Salter

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Las pupilas de James Salter son dos puntos y aparte finísimos en la aleación antártica de su mirada. Dos cuentas de obsidiana en el corazón del glaciar. La nieve de afuera dispara con rabia su luz enloquecedora contra ellas. Es una batalla perdida. El mundo sigue derramándose sin pausa hacia el fondo de la mente del escritor.

 

Estamos en una cafetería modernísima en la esquina de la calle Cuarenta con la Octava Avenida. Encima, la redacción del New York Times. En la calle, la tormenta más larga de este invierno. He venido a hablar con él de West Point, pero pronto, el motivo es abandonado. James Salter se mueve en ese estadio último de la sabiduría en el que ya sólo se hacen preguntas. Las respuestas, si existen, no alimentan nada.

 

Lo digo ya: he venido en busca de un maestro que guíe mis pasos.

 

Está escribiendo una novela en la que trabaja todos los días, tiene un método. Su estilo me ha acompañado en las últimas semanas en forma del libro de memorias Quemar los días (Salamandra), la obra de un hombre que no ha pedido permiso para vivir, es decir, que ha vivido mucho. El artífice del encuentro, su amigo Eduardo Jordá me dijo un día que la prosa de Salter es como un rayo que atraviesa un avión, mejor dicho, como “la corriente invisible que traspasa el avión”. La linterna alumbra al rincón y la gran habitación a oscuras acaba de nacer. 

 

Se me ha ocurrido algo: cada página en blanco es, en potencia, un billete en primera clase hacia la gloria.

 

James Salter pertenece a una de las estirpes más fascinantes que haya poblado la tierra: la de los pilotos escritores. Saint-Exupéry, Koestler, Salter. Las batallas en el cielo de Corea contra los MIG soviéticos, silenciosos como tiburones, creo recordar que cuenta en su libro. La línea de sombra, más allá del horizonte, donde acaso el tiempo ya no exista y el dolor sea una suave caricia en la mejilla.

 

Paso a preguntarle por escritores. Henry James, no. Graham Greene, se portó bien conmigo, pero tenía esa represión sexual tan fuerte. Faulkner, Mientras agonizo, qué maravilla. El Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, escribir una sola obra maestra y morirte sin conocer el éxito.

 

Uno puede vivir sin la fama, pero con ella es más divertido.

 

Sin saber muy bien cómo, Salter empieza a hablar de Isak Dinesen y sus Memorias de África. Me recita el arranque: “Tuve una granja en África. A los pies de las colinas de Ngong”. Me siento tocado por la varita mágica del momento. Le digo que estuve en la casa keniata de Dinesen -su nombre real fue Karen Blixen y así se llama el barrio de Nairobi donde vivió, Karen-. Le prometo unas fotos que tomé en el lugar, también unas fotos de las colinas Ngong –nudillos en swahili, por la forma de la montaña-. Salter no recuerda el nombre del amante de Blixen en el libro, se tapa los ojos con la palma de la mano, agacha la cabeza y empieza a repasar en voz baja las letras del abecedario. No sé si son las letras del abecedario, pero eso es lo que yo hago cuando no puedo recordar un nombre, pensar en todos los que se me ocurren por orden alfabético.

 

Seguimos con otras cosas, con documentales. Salter habla, pero sigue tratando de recordar al amante de Blixen; puedo apreciar la incomodidad que la amnesia pasajera produce en cualquiera. Ahora aparece Bombay, los ataques terroristas. Luego, la herida que dejó el 11 de septiembre en esta ciudad, podrida por el miedo en algunos momentos. Claro, miedo para muchos, no para Salter, que ya ha visto lo suyo.

 

Empiezo a echarle de menos mientras nos despedimos. Le veo bajar por las escaleras del metro, manchadas de nieve. Al llegar a casa, recibo un mail suyo: «El nombre era Dennis Finch Hatton. Me acordé en el metro».