinidades, que no semejanzas. Los modelos más cercanos de Éloge y sobre todo de Anabase (1924) están en cierto Rimbaud, en Claudel, en Victor Segalen (la primera edición de Stèles, Pekín, 1912; segunda y definitiva, París, 1914), en algunos modos de Valéry, en procedimientos, aunque controlados en su caso, propios del surrealismo, y, por otro lado, en el teatro clásico griego y en obras de géneros y disciplinas diversos como la crónica, la etnología, la botánica…; además de libros sagrados, fundamentalmente la Biblia, de la que extrae numerosos aspectos poéticos, retóricos o documentales en función de su propia mitología poética, marcadamente pagana. Estas similitudes y miríadas de fuentes en realidad fueron resueltas muy pronto en una obra que solo es de Perse, además del hecho de que su obra supone una novedad hasta cierto modo extraña, opuesta a las búsquedas centrales de la poesía occidental de entonces, y también a los modos de la plástica (sobre todo del cubismo, el futurismo, la abstracción y el expresionismo abstracto, todo ajeno a su obra). En Perse la figura del hombre está completa: ni las ideologías del siglo ni las fascinaciones estéticas ávidas en sus extremos de descoyuntamientos y no digamos de abstracción, tuvieron cabida en la obra de Perse.

Pero vuelvo al simbolismo un momento: Perse amaba profundamente la poesía simbolista, la obra de Mallarmé, y de hecho ciertos procedimientos esenciales del simbolismo son caros a su producción, me refiero al uso que hace de los sonidos de las palabras, de las rimas, ecos, resonancias… desplazando su significado para sugerir la visión de algo, una cosa o un proceso. No un nombre directo sino escanciado de manera muy personal, a veces a lo largo de muchas páginas, en unos juegos semánticos y fónicos, no exentos de hermetismo, pero que tienen por fin un enriquecimiento de la experiencia sensible llevando el lenguaje a una simbolización estructurada por las relaciones internas, musicales, y que, sin nombrar, designan bajo el aliento de la sugerencia. No niega el simbolismo, sino que aprovecha sus logros y recursos para decir de otro modo y otra cosa.

 

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Antonio Machado, cuya presencia aquí no se justifica solo por lo anecdótico, siguió un camino ajeno a la modernidad –pero no a la poesía– que le llevaría a sus grandes heterónimos, Abel Martín y Juan de Mairena, que sí son modernos en el sentido de que se plantean y encarnan aspectos esenciales del siglo XX. No fueron seudónimos de Machado sino personajes suyos que le permitieron expresarse de manera más completa. Abel Martín y Juan de Mairena dijeron lo que Antonio Machado, desde su nombre civil, no podía decir; fueron máscaras favorables, personajes de una sola identidad heterogénea. Perse tampoco fue moderno, en el sentido en que lo fueron Apollinaire, Reverdy o los surrealistas, y, entre nosotros, Huidobro o el Lorca de Poeta en Nueva York (escrito en 1929 y publicado póstumo en México en 1940). Y pensando en un coetáneo inglés de Perse: Anabase (traducido por Eliot con gran admiración) es lo opuesto a The Waste Land (1922), obra míticamente moderna, emparentada con procedimientos de la inaugural Ulysses de Joyce. Incardinadas de modos distintos en la corriente creativa del siglo XX, ambas obras son hijas de su tiempo y lo trascienden. La crisis del poema de Eliot abarca su visión de la humanidad, desde la religión a la Historia, además de que podemos vislumbrar, en el ensamblaje de voces que constituyen la voz del poeta, hendida de ironía, una suerte de desgarro fijo, y una angustia religiosa. En Anabase la afirmación opera como la melodía en un mundo de cambios que más que a la Historia parecen sumirse en el mundo natural, que no excluye al hombre.

Anabase está compuesto por diez cantos jalonados de dos canciones. Es una obra poco extensa, a diferencia de Mares y vientos, obras posteriores que son de gran envergadura. Es el primer libro que aparece ya con su seudónimo definitivo. Se hace evidente en él la presencia del mundo chino y buena parte del poema fue escrito en Pekín. Sus cabalgatas por el desierto del Gobi, al parecer no tan extensas como su imaginación afirma, el pequeño templo taoísta donde pasaba semanas, tampoco tan aislado como quiso mostrarnos, y otros motivos biográficos y culturales del mundo oriental aparecen al sesgo, pero no son noticias biográficas en el poema: no es un yo el que habla sino un narrador supraindividual, pensador, conquistador, fundador, poeta, y siempre extranjero. El poeta que se desprende de toda la obra de Perse no pertenece a las Antillas, Francia, Pekín o a la presque isle mediterránea de la etapa última de su vida. No hay duda de que es un poeta de la lengua francesa, y además lo es en profundidad porque ha operado desde una conciencia muy grande de la misma, con particularidades que la hacen difícil de traducir con resultados semejantes en otra lengua. Es cierto que hay una geografía marítima atlántica, y que su mar no tiene las orillas del pino mediterráneo, las aguas azules cantadas por Valéry (de las que tanto disfrutó Perse en su vejez), y también un mundo oriental, pero esas geografías y sus floras y faunas no erradican al poeta, que es, por voluntad y fatalmente, un extranjero capaz de reconocer y reconocerse en su errancia.

Se ha dicho muchas veces: su poesía es una epopeya moderna; pero hay que añadir que su tema no es histórico, salvo si la historia designa la totalidad de la aventura humana: una crónica sin historia, pero llena de ritos, sucesos, costumbres y desenvolvimiento de la vida natural. Se trata de una Historia que estuviera sumida en la Naturaleza, informada de un diálogo incesante signado por la pareja muerte/creación, algo que, con otras características, caracteriza a Cien años de soledad, la novela epopéyica de Gabriel García Márquez. Pero si la Historia está sumida en la naturaleza no es porque esta se anule o se resuelva en ella, sino porque es una respuesta y, en algún modo, una continuación trágica, aunque de ningún modo dramática. Sin embargo, para vislumbrar la dinámica de esa realidad es necesaria la poesía. De ahí la importancia otorgada al poeta por Perse, que no es un “hacedor de poemas” y sí alguien al que se le suponen los dones de la adivinación, la profecía, la celebración y la revelación. No solo existe el poeta inherente al poema, sino el poeta civil, al que no se tiene acceso, pero cuyo orgullo consiste precisamente en su inaccesibilidad, sólo realizable por la asistencia al poema.

Pero el poeta civil no tiene historia, “solo hay historia del alma” (Il n´est d´histoire que de âme, en Exil, V). Hasta tal extremo vivió Perse este aspecto de lo poético, que llevó él mismo a cabo la edición de sus Oeuvres Complètes en la Pléiade (1972), de manera anónima y alterando muchos de los datos y cartas (las dirigidas a su madre desde Pekín, por ejemplo, fueron escritas ad doc…), con el fin de construir una imagen del poeta, no exenta de grandeza, con ausencia de espontaneidad, privada de un contexto que no fuera controlado, hasta cierto punto, por el perfil que siempre quiso dar de Saint-John Perse. En la fecha de la salida de sus Obras completas, tanto su cuñado Abel, tan cercano a toda la historia de la familia (era también su tío), como su madre y el resto de sus hermanas, salvo Marguerite, con quien tenía menos relación, todos testigos de su infancia y de su vida íntima, habían muerto ya, con lo cual el autor podía manejar los datos que le interesaban más o menos a su antojo. El narrador, ensayista y poeta Alain Bosquet, amigo suyo y autor de un estudio pionero sobre Perse, cuenta en La mémoire ou l´oubli (1990) que le expuso sus reservas sobre el volumen de la Pléiade, “enteramente preparado –nos dice– y puesto a punto por Perse: los elementos biográficos –sobre todo de la época de Múnich– son tendenciosos, como sus cartas, sin que él hubiera consultado a sus destinatarios, apareciendo con cortes, omisiones, arreglos que le otorgan siempre un bello rol. (…). Todo en la vida literaria de Saint-John Perse ha sido orquestado por él”. Añado que Perse llegó a publicar en esta monumental edición de sus obras incluso una carta que la destinataria negó haber recibido… Lo dice un escritor que lo admira y lo ha querido, a pesar de sufrir en ocasiones sus altanerías y sus monólogos extremos. Bosquet le preguntó a su esposa, Dorothy Léger, tras el fallecimiento de Perse, por la correspondencia íntima del poeta, a lo que ella contestó: “Mi querido amigo, yo soy de un mundo en el que se queman las cartas”. Conclusión de Bosquet: “No se conocerá nunca de Saint-John Perse sino la pose, la solemnidad, la grandeza estudiada, el mito, la leyenda, la persona privada de sus angustias y su simplicidad”. Conocedor y admirador de su obra, este escritor francés de origen ruso suspira y confiesa, con cierto alivio, que la ósmosis entre la obra y el hombre no es un “soberbio artificio”. Algo más que nos cuenta Bosquet: Perse le pidió que quitara de su libro sobre él toda referencia a Victor Segalen. Lo detestaba, le parecía un poeta libresco, que no “había vivido sus poemas”. En cuanto al temor de Bosquet, no es cierto que nunca se llegaría a conocería a Alexis Léger: por fortuna aparecieron muchas cartas de una importancia reveladora y que sus “angustias y su simplicidad”.

 

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Todos los fragmentos de Anabase están compuesto por estrofas de variada extensión. ¿Prosa poética? Yo diría que no es prosa adjetivada de poesía sino estrofas que van de una línea a trayectos de más de veinte, construidas rítmicamente, con una complejidad que descansa en el verso francés y en otros ritmos suscitados por el poema. Poesía versicular ya presente, aunque con un construcción sintáctica y retórica distinta, en Walt Whitman. Roger Caillois señaló con amplitud en su Poética de St.- John Perse (1953) los elementos formales, tan deliberados y coherentes, minuciosos y sutiles que articulan toda la obra de Perse, plena de enumeraciones y variaciones, de desplazamientos semánticos de un mismo término; ecos y resonancias en absoluto arbitrarias y que pueden establecerse incluso entre libros distintos. En realidad, Perse escribió durante toda su larga vida un solo poema, una poesía en acto, de una coherencia surgida de su propia elaboración, no de un molde informado por una poética o una idea. No hay manifiestos ni poéticas formularias en su obra, pero sí poética implícita en sus poemas.

El título Anábasis alude a una expedición hacia el interior, tanto geográfica como espiritual, y cuando se habla de geografía en Perse siempre surge el mar, a la vez realidad física inagotable y entidad simbólica, como en cierto modo existe en el Valéry más afirmativo. El Mar o el Ser, “una duración que recae interminablemente sobre sí misma”, como describió Cioran en 1960, en un pequeño y memorable texto sobre nuestro poeta. El mar, “una sola y larga frase sin cesura, para siempre ininteligible”, dice Perse. Ese abismo surgido de lo que no se puede comprender, movimiento del universo que nos excede, carece de interrupción, es solo la corriente del Ser, idéntico a sí mismo, la realidad siempre presente y más allá de toda formulación. La cesura en cambio, corte o pausa, permite la armonía, del que surge el poema como acto de celebración y creación que abarca los extremos de la significación y la presencia: elementos indisociables de toda lengua y aún más de la lengua poética. También, y sin desmentir esta dimensión afirmativa, la cesura nos permite ver el mar desde el abismo de la interrupción, desde la percepción lúcida que testimonia “todo lo que falta en cada cosa”, esa “larga frase”, ondulante, terrible y maravillosamente fiel a sí misma.

En 1960 Cioran, con quien tenía alguna amistad –ignoro hasta qué punto– escribió ese texto penetrante y bello sobre el poeta: ‘Saint-John Perse o el vértigo de la plenitud’, del que he tomado la cita anterior. Es raro encontrar algo del pensador rumano exento de vértigo, pero creo que tiene pertinencia, a pesar de que en principio el vértigo parece poco relacionado con nuestro poeta. Perse propone un mundo opuesto al de Cioran. El rumano es un pensador de la negatividad divina, y expresa y atestigua el naufragio tanto como el orgullo del individuo capaz de acoger tamaña ausencia. Perse, por su parte, no es creyente, pero su obra supone una inmensa afirmación. Todo está en ella pespunteada de hierofanías, de dioses, un aliento de alabanza recorre su obra, en la que lo oscuro y lo luminoso, el barro y la transparencia se alían; se trata de una obra ajena a cualquier esteticismo, aunque sea profundamente estética, rítmica: poesía que se busca a sí misma para ser de verdad fiel al mundo.

A veces Perse tiene la voz del profeta, pero Cioran nos señala que “no es como un profeta, sino como un espíritu que recuerda y en el que reminiscencia y presentimiento, lejos de seguir direcciones opuestas, se encuentran y confunden”. Las prerrogativas y atributos de la divinidad están aplicados al mar, de hecho, como dice Cioran con admiración, “hasta en los libros buscará el viento y el ‘pensamiento del viento’, y más que el viento el mar”. El gran escritor que es Cioran nos regala esta imagen del mar que acabo de citar: “una duración que recae interminablemente sobre sí misma”. Al pensador le seduce que el poeta Perse haya “fundado sobre el abismo”. Es curioso que una zona geográfica de la isla de la Guadalupe, que sin duda recorrió de niño, se llame así, L´Abisme. En Perse vio Cioran “una apoteosis de la necesidad y de la expresión”. Al final de su texto lo sorprendemos en una confesión. ¿Por qué le gusta el autor de Anabase? “Hay poetas a quienes pedimos que nos ayuden a decaer, que fomenten nuestros sarcasmos, que agraven nuestros vicios o nuestros estupores. Son irresistibles, maravillosamente debilitadores… Hay otros más difíciles de abordar porque contradicen nuestras amarguras y nuestras obsesiones. Mediadores en el conflicto que nos oponen al mundo, nos invitan a la aceptación, al esfuerzo sobre uno mismo”. Y finaliza: “Si una palabra, una simple palabra sobreviviese a un cataclismo general, ella desafiaría a la nada. Esa nos parece ser la conclusión que el Poema implica y exige”.

Veo en esta imagen de Cioran una alianza algo forzada entre el abismo del pensador rumano y la poesía de Perse. Esta palabra de Cioran es religiosa, por eso puede tener esa potestad ella sola. “Una sola palabra tuya bastará para sanarme”, dijo el centurión a Cristo. Esa sola palabra tiene unos atributos religiosos que no están en el poeta francés. Perse creía que ningún poema era absoluto, y por lo tanto toda poesía es un poema, otro poema. Pero es cierto que atribuyó al poeta los atributos del cronista: el que da noticias del mundo, y con más exactitud lo llama a veces el Contador.

En 1961, un año después que el texto de Cioran, Octavio Paz escribe en París un pequeño ensayo sobre Perse. Hasta donde sé, solo se vieron una vez, en Washington, aunque Perse lo recuerda nada menos que en la cronología de la Pléiade (realizada por él, y no exenta de inexactitudes). Se trata también de un ensayo penetrante y de gran belleza. Hay frases certeras: “El poeta es un historiador que imagina lo que sucede”. ¿Quién es el sujeto de la obra de Perse? “Historia sin personaje porque el único personaje real es un ser sin nombre y sin rostro, mitad carne y mitad sueño: el hombre que somos todos los hombres”. En 1950, en Washington, Perse le dijo a Bosquet: j´ai une visión géologique de l´humanité ou, si vous préférez, du siècle. No comentaré el texto de Paz, solo traeré aquí el final: “La poesía de Perse es un regreso al origen del poema: el himno. Exclamación ante la vida, aprobación del existir, elogio. Poesía que ignora a los dioses pero que se baña en su fuente: Vraiment j´habite la gorge d´un dieu. Nuestra terrible época no solo es duda y negación. Un poeta la acepta en su totalidad. Ningún poeta verdadero es maniqueo. El bien y el mal, el lado opaco y el luminoso no son entidades separadas sino el reverso y el anverso del Ser que es siempre lo mismo –aunque nunca sea lo mismo. El poeta ignora el litigio: su canto es la alabanza”.

Paz también pensaba que la biografía de todo poeta está en su obra, y en su etapa más interesada en el estructuralismo (Lévi-Strauss sobre todo), acentuó aún más la idea de la autonomía de la obra, a la que la biografía pertenecería. No obstante, sabía bien que se puede, cuando tenemos información, documentos, acudir a todos esos textos y testimonios relativos al autor, porque nos pueden ayudar a comprender la obra. Paz estudió a fondo todo lo que se sabía de Juana de Asbaje para comprender la obra teatral y poética de la escritora mexicana. El autor de El arco y la lira afirmó en numerosas ocasiones que su biografía estaba en su obra, y es cierto, y ahí encontramos a un personaje que cuenta sus inquietudes, esperanzas, amores y el desenvolvimiento de muchos aspectos de su vida afectiva e intelectual, incluso política… A Perse, por otro lado, no le gustaba el mundo literario, ni el tipo de actividades a los que los escritores acostumbran a vincularse: recitales, congresos, debates, entrevistas, presentaciones… Je me suis toujours refusé a toute “interview” comme à tout conmentaire personel, escribe en una carta de 1956. No existe una sola entrevista con Perse, salvo una corta respuesta a un cuestionario. Paz, diplomático de carrera como Perse, participó siempre en actos, discusiones, fue ampliamente entrevistado, etcétera. Tuvo en común con el poeta francés la reticencia sobre su vida privada. Se pueden leer los numerosos volúmenes de su correspondencia y solo encontraremos confesiones al sesgo. A veces en las muchas entrevistas que concedió (Perse se negó a ellas), Paz cuenta algo personal sobre sus admiraciones, gustos y disgustos. También nos dio retratos rápidos e intensos de pintores y escritores que le importaron. De cualquier forma, creo que fue un hombre algo ajeno al trato abierto, en el sentido familiar del término, no en el moral. Su mente estaba siempre demasiado alerta. En 1968 la única hermana de su mujer murió en un accidente de avión con su marido y su hijo, de unos diez o doce años. Ellos aún vivían en India y estaban esperando su visita. Debió de ser un golpe muy duro para Marie-José Paz, al que su marido no podía ser insensible. Pero no hay una sola sombra de referencia en sus cartas de esos meses, ni en ninguna otra fecha, hasta donde sé. Un día Marie-Jo, cuando ya había muerto Paz, me dijo algo así como: “Octavio era de muy pocas confesiones… Nunca le he oído ese tipo de conversaciones común entre los amigos. Hablaba de mil cosas, pero no de sí mismo”. Paz no usó seudónimos, ni separó su vida de diplomático de sus tareas literarias: sucedían en mundos distintos, como, con otros oficios, ocurría con Eliot o Wallace Stevens. Perse era mucho más reservado, incluso neuróticamente celoso de una intimidad que debió existir y sin duda existió, como la correspondencia familiar y las cartas a Lilita Abreu atestiguan. Su intimidad estaba orgullosa y diligentemente protegida, tal vez incluso para sí mismo muy pronto, desde su adolescencia. Había en él algo separado, encapsulado, paralelo a un ejercicio denodado de construcción de sí mismo: un personaje intuido tempranamente, por el que apostó con un lento fanatismo, orgullo y salidas airosas.

 

7

Era un joven de apenas veinte años y ya trataba a los poetas conocidos y mayores que él como si él fuera Dante, pero sin decirlo, solo marcando el terreno. Le dice a Gastón Gallimard que no es escritor y que está bien tener los menos lectores posibles (d´avoir les moins de lecteurs posible). No deja de ser un gesto de altanería dicho precisamente a un editor… Henri Michaux, que tuvo algún contacto con Perse (ambos se admiraron y al tiempo mantuvieron las distancias), se negaba a que sus libros aparecieran en edición de bolsillo. Y aspiraba, dice en algún momento de gran éxito editorial, a volver a hacer ediciones de trescientos ejemplares. Desconfianza ante la lectura masificada, ante los extravíos del “éxito”, y exploración, en cambio, en la lectura de la intimidad que generó el poema. Perse buscó situarse como poeta, tuvo sus estrategias y fue todo un personaje a la hora de adoptar ciertas posturas y mantenerlas. Mientras estuvo trabajando en París en diversos altos cargos del Ministerio de Exteriores, prohibió que sus libros de editaran en Francia, pero no en el extranjero, incluso en Argentina se editaron en francés. Durante ese periodo no publicó ningún nuevo libro y mantuvo su seudónimo en riguroso secreto para su mundo político y diplomático, sin hacer jamás una referencia a que el alto diplomático Alexis Lèger fuera también el poeta Perse.

Perse podía tardar meses o un año en contestar una carta a un amigo. Hay muchas referencias a esos silencios suyos, en los que, dice una y otra vez, perdía la noción del tiempo. Solía disculparse diciendo que había estado en alta mar, en aventuras marítimas recorriendo ciertas zonas del Atlántico. No mentía, pero exageraba los tiempos y los recorridos. No hay la menor impostura en su amor por el mar, por la navegación, y en su interés por la botánica y la geografía. Era casi un experto, y sin duda un apasionado de estas materias. Sin embargo, siempre se jactó de despreciar lo libresco, la “cultura”. Tras su muerte, algunos estudiosos de su obra analizaron su biblioteca y encontraron los libros muy anotados, y todo parece revelar una frecuentación de obras, crónicas, diccionarios (el ideológico de la lengua, muy subrayado), enciclopedias, y mucha literatura budista. No es que fuera hipócrita, sino que trataba de reivindicar una literatura vivida, el orden de la experiencia. Defendía una cultura homeopática: llevar la cultura a tal extremo en que ella misma se niega, afirmándose como experiencia. También era ajeno a toda doctrina literaria. “No he encontrado comestible la cocina de los químicos”, dijo con feliz ironía.

A pesar de que, en su obra, como escribió Paz, no hay personaje, creo que esto no es del todo riguroso. ¿Qué decir del Poema a la extranjera, y de la extensa Estrofa IX de Amers? Este último supone uno de los momentos de poesía amorosa más intenso de toda su obra, y de toda la poesía francesa del siglo XX. Hay en este poema una descripción excepcional de la experiencia amorosa, sexual, si entendemos por sexo aquí la experiencia erótica de dos cuerpos que recorren el mundo natural bajo la corriente de las afinidades y semejanzas, alimentadas por la recurrencia del mar, tan cercano a nuestros sentidos como experiencia del ser, inmanente a su oleaje y espiral recomenzada. La complejidad del poema no reside, creo, solo en sus referencias implícitas, verdaderos pecios alterados y llevados a su fin por la tarea alquímica del poeta, sino por la riqueza de su experiencia. Una suerte de diálogo de los amantes que, al tiempo que se abrazan y se conducen en las horas, como un navío hendiendo la marea verde del ser, encarna mitos y procesos naturales en un acto verbal de esplendor y afirmación poderosos. Al comienzo (II), hay un momento que me recuerda a Rimbaud, es este: l´acide avec le lait mêlé, y que un poco después (II, 2) retorna: et mer moi même à ton orient, comme à ton sable d´or mêlé. Sobre todo porque está hablando de una experiencia en la que el mar y la mujer se tornan (amour et mer de même lit) uno y esa unidad es eterna, la única eternidad tal vez que nos es dado alcanzar. Rimbaud (‘L´éternité’, 1872): Elle es retrouvée./ Quoi? –L´Éternité./ C´est la mer allée/ Avec le soleil. El mar es lo ácido, y la espuma la leche, y finalmente todo mezclado en una arena de oro. A su vez, en este poema (pero también aparece en otros a lo largo de su obra), Perse expresa su debilidad por la identificación del sudor, por la acidez del cuerpo, incluso en este caso, identifica sexo de mujer y salinidad marítima.

Amers fue publicado en 1957, aunque desde 1948 a 1956 habían aparecido algunos fragmentos en diversas revistas. Piedra de sol, de Paz, fue editado en 1957, en una tirada aparte, numerada, e inmediatamente recogido al final de Libertad bajo palabra (1957). En Anabase hay un fragmento (X) que creo inaugura cierto modo de enumeración poética que tuvo influencia en español desde Paz al Valente de Palais de Justice. Podríamos denominar ese procedimiento, cuya aparición en Perse fue deslumbrante, con una frase de ese mismo fragmento: “généalogiste sur la place”. En la Ilíada de Homero encontramos la enumeración de las naves, y en Moby Dick, de Melville, la extensa enumeración y descripción de las ballenas. Es un viejo recurso, presente en cronistas y obras recopilatorias, pero su empleo imaginativo, con pura función poética, hasta donde sé, hay que situarlo en el siglo XX. En El mono gramático (1972), Paz hace su “catálogo de naves” imaginativo, en este caso con los árboles, y en el libro de Valente, editado póstumamente, hay un fascinante catálogo de peces. (¿Por qué el poeta gallego no editó en vida este libro tan verdadero y una de sus mejores obras?). Perse, Paz y Valente confluyen en este procedimiento. Tal vez Perse fue el primero e influyó en los otros dos, pero lo cierto es que en todos ellos la fuerza creativa es lo que indica su significado, no la noción de influencia. En uno de los grandes poemas de nuestra lengua, ‘Muerte sin fin’ (1929), del mexicano José Gorostiza, aunque se da de manera más estricta, hay una enumeración de minerales, piedras, rocas, metales. Perse mismo, consciente del éxito de esta enumeración de loca genealogía poética, volvió a realizarla en Exil (1942): Celui qui erre, à la mi-nuit, sur les galeries de pierre… A la que seguirán muchos otras, designando oficios, ocupaciones, actos, gestos, grandes o mínimas actividades, inmensa selva de hombres y mujeres en una espiral en marcha, informados por el exilio y la voz del Extranjero: ese que, al final de tan vasto recorrido, vemos que “acerca a la oreja de Poniente una caracola sin memoria”.

 

8

Perse, surgido de una familia de discretos negociantes, truncada por la muerte temprana del padre, había alcanzado, tras regresar de Pekín, una carrera meteórica en Exteriores, y al final de su carrera (1940), con las tropas nazis ya en la frontera francesa, es secretario general de la Quai d´Orsay, habiendo diseñado en realidad, frente al cambio incesante de ministros de su ministerio, las actividades de dicha cartera. Su presencia en la política europea y Oriente fue notable, y su trato con ese gran mundo político, continuado. Perse fue destituido por el ministro Reynaud, antes de dejar este sus funciones para pasar a ser ministro de la Guerra. Al poeta le ofrecieron el puesto de embajador en Washinton, que rehusó. Dejó Francia y se “exilió” en Estados Unidos, donde llegó en julio de ese mismo año, sin apenas dinero, al parecer –cuenta Saccote– comiendo malamente en restaurantes baratos. Algo parecido refiere Bosquet en una de las visitas que le hizo en 1950. Por otro lado, la Gestapo había allanado su apartamento en París, en el 10 de la avenida Camôens (hay una placa junto al portal de esa casa recordando que Alexis Léger vivió allí), y sus papeles, fueron confiscados. Es cierto que Perse era ya un gran poeta, reconocido por muchos otros grandes poetas, y que tenía algunas amistades. El poeta Archibald MacLeish, alertado por su amiga Marguerite de Bassiano, le encontró un discreto empleo en la Biblioteca del Congreso, de consejero de literatura francesa, con un sueldo, según el poeta, cercano al de un mecanógrafo. Lilita Abreu, su bella y culta amante de origen cubano, con la que había tenido una relación algo difícil en París (entre otras cosas debido a que estaba casada, con Albert Henraux), también se había refugiado en Estados Unidos y, por indicación de Perse, se instaló en una calle muy cercana a la del poeta en Washington. El hotel del poeta era de tercera, y además Perse mantenía en riguroso secreto su relación con ella. Lilita Abreu, de la que conocemos algunos fragmentos de su diario que la muestran con verdadero talento literario, tenía mucho que ver con Perse: los dos eran isleños, de la misma zona, con algún antecedente español. Culta y algo mística, fue una gran admiradora de la poesía del poeta de la Guadalupe, cuyo Poème à l´étrangère le está dedicado, siendo uno de los más personales y claramente autobiográficos. Los comentarios suyos de los que hoy disponemos en su correspondencia Lettres à l´étrangère (1987), son preciosos para comprender el modo de operar poéticamente de Perse y, al tiempo, arroja una luz íntima sobre este periodo de su vida.

 

9

En una estancia en Long Beach Island, Nueva Jersey, escribe en 1941 Exil. No deja de ser impactante, aunque coherente con su sensibilidad y poética, la ausencia de desesperación o derrotismo en el plano creativo. Hay que ponerse en sus circunstancias: de golpe pasó de estar en el centro, no exento de lujo (en el sentido social, porque Perse era ajeno al lujo burgués) y en su país, a hallarse en otro continente, en una situación marginal, casi anónimo, a pesar de sus relaciones políticas, de las que solo se sirvió para apoyar las ideas afines y defender las suyas respecto a la guerra. Añado que fue despojado de todos sus méritos y hasta de su nacionalidad, que solo le fue restituida en marzo de 1946… También le habían sido secuestradas en 1940 su cartera de valores y cuentas bancarias, que sólo le fueron devueltas en 1948. Hay que pensar que cuando se exilia tiene cincuenta y tres años, y algunos achaques que se le acentuaron: migrañas, artritis, cálculos renales, y un insomnio del que dará cuenta en muchas cartas familiares. Es cierto, fue el destino aciago de muchas personas en ese tiempo, recrudecido para millones de personas en campos de concentración. La diáspora, el descoyuntamiento y el terror recorrieron Europa y gran parte del mundo. Perse termina su pequeño e intenso libro así:

“Y es la hora, oh Poeta, de declinar tu nombre, tu origen y tu estirpe…”.

No podemos sino asentir ante tan alto y sutil orgullo.

Sin embargo, siendo todo esto cierto, no es del todo la verdad, que siempre es más amplia que nuestros conceptos y aproximaciones, hasta el punto de que no sabríamos ponerle límite, salvo el de la sensatez. En 2015 se publicó Lettres familiales 1944-1957, en edición de Claude Thiébaut. Ahí nos enteramos de que la precariedad de su situación en su exilio americano le resultaba insoportable. Dado su nuevo estatuto estadounidense, Perse tuvo que ocultar su situación financiera en Francia. Seguía siendo inquilino del piso de la avenida de Camôens, tenía acciones bancarias (de la herencia familiar, gestionada por él como cabeza de familia al cuidado de su madre y cuatro hermanas), pero no podía acceder a estas gestiones sin llamar la atención, y menos declararlo en Estados Unidos, según el estatuto que disfrutaba. Su madre y la hermana que residía con ella vivían del alquiler y, a pesar de las gestiones de su cuñado Abel, todos pasaron penurias. Pequeño banquero, Abel Dormoy al comienzo de la ocupación dimitió de su puesto, negándose a trabajar con los alemanes. Desprovisto de la nacionalidad francesa en octubre de 1940, esto suponía la pérdida automática de la Legión de honor, de la que estaba en posesión. Sus muebles y pertenencias fueron incautaos, aunque su madre y su hermana Éliane pudieron recuperar sus muebles en 1941.

El estatuto de visitante de Perse, que le había sido otorgado como diplomático extranjero, le impedía salir de Estados Unidos sin perder sus derechos. Como nos cuenta Thiébaut, “Alexis Léger continúa viviendo bajo la amenaza de que la administración americana descubra que tiene en Francia un domicilio [omitido en su declaración a la Hacienda de su país de acogida]. Y que es titular de varias cuentas bancarias, algo que le es igualmente prohibido por su estatuto”. Perse estuvo seriamente preocupado por el hecho de que pudieran descubrir que había ocultado estos datos al Estado norteamericano y pudieran arrebatarle sus derechos. En realidad, era algo de poca importancia, pero Perse vivió, hasta 1951, angustiado por esta situación. Además, a Alexis Léger en los círculos políticos franceses no se le tenía mucha estima. Había tenido una actitud de absoluto rechazo hacia De Gaulle (que le fue, al cabo, correspondido) y, por otro lado, desde 1933 a 1940 fue el secretario general de la Quai d´Orsay, y por lo tanto con una gran responsabilidad en la política mantenida con la Alemania Nazi y el resto de Europa. La revisión y acusación a que se verían expuestos muchos políticos le afectaría, así fuera como testigo, a un Alexis Léger residiendo en París, además de que, dados todos los cambios que se habían producido durante los años de la ocupación, y la situación política tras el final de la guerra, Léger tendría que aceptar cualquier cargo administrativo, sin duda inferior al que había desempeñado, fuera o dentro del país. Nada era favorable, y él supo que debía esperar, a pesar de sentirse solo y lejos de su familia, a la que añoraba intensamente. Privado de la compañía afectiva –le dice en una carta a su cuñado Abel Dormoy desde Washington, el 22 de febrero de 1946– acercándose a la vejez, sin asistencia de nadie, e “incluso sin dejar traza”. Y tras esta añoranza del afecto familiar y oscura perspectiva para los años que le quedan por vivir, añade las noches de insomnio, mirando el plafón del techo. Este hombre con unas circunstancias tan comunes a tantos desafortunados exiliados fue, al mismo tiempo, el que hizo posible al personaje emanado de su poesía. Alexis es mucho más débil que Perse, pero su imaginario tiene el tiempo de todos los hombres.

Alexis Léger dejó Francia sin saber cuándo habría de volver. Era una de las personas mejor informadas acerca del movimiento de tropas alemanas. De hecho, su ministerio (¿quién lo ordenó?) quemó los archivos del Quai d´Orsay en mayo de 1940, miles y miles de papeles que se juzgaron delicados, con el fin de que no cayeran en manos de los nazis. Fue una acción muy criticada. Perse, antes de dejar Francia, viajó a Burdeos y ahí tomó un barco para Inglaterra. Luego, desembarcaría en Estados Unidos vía el Canadá. En una carta a Bosquet del 21 de junio de 1949 ofrece una relación minuciosa de los manuscritos que tenía en su dormitorio, que le servía también de espacio de trabajo, en su casa en la avenida de Camoêns. Cito lo esencial: “19 grandes cuadernos [que suponen más que todas las obras completas y los textos definitivos, establecidos para imprimir repartidos en: 4 volúmenes de obras líricas, tres cuadernos cada uno, luego 12 cuadernos; 1 drama, en cuadernos; 2 volúmenes de ensayos, uno en dos cuadernos, el otro en 1”. El bueno de Bosquet movió Roma con Santiago durante años, pero no se encontró ni un solo papel. Gide y otros amigos le dijeron a Perse que reclamara al gobierno una investigación, porque algunos colegas lo habían hecho y habían logrado algo. Pero nuestro poeta no hizo ninguna reclamación, en realidad no quería pedir ni agitar nada respecto a él que pudiera salir en los medios; pero lo más curioso es que –de nuevo el testimonio y las pesquisas de Bosquet–, nadie cercano a él supo que esas obras, tan numerosas y valiosas, se habían perdido, ni Marguerite Garrison Chapin, ni su marido Francis Biddle, ni la futura esposa de Perse, Dorothy, ni Gaston Gallimard o Caillois… En la biografía aparecida en sus Ouvrès Completes de la Pléiade, de manera anónima Alexis Léger había escrito al respeto solo esto: “su apartamento de la avenida de Camoêns, después de haber sido saqueada por la Gestapo”… Ninguna alusión a manuscritos, siendo esto tan importante para un escritor que está recogiendo la totalidad de su obra y que, como sabemos, más allá de su desdén por la vida literaria o libresca, otorgó a esta tarea la mayor parte de su vida.

No creo arriesgado concluir que fue un desliz de su imaginación, una invención fantasiosa, un momento de debilidad mitómana de la que luego se arrepintió. No formaba parte de la auténtica invención del orden que he mencionado aquí, del “autor”, del “poeta”, esta queja de hombre de letras que ha perdido tesoros, manuscritos inéditos, valiosos, etcétera, esta queja que podía pasar por victimismo. Así que cerró el caso. Nunca más volvió a este asunto.

Su psicología necesitaba estar bien blindada, no podía haber resquicio, de lo contrario se habría derrumbado. En su correspondencia familiar, Perse se reconoce “incapaz de expresar sus emociones”, y se acusa a menudo de ser un “monstruo”. En carta a su gran amiga Mrs. Biddlen (septiembre de 1945) le revela: J´ai en à étrangler en moi la seul être qui me soit au fond vraiment natural et que j´ai déjà en à combattre toute ma vie. No solo ha estrangulado su yo más natural, sino que lo ha combatido toda su vida, lo que supone un ejercicio denodado, tal vez agotador. ¿Podía estar solo y era de verdad un gran solitario resistente? Probablemente en la soledad encontraba su fortaleza, porque ahí no necesitaba combatir a su yo natural, simplemente porque no había otro al que impedirle su posible presencia. Pero lo que se ha sabido en los últimos años a través de la correspondencia que se ha ido publicando es que todo el periodo del “exilio” fue muy duro, padeció depresiones y angustias, alimentados por un insomnio persistente, como he citado. Al respecto de sus silencios, de sus ensimismamientos en los que no responde al correo, los achaca en varias ocasiones al hecho de la tristesse et de dépresion (Lettres…). No temía la muerte, no parece haber sido alguien que la temiera (Je n´ai, comme toi [le dice en carta de febrero de 1949 a Lilita], aucun souci de la mort).

Eliot aceptó la escisión, histórica y biográfica, cuyo testimonio memorable es La tierra baldía. Perse introdujo su drama personal en una temporalidad geológica, en una visión en ocasiones budista (shivaismo) de la condición humana y el mundo, y de esta forma disolvió su herida; eso es lo que le confiesa a Lilita cuando está comenzando Amers. Mireille Saccote, una de las grandes conocedora de su obra y su vida, nos dice, respecto al aparato de textos de la edición de sus Obras completas: “En esta perspectiva es necesario recordar que si todo es útil e importante en la [edición de la] Pléiade, todo o casi todo es falso, o al menos reescrito, interpretado, transformado respecto a su proporciones, su valor, su fecha, su duración, su perspectiva” (Alexis Léger/Saint-John Perse, 1997). No quiero decir que la actitud de Eliot, como poeta, sea la correcta. Ninguna lo es ni deja de serlo. Ese lenguaje moral o censorio solo corresponde cuando hablamos de malos poemas y por lo tanto nos estamos refiriendo a otra cosa… Solo trato de describirlo y, a la manera de Sain-Beuve, así sea solo para mi propósito de acercarme a la imagen conjunta de Alexis Léger/Saint-John Perse, reunirlos en un solo espacio, que sin duda habrá de ser abolido a la hora de leer su obra y por lo tanto ¿no deberemos desgajar todo ese aparato de cartas, cronología y otros papeles de su mano o de otros, de su poesía? Creo que Perse tenía razón al pensar que la obra es un fruto que se separa del árbol (détachée comme un fruit de son arbre, le dice en 1948 a Adrienne Monnier). Si queremos remitirnos con rigor a un sujeto relacionado con el poema, no podemos buscar el árbol, la fuente del fruto, sino al lector mismo que somos cada uno de nosotros. La razón radica en que solo así el poema no es libresco, algo que habría repugnado a Perse. No me cabe duda de que la investigación, asistida en el mejor de los casos por la pasión narrativa y la búsqueda del misterio de la persona, es legítima. Aún lo es más que aceptemos la autonomía de la obra de las raíces biográficas, y, al tiempo, el desafío de la lectura, que supone la recreación de una propuesta de realidad. ¿Qué diremos de ella, de nuestra experiencia del poema?

Saint-John Perse dijo ante la pregunta de por qué se escribe que la más corta es la más correcta para el poeta: para vivir mejor. Y en cuanto a la definición de la poesía, este oscuro personaje (pero poeta luminoso) que conquistó a buena parte de los mejores lectores de su tiempo para su poesía, la definió como “el más grande desarrollo de todas nuestras facultades”. Aclarando antes que era así como Bonaparte había definido la felicidad.

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