Smith-Corona Classic 12

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Diría que la escena parecía sacada de una película sino fuera porque la mayoría de momentos en Nueva York parecen sacados de una película –ya saben, ese punto grotesco, divertido, irreal-. En el segundo piso de una casa de madera roja con porche –una casa que parece tomada por muchas generaciones de hombres y mujeres brillantes y un porche donde me fumé un cigarrillo sentado en la escalera- en algún lugar cercano al mar de Brooklyn, una cena está a punto de empezar. A la mesa, la enorme mesa, se sientan el pintor alemán y su novio, la magnética joven, rubia y experta marinera, que repara barcos en un muelle del Bajo Manhattan, la pareja de talentosos cineastas que preparan su primer largo, un escritor extranjero ensimismado –de pipa apagada, que diría Vila-Matas- y su madre, mucho más alegre, y el anfitrión, un afamado montador de documentales –afamado en los círculos al uso- junto a su mujer, encantadora, no cabe duda.

 

Las paredes del decorado están forradas de cuadros, fotografías, máscaras, recuerdos. Entre ellos, un legajo rasgado que apareció en el jardín de la casa el 12 de septiembre de 2001. El papel, una especie de formulario de una productora de cine, lleva el membrete del World Trade Center y el número de la oficina que ocupaba en las Torres Gemelas antes de salir despedido al cielo de Nueva York en aquella mañana en la que todo cambió para peor. El número de la oficina, 2470, es el mismo número de oficina que ocupa el anfitrión en otro rascacielos de la ciudad y todas esas coincidencias –que fuera una productora de cine en una oficina 2470 y que aterrizara en su césped- le han abierto un hueco entre tanto arte. Una pecera con tres tortugas de agua que parecen de bronce también se ha ganado un sitio en el decorado y aunque las tortugas parecen hambrientas y el agua demasiado turbia –como de ciénaga- a la espera de un filtro más potente que el anfitrión ha comprado por teléfono y que debe estar al llegar, nadie en la cena discute el indudable swing de un cubículo con agua y animales prehistóricos. Hay un piano de cola, en la sala de al lado.

 

En una reunión de este tipo, y no he asistido a muchas, la conversación se circunscribe a un intercambio de anécdotas con suerte desigual, referencias al trabajo de los otros más o menos tímidas y un sinfín de frases, gestos, miradas que se quedan, pasado el rato, como colgadas del techo. Todos los temas son tratados con el adecuado nivel de profundidad y erudición y toda excentricidad es siempre bien recibida. Es un territorio sin depredadores. Siempre se desvela algún secreto ante el fingido embarazo de los interesados –a los que ese secreto ya no importa nada o nunca consideraron que lo fuera- o se despelleja a alguien –el alguacil de la prisión de Rikers, en este caso, un psicópata ahora en chirona, por lo visto- o se hacen referencias totalmente acríticas y exageradas de una juventud muy muy lejana. Los jóvenes, a falta de referencias, aparentan mucha gravedad y experiencia.

 

A mí la cena me encantó. El vino blanco de Napa Valley y el pescado, bluefish, estaban buenísimos. El anfitrión me enseñó un libro que John Hersey, el autor de Hiroshima, escribió sobre sus conversaciones -a lo largo de muchos años- con un pescador de bluefish en Martha’s Vineyard. Por un instante, envidié profundamente a Hersey, luego hice un comentario sobre Hiroshima y me calmé. En la mesa había pan alemán traído en una lata desde Alemania. El pan alemán enlatado me hizo pensar en la guerra. Los alimentos enlatados me deprimen, pero un pan enlatado es algo mucho peor. Estaba delicioso, no se lleven a engaño.

 

De vuelta a casa, el taxista indio me dio variadas y alternativas razones para pensar que estaba loco, borracho o, simplemente, alterado. Una de esas personas que se ríen cuando todo está en silencio y viceversa. Se llevó buena propina igualmente. Hay que apoyar el arte, a los taxistas, a los camareros, hay que apoyarlo todo en esta ciudad de filántropos multimillonarios y filántropos con agujeros en los calcetines porque esta ciudad es nuestra ciudad.

 

 

P.D.: A la noche siguiente, cerca de casa, Antón descubre dos cajas de libros y una maleta en un rincón oscuro de la calle. En las cajas hay una mina: Faulkner, Auden, Eliot, Nietzsche, Joyce, Keats, Platón, Larkin, Scott Fitzgerald… Eva no se decanta por ninguno porque los quiere todos. Los Faulkner son míos, digo. Mi madre vacía una caja de cartón que luego descubriremos –demasiado tarde- ha sido marcada territorialmente por un perro con problemas de próstata. En la maleta hay una máquina de escribir, una Smith-Corona Classic 12 que funciona a la perfección y que Antón me ofrece sin toda la ceremonia que merece el destino. Nos subimos a casa todos los libros que podemos. Escribo en la Smith-Corona el traspaso de poderes de sí misma. Bebemos cerveza alemana. Salimos a la calle de nuevo. Hay una fiesta en algún lugar.