Socavón en La Habana vieja

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Mientras el Papa Francisco visitaba La Habana y los gerifaltes estadounidenses ensayaban ante los espejos sus sonrisas más dentífrolando castellanosricas, para poder posar junto a Raúl Castro ante la prensa gráfica y las televisiones; en una casa de La Habana vieja se hundía el suelo de la cocina de la madre de Rolando.

 

 

Mientras el Papa Francisco visitaba La Habana y los gerifaltes estadounidenses ensayaban ante los espejos sus sonrisas más dentífricas, para poder posar junto a Raúl Castro ante la prensa gráfica y las televisiones; en una casa de La Habana vieja se hundía el suelo de la cocina de la madre de Rolando.

 

Desde hacía tiempo, los muros y techos de la casa venían avisando con sus eructos de cal y sus toses de yeso, al desprenderse repentinamente de paredes o techos, para ir a caer sobre cualquier superficie o volumen que pasara por debajo, ya fuesen cabezas de residentes, perolas al fuego, o platos de frijoles negros sobre la mesa. También podía en esa casa un trozo de yeso despertarte de la zalamera siesta caribeña, cayéndote en plena cara, mientras la casa crujía al tiempo, como si se aliviara de un cascajo inerte indeseable; o, al menos, así me lo contaba Rolando de la Habana, un santo santero que baila, canta y escribe como los mismos ángeles.

 

Si quieres tú, ya sabes que en la Habana tienes casa. Sólo debes decírmelo, y en la mía “en la Habana vieja” yo te preparo el mejor cuarto; pero eso siempre que estés dispuesto a arriesgarte a que te caiga un ladrillo encima, si no algo peor; porque la casa anda siempre quejándose y derrumbándose como si lo hiciera por capítulos –me dijo Rolando hace más de un año, cuando me invitaba-.

 

El hundimiento del suelo de la cocina no debió pillarles -pues- desprevenidos a Rolando y a su familia, como sí le sucedió al perfumista italiano Giuseppe  Baldini[1]*, que vivía y atendía en una casa construida sobre un puente del río Sena, a su paso por el París del S. XVIII. Aunque los muros de su casa también temblaban con regularidad, al no haberse producido nunca graves consecuencias, no lo consideraban un peligro real, sino más bien una costumbre. Hasta que una alborada, mientras todos dormían, el regular temblor no se detuvo, sino que fue creciendo hasta transformarse en fragor, mientras se derrumbaban y hundían puente y casas en el seno del río, con todos sus habitantes dentro.

 

Parecería que aquella casa de La Habana vieja, al otro lado del Atlántico, hubiera estado esperando a que regresara de Madrid, Rolando, para caer rendida a sus pies; aunque afortunadamente, sólo se hundió uno de sus capítulos. Posteriormente, aquí en Madrid, su íntima amiga Merche (que es vecina mía, y a veces coincidimos por el barrio) me contó detalles del doméstico derrumbamiento. Por lo visto, debajo de la cocina había una especie de cuarto-bodega, cuyo techo se vino abajo, llevándose consigo el suelo del cuarto de arriba. El enlosado cocinero se hizo cascote en los fondos, convirtiendo al maestro de baile santero en improvisado arqueólogo.

 

 

Su amiga Merche (una morena de Lucena Córdoba rica tierra de joyeros, banqueros y olivareros) también me relató que Rolando y familia estaban tan preocupados que habían iniciado gestiones para obtener un departamento de permuta, para mudarse a vivir en él, aunque fuera en barrios periféricos, lejos de La Habana vieja; pero que las mismas autoridades les dijeron que no les merecía la pena el traslado, porque los apartamentos nuevos de las afueras estaban tan destrozados, como los que ellos habitaban. La Habana es la capital de un país empobrecido y aislado, que lleva casi medio siglo sin poder reparar sus grietas.

 

¿Se traducirá el golpe de efecto mediático de esta carambola argentino-vaticana-cubana-estadounidense, en que se resuelva pronto lo del suelo de la cocina de la madre de Rolando? Aunque desearíamos poder decir: “Amén”; tal vez deberíamos responder con más cautela, como lo hacía aquel viejo lobo [2] del humorismo gráfico español de la transición democrática:

 

¡Auhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!

 

Fotos: ROLANDO CASTELLANOS

 

 


[1] Baldini es un personaje de la novela El Perfume, de Patrick Süskind.

 

[2] Hermano Lobo fue un afamado semanario de humor satírico español, que se publicó en Madrid entre 1972 y 1976.

1 COMENTARIO

  1. Pobre madre de Rolando, pobre
    Pobre madre de Rolando, pobre Rolando y pobre Cuba, como voz de lamento y como triste realidad. Me viene a la mente el libro de Zoe Valdés «Te di mi vida entera», donde freían suelas de zapato en La Habana para comer. Los años han pasado, las penurias no. Yo estuve a punto de desaparecer en un socabón de una calle del Vedado, tan profundo que se diría iba a parar al mismo infierno. Más que amén, Cuba necesita un requiem. Deseando que las cosas cambien para los amigos cubanos.

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