Somos el tiempo que nos queda

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Soy el tiempo que me queda en esa trasnochada calle Hamra, ensalzada hasta la extenuación por románticos moribundos,  en una Corniche musulmana en la que la espuma de las olas solo revuelve la mierda incapaz de limpiar nunca nada.

 

Ahí están todos. Agolpados en las seis o siete mesas de aluminio colocadas en una acera del Downtown, esa ciudadela fenicia habitada por palomas, diputados y el ejército. Los clientes, que tan pronto se te acostumbran a una reyerta civil con varios muertos como a cinco carreteras cortadas por neumáticos ardiendo, degustan con placidez el sabor inequívoco del café mal hecho. Aprecian los pequeños detalles de la vida: ir por la autopista en contradirección, que te corten la luz siete horas al día sin que se te pudra la carne, que la temperatura baje a 18 invernales grados para calzarse unas botas de pelo y purpurina, y también, por supuesto, que escriban tu nombre en el vaso de cartón: Ali, Leila, Marwan, Elie, Mira, Nada… Freud sospechaba erróneamente que uno acometía las tristes mañanas del vivir con ardor incestuoso cuando, en realidad, el imbécil prefiere que se le identifique, aunque sea como imbécil.

 

Esta mañana, cuando mi vista se deslizaba abúlica por un cementerio cavado de libros, leía aterrada un título al azar: “Somos el tiempo que nos queda”. Y me precipité huyendo escaleras abajo, como quien corre a por tabaco o hacia la muerte.

 

Somos el tiempo que nos queda, pensaba al sentarme al lado de un gordo mimoso incapacitado para leer que hojeaba torpemente un fajo de hojas sobre la mesa y se tiraba un expreso por encima. Somos el tiempo que nos queda junto a esos tres extranjeros de piel blanca, camiseta de manga corta y cámara de profesional cruzada sobre el aventurero pecho. Nuevos descubridores de esa miscelánea extravagante que es Beirut, dispuestos a captar la esencia de una ciudad siempre vinculada a la guerra, fusión de oriente y occidente, cruce de civilizaciones, aroma de jazmín y azahar, ruedo donde se dirimen las batallas de la región, la del pañuelo, la de la minifalda, la Suiza árabe, los ojos azabache… Beirut light, compacto, en versión para idiotas que se dejan convencer por un “Aprenda alemán en 7 días”. Somos el tiempo que nos queda frente a ese otro obeso cuarentón y con caballos varios pegados a la ropa, gafas de sol, conversación misteriosa por un pequeño altavoz, mirada de estar en medio de una negociación de alcance mundial mientras le pregunta a la mujer por el Smartphone si habrá toneladas de pollo para la cena, guiño de ojo y sonrisa de camaradería a la española, “Robando no me gana nadie”.

 

Soy el tiempo que me queda en esa trasnochada calle Hamra, ensalzada hasta la extenuación por románticos moribundos, en una Corniche musulmana en la que la espuma de las olas solo revuelve la mierda incapaz de limpiar nunca nada, en esos humildes baños de los que cuelgan extensiones de cabello, siempre falso; soy el tiempo que me queda cuando camino cansada por un miserable barrio cristiano, cuando sonrío, como ellos, porque decir la verdad sería de mala educación.

 

Soy el tiempo que me queda cuando no se sabe que hacer ya con el tiempo, cuando quiero “como el mar quiere a su agua”, ¡sí, Salinas, sí!, descender aún más hacia las profundidades, lejos de las olas altas que caen, lejos de la superficie ruidosa y del vaivén, y soñar un nuevo sueño, quieto, sin movimiento, sepultado en el centro de la hondura… Ser la paz inmensa bajo la infinita guerra.