¿Soy un escritor maldito?

3
319

La verdad es que nunca pensé que acabaría siendo un escritor maldito. Pero soy un escritor maldito. ¿Por qué? Porque escribo libros que nadie quiere publicar. Son ya cinco libros. Tres libros para niños, un ensayo literario sobre el tema de la imaginación y una extensa, ambiciosa novela.

A lo mejor a otro le gustaría ser un escritor maldito. Quiero aclarar que a mí no me gusta. No me gusta nada. Además, los que tienen vocación de escritores malditos quieren ser malditos, normalmente, por su vida en el límite, por sus locuras y sus desmesuras. Pero ni mi vida ni mi obra son así. Ese “malditismo” al estilo Rimbaud me parece hoy bastante pasado de moda. No me interesa el alcohol, ni voy de putas. Sé que esto ofenderá a muchos y dejará intrigados a otros tantos, ya que la opinión corriente es que para ser un buen escritor, un escritor de mérito, lo más importante es dedicarse con tesón a la bebida y a los burdeles. Pero yo, por extraño que parezca, no pienso lo mismo.

¿Escritor maldito o escritor muy malo? Ah, esto da que pensar. A lo mejor nadie quiere publicar mis últimos libros porque son horriblemente malos. En ese caso yo no sería un escritor maldito sino, simplemente, un escritor malísimo. ¿Será ése el caso? ¿Seré yo un escritor malísimo y no me habré dado cuenta?

El párrafo anterior era pura retórica, como ustedes comprenderán, porque yo sé perfectamente que soy un escritor de primera. Y que la razón de que lleve ya tantos libros escritos que nadie quiere publicar se debe al hecho (casi inconcebible, lo admito) de que he llegado a convertirme, contra todo pronóstico, en un escritor maldito.

Hay, sin embargo, otra posibilidad: que mi problema sea, precisamente, el opuesto. Es decir: no que sea un escritor maldito sino, por el contrario, que sea yo un escritor bendito.

¿Escritor bendito? Nunca se había oído hablar de nada parecido. Además, ser un “bendito” no parece algo muy deseable. En español, un bendito es un tonto que acepta cualquier cosa con una sonrisa. Uno que duerme mucho y que no se preocupa por nada. Dormía como un bendito. Se lo creyó como un bendito. No, no: para eso preferiría ser un maldito. Ser un maldito es mucho más sexy que ser un bendito.

Sin embargo, así como no me siento maldito en absoluto, sí me siento bendecido. Bendito, bendecido. De los dos participios, elijo el segundo. Para un escritor, vivir lo que yo estoy viviendo no resulta fácil. Digámoslo así, muy suavemente. Estoy viviendo el infierno, entrando lentamente en el infierno y adentrandome en el infierno más y más, hasta llegar al lugar de la más desesperante soledad. Me acuerdo de cuando era un joven escritor que tenía su primera novela terminada y la enviaba a las editoriales y nadie quería publicarla. Ahora vuelvo a ser ese joven escritor. Vuelvo a ser ese joven. Vuelvo a la juventud, es decir, a no tener nada.

Pero no es cierto que no tenga nada. Tengo a mi mujer y a mis dos hijos. Tengo la música. Tengo mi piano. Hacía tiempo que no tocaba tanto. En la música encuentro, ahora más que nunca, un mundo de absoluta libertad en el que es posible vivir vidas enteras llenas de una intensidad que me colma por completo. Tengo más cosas, además. Sé lo que soy como escritor. Sé lo que son mis libros.

Tengo además, a medida que me adentro más y más en este desierto, la sensación de estar bendecido. Más allá de la sensación de fracaso, de la desilusión, de la desesperación, que pasan por encima de mí como estados cambiantes, como olas de un mar de estados psicológicos con el que trato de no identificarme y que intento contemplar con distancia, como el que ve una tempestad desde la orilla, más allá de todo eso, digo, siento la sensación de mi propia persona. Siento mi presencia. Me siento a mí mismo.

Orfeo nunca logra salvar a Eurídice. Pero se salva a sí mismo. Quién sabe, quizá este infierno, este desierto, sean mi única posibilidad de salvarme. Algunos días siento que he perdido todo aquello por lo que he luchado toda mi vida. Otros, en cambio, que estoy logrando por fin aquello de lo que hablaba Aldana en un soneto: obtener “la victoria de sí”.

Print Friendly, PDF & Email
Artículo anteriorLas coordenadas de la vorágine
Artículo siguienteEl Rey, el Papa y Mario Conde
Andrés Ibáñez
Madrid, 1961. Escritor. Estudió Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid y piano en el conservatorio. Fue pianista de jazz y profesor de español. Vivió en Nueva York durante unos cuantos años y en la actualidad reside en Madrid con su mujer y sus dos hijos. Es autor de las novelas La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pajaro lira, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera y del libro de cuentos El perfume del cardamomo. Ganó el premio Bartolomé March por su labor como crítico literario. Ha sido además crítico de música clásica del diario ABC, en cuyo suplemento cultural escribe desde hace varios años su columna Comunicados de la tortuga celeste. Su ópera Dulcinea se estrenó en el Teatro Real en 2006. Acaba de terminar una novela titulada La lluvia de los inocentes.

3 COMENTARIOS

  1. Apreciado Andrés, me conmueve
    Apreciado Andrés, me conmueve tu artículo. Acaso porque parece escrito por mí. He publicado tres libros de poesía y uno de cuentos, pero tengo sin publicar la friolera de seis libros de poesía y una novela. Pero lo peor no es eso. Lo peor es constatar lo mala que es la poesía y las novelas que se publican. Y también es malo tener la sensación de que lo publicado no ha valido de gran cosa, que no ha llegado a lectores a los que podría interesarles.
    ¿Soy un poeta de primera? Pues no lo sé. Si un poeta de primera es César Vallejo o Pablo Neruda o Juan Ramón Jiménez, me temo que no. Se trata de gente que escribió en un momento determinado y abrió caminos para la poesía por los que aún hoy se transita. Pero sí soy un poeta que estoy en el escalón siguiente, lo cual es bastante más que la mayoría de lo que leo, incluyendo gente que ha recibido el premio Cervantes, por poner un ejemplo.
    En cuanto a mi novela, es imaginativa y original, pretende algo, se aleja de fórmulas leídas cientos de veces, está bien escrita. Es ambiciosa y creo que no queda maltrecha por su propia ambición, sino que consigue cosas.
    Al menos tienes la oportunidad de decir lo que dices. No te desanimes.

  2. Leyéndote y leyendo a don
    Leyéndote y leyendo a don Álvaro, de veras que me apena la situación de ambos. Pero les tengo la solución: Cuando se mueran, sus escritos tendrán el valor de lo póstumo y aumentarán de precio y reconocimiento de manera exponencial. Ahí sí habrá quien los publique, porque por lo pronto seguirán sus galeradas el camino del cesto de la basura.
    Otra opción que no se puede dejar de lado es la de lamerle el culo al político de turno a ver si se conmueve y con su “bendición”, comisión incluida, logra con algún “deudo” que les publiquen sus escritos.
    Me preocupa que don Andrés renuncie a la putarrés y a la bohemia etílica, porque de ahí han salido, además de mucha basura, grandes escritores a los que también después de muertos los elevan al pináculo de la fama y les publican su obra postumamente.
    Como pueden ver, hay muchos caminos, además del del lamento…

    • Se agradecen los comentarios.

      Se agradecen los comentarios. Aunque me gustaría puntualizar, querido José María, que yo nunca he “renunciado” al amor venal o a la dipsomanía del mismo modo que nunca he renunciado al asesinato, a la ascensión a ocho miles o a la búsqueda de tesoros submarinos. Tampoco entiendo, querido amigo, por qué “te preocupa” tal “renuncia”. Me gustaría decirlo una vez más: un escritor no es una persona que bebe mucho, sale mucho y visita burdeles. Un escritor es una persona que escribe libros – independientemente de todo lo demás. El cliché del borracho iluminado está tan arraigado entre nosotros que he conocido personas que me han mirado con verdadera sorpresa al enterarse de que (a) yo era novelista y (b) yo no bebía. En fin.

Comments are closed.