Sin frenos

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Suena Mind free,

de Logan Richardson

Apenas transcurridas tres escenas, durante su estreno oficial en la competición del Festival de Cannes de 1996, irrumpió la polémica. Tres escenas de sexo seguidas ante las cuales algunos de los allí presentes se inquietaron, se pusieron nerviosos. Un comentario de desaprobación llevó a otro de indignación; después alguna pataleta. Finalmente, el abandono de la sala por parte de los más irritados, tal vez también frustrados ante la indefensión que provoca una película como Crash (1996), de David Cronenberg. Poco después, sin la inmediatez y la condena de las entonces inexistentes redes sociales, llegarían la lapidación por parte de más de un crítico que no escatimaría esfuerzos en usar (des)calificativos como “morbosa, enfermiza, indecente, pornográfica…”

Tampoco sería ajeno a la controversia un jurado en el que su presidente, Francis Ford Coppola, contrario a la opinión de la mayoría, entre los cuales estaba Atom Egoyan, compatriota y quien puede que viera la ocasión de autoproclamarse discípulo de Croneneberg, se negaba a concederle la Palma de Oro. Como única alternativa posible quedaba el poder de otorgarle el Premio Especial del Jurado, para lo que no se necesitaba la aprobación del “padrino”. Coppola, especialmente disgustado, ante semejante desacato, delegó la responsabilidad de entregar ese premio a otro miembro del jurado. Años después, Cronenberg seguiría recordando como al cruzarse con Coppola por aquí y por allá este le comentaba que le habían dado un premio siendo él presidente del jurado en Cannes. El canadiense, diplomático, reconocido siempre por su trato correcto y su elegante educación, se prometía a sí mismo recordarle, en una próxima ocasión, la desaprobación de Coppola respecto a su película.

Lo ocurrido en la croissette tan solo iba a ser el principio de una polémica que en determinados lugares se convirtió en censura, como en el Reino Unido, donde Crash, tras ser examinada y evaluada por algún supuesto grupo de expertos, vio prohibida su proyección en la zona del West End de Londres, no fueran a considerar como algo artístico semejante infamia. Obviamente, en Estados Unidos la película obtuvo una calificción que prohibía su visionado a los menores de edad, por muchos adultos que lo acompañaran. Los cines en los que se proyectaba la película estaban custodiados como si fuera un Banco de la Reserva Federal.

Quien mostró su entusiasmada aprobación fue J. G. Ballard que consideraba que la película de Cronenberg era incluso más extrema que su novela homónima. Y eso que la obra de Ballard había provocado un airado rechazo, como el de aquella lectora que al leer el manuscrito para una determinada editorial había dejado anotado que el responsable de aquella ignominia estaba más allá de cualquier ayuda psiquiátrica y que de ninguna manera aquello se podía publicar. Paradójicamente, parece ser, ella era la esposa de un psiquiatra. ¿Le parecería la película de Croneberg más extrema que aquello que había leído dos décadas antes? Lo que parece evidente es que durante el periodo transcurrido entre la novela de Ballard y la película de Cronenberg parte de la sociedad no había cambiado mucho en relación a determinados temas y su forma de tratarlos. Mientras que a uno lo habían dado por imposible, psiquiátricamente hablando, el otro volvía a recibir algunos de los cariñosos apelativos –perverso, depravado, enfermo…- que le habían adjudicado ya en sus inicios como cineasta.

Ahora que la película acaba de reestrenarse con motivo de un proceso de restauración y por el hecho de que se cumpla su vigésimo quinto aniversario, puede ser un curioso juego de suposición preguntarse qué ocurriría si hoy se estrenara una película como Crash; de hecho, dudemos, incuso, si sería posible. O planteémonos si somos capaces de afrontar su capacidad de transgresión, en el caso de que siga vigente; si hemos madurado lo suficiente para abordar el debate, la controversia, dejando a un lado el escozor y la polémica. Un divertimento saludable. Puede que más útil, al menos interesante, sea comprobar cómo reaccionará un espectador novel, alguien que ni siquiera en el momento del estreno del film hubiese nacido. O, en el caso de los veteranos, ¿cómo nos sentimos, actualmente, dos décadas después de nuestra experiencia inicial, ante las perturbadoras, fascinantes, puede que hirientes, imágenes del film de Cronenberg?

Estaba claro que tras la tibia acogida de su, reivindicable y también perturbadora Madame Butterfly (1993), el director de Videodrome (1983) buscaba recuperar uno de los principios de su ideario como cineasta y hablar de aquello de lo que no se puede hablar, mostrar aquello que, supuestamente, no se puede mostrar. Desafiar a la censura, afrontar lo tabú. Cronenberg, autoconsciente de la incomodidad provocada por su cine, irreverente y agitador, sin ser ingenuo ni tampoco hacer exhibicionismo de ello, demostraba una vez más que no había tomado una decisión sencilla. Ante el complicado reto de adaptar la novela de Ballard, el espectador iba a encontrarse con un desafío que, seguramente 25 años después, todavía perdure.

¿Está el origen del desafío en esa forma de mostrar el sexo, de vincularlo además con los accidentes automovilísticos? Recordemos que la película nos relata el periplo que inicia Ballard, el protagonista, quien, junto a su esposa, tratan de encontrar nuevas formas de excitarse sexualmente y, de paso, restablecer una dañada relación sentimental no solo a nivel físico, sino también emocional. Es tras un accidentes automovilístico en el que Ballard sale malherido, y en el que fallece el otro conductor, que parecen encontrar un nuevo incentivo, un efecto terapéutico, marcado por la conexión que se establece entre Ballard y Helen, la viuda que justo en el momento del choque tiene un orgasmo.

A través de Helen, Ballard se adentra en un perturbador y fascinante submundo en el que conoce al siniestro Vaughn, líder de un excéntrico -por llamarlo de alguna manera- grupo que tan solo dispara su libido a través de todo aquello que tenga que ver con los accidentes de coches, desde las recreaciones de accidentes mortales protagonizados por famosos hasta el visionado de vídeos de accidentes de tráfico o tests de seguridad de vehículos. Ballard y su esposa se adentran en este mundo turbio y enajenado donde se produce la fusión, tan propia del cine de Cronenberg, entre carne y metal –los personajes acarician igual un vehículo que otro cuerpo humano-, aquello orgánico con aquello inorgánico.

La sencillez de Crash, en cuanto a su planteamiento narrativo como en su claridad expositiva, no la hace por ello más accesible. En su epicentro surge un elemento perverso que no viene impuesto por la mirada de Cronenberg, en ese sentido absolutamente aséptica, sino por la tesitura en la que nos hallamos, incómodos y fascinados a la vez. Crash es una pel·lícula que muestra el sexo sin pudor, de manera cruda, amarga y triste y lo vincula con una practica que sin duda no recibiría la aprobación de la Dirección General de Tráfico. El sexo y los accidentes de tráfico tienen una conexión, a nivel metafórico, però también a nivel fisiológico. Cronenberg sigue, como un devoto más, lo predicado por Vaughn para quien los accidentes de tráfico liberan energía sexual. Sin manifestar ninguna concesión, las imágenes de Crash muestran que un coito, en el film siempre consumado por detrás, es lo mismo que la embestida trasera de un vehículo a otro.

Si a día de hoy Crash sigue siendo calificada de pornográfica por los mismos motivos que hace dos décadas, es evidente que tenemos un problema. Y, sin embargo, lo sigue siendo en un determinado aspecto. Si la narrativa del cine porno se estructura en torno a secuencias explícitas de sexo y el resto de secuencias no dejan de ser transiciones, simples interludios, está claro que Crash sigue el mismo esquema. La película avanza a través de toda una serie de coitos, y alguna persecución automovilística. Pero en ese sentido Crash es al cine porno lo que podría ser a las películas de acción, a las películas dirigidas por John Frankenheimer o las pertenecientes a la saga Bourne, con sus trepidantes secuencias de persecución. Hay sexo, y más sexo, pero no como si se tratara de una competición gimnástica sobre quién eyacula más cantidad o a mayor distancia. Cronenberg muestra el sexo de manera directa e impúdica, la relaciones son ciertamente perversas, tristes, a veces crueles… Y el semén tan solo acaba pringando la tapicería de cuero.

¿Nos incomoda el sexo? ¿O lo hace la manera en que se nos muestra y nuestras reacciones ante ese acto de despertar la libido a través del violento y doloroso impacto entre automóviles? Si hay algo de perturbador en Croneberg es el distanciamiento adoptado, sin ofrecernos ningún asidero dramático. Una mirada distanciada e hipnótica que hace que nos preguntemos cómo es posible que estemos presenciando lo que estamos presenciando y lo hagamos sin ninguna herramienta que nos facilite un juicio. Una perspectiva totalmente amoral, que no ofrece ninguna coarta para valorar su comportamiento, y deja al espectador solo, abandonado. Mientras que los coches chocan, se estrellan, como lo hacen los cuerpos, el espectador, novel o reincidente, también impacta contra las imágenes que ofrece el film. La fascinación y la incomodidad son lo único que salen indemnes.

Crash es una película a la que resulta difícil acceder, además de huidiza en cuanto a su catalogación. Nada más simplista que calificarla como un thriller erótico, por ejemplo. Si cabe la posibilidad de reducirla con alguna etiqueta, puede que la que más justicia le haga sea la de melodrama, amargo y arrebatador, desaforado y absolutamente romántico. En esta -pongámonos definitivamente pedantes- distopia emocional, este drama intimista sobre personajes enajenados y sometidos a una patología sexual como único método para volver a conectarse con el otro, se fusionan eros (vida) y tánatos (muerte). El amor, y el sexo, tan solo pueden ser rescatados a través de la autodestrucción. Ahí es donde tratan de reencontrarse el matrimonio Ballard, desesperados, pero perseverantes, repitiéndose continuamente: “Tal vez la próxima vez”.

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Josep C. Romaguera (Mallorca, 1976) mientras se licenciaba en Filología Hispánica acudía al Centre de Cultura Sa Nostra para aprender de Dreyer, Kurosawa o Hitchcock. También abandonaba las lecturas del mester de clerecía por las de Bordwell o Bazin. No tuvo suficiente con leer a los críticos como José Luis Guarner o Miguel Marías y decidió que el también podía intentarlo. Publicó en Temps Moderns –editada por el Centre de Cultura Sa Nostra-, L'Espira –suplemento cultural del Diari de Balears-, Zona Ocio –para Última Hora- y ahora también lo hace en FronteraD. También se le ha podido escuchar en El crepuscle encén estels, de IB3 Ràdio, y ver en Taula de cinema, de IB3 Televisió. A veces recuerda todo lo que aprendió ayudando en la producción, la edición y la elaboración de guiones cuando participó en la realización de la serie Baleares. Un viaje en el tiempo, para TVE. Ahora se atreve con un blog.

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