Sin pasarse

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Qué gran virtud es la paciencia. Todos hablan maravillas de ella. Ni una pega le ponen. Mantener la elegancia a pesar del caos del universo, quién no considera eso un arte. Es tan incuestionable su valor, de hecho, que estoy empezando a odiarla, como al que siempre levantaba la mano en clase. Y no niego que la paciencia dé resultados, eso es innegable, pero también es cierto que a veces es la única opción, así que tampoco es cuestión de sublimarla más de la cuenta.

Los problemas no suelen solucionarse de golpe; normalmente, tenemos que recurrir a la espera y la esperanza, por eso es tan importante saber ser pacientes. Ahora bien, una cosa es admitir su utilidad y otra, muy distinta, pensar que en ella reside algún tipo de regocijo. Sería como aceptarle un té a Putin mientras llega la hora de la reunión: mejor limitarse a esperar, sin recrearse y con dignidad.

Concretamente, de las siete acepciones del término, me refiero a la primera y a la tercera: la ‘capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse’ y la ‘facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho’. ¡Qué capacidad, qué facultad! Pero ¡qué maravilla sería no tener que esperar ni padecer! Es decir, tampoco hay que pasarse con eso de que la felicidad está en el camino y no en el destino. Y menos ahora, que estamos en mitad de una pandemia, por el amor de Dios.

Aun así, la paciencia no siempre requiere el mismo nivel de exigencia, porque esperar es una lata, pero esperar sin saber si queda mucho o poco es ya la hostia. Y tampoco es lo mismo esperar sin poder hacer nada que pudiendo hacer algo. Aunque lo normal es que nos veamos expuestos a diferentes esperas simultáneamente: unos resultados médicos, un examen, un trabajo, un poquito de respeto. Lo mejor, en definitiva, es no tener demasiados motivos para ser paciente. El infierno es una vida provisional por tiempo indeterminado.

Ayer me crucé por la mañana con mi vecino del primero, médico de familia y hombre tranquilo. Se jubiló hace poco, está en lo mejor de lo peor, y ahora sale todas las mañanas a correr con camisetas de la NBA. Con la de los Lakers, la de Pau Gasol, pasaba frente al restaurante en el que hace poco vi a un ciego comiendo solo, sin un móvil que mirar mientras le traían la comida. ¿Qué pensarán ellos de la paciencia?

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