Sospechosas autosospechas

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Hay sospechas sobre uno mismo que levantan una magnífica defensa ante cualquier acusación ajena; mejor aún, ante cualquier argumento contrario a las propias tesis. “Bueno, no sé qué me mueve a decir esto, podría haber en mí intereses personales que ahora mismo ignoro”. Quien así se expresa remite entonces la cuestión al terreno del inconsciente, a la oscuridad del psicoanálisis. Lo que le sirve, primero, para no comprometerse personalmente con lo que sostiene, porque es tan autocrítico que duda hasta del grado de condicionamiento en lo que afirma; o sea, de su carácter interesado o “ideológico”. Le vale después para abstenerse de entrar en la discusión de lo dicho, en su fundamento y razones, como si lo único interesante fuera el quién lo dice y por qué motivos. Lo hace, en fin, para predisponer  los ánimos del otro a favor de quien se adelanta a manifestar sus posibles autoengaños.

 

De paso, ese tal insinúa o declara abiertamente que el otro dice lo que dice sin atreverse a examinar sus motivos ocultos o precisamente animado por esos motivos. El suspicaz da por supuesto que el adversario no ha ejercido ese aspecto de su capacidad crítica que es la autocrítica. Consigue así que el adversario salga malparado a los ojos de los circunstantes.

 

En último término, semejante advertencia logra que entre ellos las espadas sigan en alto y nadie confíe en que se haga la luz. Nada cabe decidir racionalmente, porque no hay argumento que no se vuelva sospechoso. Pero el caso es que tratamos de problemas morales o políticos, esos que no se resuelven con fórmulas exactas y en los que se juega la felicidad individual o la justicia colectiva. ¿Quién lleva las de sufrir más en esta espera siempre prolongada? Obviamente el que más se juega en el resultado de tal discusión, el más comprometido en el problema y el más afectado por su mantenimiento irresuelto. Es decir, también el más solo, el más opuesto a lo “bien visto” y lo políticamente correcto. Es otra aplicación perversa, un corolario, del eterno debatirse entre la propia realidad y la representación, entre la verdad y la mentira o el disimulo. Es una duda interesada, que paraliza a la par que disculpa.

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Aurelio Arteta
Mayorcito, de 1945. Por origen local y afición personal, confieso que me sería aplicable aquel absurdo de pertenecer al “pensamiento navarro”. Imparto clases de Filosofía Política y Teoría de la Democracia en la Facultad de Filosofía de San Sebastián (Universidad del País Vasco). Me han publicado varias recopilaciones de artículos de prensa sobre cuestiones civiles actuales, muy en particular sobre el nacionalismo vasco de nuestros pecados. Entre mis ensayos éticos estoy prudentemente satisfecho de La compasión. Apología de una virtud bajo sospecha, La tolerancia como barbarie (En M. Cruz, comp., Tolerancia o barbarie) y La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral. En materia de filosofía política creo que son útiles manuales universitarios como Teoría política: poder, moral, democracia; El saber del ciudadano; Las nociones capitales de la democracia, obras colectivas de cuya edición he sido responsable. Soy colaborador habitual, desde el año l986, en las páginas de "Opinión" de El País y, más tarde, de El Correo y Diario de Navarra. Venido de movimientos ciudadanos como ¡Basta ya!, me afilié al partido Unión, Progreso y Democracia desde su nacimiento. Y no hay mucho más que contar.