Ser complutense, ser mediocre, creer en la Guerra Civil

Donde el autor compara el nefasto guerra civilismo en estas elecciones en Madrid con sus años en la Complutense; nido de gente con problemas mentales engatusados por abuelitos totalitarios

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Yo fui, sin hacer mucho alarde, un “potable” estudiante universitario en la Universidad Complutense. Sí, amigos, aquella que nos dio esa cara y cruz de la política en Madrid que son Ayuso e Iglesias. Conseguí, más o menos, licenciarme en dos bobadas en ocho años y evitar pernoctar mucho en un entorno viciado, cainita y con el mayor número de enfermos mentales que conocí en mi todavía corta existencia. Mi primera entrada en la Facultad de Geografía e Historia, a inicios de los 2000s, coincidió con el final de la campaña del “No a la guerra”; verdadero conjuro de resurrección de una izquierda moribunda con el “boom” del ladrillo. Esa “cruzada” contra el jingoísmo estadounidense, quizá lo más moral de la siempre pija izquierda universitaria en Madrid, fue un éxito y toda la Facultad estaba repleta de pancartas de otro tiempo. Parecía, fue lo primero que pensé, que muchos activistas vivían en un año 70 perpetuo, con Aznar cual Nixon y la guerra de Irak como “acto final imperialista” de los países capitalistas, parafraseando a Lenin.

Esa visión maniquea de la historia, algo que nadie mínimamente vertebrado intelectualmente puede sostener, me producía náuseas. Más aún, las pancartas comunistas o fascistas, las barbaridades de los profesores (“Radovan Karadžić, un gran poeta”, llegó a decir Alejandro Pizarroso) y esos detritus mesiánicos que denotaban un inacabable tiempo libre entre adolescentes con más ilusión que lecturas. Solo guardo una lección ideológica de aquellos tiempos: los profesores más moderados, los más cínicos, eran los más cultos, morales y aquellos que no hedían a cerrado. Los que, además, sabían abrir Word en un solo clic, no casualmente.

Somosaguas, utopía basuril

Los 70, ese activismo imbécil de aquellos años, eran inoculados cual ántrax intelectual gracias a tipos con biografías políticas fracasadas pero victoriosos en “abducir” universitarios recién salidos del cascarón: todos ellos incubados en búnkeres de extrema derecha e izquierda, Derecho o Políticas, que ejercían de fábricas de militantes autistas. El inefable resultado era que muchos de ellos pensaban, y lo seguirán haciendo, que todo libro contrario a su dogma era una “conspiración” de la “CIA/KGB” (Vázquez Montalbán murió, así, en esa ruina intelectual… como Jaime Capmmany: los dos sin enterarse de nada). Durante años, durante décadas, esos radicales de despacho de Ikea, de trepismo burocrático, de maltrato a los pobres Erasmus (inolvidable cómo Julio Aróstegui, el gran rojo Aróstegui, los humillaba), tuvieron barra libre para ejercer de trovadores del cantar de los cantares totalitario fascista o comunista. Daba todo igual: “Libertad, ¿Para qué?” fue lo que le dijeron al pobre y bueno Fernando de los Ríos en la U.R.S.S.

Todo se acabó con el plan Bolonia: las masas, es decir los repetidores de décadas – activistas políticos obligados casi todos (el caso de Miguel Urbán, que tanto le fascinaba a un amigo de la carrera)-, no pudieron seguir con la subida de las matrículas. Ya no era sostenible ser activista pagando 2000 euros al año, no había trabajo, ni familia de clase obrera, ni padre burgués con hijo vago que pudiera sostener esa apatía estudiantil. La UCM perdió carácter, se convirtió en el videoclip de Amo a Laura, pero comenzó a ser una universidad normal. Había activismo, pero ya no se llegaba a esas masas de 2008 que pretendían tomar un imaginado palacio de invierno a mayor gloria de la pitopausia de un catedrático dictatorial. El último año con elecciones que yo estuve allí, el rectorado que disputaron el reaccionario Iturmendi y el comunista Carrillo, tuvo como mi respuesta una inventiva graciosa contra ese auge extremista: imprimí una foto de Yupi, el muñeco de Los Mundos de Yupi, con la leyenda “no voto ni a fachas, ni a comunistas”.

Mi pensamiento, en estas elecciones ridículas a la gloria de un ego (Ayuso), un traidor (Aguado), un mentiroso (Sánchez) y un megalómano (Iglesias), no ha cambiado: la guerra civil solo beneficia a los mediocres.

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