Sobretitulando a Barbazul (y III)

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El impacto de los espectáculos solo se puede medir cuando el público contiene la respiración; se apagan las luces y nadie sabe si ya se vale aplaudir.

 

(Este artículo continúa este otro).

 

El día del ensayo general de las Cuatro últimas canciones y de El castillo de Barbazul ocurrió algo muy extraño. Lo había visto, incluso experimentado como espectador, pero nunca desde el otro lado. Era el primer día en que teníamos público en la sala y, con una tensión (la consustancial a Strauss, y a Bartók), equiparable a la de un cable bien frío y bien templado, llegó el final. Se hizo el oscuro, el black-out, la nada. Y durante unos segundos que parecieron eternos, nadie aplaudió, nadie se movió. Hasta que alguien, conocedor de las tripas de la bestia, rompió el silencio y todos se lanzaron detrás.

 

Podría parecer que quienes hemos visto barrer el castillo, quienes lo hemos visto radiografiado por los cuarzos de la luz de trabajo hemos perdido toda capacidad de emoción, pero no es así. No en mi caso, al menos, aunque haya que estar concentrado durante las funciones en tantas otras cosas y con la mirada más fija en una partitura, antes que en escena: hay un par de momentos, de puertas que se abren, en los que vibra el suelo. Algunos han pegado un bote por lo inesperado, por lo potente.

 

Parece que se ha obrado la magia, que no consiste en otra cosa que no sea hacer parecer fluido y natural algo que ha sido trabajoso y complicado, muy trabado. Pero al final, las semanas precedentes se vuelcan en una hora y media de música compacta y de paredes sudorosas y sangrientas: es el extrañísimo contraste entre la serenidad necesaria para llevar una función a buen puerto y el tirarse hacia las profundidades, hacia donde no se ve, como en un salto de fe que nos garantiza que no vamos a hacernos daño… o que sí.

 

En realidad todos sabemos ya quién es el asesino, qué van a decir a continuación o qué nota es la siguiente. Pero no tenemos ni idea, a priori, de la temperatura general que habrá en el teatro: quizás frío por aquello de desgañitarse en húngaro; probablemente calor por la intensidad que brota del foso. Seguro que cualquier cosa distinta a la indiferencia o la pasividad, que es aquello que dota de vida al teatro y convierte cada representación en un hecho único.

 

Volver a leer el texto significa verlo suceder, resucitar cada noche. El simple pase con un disco puesto no es suficiente, porque la tensión, esa tensión que emana del castillo y que quiebra la belleza crepuscular de las Canciones, solo es posible con tantas miradas indiscretas como estén ocupando las butacas. Guste o no, impacte o no… Nadie atraviesa la séptima puerta igual que atravesó la primera. Así que supongo que ha sido un éxito.

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.