Sócrates en Florida

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Fiel a la imagen del Don Juan que ama las mujeres "una a una", también a Jacques Lacan se le conocen muchas relaciones, a veces un poco escandalosas. Es una característica del personaje una especie de disciplina del instante, la capacidad para vivir "tres minutos en uno" y cambiar inesperadamente. Por eso el doctor Lacan desconfía incluso de los que pretendían seguirle. Prologando a una joven universitaria que hace una tesis doctoral sobre él, dice: "Mis Écrits no sirven para una tesis, la universitaria particularmente: antitéticos por naturaleza, pues lo que formulan sólo cabe tomarlo o dejarlo". Termina hablando de este modo de los textos que intentan saquearle: "Interesarán para trasmitir lo que literalmente he dicho: iguales que el ámbar que preserva la mosca, para nada saber de su vuelo"

 

   “El psicoanálisis se alimenta de la observación del niño y de la niñería de las observaciones”

 

Lacan se presenta muy pronto como enemigo de la psicología, de la idea de un Yo totalizador y unitario. Además, se declara «antifilosófico», desconfía de las pretensiones universalizadoras que la época le concede a la filosofía y desprecia sistemáticamente la medianía del discurso universitario. Aunque Lacan tiene una visión limitada de la filosofía, guiada por la hegemonía de un Heidegger que no es reconocido como discípulo apocado de Nietzsche, es evidente que no ha dejado intacta a la psicología, a la filosofía y, sobre todo, al conjunto fluctuante de la cultura contemporánea. Después de una larga vida plagada de encuentros y polémicas, le encontramos en 1968, expulsado de la Escuela de Altos Estudios de París, dando clase en una sala prestada de la Facultad de Derecho a 500 alumnos que le reciben con una expectación inusitada.

 

El doctor Lacan pertenece en principio a la generación que sigue al existencialismo –Sartre, Bataille–, al estructuralismo de los años sesenta. Junto con Althusser, Barthes y Lévi-Strauss constituye la cabeza más o menos visible de un movimiento que inunda la cultura y las ciencias humanas occidentales hasta las últimas décadas del pasado siglo. Tal vez porque en el mundo latino, a diferencia de la cultura angloamericana, siempre se dio una especial atención a lo asocial, a la lógica de lo que no tiene tiempo y fracasa en la historia, Lacan –igual que Nietzsche y Freud– ha tenido una especial acogida en el mundo hispanohablante. La atención latina a lo primario, a la tragedia de lo «atrasado» que no puede triunfar en la historia, es también lo que explica que Freud haya sido traducido al español muy tempranamente.

 

Bajo el emblema del «retorno a Freud», Jacques Lacan se presentan en los años cincuenta con el programa de liberar a Freud de las deformaciones «psicologistas» a las que su éxito social le había sometido, sobre todo en el psicoanálisis norteamericano, como si la “peste” que Freud y Jung creían llevar a América les hubiera sido devuelta. “No, la reflexión de Freud no es humanista. Sin embargo, es tolerante y de temperamento; es humanitaria –digámoslo– pese a los malos resabios de esta palabra en nuestra época. Pero curiosamente no es progresista, no ofrece ningún testimonio de un movimiento de libertad inmanente, ni de la conciencia ni de la masa” [1].

 

Quizá el punto clave en este “credo de tonterías” del psicologismo humanista es el papel que en la teoría freudiana le conceden los psicoanalistas norteamericanos al Yo como instancia de control, cuando Freud había advertido claramente: «El Yo no es el amo en su morada» [2]. Sucesivos conflictos de Lacan con la IPA, la Asociación Internacional de Psicoanálisis, conducen finalmente a su expulsión en 1963. La disculpa es la duración de las sesiones –Lacan no es partidario de un tiempo fijo, sino de que el curso de la «asociación libre» permita que el analista marque el término–, pero había ya una fuerte tensión entre Lacan y la institución psicoanalítica. Podíamos decir que la duración de las sesiones concentra toda la obsesión de la oficialidad analítica por la métrica, lo mensurable, obsesión a la que Lacan se opone. De cualquier modo, es gracias a esa expulsión, cuando tiene ya 62 años, que Lacan puede exponer libremente sus ideas e impactar en los jóvenes psicoanalistas e intelectuales franceses, incluyendo la llamada «generación del 68». Junto a Sartre, Deleuze, Foucault, Lyotard y otros, Lacan se convierte, a pesar de su escepticismo político, en uno de los focos de atención de la efervescencia que domina París en los años setenta, después de la revolución de mayo.

 

Además de su formación clínica y médica, Lacan se relaciona intensamente con los científicos –Lévi-Strauss, Benveniste, Jakobson–, los artistas y escritores surrealistas –Dalí, Masson, Eluard, Breton–, con la filosofía de Heidegger, Sartre, Merleau-Ponty y Jean Wahl. Es particularmente significativa su relación personal con Heidegger, cuando entonces casi nadie le hacía caso en Europa. Un poco a la manera de Sócrates, Lacan habla mucho más de lo que escribe. Pero como escribe igual que habla, y viceversa, no hay tal vez una diferencia fundamental entre sus Escritos y la transcripción de los Seminarios orales. Con la diferencia de que los Escritos condensan, una vez al año, un largo curso oral lleno de meandros. Resultan así un “concentrado completamente increíble, que es preciso poner en el agua como las flores japonesas para verlo desplegarse” [3]. Ahora bien, tanto en los Escritos como en los Seminarios hay que decir que es en algo parecido al aforismo, con un precipitado vertiginoso de sentido en el que la Stimmung oral es clave, donde se concentra el espesor discontinuo del sistema lacaniano: “No hay que esperar nada, ni siquiera de la desesperación” [4]. En cierto modo ocurre como si, en pleno siglo XX, Lacan fuera uno de los más fieles –o sea, infieles– seguidores de Nietzsche y esa idea suya de que lo real sólo se expresa en “metáforas prohibidas” [5].

 

En todo caso, el «sistema» lacaniano es difícil e irregular, con constantes revisiones y reapariciones de los mismos temas, a veces con conceptos nuevos. Aunque él, en otra de sus ironías, decía que su estilo era «cristalino», ya que cristalizaba al oyente, la verdad es que su forma de escribir, la densidad laberíntica de sus giros barrocos, sus juegos homofónicos de palabras y, sobre todo, la profundidad de un pensamiento –del que, en medios analíticos, se desconocen las fuentes–, hacen sudar incluso a sus discípulos más cercanos. Veamos un ejemplo, entre miles: “De los imprevisibles quanta con que tornasola el átomo amor-odio en la vecindad de la Cosa de donde el hombre emerge como un grito” [6]. No se entiende mucho, ¿verdad? O sí. A pesar de la escolástica analítica que viene después, se puede decir que una de las ventajas de Lacan, en su gesto antifilosófico, es resucitar una filosofía olvidada –Sócrates, Spinoza, Heidegger– por la tradición dialéctica o racionalista que entonces impera en el continente. Una de las características de los Seminarios de Lacan es la forma en que fustiga a sus oyentes, como si nunca estuviera satisfecho con el nivel de atención que le prodigan. “De vez en cuando, me gustaría obtener una respuesta, siquiera una protesta [7]. Estimulado tanto por los silencios como por el estupor o por los raros fulgores de encuentro, el padre severo persevera.

 

Es como si los que siguen al doctor, sean o no analistas, hayan de ser éxtimos en relación al psicoanálisis. La inquietud de estar siempre en camino es la nota media de este pensamiento, de su incesante interrogación y su desconfianza hacia el éxito de lo que parece consagrado. Llega a decir que el psicoanálisis debe fracasar como institución para obtener algún resultado en la práctica [8]. En otras palabras, fracasa mientras triunfa, al tener éxito. Échoue à réussir: también él se pierde en la medida en que se encuentra. Verdad sencilla y paradójica, más oriental que occidental, que ya está rotundamente formulada en el Libro del Tao: “Quien lo sujeta lo pierde” (LXXIII). O bien: “No aferra nada, y de este modo nada pierde” (XXVII) [9]. Así pues, y pongamos esto en la nómina de Freud y Lacan, la idea de dar cuenta de una ley –en este caso, la del inconsciente– cuanto más libremente hablamos, está amparada en una venerable y necesariamente olvidada tradición.

 

Se trata de una ciencia conjetural, irónica, la ciencia imposible del ser único. “En este camino el bajar es subir y el subir es bajar”, dice san Juan de la Cruz en consonancia con un famoso fragmento de Heráclito. De ahí que Lacan ponga en pie un estilo que es una auténtica muralla para los oportunistas y se atreva a cuestionar lo que ya parece fijado, incluyendo sus propias creaciones. En 1978, a los setenta y siete años, aún se atreve a disolver la asociación que él mismo había creado. Para refundar una y otra vez la experiencia de una comunidad contingente se debe mantener en vida la experiencia de la excomunión. La piedra rechazada ha de “convertirse en angular”, pero cuando ésta se consagre tiene que dejar paso a otros márgenes, a la maleza que una y otra vez asalta el palacio de todo lo instituido.

 

Hombre de una vasta cultura, como Freud, Lacan aparece siempre como un genial intruso en todos los terrenos, con páginas inolvidables sobre Kant o Kierkegaard, sobre el sufrimiento humano, la sociedad consumista, la muerte y la locura; sobre el arte, el sexo, el lenguaje, la matemática, la mujer y el hombre, los conceptos claves de la filosofía y momentos cruciales de las religiones, incluyendo el cristianismo. No es extraño que admire particularmente el estilo de Baltasar Gracián, el barroco y los místicos españoles: “La sabiduría entra por el amor, silencio y mortificación” (Juan de la Cruz). En realidad, lo más sorprendente del refundador del psicoanálisis no es su cultura, sino la escandalosa libertad de su sentido de fondo, con el que enlaza sus reflexiones y lecturas. A pesar de que a veces sus homofonías son a veces abusivas y dirigidas a un público en exceso cómplice –al menos, esto parece notorio en La tercera–, ocurre como si su materialismo delirante tuviera que volver una y otra vez al lugar rasgado de lo espectral. Su yerno y albacea, Jacques-Alain Miller, comenta: “La impaciencia de Lacan cortaba el apetito de los más hambrientos, que rápidamente se ponían a trabajar para este amo que sabía que iba a morir y que les enseñaba que no había que perder tiempo (…) Lacan no se sacrificaba por nadie (…) Ciertamente, pedía mucho, no aceptaba de buena gana que la respuesta del otro fuera un no, ignoraba las conveniencias cuando su deseo estaba comprometido –pero ¡qué alivio tratar finalmente con alguien que sabía y que decía lo que quería, y que quería lo que deseaba, sin esas vacilaciones, esos arrepentimientos, esos enredos del deseo que arruinan la vida!” [10].

 

El resultado de este modo de operar es que la «teoría» de Lacan se presenta siempre por fuera de todas las disciplinas de entonces, mutando de modo imprevisto y vinculada a la experiencia de lo que sólo se muestra una vez, un inconsciente que emerge de forma en cada caso única –recordemos el je heideggeriano–, sin admitir un metalenguaje que lo abarque o lo explique por fuera: “no hay metalenguaje (…) no hay un Otro del Otro” [11]. Cercano en secreto a esta lógica que niega un gran Otro, Deleuze repite: “No interpretar jamás, experimentar”. Y también esa broma deleuziana de una “solución sin General”, o de una caída como dirección elegida [12]. Se puede recordar que un libro gigantesco como Mil mesetas, trabajo genial y contradictorio –con el psicoanálisis y con cualquier otra cosa–, está repleto de hallazgos muy cercanos a los puntos cardinales de Lacan. Fijémonos en la fidelidad de esta idea a la obligación lacaniana de atender al inconsciente en su emergencia única, sin moral alguna ni metalenguaje: “Es muy fácil ser antifascista al nivel molar, sin ver el fascista que uno mismo es, que uno mismo cultiva y alimenta, mima, con moléculas personales y colectivas” [13]. Existen cien momentos más de sabiduría lacaniana en el concepto de agenciamiento, en el rizoma como “producción inconsciente”, en el “cuerpo sin órganos”… Al mismo tiempo, es cierto, la euforia izquierdista de los dos amigos permite, sobre todo en el Antiedipo, pasajes al menos desconcertantes: “Anos volantes, vaginas rápidas, la castración no existe” [14].

 

Como pocos pensadores del pasado siglo, Lacan es mientras tanto un ejemplo llamativo de coherencia, de unidad entre teoría y práctica. Si en cada sesión, sin prejuicio moral alguno, el analista ha de sumergirse en el silencio para escuchar aquello que emerge de modo imprevisible, también el autor de “La subversión del sujeto” se sumerge –al escribir y al vivir– en un tiempo que expira en cada aliento. Ironizando siempre sobre el American way of life y su estrellato en Europa, Lacan es fiel a la pulsión de muerte, a un pesimismo histórico desde el cual todos los logros de la civilización se presentan teñidos con una sombra ominosa: “no soy un hombre de izquierdas, yo sólo constato (…) todo lo que existe se basa en la segregación, y la fraternidad lo primero [15]. No hay ganancia sin pérdida, había dicho Freud. Relámpago de verdad en la frontera entre dos mundos, podemos considerar la ciencia de Lacan como el envés del discurso contemporáneo de la ciencia, a la manera de una negatividad que brota del determinismo extremo del mundo técnico.

 

Quizás no sea casual que los pacientes del psicoanálisis, igual que los de la ciencia y el mundo cultural, nunca sean sencillos campesinos o habitantes de un mundo primario. Si Miller ha recordado que el analista aprovecha precisamente la fe actual en el determinismo –¿qué otra cosa es la magia blanca de la economía?– para liberar el beneficio de una inesperada contingencia, es posible que de ese beneficio estén necesitados, ante todo, los atormentados habitantes del primer mundo, el Occidente cultural. Entonces, ¿todos los humanos liberados del nihilismo occidental lo están también del alcance clínico psicoanálisis? Sobre esta polémica cuestión intentaremos volver más tarde.

 

Fiel a la imagen del Don Juan que ama las mujeres «una a una», también a él se le conocen muchas relaciones, a veces un poco escandalosas. Es una característica del personaje una especie de disciplina del instante, la capacidad para vivir «tres minutos en uno» y cambiar inesperadamente. Por eso el doctor desconfía incluso de los que pretendían seguirle. Prologando a una joven universitaria que hace una tesis doctoral sobre él, dice: «Mis Écrits no sirven para una tesis, la universitaria particularmente: antitéticos por naturaleza, pues lo que formulan sólo cabe tomarlo o dejarlo». Termina hablando de este modo de los textos que intentan saquearle: «Interesarán para trasmitir lo que literalmente he dicho: iguales que el ámbar que preserva la mosca, para nada saber de su vuelo» [16].

 

 

1. Jacques Lacan, “Discurso a los católicos”, El triunfo de la religión, Paidós, Buenos Aires, 2005, p. 42.

2. Ibíd., p. 21.

3. Ibíd., p. 85.

4. Jacques Lacan, “Kant con Sade”, Escritos II, Siglo XXI, México, 1975, p. 349.

5. Friedrich Nietzsche, “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”, Nietzsche, op. cit., p. 51.

6. Jacques Lacan, “Kant con Sade”, Escritos II, op. cit., p. 358.

7. Jacques Lacan,  Aun. El seminario: libro 20, Paidós, Buenos Aires, 1981, p. 109.

8. Jacques Lacan, “La tercera”, Intervenciones y textos 2, Manantial, Buenos Aires, 1993, p. 85.

9. Jacques-Alain Miller, Cartas a la opinión ilustrada, Paidós, Buenos Aires, 2002, pp. 44-45.

10. Jacques Lacan, «Subversión del sujeto», Escritos I, Siglo XXI, México, 1971, p. 330. Sin ser siempre tematizado ni nombrado como lo inconsciente, la experiencia de una sombra de verdad que antecede al Yo y a su saber es central en toda la obra de Nietzsche, en particular en Así habló Zaratustra. Basta con asomarse a “De los despreciadores del cuerpo”, en la primera parte de este libro monumental y temible, para cerciorarse de ello.

11. G. Deleuze y F. Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, op. cit., p. 22. También Gilles Deleuze, Francis Bacon. Lógica de la sensación, op. cit., pp. 84-85.

12. Gilles Deleuze, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, op. cit., p. 219.

13. Ibíd., p. 39.

14. Jacques Lacan, El reverso del Psicoanálisis. El seminario: libro 17, Paidós, Buenos Aires, 1992, p. 121.

15. Prólogo a Anika Rifflet-Lemaire, Lacan, Edhasa, Barcelona, 1971, p. 21.

16. Jacques Lacan, “Discurso a los católicos”, El triunfo de la religión, op. cit., pp. 24-25.

 

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.