Mientras tantoSeptiembre. Aterrizando con una maleta a cuestas

Septiembre. Aterrizando con una maleta a cuestas

Apuntes para desaprender   el blog de Marta Fialho

Tras unas veintidós horas de viaje, una espera adicional para obtener mi visado, una maleta rota y la mínima intención de reclamar en el mostrador, me encuentro con la sonrisa y el abrazo de la que será mi profesora durante los próximos meses en Bali.

Arropadas por el calor tropical, nos dirigimos en su coche familiar para reunirnos con los otros dos estudiantes internacionales que serán mis compañeros durante diez meses. En nuestro primer encuentro, a través de pequeños detalles y recuerdos, empiezo a hacerme una idea de la vida que me espera. La forma de circular de las motos, que considero temeraria, me transporta a la Polinesia y el olor de la comida anticipa los sabores que formarán parte de mi rutina. Observo la energía de las personas con las que compartiré buena parte de mi tiempo e intento imaginar cómo será nuestra convivencia, entre diferencias económicas, culturales y personales que apenas comienzo a intuir.

Como Alfonso Armada en Ruanda, llegué como una paracaidista a Bali, sin saber ni siquiera cuál y cómo sería mi alojamiento. Tras cenar con mis compañeros, conocí a mi casero e intimé con mi cuarto. No tenía expectativas, así que acepté mi nuevo cuarto sin rechistar. O eso creía. He aquí uno de los sucesos que ejemplifican cómo la idea de empezar de cero es a menudo ficticia: a los pocos minutos ya estaba limpiando a fondo, comprando lo que consideraba necesario para un mínimo de confort y organizando lo que sería mi vida aquí.

De este modo, rápidamente, me encontré inmersa en otro de mis patrones: llenar mi agenda de actividades y quehaceres. Buscar qué deportes practicar: escalada, surf, yoga, buceo. Probar todos los cafés y warungs de la ciudad. Hablar con la gente local, hacer amigos – en el warung, por internet, en cualquier evento -, programar excursiones a la montaña, a la playa, a los arrozales, al río. Probar los distintos tipos de masaje balinés. Buscar un sanggar donde aprender danza o música. Leer, escribir, estudiar, cocinar, trabajar, hacer la compra, mantener el contacto con mi familia y mis amigos, calcular mis gastos… No perderme nada. Aprovecharlo todo. Incluso descansar parecía una actividad que debía organizar entre el privilegio de poder permitirme experimentarlo todo en la isla de los dioses.

En esta lista sin fin se revela la contradicción de estar en un año medio sabático y seguir viviendo como siempre. La posibilidad de hacer lo que quiera parece haberse convertido en la obligación de hacerlo todo. Parece difícil dejar de optimizar el tiempo incluso cuando tengo todo el tiempo del mundo. Es entonces cuando descubro los rasgos más arraigados de mi personalidad, ligados a la productividad y la autoexigencia. Pero tengo la impresión de que Bali me invita a vivir de otra manera, muchos locales no paran de decirme que la vida aquí es relajada, algo que también escuché durante mi estancia en Polinesia. El contexto te puede afectar, pero siempre hay partes de nosotros más enraizadas que permanecen… ¿se disolverán con el paso del tiempo?

De nuevo, las mismas preguntas. ¿Es mi aceleración curiosidad o incapacidad de parar? ¿Es posible hacerse una idea general de la vida balinesa sin borrar las diferencias entre quienes la habitan? ¿Cómo cambian las formas de vivir según la generación, la profesión o la situación económica? ¿Qué significa vivir relajadamente en un contexto donde también existen obligaciones familiares, religiosas y comunitarias? ¿Cuáles son sus contradicciones? ¿Qué me puede aportar este año y qué puedo aportar yo a la comunidad local?

Desde la sensibilidad antropológica que me han dado mis estudios, me interesa observar desde dónde observo. Parto de la idea de que ninguna mirada es completamente neutral: vemos el mundo desde una historia, una experiencia y una posición determinadas. Como plantea Donna Haraway en su reflexión sobre los conocimientos situados, conocer también implica reconocer el lugar desde el que miramos. Por eso, más que aspirar a una supuesta objetividad absoluta, me interesa reconocer mi propia subjetividad, cuestionar mis prejuicios y examinar cómo mi historia personal condiciona aquello que interpreto. Bali no es solo un lugar que quiero conocer, sino también un contexto desde el que observar mis propias formas de pensar, actuar y relacionarme.

 

Aprendiendo a mirar de otra manera

Mi experiencia más cercana a la vida en Bali fue la Polinesia, donde viví durante nueve meses en la isla de Mo’orea, de 134 km². Siguiendo esta referencia, me imaginaba una isla más virgen, más tranquila y más aislada. Pero cuando llegué a una isla de 5.780 km², me encontré con una realidad bien diferente: polución, suciedad, ruido, tráfico, humo, desplazamientos y dolores de barriga. En gran medida, el turismo parece una de las claves para entender esta realidad, que explota los recursos naturales y humanos, aunque todavía necesito comprender cómo afecta de manera distinta a quienes habitan la isla. Sin embargo, poco tardé en adaptarme a esta nueva realidad y a normalizar pequeñas cosas que parecían tan molestas al principio. Y la belleza apareció cuando dejé de buscarla, en un paseo en coche bajo la luna llena, con olor a jazmín y mango, admirando desde lejos el monte Agung; en una sonrisa compartida cantando karaoke con mi casero, en la adrenalina de coger una ola, en la emoción de empezar a hablar el idioma, en la alegría de conseguir presentar públicamente una de las danzas de bienvenida.

Terminé el mes agotada, pero feliz. Mi primer día con la moto en Bali fue de valentía, desafiando la lluvia, la niebla, las cuestas, la noche…¡y con un pasajero encima! Sentía mi cuerpo tenso, el peso de mi compañero desequilibrándome, la mirada ocupada en prestar atención a cada detalle. Parecía que estaba practicando para un espectáculo circense y que mi compañero era el niño de la primera fila, sorprendido con cada truco. Asistí a múltiples ceremonias cuyos significados son complejos, variables o difíciles de resumir. Me asombré con la devoción y la constancia con que se preparan ofrendas. Me sentí agradecida con la amabilidad de la familia que me hospeda. Y me hice muchas preguntas. Llegué a mis no-conclusiones, que están en continua evolución.

Esta beca me ofrece un año perfecto para desarrollar mi curiosidad antropológica y para continuar con mi faceta de saltimbanqui: encarnar diferentes personajes, explorar otras formas de estar en el mundo, probar nuevas actividades, quedar con personas diversas, etc. Además, este año me ofrece la oportunidad de indagar en mis distintas facetas y decidir a cuáles quiero dedicar más tiempo en los próximos años.

De momento, todo parece bastante superficial porque estoy dando un mordisco a cada posibilidad que tengo aquí, sabiendo que hay aspectos de una cultura que difícilmente pueden comprenderse en apenas diez meses.

Termino de escribir estas líneas desde mi habitación, que ya se ha convertido en mi lugar seguro. No sé si he aprendido a empezar de cero, pero, de alguna manera, me siento en casa. Escribo a mediados de octubre y, mientras intento asimilar todo lo vivido durante este primer mes, una crisis de abastecimiento de gasolina empieza a abrir nuevas preguntas sobre la realidad cotidiana de la isla. Más allá de la imagen idealizada de un Bali marcado por la paz, la armonía y el sentido de comunidad, empiezan a vislumbrarse otras capas de una realidad que todavía estoy aprendiendo a comprender.

Pero esa es otra historia. O, quizás, el siguiente mordisco.

Más del autor