San Antonio Texas y las señales que preceden al fin del mundo

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Ya se sabe que México es una eterna y siniestra fiesta en la cual lo mismo se celebran jocosamente ciertos juegos pirotécnicos dignos de borrachines patibularios con vocación suicida, que el cachondeo y complacencia nauseabundas escenificados todos los días, a veinte mil tuits por minuto, en la muy mexicana república de las letras (o lo que queda de ella), casi de manera más encendida y entusiasta que la más abyecta e inmemorial práctica de la genuflexión política.

Entre la clase política, semejantes usos y costumbres son considerados normales. Pero, ay, entre los hombres y las mujeres (súmense por favor quienes no son uno ni lo otro, o ambos o ninguno: en esta casa practicamos en serio la inclusión) que se dedican a eso que pomposamente se llama “la escritura”, las cosas se ponen más serias, más peliagudas, más patéticas, más mafiosas: el simulado besuqueo, las sardónicas palmadas en la curvada espalda, las espurias porras entre una pequeñísima e intrascendente multitud compuesta de tristes aunque desmesuradas vanidades, la rebosante melcocha en que incurre quien, luego de perder el hueso que alegremente mondaba, se revela en súbita conciencia, en adalid de la libertad de expresión, háganme el megalómano e impudoroso favor, o bien su reverso, un afectado de ira y colérica melancolía que, sin permiso de nadie ni con la prepa terminada siquiera, se autoerige en una suerte de vengador anónimo (Adorno o Habermas habrían dicho anómico, pero a ver quién es el valiente que sienta al histérico y adicto al tuiter frente al necesario pizarrón), dispensador de certificados de buena o mala conducta, además de infantiloides amenazas y amagos.

Y esto lo dice quien, desde hace más años de los que conviene contar, ha visto por asuntos de trabajo, de morbosa y maquiavélica curiosidad, por lo tanto de buena o mala Fortuna (para entender lo anterior es preciso leer, sorry amiguitos practicantes de «la escritura» y del tan mexicano ombliguismo, a Quentin Skinner, con su Aguilar Camín no basta) cómo carajos se hacen las Mexican salchichas, o mejor dicho, los picosos chorizos de Toluca —referencia, guiño o lo que sea que no captará la caterva literaria si no se le explica antes, con paciencia de niños de primaria, quién fue ese cejudo y bigotón señor malencarado, Otto Eduard Leopold de Bismarck-Schönhausen, príncipe de Bismarck y duque de Lauenburgo.

Escribir, al menos eso me decían mis maestros—ojo, jamás estudié letras, en mis años universitarios nunca gasté un minuto en una clase de “literatura”—, es incomodar, no complacer.

Triste realidad, la mexicana. La mera y, lástima, única neta.

Sobre todo porque, a raíz de la muerte, mejor dicho homicidio en primer grado, de quienes en las cercanías de San Antonio, Texas, viajaban ensandwichados y encerrados sin aire que respirar en una mugrosa caja de tráiler, ya ha comenzado el aluvión de indignadas opiniones, especialmente entre aquellos que han escrito inocuas pero celebradas novelitas y libracos —ay, miríadas de  tierras desertificadas de no sé dónde y el parte de guerra de no sé qué guerra—, acerca del tráfico de personas, del cabrón cruce en la frontera entre México y Estados Unidos, asunto de lo cual, lo diré elegantemente, apenas logran transar la realidad en aras de “la escritura” sin saber ni madre de qué están hablando: pura redacción, poner una palabrita detrás de otra: nada que un muy modesto, tarado e indiferente anchor de televisión pueda hacer sin pegarse inmodestos y fatuos golpes de pecho.

Y sí, viene todo esto a cuento porque la reciente noticia del asesinato de una cincuentena de migrantes, más o menos la mitad de ellos mexicanos, me ha acongojado —lo último que necesito estos días funestos— y me ha arrojado de bruces a ese pozo que prefiero evitar, también conocido como: memoria.

Y sí, he recordado a alguien que sí sabía de qué demonios hablaba cuando se refería a los migrantes, un político con experiencia y sentido de la empatía, es decir un político en franca extinción que me enseñó casi todo cuanto hay que saber acerca del más humano y furiosamente homérico de los temas: la aventura de dejar el terruño y migrar hacia lo desconocido. Me refiero a don Carlos Sada Solana, cónsul en San Antonio, en Chicago, en Nueva York, en Los Ángeles, luego embajador en Washington y subsecretario de Relaciones para América del Norte. Parece, como se dice, que fue ayer, cuando en Detroit, circa 2018, en una reunión comunitaria que —nadie lo sabía— fue también una despedida, literal, quien fuera mi jefe y sensey en varios frentes diplomáticos afirmó, entonces, ante una asamblea atónita: después de tantos años, de tanto trabajo, después de una vida, seguimos trabados con los mismos problemas, con la misma falta de ideas. Suerte —terminó por concluir Carlos, mi admirado y querido Carlos Sada. De ahí nos fuimos a festejar viendo cómo perdía México contra Suecia o Brasil en el Mundial.

Y sí, también he vuelto a leer la que considero la única novela con un sitio perdurable, acerca de la cual no diré que trata de la migración porque en realidad su trasunto es la perra condición de vivir, de avanzar en la vida, de cruzar el día y la noche a tientas, como en una cósmica y fantasmagórica odisea.

Me refiero a Señales que precederán al fin del mundo, de Yuri Herrera, un autor por completo indiferente y ajeno al parche literario mexicano. Pero agárrense, amiguitos, y vean por ustedes mismos cómo escribe Yuri Herrera acerca de algo tan cotidiano y a la vez mortífero sin caer en los facilones lugares comunes de legiones de escribidores que dizque abordan “la problemática” de la migración, casi como siguiendo y deglutiendo dichosos y oportunistas los detritus que les van dejando las mesas de redacción.

A saber la caterva literaria local, pero para mí la imagen más cercana a esta reciente tragedia no está en la enésima toma visual de la mortífera caja de tráiler, sino en el título, así tal cual, de la novela que igualmente me inquieta, porque sí, ya estamos, o al menos eso parece, muy cerca del fin del mundo.

En la relectura de la novela de Yuri, me ha quedado más que claro que no parte de ningún lado ni va hacia ningún lado, más o menos al igual que su protagonista, Makina, la valiente muchacha que deja el terruño, enfrenta en el camino múltiples trances y asombros, en su lance en busca del hermano extraviado, allá en el norte, dónde tremolan las banderas, en los alrededores del abismo, en un extraño país, en ese llano de concreto y de varilla que un día sí y el otro también erigen los gabachos, siempre al amparo de los tránsfugas, los migrantes, “gente que se iba para salvar a la familia y otros que se largaban para salvarse de ellas.”

Ese es el auténtico drama humano, no la repetidera de declaraciones ni los vomitivos artículos de opinión de los escribidores que gracias a esas planas completan las cuentas del mes. Cállense, silencio, por favor, aunque sea por una vez, por chingado pinche respeto a los muertos en el tráiler del demonio en San Antonio. Por respeto a Makina, quien encarna, no exagero ni, habiendo visto y vivido de cerca semejante drama, lo digo a la ligera, a los vivos y a los muertos que seguirán columpiándose entre ser y dejar de existir:

Makina sintió que se le iban todas las fuerzas que había ido reciclando a partir de sus propias cenizas, que se pagaba, que de este último callejón no podría jarchar, que su suerte finalmente se había agotado. Al carajo todo, pensé, al carajo éste y aquel, al carajo todas estas chingaderas, voy a colgarme de un poste y a dejar que el viento me azote como a un trapo, voy a ponerme a llorar y luego yo también voy a irme al carajo.

El olvidado poeta (no podía ser de otra manera) William Bronk escribió: Pensé que eras un ancla en la corriente del mundo; pero no: no existe ancla en ninguna parte.

Y sí, es cierto, no hay ancla, no eres tú, no soy yo, no es nadie. Estamos verdaderamente jodidos, en este glorioso siglo XXI. Pero releyendo la novela de Yuri Herrera, escrita con una prosa imperecedera, auténtica, eterna —léanla, sean piadosos con ustedes mismos y súmenle su adjetivo preferido, mejor todavía si opuesto a los míos, a los que han leído aquí: me repugnan los tarugos y homogéneos conciertos de voces—, vuelvo yo mismo al esquivo punto de partida y de destino: el arte es, en ocasiones, capaz de salvarnos, primero de nosotros mismos y después de los otros. Eso a veces y con mucha suerte.

Desde aquí, desde ahora y hasta el fin del mundo, a leer y releer, a ver y volver a ver cine, teatro, regresar a la música que, cada vez que la escuchas, sientes que te acercas otra vez, como hace mil años, al fuego. No hay ancla, apenas el primigenio cordón el cual más vale cortar antes que ser triturado en la salvaje corriente del mundo.

Bruno H. Piché es ensayista y narrador. Ha sido editor, periodista, diplomático y promotor cultural. Realizó estudios en la Concordia University de Montreal, El Colegio de México, King’s College de Londres, Instituto de Investigaciones Sociales UNAM Es autor de los libros Robinson ante el abismo, Noviembre, El taller de no ficción, Los hechos y La mala costumbre de la esperanza. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México desde 2012. Su novela más reciente, 'La mala costumbre de la esperanza', (2018), apareció bajo el sello editorial de Literatura Random House. En 2015 publicó la novela 'Los hechos', acerca de la cual Juan Villoro escribió: “Bruno H. Piché entiende la historia del mundo como una diáspora: datos en fuga que al articularse conectan la vida pública con la esfera privada. Podemos escapar de nosotros mismos pero no de Los hechos, es decir, del flujo incontenible de la historia.”   Vivir en Comala City es un blog sin fronteras temáticas y en la que las sombras y presencias fantasmales remiten al escurridizo entrecruce entre los géneros literarios. En Comala todo es literatura y nada es lo que parece.

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