Sobre aviones y algunas penas

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Estampilla de 8 soles en homenaje a Aero Perú, línea aérea que desaparecería a fines del siglo XX tras ser comprada al Estado por Aero México.

Jaquí era un pueblo con aeropuerto, decían, pero cuando yo lo conocí solo quedaba una pampa entre las casas y el cementerio. Una mañana volviendo del camal, la tía Chabuca señaló el cielo, reproduciendo la imagen de una avioneta que despegaba. Intenté imaginarlo.

Una camioneta (con el logo de la minera pintado en la puerta) bajó por la quebrada. Se estacionó cerca de una avioneta. Se bajaron tres hombres altos, vestidos de traje. Tal vez con el saco lanzado sobre el hombro.

Entre el chofer y un empleado bajaron dos cajas. Las acomodaron dentro del aparato. Los tres hombres se subieron al avión, contándose algo en inglés. Uno de ellos reía. El piloto encendió la máquina. El dedo de la tía Chabuca se perdió por encima de las últimas casas del pueblo, por el borde del río, sobre las matas del cerco de los Segura.

Otra vez, mis tíos me señalaron las marcas sobre la pampa de Yauca. Aquí y allá los retazos de aquella pista para aviones grandes: En los que alguna vez viajó tu abuelo. Ese que se ponía nervioso si se quedaba mucho tiempo encerrado. Ese que cantaba con la voz cortada mientras rasgaba la guitarra y le latía un bulto en la frente.

Me pregunto si se pondría a mirar el mar, como suelo hacerlo yo. Si acaso él buscaba desde el aire la silueta de Acho o las casas de sus parientes en Miraflores. Si alguna vez desde su asiento en el avión miró el sol y tuvo que cerrar los ojos.

 

 

 

 

 

 

 

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