Se prohíbe disparar

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De forma increíble y casi imposible de imaginar si uno no lo ve con sus propios ojos, Beirut ha vuelto a la calma más absoluta apenas unos días después del coche bomba que mató a un pez gordo de la inteligencia y a un número indeterminado de personas que nunca conoceremos.

 

Ceno con una amiga en uno de mis restaurantes italianos favoritos rodeada de gilipollas que muestran reparos a hablar en árabe no vaya a ser que alguien los tome por moros y haya que proporcionarles asistencia psiquiátrica. La zona cristiana, claro…Relativamente con encanto, antigua, con pocos balazos en las fachadas de los edificios, hasta podría decirse que bonita, y sin antiestéticos trapos colgando de todas partes calificando de mártir a uno que se estampó con el coche cuando iba a 200 a comprar tomates para el “fattoush”. Al camarero alguien le ha indicado que para ser amable hay que preguntarle a los clientes si están satisfechos con el plato, con el servicio, con los políticos, casi con el desastroso Liban…Unos niños cabezones y vestidos con camisitas de marca impecablemente planchadas por la filipina de turno, preguntan en su exquisito inglés de Oxford a la oxigenada madre si está noche podrán jugar con la consola. El padre, como siempre, mira asqueado su Blackberry, importándole todo un cojón, pensando en la doble nacionalidad canadiense de su pasaporte con la que le van a dar mate a toda esta panda de desgraciados…

 

-¿Tú ves el ambiente bélico del que hablan los periódicos por algún lado?- me pregunta mi compañera de mesa. Hemos salido al exterior para que pueda fumar. Los países retrógrados sectarios también avanzan y ahora los modernos libaneses no solo han prohibido fumar sino que también respetan la norma. La noche es tranquila, unos cochazos de impresión se detienen en el cercano “Amareddine”, clasicón, decadente, ideal para tramar la colocación de varias toneladas de explosivos ante la sede de barrio de cualquier partido político de gañanes jugando a hacerse los demócratas. La guerra civil siria lleva contagiándose al Líbano desde hace tropecientos meses cuando lo más probable es que la próxima bomba nos pille a todos o bien conspirando o bien perdiendo los papeles en un bar. –Yo no veo nada…-respondo. Mi padre encapuchado en su BMW un día que alguna “palomita” no lo deja adelantar en la carretera sí que da pavor,y no estos gordos en vespino y con metralleta.

 

En cualquier caso, a mí lo que de verdad me agrada del Líbano es que es un país en el que siempre hay alternativas, en el que siempre hay varias formas de conseguir que salgan las cosas adelante. Ahí está Hizbolá, que si le cierran un banco por blanqueo de dinero no tarda en encontrar cinco más dispuestos a que Estados Unidos los denuncie, si un complot de asesinato falla siempre existen otros diez diputados molestos a los que matar y si no se puede culpar a Siria siempre nos quedará Israel…

 

Confío plenamente en el gobierno libanés, yalla Lebanon, come on, allez allez, ni queriendo podría haberles salido mejor….Por de pronto, ellos sí saben cómo meter en cintura al país: prohibiendo el uso de esa joya literaria rusa llamada Kalashnikov.